Lo que llama poderosamente la atención es que sea precisamente en el llamado «mundo libre», donde la «desnaturalización» social se produce de forma más inconsecuente. Es en estas sociedades -gobernadas por regímenes democráticos y amparados bajo Estados de Derecho- donde más se percibe la falta de correspondencia lógica entre las conductas de sus individuos y los principios que profesan. La agobiante presión del mercado, de los medios de comunicación y de los poderes públicos -todos ellos en contumaz puja para obtener la mayor cuota clientelar- ha devenido en inocular en la sociedad una proteína cargada de descreimiento, cinismo y vacuidad que la protege de sí misma.
En realidad, se trata de un «falso» proceso de autoprotección, ya que el descreimiento, el cinismo y la vacuidad, que tan buenos resultados ha cosechado en el horizonte inmediato, no ha hecho más que deteriorar -a medio y largo plazo- la capacidad de la sociedad europea para afrontar los desafíos del presente y del futuro. No, no se trata de una crisis transitoria: lo que está en juego es el «ser o no ser» de nuestra sociedad, tal y como la soñamos alguna vez. Los derechos fundamentales del hombre, los principios esenciales de la democracia, el imperio de la ley (ciega y justa), el compromiso con la coexistencia pacífica entre pueblos y naciones y el respeto al planeta y al medio ambiente, son cada día cercenados y horadados en aras de formulaciones ideológicas insustanciales y flácidas, que no hacen más que enmascarar veleidades de poder, ya sea político o económico.
La sociedad ha perdido, en su conjunto, el espíritu de superación y la grandeza de ánimo. Se ha conformado con sobrevivir en un Estado garantista y proteccionista. Los nuevos líderes políticos aspiran a no tener que dar explicaciones, ni ante sus partidos ni ante la opinión pública. Les basta una adhesión, un aplauso, una vibración de consenso; por eso la política se celebra a base de grandes acontecimientos y los ciudadanos se vuelven meros espectadores. Los líderes se han convertido en ídolos de diseño a la medida de la nueva demanda. Unos ídolos que en vez de indicar el camino para la acción colectiva, se ofrecen como ejemplo.
Estamos en el tiempo de «un neopopulismo post-político». Se desprecia la ineficaz gestión de gobierno, se pervierte el lenguaje hasta vaciarlo de significado, y se anteponen las obsesiones de los dirigentes a las necesidades de los administrados. Este «populismo de la modernidad» se está forjando con formas y modos paternalistas, que se sustentan en la adhesión y la emoción (ver Ágora Digital del pasado 18 de julio: Un patético Zapatero). Se trata, pues, de un neopopulismo que se expresa a través de una ideología gaseosa, que apela a la autenticidad y a una nueva manera de entender y practicar la política, que remueve y promueve los sentimientos y deseos del pueblo a través de un lenguaje (la paz, el talante, el diálogo, la solidaridad, la laicidad, la memoria histórica, la igualdad, el multiculturalismo, la alianza de civilizaciones o la España plural), que reduce la complejidad del presente a un discurso literalmente insignificante y repleto de tópicos. Un neopopulismo -sin sustancia, pero transmitido con gravedad y circunspección- que diseña una imagen de marca, dotada de un determinado aura, que se ofrece al ciudadano en cuanto consumidor, no en cuanto ser ético y pensante.
Por eso nadie se rasga las vestiduras cuando el Gobierno de Rodríguez Zapatero pretende liderar la acción anti-crisis financiera mundial: un presidente que hasta hace tan sólo unos meses porfiaba públicamente que hablar de crisis era propio de agoreros, ignorantes y antipatriotas. ¿Alguien pondría la mano en el fuego por la derrota electoral de Zapatero si se celebraran elecciones ahora? Es obvio que no. «ZP» ha conseguido proyectar su imagen de marca a una sociedad cada vez más indolora, en la que cada día se acrecienta la idea de «individuo igual a mensaje». He aquí el paradigma: un excelente trabajo de marketing que enmascara un pensamiento patético, sí, patético por flácido (gaseoso, ligero, emotivo). Un paradigma que se construye sobre una amalgama de ideas e imágenes gratificantes y salvíficas, y cuyos principios son inapelables: diálogo, paz, tolerancia, igualdad, diversidad, pluralidad, medio ambiente... ¿Cómo vender este pensamiento flácido a una sociedad en que la persona es el mensaje? Diseñando, empaquetando y distribuyendo un candidato-mercancía que refleje las virtudes o intereses de un votante-consumidor que, al acudir al mercado electoral, otorgue el voto a quien percibe como su reflejo.
El ciudadano elige al candidato, pero en realidad se elige a sí mismo; o -variante del mal menor- a quien percibe como opuesto a lo que rechaza. Y el elegido, consciente de que el secreto está en la imagen, aprueba una Ley de «Igualdad» (sin presupuesto), postula sobre la solidaridad social (y discrimina a la mayoritaria oposición conservadora a favor de las minorías nacionalistas), presume del sistema financiero español ante propios y extraños (pero recurre a la intervención pública), agravia a la Administración Bush (pero quiere ser invitado a Whasington a la cumbre del G-20)... En fin, ningún dislate de los cometidos en la anterior legislatura, ni de los actuales, es capaz de movilizar a los electores-consumidores, que prefieren mantenerse fieles a su marca antes que aceptar la propia equivocación. El neo-populismo, la ideología de la nada, hermana la codicia capitalista y la ambición política. El mercado económico y el electoral es la misma cosa.