miércoles, 21 de enero de 2009
Rodríguez Zapatero

Lo que ayer ocurrió en Whasington creo sinceramente que fue una lección magistral para los más de seis mil millones de seres humanos que habitan en nuestro planeta. Fue un acontecimiento de reafirmación en los principios democráticos y en los valores que sustentan esta forma de convivencia colectiva. Es verdad que la democracia no es un sistema político perfecto, pero mientras que no se demuestre lo contrario es -como dijera Winston Churchill- el menos malo de los existentes.

Una de mis mayores preocupaciones en los tiempos que corren -y aseguro que me produce gran desasosiego intelectual, y a menudo vital- es la indecente manipulación y distorsión del lenguaje, tanto por los políticos como por los líderes de opinión pública y por los profesionales de la comunicación de masas. Se ha llegado a tal grado de ignominia en el uso del lenguaje que el ciudadano común ha perdido por completo el sentido de la realidad. Porque ¿cuál es el sentido del lenguaje sino el medio por el que identificar las cosas, los pensamientos y las emociones? Por eso el ser humano, mediante unos códigos de signos, ha elaborado a través de la historia el lenguaje para relacionarse entre sí. Es decir, el hombre se ha transformado en Verbo, y con ello ha escalado un peldaño definitivo que le eleva y distingue del resto de la escala zoológica.

Es el Verbo la sustancia energética que alimenta la facultad intelectiva del hombre, y no al revés. Es el Verbo la materia que construye y da forma al pensamiento humano, de igual manera que la energía cósmica se transforma o sintetiza en materia, ya sea inerte o ya sea orgánica.

Apunto todo esto para poner el acento en la perversidad que implica que los dirigentes políticos, religiosos o de cualquier otro tipo manipulen a su antojo el lenguaje para confundir a sus prosélitos y para defender lo indefendible. Entiendo que cualquiera tiene el derecho a pensar y creer en lo que quiera. Lo que ya me parece inadmisible es que aceptando un modelo de filosofía política se critique y se actúe justo de forma contraria a lo que se afirma defender. Es verdad que dentro de un mismo orden de valores los matices pueden crear grupos humanos rivales entre sí. Pero otra cosa es la confrontación abierta y descalificadora total hacia el oponente.

Ayer millones de personas de todo el mundo pudimos oír y ver como el recién investido presidente de los Estados Unidos de América, Barack Obama, en sus primeras palabras a la nación y al resto de naciones, afirmaba con rotundidad que su país padecía graves problemas: una profunda crisis económica y dos guerras simultáneas. Obama no se arredró ante estas dificultades y apeló al espíritu del pueblo norteamericano, a los valores fundacionales sobre los que se erigió este gran país y al acervo de experiencia demostrada para superar los mayores peligros y amenazas. Es más, el nuevo presidente no sólo exhortó a sus conciudadanos a aceptar sacrificios y trabajar con denuedo para salir adelante, sino que les instó a cambiar sus actitudes y modos ante la realidad inapelable del cambio que se ha operado en el mundo.

Bien, ahora hagamos los españoles un somero ejercicio de autocrítica y analicemos cómo afrontó -hace menos de un año- el presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero su investidura para el segundo mandato. ¿Fue sincero con la nación española? ¿Afrontó el desafío de la grave situación económica? ¿Ha corregido su política en los últimos meses con suficiente determinación? ¿Está trabajando la oposición en el camino correcto para remediar el posible fracaso del Gobierno de Rodríguez Zapatero? ¿Es el líder del PP, Mariano Rajoy, un líder convincente como alternativa de Gobierno? Respondamos con sinceridad a estas y otras preguntas relacionadas, y asumamos cada uno de nosotros, como ciudadanos y electores, nuestra responsabilidad en la actual situación.

Decía Sándor Márai, el gran escritor húngaro -testigo y víctima de los excesos totalitarios en la Europa del siglo XX- que «las palabras no sirven más que para ocultar la realidad, no para revelarla». No nos resignemos ante el fatalismo que pretenden imponernos los depredadores del poder y del dinero. No, exijamos a los que nos lideran honestidad, sinceridad y entrega; que nos digan siempre la verdad y que no hagan con nuestro dinero un uso demagógico y sectario de populismo rampante. Que no nos traten como a inmaduros e insolventes ciudadanos. El optimismo antropológico de ZP no es el antibiótico con el que los españoles debemos ser narcotizados, sino con la verdad y la credibilidad. Rodríguez Zapatero ya es un político a amortizar, pues el daño que ha producido es irreversible. Liberémonos los españoles de los prejuicios sectarios del pasado y busquemos entre los políticos honestos y valientes a los líderes de la regeneración. Al margen de colores e ideologías estériles. Si es verdad que la libertad nos hará libres, seamos libres de una vez, pese a quien pese.


Publicado por torresgalera @ 16:22  | Política
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Comentarios
Publicado por Angel Torres Canales
lunes, 23 de febrero de 2009 | 13:16
Totalmente de acuerdo con tigo Miguel.
Con tu permiso, voy a mandar tu artículo a mi grupo de amigos, Últimamente he decidido mandarles los artículos que a mi me gustan para compartir así "opiniones de interes". Es una pena que lo que haces tu en esta Web no lo lean mas gente. Creo que cada vez que hagas un artículo nuevo nos lo comuniques a todos tus contactos por medio de un correo.
Saludos
Angel Torres Cananales