Bien pasado el ecuador del presente año bisiesto, numerosas señales y acontecimientos adversos vienen a corroborar la fatalidad implícita en este especial ciclo del calendario. De ahí que desde antiguo se hayan acuñado expresiones y dichos evocados por la experiencia: «Año bisiesto, echa en ganados el resto», «año bisiesto, ni cuba ni cesto», «año bisiesto, pocos pollos al cesto», «año bisiesto, año siniestro», «año bisestil, año vil», «año de nones, muchos montones».
El conocimiento de la historia nos ha enseñado cómo se computaba el calendario entre los antiguos egipcios desde hace más de 4.000 años. Ya entonces se adjudicaba al año una duración de 365 días exactos. Fue durante el reinado de Tolomeo III cuando se añadió un día cada cuatro años. No obstante, la falta de precisión de las estaciones llevó a Julio César, por consejo del sabio griego Sosígenes, a reformar el calendario, ajustando así las estaciones y el año bisiesto: el año pasó a durar 365 días más un cuarto de día, por lo que se añadió un día cada cuatro años para recuperar el cuarto anual perdido; y se fijó el inicio de la primavera en el 25 de marzo. El día suplementario se le atribuyó al mes sexto -los antiguos comenzaban el año en septiembre- antes de las calendas del 1 de marzo, es decir, febrero. Y para eludir la creencia popular que consideraba favorables los números impares y dedicados a los dioses superiores, y adversos los números pares y dedicados a los dioses inferiores, Julio César asignó al día suplementario el nombre de 28 bis, y no 29, de ahí el nombre de año bisiesto.
Siglos después, en el Concilio de Nicea del año
325, la Iglesia fijó el comienzo de la Pascua en la primera luna llena de
primavera, que era aquel año el 21 de marzo. Este desfase, después de cuatro
siglos con la fecha cesariana, fue atribuido entonces a un error de cálculo de Sosígenes.
Cuando, en 1582, el papa Gregorio XIII trató de ajustar el calendario solar al civil, se volvió a encontrar con un desfase parecido al de Nicea: el inicio de la primavera volvía a coincidir el 25 de marzo. La razón era que cada 120 años el paso del sol por el equinoccio que marca la llegada de la primavera se retrasaba un mes. Entonces, los astrónomos -que había reunido Gregorio XIII- se dieron cuenta de que el desfase era debido a que la reforma juliana no había tenido en cuenta los precisos cálculos de Hipparques, quien atribuía al año una duración de 365 días, 5 horas y 55 minutos y algunos segundos, por lo que se decidió suprimir cada 120 años un bisiesto; además, los años que terminan con dos ceros, y que según la regla general deberían ser bisiestos, dejan de serlo porque su número de siglos no es divisible por cuatro (los años 1700, 1800 y 1900 fueron comunes).
En cuanto al mes de
febrero, del latín februus, (purificación), cabe resaltar su larga tradición de mes funesto. En la antigua Roma, del 13 al
21 se celebraban las fiestas de la parentalia, un período
nefasto para la celebración de matrimonios. A estos les seguían otros nueve días -las feralia- en los que cesaban todas las actividades públicas, y durante los cuales las familias depositaban sobre las sepulturas de sus antepasados
ofrendas de flores, especialmente violetas, flores que aún a día de hoy son
las preferidas para honrar a los muertos. Entre medias, hacía el
15 de febrero, se celebraban las lupercalias en honor de Luperco,
organizadas por las más importantes cofradías sacerdotales. Después de los
rituales con sangre de macho cabrío, sacrificado en la cueva de Luperco y
limpiados con lana de vellón, los lupercos -seres resucitados, libres y procaces- corrían desnudos alrededor del Palatino cargados de símbolos mágicos, y
que a su paso golpeaban a las mujeres con una fusta hecha de la piel del macho
cabrío sacrificado. Los carnavales son la reminiscencia de las fiestas lupercales.En el tiempo presente poco han cambiado las cosas a este respecto. Lo mismo que los emperadores romanos manipulaban el calendario, sacando y poniendo fiestas y fechas, según sus intereses, así hacen aun hoy día los políticos que adelantan o atrasan elecciones, promulgan leyes oportunas para distraer conflictos sociales o políticas adversas, con la pretensión de convertir en propicio para sus intereses el tiempo nefasto de las crisis. Pero nada hay más implacable para los soberbios que lo desafían que el enigmático juicio del tiempo.