viernes, 19 de septiembre de 2008

«Lo mucho se vuelve poco con desear otro poco más.»

(Francisco de Quevedo)

Tengo que declarar que no siento, hasta ahora, la menor preocupación e inquietud por el tsunami que asola el mundo financiero internacional. Más bien, al contrario, siento una especie de íntima satisfacción cuando compruebo que los magnates del capitalismo puro y duro se estremecen de pavor y congoja ante los efectos devastadores a que están siendo sometidos sus tinglados económicos y empresariales. Y no es que yo sea insensible a las perniciosas consecuencias de esta crisis, especialmente en lo que respecta a la pérdida de empleos. No, lo que me reconforta en la presente situación es que, una vez más, queda de manifiesto que la ambición desmesurada, la codicia desenfrenada y la prepotencia despótica, de aquellos que presumen de ser líderes sociales y ejemplo y modelo para el mundo libre y democrático, son (no en todos los casos), una banda de hipócritas que con su petulante vanidad de prohombres cultos y emprendedores, en realidad encubren un despiadado e implacable afán de acumulación de riqueza y, lo que es peor, de poder.

Sí, es bueno y conveniente que los depredadores de la sociedad, en el sentido económico, conozcan en sus propias carnes -aunque sólo sea una vez en la vida- lo que es la angustia y el sufrimiento de perderlo todo. Ya sé que ni remotamente sus quebrantos tendrán nada que ver con la miseria y desesperanza que padecen cientos de millones de seres humanos en todo el planeta. Pero, en cualquier caso, sus desgracias actuales (todavía no he tenido noticia de suicidio alguno por bancarrota) les están bien empleadas, pues el abuso especulativo en los usos y maneras de hacer negocios (en el mundo financiero, en la construcción y en los mercados de materias primas) ha sido y es el fundamento de la crisis.

Y como quiera que el mundo de la política y de la economía están unidos por fluidos vasos comunicantes, la corresponsabilidad de los poderes públicos en este desastre es inapelable. Así que, ¡ojo!, que nadie se lleve a engaño, y que cada palo aguante su vela. La única esperanza que albergo es la de que de esta crisis se saquen enseñanzas para el futuro, y que el sistema económico se purgue y termine saliendo fortalecido. Lo irremediable -y eso si que me produce enorme tristeza- es la cantidad de gentes humildes y sencillas que caerán víctimas de tanta insensatez. Alguien los tildará de daños colaterales.


Publicado por torresgalera @ 23:50  | Política
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