La vida sería sencilla si a su complejidad cada ser humano fuera capaz de considerarla como un regalo de los dioses. Los 13.500 millones de años, más o menos, transcurridos desde el origen del actual Universo, han trabajado, en su implacable evolución, para que todos y cada uno de nosotros estemos aquí. Es más, este gigantesco esfuerzo realizado (y que continúa realizándose) por la energía y la materia cósmica está dirigido a que cada una de nuestras existencias sean ineluctables. No seamos, pues, tan pretenciosos -en nuestra corta existencia- de creernos poseedores de la verdad. La verdad sobre nuestra naturaleza y el universo del que formamos parte es tan inescrutable e inabarcable -para nuestros limitados cerebros-, que sólo una actitud humilde y abierta puede protegernos de nosotros mismos. Lo único que está en nuestras manos es adquirir el compromiso para que nuestros actos, por pequeños e insignificantes que sean, causen beneficios a los demás. A este compromiso, los filósofos y sabios humanistas, lo llaman ética: el compromiso para hacer el bien y combatir el mal. Todo lo demás son cuentos chinos, algunos muy bonitos pero también muy peligrosos.
Los seres humanos somos seres extraordinarios, ya que -además de constituir una especie biológica muy evolucionada- constituimos la primera y única especie (en el planeta Tierra) portadora de un perfil sicológico también altamente evolucionado. Hemos sido capaces de crear el lenguaje mediante signos: hemos descubierto el logos, la palabra. Y ha sido mediante el logos que hemos llegado a ser capaces de elaborar pensamientos abstractos; abstracciones que van más allá de las cosas percibidas por el mundo de los propios sentidos. Pero nuestra presencia en el Universo es de apenas unos segundos, comparada con el Universo mismo. Por tanto, ello nos debería llevar a pensar que nuestras capacidades intelectivas y sicológicas aún distan mucho de haber alcanzado un grado de excelencia satisfactorio. Es decir, nada de lo que somos actualmente debería inclinarnos por la complacencia. Somos lo que somos, pero aún estamos lejos de ser lo que podemos llegar a ser.
No obstante, conviene tener en cuenta que en la naturaleza de nuestra doble personalidad (biológica y psíquica) llevamos inscrito el ADN del Universo, aunque estamos lejos de poder descifrarlo. Formamos parte del pulso cósmico, somos una parte ínfima de él, pero nuestra soberbia nos ha llevado a anunciar la muerte de Dios. El racionalismo subvirtió los valores arcaicos y situó al hombre en el centro del Universo, una utopía blasfema que peca de soberbia. Si Dios es el impulso del Universo, o el Universo mismo, y el hombre es apenas un proyecto, una manifestación cosmogónica, deberíamos ser cautos con nuestros juicios pues al fin y al cabo poco es lo que sabemos.
Escribía Hilaire Belloc, sin que hasta ahora nadie le haya rebatido (otra cosa es que se le ignore), que primero fue la religión y luego la civilización. El homo sapiens, en su crepuscular ignorancia y ante una infinita necesidad de razonar su existencia, intuyó a Dios (o a los dioses) en los prodigios del Universo, ya fuera en sus expresiones astrales o bien en sus manifestaciones terrenales: el sol, la luna, las estrellas, el fuego, el viento o la fuerza implacable de las aguas torrenciales, cuando no los rasgos soberbios de la serpiente, el águila o el leopardo, han dado testimonio durante milenios de la dimensión espiritual y trascedente del ser humano. Y en un paso más, hacia delante, la capacidad intelectiva del ser humano elaboró abstracciones desbordantes de la realidad material, que acabaron configurando civilizaciones periclitadas y las vigentes: las grandes religiones espiritualistas (budismo, brahmanismo, zoroastrismo o sintoísmo) y monoteístas (judaísmo, cristianismo y mahometismo) constituyen las estructuras que soportan las civilizaciones que han llegado hasta nuestros días.
Desgraciadamente, en los tiempos que vivimos el ser humano vive prisionero de un acceso de soberbia: ha convertido a la razón en el único y exclusivo argumento de su existencia. Los progresos que ésta ha favorecido en los campos de la ciencia y la tecnología han nublado su conciencia. El hombre considera que se basta a sí mismo; no necesita de nada ni de nadie para alcanzar el poder absoluto y la felicidad en este mundo. Lo demás no importa. Sin embargo, nada hace pensar que el ser humano sea más feliz hoy que ayer, acaso viva más cómodo, aunque no todos por igual. Y más vacío. Cuando Nietszche enterró a Dios y proclamó la llegada del "superhombre" hacía ya tiempo que la diosa "razón" había profanado el alma humana. Luego los románticos y los utópicos se lanzarían extraviados en pos de una quimera. La cruel dialéctica de la humanidad, azuzada por el espejismo de una libertad redentora, se encargó de amamantar a monstruosas criaturas que en el siglo XX dirigirían el gran holocausto. La subversión previa del arte ya había anticipado aquella dolorosa premonición.
¿Vivimos hoy en un mundo más seguro y más confortable que el de hace cien años? Seguro que la respuesta variará dependiendo más de dónde que de a quién se le haga. Esto es un síntoma, hace un siglo hubiera sido al revés. Vivir en una sociedad opulenta hoy no nos produce sosiego en cuanto apenas levantamos la vista de las entendederas. Sin embargo, persistimos en vivir como si todo fuera posible, como si el sol existiera para alumbrarnos y calentarnos en vez de dar gracias cada día a esta oportunidad maravillosa que se nos ha brindado de existir.