Como es bien sabido, hasta finales del siglo XIX o principios del XX los ciudadanos del reino de España se sentían orgullosos de ser españoles sin que ello supusiera menoscabo alguno hacia su amor a la «patria chica» o patria natal. Pero por aquel entonces se había descubierto que todo individuo tenía que pertenecer a una nación o a una raza determinadas si realmente pretendía ser reconocido como ciudadano burgués. Eran los tiempos en los que, en Europa, las nuevas ideas del mercantilismo furibundo y el socialismo revolucionario socavaban la existencia misma del imperio austro-húngaro. Nacía, así, el concepto nacionalista, una expresión reafirmadora de las identidades de aquellos pueblos que, desde antiguo, habían estado gobernados -sin mayores problemas y con el beneplácito general- por dinastías ajenas a su linaje y prosapia. Y no sólo se cuestionó el concepto mismo de aquel poder secular, sino que además reivindicaba reformas radicales de las relaciones institucionales y sociales.
La derrota austriaca en la Gran Guerra (1914-1918), hizo saltar por los aires cuatro siglos de experiencia histórica compartida. Cuatrocientos años de convivencia entre pueblos dispares, con multitud de lenguas, creencias religiosas, costumbres y tradiciones, quedaron fulminados de la noche a la mañana. El nacionalismo sentó sus reales en Europa con la única legitimidad que la otorgada por los países aliados que acababan de ganar una terrible guerra, y no deseaban bajo ningún pretexto que continuara vigente ni el imperio austro-húngaro ni la poderosa Prusia. Es en este contexto en el que el dramaturgo austriaco Franz Grillparzer escribiera aquellas premonitorias palabras: «De la humanidad a la bestialidad por el camino de la nacionalidad.» Justo por entonces empezó eso de la «nacionalidad», la fase previa a esa bestialidad que tanto en el resto de Europa como en España hemos sufrido y todavía hoy continuamos padeciendo.
Curiosamente, aquel espíritu nacionalista arrasó también el imperio ruso del zar Nicolás II de la mano de los revolucionarios bolcheviques. Sólo que, en un principio, la Revolución de Octubre se camufló tras el subterfugio de un movimiento de liberación popular; a la postre, aquel «sacrificio por amor hacia la Madre Rusia» se convertiría en la tiranía más opresora y aniquiladora de identidades nacionales de cuantas han existido en la historia contemporánea.
Por aquel entonces, ya entrado el siglo XX, el llamado espíritu nacional había prendido -tanto en España como en el resto de Europa- en gentes que se correspondían con lo más vulgar de una nación moderna. Solían ser profesionales atascados en su propia mediocridad, que aspiraban en vano a alcanzar un prestigio ilimitado dentro de la sociedad burguesa. Paulatinamente, fueron cediendo también las llamadas clases superiores. Y tanto en el viejo Imperio como en España, aquellos que nunca habían sido otra cosa que austriacos de Tarnopol, Sarajevo, Viena, Praga, Czernowitz, Oderburg o Troppau, como los que aquí se consideraban españoles de toda la vida, obedeciendo a las «exigencias de su tiempo», empezaron entonces a declararse miembros de las «naciones» polaca, checa, ucraniana, alemana, rumana, eslovena, croata, catalana o euskalduna.
Sobre este punto me viene a la memoria la figura de Joseph Roth, aquel insigne austriaco nacido en un rincón de Ucrania junto a la frontera rusa. Su sangre judía y su extraordinaria sensibilidad, exenta de vulgares prejuicios, lo arrastraron lejos de lo que él entendía que era su patria: la patria común de millones de seres, que sin importar la raza, la lengua o la religión, habían sido capaces hasta hacía muy poco de reconocerse como habitantes de una misma casa. Joseph Roth, amargado por la pérdida de un mundo que le había sido tan querido, y estigmatizado por el ultra nacionalismo nazi, escribió en el exilio: «No hay virtud humana perdurable en este mundo, excepto una: la verdadera devoción. La fe no puede decepcionarnos, puesto que no nos promete nada en la tierra. La verdadera fe no nos decepciona porque no busca ningún beneficio en la tierra. Aplicado a la vida de los pueblos, esto significa lo siguiente: los pueblos buscan en vano eso que llaman las virtudes nacionales, más dudosas aun que las individuales. Por eso odio las naciones y los estados nacionales. Mi vieja patria, la monarquía, era una gran casa con muchas puertas y muchas habitaciones, para muchos tipos de personas. Esa casa la han repartido, dividido, la han hecho pedazos. Allí ya no se me ha perdido nada. Estoy acostumbrado a vivir en una casa, no en múltiples compartimentos.»
Con ese orgullo y convicción escribo yo estas líneas, en la confianza de que la cordura y la buena fe de las gentes de bien prevalezcan. Se hace necesario combatir la insensatez y la locura de ese puñado de peligrosos visionarios que, invocando su idea (insidia) nacional, no anhelan otra cosa que construir en torno a sí una sociedad doblegada y mezquina.