Quién nos puede asegurar que la vida no está tejida de sueños, unos pérfidos y crueles y otros halagüeños y esperanzadores. El poeta los da por ciertos e iguala la vida a un frenesí, a una ilusión, una sombra, una ficción…; en definitiva ─según afirma─, la vida es un sueño. Desde luego algo así me ha ocurrido esta semana que concluye, en la que un viejo recuerdo de hace más de cuarenta años me ha sorprendido y abrumado con su presencia, inesperada y apabullante, corporeizándose ante mis ojos, toda vez que me ha regalado algunas horas que seguro serán, con el paso del tiempo, inolvidables.
Desafortunadamente solo fuimos capaces de reunirnos poco más de una docena de antiguos cantores de la Escolanía de los Sacramentinos, de Madrid. Otros a los que se les pudo localizar excusaron su ausencia por compromisos adquiridos con anterioridad. No importa, lo más difícil se hizo: encender la llama y reunir en torno al Padre Calvo, en la sede de los Sacramentinos (calle del Alcalde Sáinz de Baranda, número 3, del madrileño barrio de Retiro) a este reducido pero emocionado grupo de ex niños cantores. Fueron unas horas entrañables de alentar los recuerdos, de evocar buenos momentos, de ponernos al día de tantos años de ausencia. En resumen, una intensa tarde otoñal que se fue gastando entre vaharadas de nostálgicas ensoñaciones y voluntariosos empeños de futuros encuentros. Dos días después, algunos volvimos a reunirnos con el Padre Calvo con manteles y buen vino de por medio. Este segundo encuentro tampoco defraudó, toda vez que estrechó los corazones. Había algo mágico en el ambiente.