miércoles, 24 de septiembre de 2008

La política norteamericana libra una dura batalla a cuenta del «plan de rescate» -cifrado en 700.000 millones de dólares (485.000 millones de euros)- mediante el cual la Administración Bush pretende salvar de la agonía al sistema financiero estadounidense. Aunque el anuncio de dicho plan fue acogido con euforia por Wall Street, en pocas horas las dudas y los interrogantes dominan la voluntad de los agentes económicos y, especialmente, de los inversores.

¿Por qué ha cundido el desánimo en tan poca tiempo? Esta pregunta tiene un elocuente reflejo en el agrio debate que los senadores republicanos y demócratas protagonizan a estas horas en la cámara alta: el «plan de rescate» impulsado por el presidente Bush y el secretario del Tesoro Henry Paulson es impreciso y está poco elaborado, argumenta la oposición demócrata; y, además, no se fían de las intenciones de los republicanos, paradigmas ellos del liberalismo más acendrado.

El  mundo al revés. Los políticos republicanos, conspicuos adalides del neoliberalismo, se muestran en la actual tesitura firmes partidarios de la estatalización de los activos «basura» que contabilizan los balances (aún por determinar) de las entidades financieras abrasadas por los multimillonarios créditos hipotecarios (y los productos derivados) que ellas mismas han colocado en el mercado con tanta ligereza e irresponsabilidad.

Y, por otra parte, los demócratas -con un ojo puesto en las elecciones a la Casa Banca del próximo noviembre-, ponen el grito en el cielo ante lo que han tildado de dispendio excesivo a cuenta del erario público. Los otrora partidarios del pensamiento innovador (identificado como socialdemócrata) del prestigioso británico John Maynard Keynes (1883-1946), defensor de la intervención del Estado en la vida económica, en su papel de regulador y de contrapeso a los excesos del mercado, ahora parece ser que han perdido el pie en el estribo. Mucho me temo que, en el fondo, lo que pretenden los acólitos del candidato Obama es tasar un acuerdo con sus adversarios para compartir el copyright del «plan de rescate» definitivo.

Keynes negó, allá por el comienzo de los años 30, el principal dogma del liberalismo económico: que el sistema capitalista funciona mejor sin interferencia del Estado y que las fuerzas del mercado se encargan de lograrlo siempre que haya competencia mundial. Prueba del fracaso de este enunciado fue el crash de 1929, del que sobrevino la Gran Depresión. Para Keynes los hechos demostraron que el libre comercio, la movilidad internacional del capital y la propiedad extranjera de activos nacionales promueven más la guerra que la paz.

Nadie niega en la actualidad que durante las décadas de los años 20 y 30 del pasado siglo la ciencia económica experimentó una revolución de la mano de Keynes. Sus innovadores planteamientos, basados en un minucioso análisis de la evolución de la sociedad y sus procesos productivos, comerciales y financieros, le llevaron a representar a Gran Bretaña en la conferencia de Bretton Woods, por lo que más tarde sería elevado a la categoría de «lord».

Es verdad que su Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, proponía el inflacionismo y el déficit público como solución de todos los males. Las consecuencias a largo plazo de dichas políticas (que él despreció con la despectiva frase «A la larga, todos muertos») fueron las inmensas deudas públicas que padecemos casi todos los países, casos de hiperinflacionismo, amén de otros males similares. Pero también es cierto que Keynes señaló que el pleno empleo era un fenómeno raro y efímero, mientras las inversiones a largo plazo eran desplazadas con frecuencia por inversiones especulativas a corto plazo. En consecuencia, debía imponerse un gravamen a la actividad especulativa. La política monetaria no funcionaba, por lo tanto el Estado debía adoptar cada vez más responsabilidades para organizar la inversión.

Como es fácil deducir, la revolución keynesiana fue sentida por muchos como una amenaza para el orden político y económico establecido, por lo que impulsó a buena parte del establishment europeo y norteamericano a combatirla mediante una contrarrevolución, la cual comenzó justo antes de la Segunda Guerra Mundial, pero debió ser pospuesta hasta el fin del conflicto. Dicha contrarrevolución fue orquestada y financiada por grandes empresas y medios de comunicación, incluso dio origen a una sociedad semisecreta de economistas de casi todo el mundo industrializado; una de cuyas ramificaciones cristalizó en la llamada «escuela de Chicago» (Friedman y Knight).

El padre espiritual de lo que se dio en llamar neoliberalismo fue el economista austriaco Friedrich August von Hayek (1899-1992), premio Nobel de Economía en 1974. Formuló una completa teoría sobre la información y el orden espontáneo que, junto con su obra Camino de servidumbre, son quizá sus dos mayores logros. No obstante las abismales diferencias ideológicas, Keynes y Hayek se profesaron una gran amistad, hasta el punto de que tres meses antes de morir el primero, Keynes aseguró a su amigo su compromiso para descalificar a sus discípulos más vehementes si insistían en ciertas interpretaciones muy dañinas sobre sus propias teorías.

En conclusión, ¿se puede afirmar que el «plan de rescate» propuesto por el presidente George W. Bush para salvar el sistema financiero norteamericano pone en entredicho el modelo liberal?  O, por el contrario, ¿emerge la figura de Keynes como reveladora de una vigencia inapelable? Pues bien, ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario. No es la primera vez que el Tesoro de Estados Unidos interviene para sacar del atolladero a la maltrecha economía del país: lo hizo en 1929, en la Gran Depresión, en la década de los 80 durante la crisis bursátil, y no dudará en hacerlo ahora, gobiernen republicanos o demócratas. Segundo, habrá acuerdo finalmente entre ambos partidos para sacar el «plan de rescate», aunque con los retoques que sean necesarios. Y tercero, ambos partidos comparten el mismo modelo de capitalismo de libre mercado, Y a ninguno de los dos se les escapa ahora que la falta de suficiente regulación y supervisión sobre cualquier actividad económica, incluidos los mercados financieros, a la postre es una invitación al fraude y al desastre. Como dice el refrán, no hay mal que por bien no venga. Pero todavía queda mucha tela que cortar.


Publicado por torresgalera @ 3:10  | Política
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