Reprochar a la democracia parlamentaria española de graves
carencias e insuficiencias no deja de ser -siendo cierto- un ejercicio retórico
trufado de ingenuidad, por no decir de cinismo o huidiza simplicidad. El
verdadero déficit reside en la sociedad española, es decir, en la falta de
verdaderos demócratas. Y es que en este caso, como en tantos otros, el órgano no
hace la función, sino más bien al revés.
Digo esto a cuento del controvertido y apasionado debate mediático que se ha originado por algunas de las declaraciones de la reina Sofía a la periodista Pilar Urbano, registradas en el libro de ésta última La reina muy de cerca. Creo que de este ruidoso episodio se pueden sacar varias conclusiones: en primer lugar, está siendo una extraordinaria y eficaz campaña publicitaria para la venta del libro (la editorial y la autora nunca agradecerán lo suficiente estas albricias); en segundo lugar, la aparición de este libro se ha revelado como una ocasión de oro para que el dogmatismo rancio, ya sea de derechas o de izquierdas, conservador o progresista, quede una vez más en evidencia. Y, por último, y lo que es más grave, resulta patético y descorazonador comprobar la contumaz persistencia con la que numerosos periodistas, políticos y demás ralea mediática hacen derroche de ignorancia y carcunda.
El toma y daca de unos contra otros, sobre si la reina Sofía está o no legitimada para expresar sus opiniones sobre cuestiones que afectan y preocupan a los españoles, me parece un ejercicio estéril y peligroso. No seré yo el que se ponga a dar lecciones de lo que deben pensar o decir los demás, incluidas la reina «consorte» de España. Es obvio que doña Sofía tiene un estatus constitucional diferente al del rey Juan Carlos (Jefe del Estado y mando supremo de las Fuerzas Armadas); otra cosa es el estatus de la reina en la jerarquía de la Casa Real Española. Por tanto, que la reina Sofía se mantenga en el ámbito de discreción que se le exige al monarca Jefe del Estado, no sólo es recomendable sino que es altamente beneficioso para el papel constitucional otorgado a la Corona. Pero no nos engañemos, todo el mundo sabe que la Familia Real es católica, apostólica y romana, por lo que es razonable deducir que sienten y viven en sintonía con lo que la doctrina católica defiende y enseña a sus creyentes. Así que hacernos los sorprendidos por estas declaraciones de la reina me parece de una engañosa ingenuidad que tira para atrás. La única pregunta que me asalta sobre estas declaraciones a Urbano es la de qué razones han llevado a la reina Sofía, tan prudente y cauta durante los 46 años que lleva en España, a expresar ahora públicamente sus opiniones sobre asuntos tan delicados y esenciales; por qué ahora y no antes. Esta es la pregunta que a mí me inquieta, por decirlo de alguna manera.
Por lo demás, ni se me ocurre poner en tela de juicio el derecho de la reina -no del rey, sujeto a los preceptos constitucionales- a la libre expresión; otra cosa es la idoneidad de sus declaraciones en función de su marido el Jefe del Estado. Tampoco me sorprende que los que se jactan de su republicanismo hayan sido de los primeros en criticar severamente a doña Sofía: ellos sólo aceptan (y que remedio) una monarquía de salón, para el protocolo, pero sin voz ni voto, y ahí se mantienen como talibanes. En cuanto a los monárquicos de boquilla (para los tradicionalistas todo es poco), su mala conciencia les pasa factura (he ahí las declaraciones de González Pons y otros líderes del PP). Y es que en nuestra España cainita la falta de talante y educación democrática constituyen las carencias fundamentales de nuestro acervo político. Aquí todavía campea un exceso de superávit totalitario y de dogmatismo, de soberbia y de jactancia, de gritos y de voces malsonantes, de prepotencia y matonismo. Casi todo el mundo se mira su ombligo, y cuando alguien levanta la vista no ve más que su excrecente cicatriz revoloteando salvíficamente por encima del universo. Pobre país.