Jueves, 20 de enero de 2005
A qué llamamos Globalización: al fenómeno de extensión a todos los países de la Tierra del modelo económico de libre mercado, impulsado por los avances tecnológicos en el ámbito de las telecomunicaciones. Como es lógico deducir, la mundialización de ese modelo predominante no implica solamente realidades económicas, sino que conlleva otro tipo de consecuencias de carácter social con manifestaciones múltiples.

Los significativos progresos tecnológicos en el mundo de las telecomunicaciones tienen su paradigma en la recepción, en tiempo real, de la información -se produzca donde se produzca- en cualquier rincón del planeta. Este hecho tiene una importancia capital para entender eso a lo que llamamos Globalización. No hay que olvidar que junto a estos avances tecnológicos se ha conseguido que la industria sea capaz de producir los productos que los hacen posible en número muy elevado y a precios cada día más accesibles para la mayoría de la población mundial. En la actualidad disponemos de una gama de recursos muy variada (radio y televisión convencional, por cable, por satélite, internet, telefonía fija y telefonía móvil de altas prestaciones).

Evidentemente, este fenómeno de la Globalización sigue un proceso de expansión gradual, pero inexorable. Primero se genera en las sociedades más desarrolladas, y va irradiándo paulatinamente su instalación de los grandes núcleos urbanos a ciudades más pequeñas, hasta concluir en el medio rural, de concentraciones humanas reducidas y dispersas. Simultáneamente a este primer paso, se inicia la traslación, siguiendo el mismo esquema, a sociedades en vías de desarrollo, a sociedades emergentes y, por último, a los países más pobres. En cualquier caso, el proceso es ineludible.

No cabe la menor duda de que las regiones más pobres del planeta son las que todavía se encuentran menos impregnadas por los vientos de este fenómeno de la Globalización. Pero si convenimos que la tendencia general es a que todos los países de la Tierra persiguen un grado de desarrollo económico y de bienestar social homologable a la media de naciones solventes, concluiremos en que la Globalización terminará por abducir a todas las sociedades de nuestro planeta.

Publicado por torresgalera @ 7:00  | Pensamientos
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Mi?rcoles, 19 de enero de 2005
¿Por qué el presidente Aznar, un político tan fuerte y seguro de sí mismo cometió el error de empecinarse en gestionar la crisis del 11-M solo y defendiendo la inculpación a ETA de la autoría de los atentados terroristas? Es sorprendente que en hora tan extrema saliera a relucir lo peor de su talante. Se mostró como un obstinado irredento, al que no le cabía la menor duda que su intuición política siempre le marcaba el rumbo correcto.

José María Aznar en aquellos trágicos sucesos ya no era el mismo presidente que en otros tiempos convenciera por sus dotes innegables para el diálogo y la negociación. A pesar de su adustez, ya no era aquel presidente que había sabido establecer, antes de ganar las primeras elecciones, una disciplina férrea en su partido. Tampoco era aquel presidente que supo pactar acuerdos con los partidos nacionalistas vasco y catalán tras ganar por mayoría simple. No, era obvio que Aznar cambió, poco a poco, pero de manera inexorable. Su segunda victoria electoral, esta sí por mayoría absoluta, le insufló tal dosis de autoestima y autosuficiencia que en pocos meses se tradujo en un incipiente distanciamiento del resto del mundo; pronto esta actitud comenzó a estar en boca de todo tipo de analistas políticos: una actitud que desconcertó a propios y extraños, y que despertó entre los suyos más temor que confianza. También fue sintomático su menospreció hacia el nuevo secretario general del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero.

Aznar llegó a sentirse estigmatizado de sí mismo. Creyó ser capaz, por la fuerza de su carácter y por sus convicciones personales, cada vez más dogmatizadas, que él podía marcar el rumbo de la Historia de España, sacándola del ostracismo a la que había estado condenada desde hacía dos siglos; de ahí su convicción expresada en varias ocasiones, de que “algún día los españoles comprenderán mis decisiones de hoy”. Esta soberbia mesiánica llevaba implícito el germen de sus propia destrucción; prueba de ello era la táctica cada vez más recurrente del enfrentamiento permanente y del ordeno y mando. Llegó un punto que prevaleció más la sensación de firmeza que la inclinación al diálogo; hasta la designación de su sucesor irradió un enorme tufo a imposición.

S
u incapacidad para dialogar con el candidato del PSOE, y su obstinada seguridad en sí mismo, le hizo errar sin remedio en el manejo de la crisis abierta por la tragedia del 11-M. Todavía, unas horas antes de que abrieran los colegios electorales el domingo 14 de Marzo, uno de los principales fontaneros de La Moncloa intentó desesperadamente “colar” en el telediario de las nueve de la noche del sábado, en Televisión Española, que se atribuyera la autoría de los atentados del 11-M a delincuentes comunes. Estaba claro que la obcecación se había instalado en la Presidencia del Gobierno. Los lamentos de después de poco sirvieron cuando se había perdido el juicio.

Publicado por torresgalera @ 10:04  | Personajes
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Martes, 18 de enero de 2005
Una de las causas que más perjuicio está produciendo en la vida política española de la última década es el raquitismo intelectual de su clase política. No digo yo que la sociedad española no cuente con intelectuales de altura. La cuestión es que en las cúspides dirigentes de los partidos políticos se está imponiendo un formato intelectual muy estandarizado y ramplón, que está cegando cualquier atisbo de debate ideológico capaz de superar el encastillamiento que las distintas organizaciones políticas mantiene en la actualidad.

El deterioro que está experimentando en nuestro país el modelo de democracia parlamentaria está íntimamente ligado al desarme intelectual de nuestros políticos. La hegemonía de las organizaciones políticas sobre los individuos que las integran ha pulverizado cualquier atisbo de humanismo filosófico. En la segunda mitad del siglo XIX y en buena parte del XX los individuos especulaban y manejaban ideas que, en ocasiones, terminaban transformándose en ideologías. Estas ideologías aglutinaban en torno a sí un gran número de individuos que trataban de sustanciar aquel ideario mediante una praxis política que, día a día, esfuerzo sobre esfuerzo, debería culminar en la imposición del modelo idealizado en el conjunto de la sociedad. Entonces, las organizaciones políticas tenían la función de ser el recipiente instrumental desde el que trabajar y con el que abordar los objetivos deseados. Además, el partido político otorgaba entidad jurídica al proyecto político, mientras que la ideología (o conjunto de ideas) era el acervo vivo, la esencia o razón de ser de la organización, y cuyos integrantes no cejaban en ejercitar la crítica y la revisión conceptual; sobre todo en los llamados partidos de izquierda, en los que el anhelo utópico guiaba un revisionismo permanente a través de intensos debates ideológicos.

¿Pero qué está ocurriendo en la actualidad en la vida pública, en la española y en la foránea? ¿Los partidos políticos continúan sustentándose sobre el acervo de sus respectivas ideologías o, por el contrario, las ideologías se han convertido en el pretexto para que los partidos protagonicen la lucha por el poder a cualquier precio? Mucho nos tememos que la conquista del poder es la razón primera y sustancial que alienta el debate político. En una sociedad como la actual, donde el
«estado del bienestar» ha arraigado en la conciencia de todas las capas sociales, la lucha de clases ha quedado relegado a un mero recurso dialéctico. La retórica de la antigua izquierda continúa artificiosamente viva, aunque la realidad social que en otro tiempo la sustentaba ha cambiado radicalmente. Y lo peor de todo es, que los dirigentes actuales de las organizaciones de izquierda no sólo no están sabiendo renovar su discurso político, sino que han vaciado los antiguos contenidos y recurren permanentemente al uso de una retórica huera y carente de fundamento.

En estos tiempos asistimos en España a un debate político de gran calado y de la mayor trascendencia para nuestro futuro como nación. Me refiero al llamado
«plan Ibarretche», que es toda una pieza de diseño sobre la que elaborar un nuevo estatuto de autonomía para el País Vasco, toda vez que implica, subrepticiamente, la reforma de la propia Constitución. Sin entrar en los contenidos de dicho plan, lo primero que tenemos que destacar es el hecho de que la iniciativa del lehendakari ha llegado tan lejos gracias al desarme ideológico del PSOE, el partido gobernante en España. Nunca la organización socialista española ha gozado de tan elevado grado de confusión mental y de raquitismo ideológico como en nuestros días. Carece por completo de modelo de Estado, y lo que es peor, carece de conciencia nacional. De ahí que su secretario general, y presidente del gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero, afirme que no ve tanta diferencia entre el concepto de “nación” y el de “nacionalidad”.

Llegados a este punto, no cabe preguntarse más que algunas cuestiones esenciales: por ejemplo, ¿dónde va una sociedad que entrega mayoritariamente su confianza a un partido que se define como federal, que es capaz de pactar gobiernos con partidos nacionalistas independentistas, que es profundamente condescendiente con regímenes antidemocráticos, como el cubano y el marroquí, y que se jacta de no someterse al “vasallaje” de Washington? Pues la cosa no puede estar más clara: la cultura política de buena parte de la ciudadanía española tiene mucho que desear, o está abducida por el fetichismo que el viejo y decadente lenguaje del pasado marcó a sangre y fuego la Historia de España del siglo XX.

Hoy en día, mientras que la derecha española ha progresado muy positivamente, enriqueciendo su discurso político de contenido social, de justicia y de derechos humanos, la izquierda se ha precipitado a reivindicar todo aquello que le diferencie de la derecha, aún a costa de dejar desguarnecido sus flancos y hacerse más vulnerable de lo que la inteligencia aconseja. No por llenarse la boca a cada minuto con expresiones como “progreso”, “modernidad” o “desarrollo sostenido” se es más progresista, más moderno o más defensor del crecimiento económico controlado. No, es menester que la acción de gobierno responda a un programa político coherente y sensato, además de necesario, derivado del análisis intelectual sobre las necesidades de la sociedad que se pretende gobernar. Y para conseguir esto es necesario, primero, contar con intelectuales solventes y acreditados que actualicen el ideario político de acuerdo con la sociedad de nuestro tiempo; y, segundo, que dicho esfuerzo intelectual esté impregnado de una alta dosis de generosidad.

Publicado por torresgalera @ 20:18  | Pensamientos
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