El año que comienza lo hace con el mismo o similar empeño con el que acabó 2008. En realidad las amenazas que ensombrecen a la humanidad no son sino consecuencias directas de anteriores conflictos nunca resueltos o, lo que es peor, mal resueltos. Prueba de ello es el súbito enconamiento del contencioso judeopalestino. Dice la sabiduría popular que todo problema encierra su solución. Yo no estaría de acuerdo con este aserto, no al menos en el caso del conflicto de Oriente Próximo. Esta guerra cruel e insensata se retroalimenta a sí misma porque la comunidad internacional, más dividida entre sí que judíos y palestinos, azuza y jalea a los díscolos contendientes para mantener viva la hoguera de la hostilidad y el desencuentro. Las grandes potencias y los movimientos ideológicos insurgentes libran así su particular batalla en un tablero ajeno. Se trata de una estrategia para ganar tiempo hasta el momento de la guerra total.
Desde la perspectiva europea, es de lamentar que a estas alturas no haya cuajado una conciencia libre de complejos: en el conflicto judeopalestino no hay buenos ni malos. Sin embargo, Europa sí acumula mucha responsabilidad histórica -sobre todo Reino Unido y Francia-, por cómo ejercieron el papel de administradores de estos territorios desde la caída del imperio otomano hasta el reparto de los mismos en diferentes estados, y en especial desde la creación del Estado de Israel en 1947. Aquel proceso, artificioso pero necesario, lleva prendido el estigma del odio, y todavía nada ni nadie ha sido capaz de rebajar la inquina secular de dos pueblos que sobreviven salvajemente enfrentados por la negativa mutua a reconocerse el derecho a la existencia. Desde luego Israel jamás aceptará ninguna salida que comprometa lo más mínimo su seguridad, ni los musulmanes fanatizados de la región renunciarán a su viejo sueño de echar a los judíos al mar.
Ante este panorama, la única salida que parece viable es la del horror y la muerte. Estamos ante un conflicto armado que carece de expectativa final. Pero seamos serios y rigurosos. La clave del conflicto pasa esencialmente por el hecho incontestable de que el fundamentalismo islámico odia el modelo de democracia occidental. Hamás, Al Qaeda, Hezbolá, Yihad Islámica y otras tantas organizaciones fanatizadas del islamismo radical constituyen el auténtico motor que mantiene activo este casus belli, sin otra finalidad que la destrucción del estado de Israel y su aniquilamiento total. Se trata de la gran coartada para expandir su furia y su odio hacia todo aquello que representa un modelo de vida que, aunque imperfecto, ha hecho de la libertad y de los derechos humanos su razón de ser.
¿Qué razones asisten a Hamás para bombardear sistemáticamente
desde la granja de Gaza el territorio israelí? El presidente de Israel, Simón
Peres, uno de los líderes más condescendientes y pacifistas del arco político
israelí, el arquitecto de los acuerdos de Oslo, lleva tiempo haciéndose esta
pregunta sin encontrar la respuesta. Desde 2005, en que el ejército israelí se retiró
de Gaza (por iniciativa de Ariel Sharón) -lo que conllevó múltiples
dificultades internas por la oposición de sus propios ciudadanos disidentes-, el
gobierno de Tel Aviv disponía de un plan
de retiradas de los territorios palestinos ocupados por primera vez en la
historia, así como la decisión de aceptar la creación de un Estado palestino. Pero
Hamás ha boicoteado sistemáticamente estas iniciativas con sus cohetes Qassam.
Un ejemplo paradigmático de la estulticia del fanatismo
musulmán queda reflejado en el atentado terrorista ocurrido el pasado 28 de
diciembre en Mosul, ciudad situada a 400 kilómetros al norte de Bagdad. Lo
perpetró un terrorista suicida que conducía una moto-bomba. La explosión se
cobró la vida de al menos tres personas e hirió a otras veinte, pero el hecho
verdaderamente destacable es que el suicida-homicida atentó contra integrantes
de una manifestación en contra de Israel con motivo de la incursión aérea
israelí en Gaza. Los diarios informaron de que el atentado tuvo como blanco al
líder del Partido Islámico Iraquí, uno de los convocantes de la manifestación.
Al tratarse de un atentado tan estrafalario y desconcertante, y tan difícil de
utilizar para culpabilizar a Estados Unidos, la prensa occidental pasó página
con rapidez. Está claro que el responsable del atentado era algún grupo ideológico
próximo a Al Qaeda, Hamás o Hezbolá, y que competía contra rivales del mismo
signo ideológico.
Otro ejemplo desconcertante de la diabólica dialéctica de
los líderes palestinos tiene que ver con la muerte, el 2 de enero, de Nizar
Rayan, autoridad militar de Hamás, por el ataque de las Fuerzas de Defensa de
Israel. Nizar Rayan fue el organizador de varios de atentados kamikazes que
acabaron con la vida de civiles israelíes. En el momento de ser alcanzado por los
proyectiles israelíes, Nizar Rayan se hallaba en compañía de sus cuatro esposas
y de otros tantos hijos. La pregunta que surge en una mente racional es: ¿por
qué Rayan no pensó en salvar la vida de sus cuatro esposas, la vida de sus
hijos? ¿Por qué planteó el campo de batalla en su propia casa?
En estos días, en muchos lugares del mundo, se leen y escuchan numerosas
expresiones vertidas por toda clase de periodistas y líderes de opinión manifestado
su espanto -muchas veces recurren al término náuseas- por la crueldad del
ejército de Israel. En cambio son pocas las personas que manifiestan su espanto
por la complicidad de los adultos de Hamás en la muerte de niños palestinos. Nadie
denuncia la táctica de lanzar cohetes y poner bombas en Israel para luego
refugiarse entre sus esposas, hijos y demás familiares. La guerra es horrible,
pero recurrir a la propia familia como escudo humano es abominable. Hacer del
victimismo el principal y casi único argumento para justificar el odio y la
beligerancia hacia el pueblo israelí todavía da réditos a los dirigentes
palestinos. Ante tan cínica actitud son pocos los occidentales que se preguntan
por qué los palestinos demuestran tanta incapacidad para organizar su gobierno
y conseguir que una sola voz les represente a todos. ¿Cómo si no van a negociar
con nadie? Un pueblo dividido y enfrentado entre sí tiene casi nulas posibilidades
de hacerse respetar en el mundo. Y menos ante su enemigo.