Mi?rcoles, 23 de febrero de 2005

Si nos atenemos al significado etimológico del término «destino» (procede del verbo destinar, del latín, destinare: ordenar, señalar o determinar algo para algún fin o efecto), vemos que dicho vocablo es desde antiguo sinónimo de «hado» (divinidad o voluntad divina que regula de una manera fatal los acontecimientos futuros.) Los griegos clásicos denominaban al destino Moira o Tique; por su parte, los romanos se referían a él como Fatum y Fortuna. Decía Esquilo que «Ni aun permaneciendo sentado junto al fuego de su hogar puede el hombre escapar a la sentencia de su destino.»  Este significado de tipo esotérico, elevado a la categoría de mitológico, tiene su máxima expresión en «Fuerza desconocida que se cree obra sobre los hombres y los sucesos.»

También, en una primera acepción lingüística, se entiende por destino el «Encadenamiento de los sucesos considerado como necesario y fatal». Otra acepción recogida por la Real Academia Española es la de «Circunstancia de serle favorable o adversa esta supuesta manera de ocurrir los sucesos a alguien o a algo». Por supuesto existen otras acepciones más comunes y de índole cotidiana para definir el destino, como «Consignación, señalamiento o aplicación de una cosa o de un lugar para determinado fin», o el referido al «Empleo (ocupación)», o «Lugar o establecimiento en que alguien ejerce su empleo», y, finalmente, el referido a «Meta, punto de llegada».

Para el caso que nos ocupa interesa el significado etimológico, es decir, aquel que está referido al imperativo de algo para algún fin o efecto; también al significado que otorga a fuerzas desconocidas (sobrenaturales o divinas) que obran sobre los hombres y los sucesos. Como podemos comprobar, ordenar, señalar o determinar algo para algún fin o efecto es todo un ejercicio de voluntad promovido tras la elaboración de una idea o un pensamiento. Afirmaba la admirable Hellen Keller, (Tuscumbia, Alabama, 1880 - Washington, 1968) que «Nuestra voluntad interior dirige nuestro destino». Es por ello que razón y voluntad constituyen los dos vectores imprescindibles para que la acción de destinar pueda realizarse con éxito. Razón y voluntad están, obviamente, ligadas a la actividad del hombre, a la programación de algunos de sus actos para conseguir determinados fines. Y, por tanto, esta acción de destinar es mensurable, se puede medir y ponderar, tanto por el que la promueve como por los demás. Los actos humanos programados, una vez realizados, son susceptibles de verificación.

Ahora bien, si nos situamos en un plano superior del conocimiento y nos adentramos en la búsqueda de verdades trascendentes, entraremos de lleno en el campo de la filosofía o de la teología, es decir, en la meditación especulativa o en la elaboración de pensamientos abstractos, donde la ciencia puede iluminar la razón sólo muy parcialmente. Por ello, otorgar a fuerzas desconocidas —ya sean de carácter sobrenatural o divino— de la voluntad de actuar sobre los hombres y los sucesos que ellos protagonizan, es un acto intelectual fundamentado en la tradición (mediante el aprendizaje), o en la fe de lo sobrenatural (creencia en un ideario inverificable).  

En la primera acepción, la referida al «Encadenamiento de los sucesos considerado como necesario y fatal», corresponde más bien a un sentido determinista y fatalista de entender la existencia. En las filosofías deterministas o fatalistas, el destino recubre la realidad que se desconoce, pero que actúa inexorablemente.

En el idealismo alemán, y en especial en Georg Hegel, (Stuttgart 1770 - Berlín 1831) el destino es «lo que no sabe decirse qué hace, cuáles son sus leyes determinadas y su contenido positivo, porque es el puro concepto absoluto mismo intuido como ser», (Fenomenología del espíritu, Razón); el Espíritu autoconsciente sólo puede alcanzarse a través de un proceso temporal, ya que el tiempo se manifiesta como destino.

La obra El Destino del hombre, escrita por el político y filósofo alemán Johann Gotlieb Fichte (Rumennau, 1762 - Berlín, 1814), y publicada en 1800, es una de las reflexiones más lúcidas y prometedoras sobre la cuestión que nos ocupa de la filosofía moderna. En dicha obra, integrada por tres libros, (Duda, Saber y Fe), Fichte intenta conciliar la separación entre sujeto y objeto, cuestión que en la filosofía moderna ha dado lugar al enfrentamiento entre idealismo y mecanicismo. El análisis de Fichte comienza admitiendo que el hombre nace determinado por una fuerza creadora, que le hace ser como es y no puede ser de otra manera. Al determinismo universal se opone el «YO» consciente, lo demás es «NO-YO» irracional. La unión de ambos es el universo. El YO se caracteriza por una actividad creadora que es la libertad. Y gracias a la libertad es posible la identificación del YO y del NO-YO. El mundo exterior no existe más que en el individuo, es creado por la razón. La obra concluye con la afirmación de la primacía de la fe: lo importante es la fe en la libertad, en la inmortalidad del alma, obedecer el «mandamiento del deber moral» que se nos impone como un imperativo categórico eterno.

El pensamiento de Fichte da por enterrado definitivamente el viejo determinismo, aquel que sostiene la vigencia de la segunda acepción: «Circunstancia de serle favorable o adversa esta supuesta manera de ocurrir los sucesos a alguien o a algo»; esta acepción está vinculada a ese otro acomodo mental que vincula el acontecer de ciertos hechos a la buena o mala suerte. Un ejemplo preclaro de esta manera de entender la existencia del hombre lo encarna Francesco Petrarca (Arezzo, 1304-1374), que en su célebre Canzoniere escribe, «Cada uno, desde que nace, tiene escrita su suerte en este mundo».

Origen humano

Llegados a este punto, conviene hacer una reflexión sobre la naturaleza misma del hombre. Reflexión que nos permita ordenar no sólo las ideas, sino conducir el discurso de dicha reflexión por el sendero correcto hacia nuestro propósito: dilucidar sobre la existencia del destino como un imponderable impuesto por fuerzas sobrenaturales o divinas, o bien esclarecer, de una vez por todas, que lo que llamamos destino no es más que la consignación de sucesos acaecidos por los hombres en el trasiego de sus vidas, unas veces impregnados por la voluntad y otras por la casualidad.

Pues bien, la existencia humana tiene como causalidad los mismos argumentos que los de cualquier otra especie. Por ello, su prolongación y pervivencia están sujetas a las condiciones de adaptabilidad que la evolución geológica del planeta Tierra nos impone. El Homo Sapiens es, al fin y al cabo, el resultado de la evolución de especies anteriores y más primarias cuyo origen señalamos como la del Homo Erectus.

Llegados, por tanto, a esta realidad empírica, no nos queda más remedio que colegir que la primera finalidad como especie es, en la medida de nuestras posibilidades, la de perpetuarnos. A partir de este aserto, atribuir otra responsabilidad al ser humano para decidir su destino nos lleva a un ejercicio intelectual de carácter iniciático que nos proyecta hacia otra dimensión de la existencia, más allá de la puramente biológica y material; estaríamos hablando de las capacidades sensitivas, racionales y espirituales que el Homo Sapiens ha sido capaz de desarrollar a lo largo de su devenir como especie. Pero no conviene olvidar que esa nueva dimensión intelectual y onírica que el ser humano ha desarrollado no va aparejada (hasta ahora) a una actividad similar en el resto de las especies vivas de nuestro planeta, ni del planeta mismo. En cuanto a la capacidad de inteligencia del Universo y, por tanto, al cumplimiento de un plan establecido, es algo que está en la actualidad totalmente fuera de nuestro alcance; apenas nos es posible siquiera vislumbrarlo. Poco hemos avanzado desde los tiempos en los que el humanista italiano Ferdinando Galiani, el famoso abate Galiani (1728-1787), afirmara que «El destino es una ley cuyo significado se nos escapa, porque nos falta una inmensa cantidad de datos».

Partiendo de lo anteriormente señalado, la idea, e, incluso, la percepción de un destino individual o colectivo no deja de ser una ensoñación fruto de la capacidad de nuestra especie para elaborar pensamientos abstractos y, por ende, para especular con ellos. Tan es así, que la larga experiencia de la historia de la humanidad nos ha dejado múltiples manifestaciones de ejemplos variados y contradictorios sobre la ideación filosófica y espiritual de la finalidad del hombre. Ese sentido de la trascendencia que informa en muchos casos el pensamiento del ser humano arroja toda clase de opciones: desde la reencarnación, hasta la resurrección del cuerpo y la inmortalidad del espíritu, pasando por el determinismo materialista o por el nihilismo rampante.

Así, pues, podemos discutir cuanto queramos sobre el destino del hombre, sobre la relación de nuestros actos o de sus consecuencias con la obtención de este o aquel resultado. Pero lo que no podremos asegurar jamás, salvo que nos sumerjamos en el terreno exclusivo de la fe religiosa, es que algún ideario de trascendencia responda a la realidad universal.

Los seres humanos nacemos como consecuencia de un acto voluntario propiciado por nuestros progenitores. Pero somos, a su vez, como seres vivos, el resultado de un hecho instintivo determinado por la naturaleza misma; además, y en la medida en que somos seres racionales, el impulso instintivo está fuertemente impregnado de un ejercicio de voluntad, de deseo de obtener descendencia. No obstante, ese impulso, mezcla de instinto y de voluntad, no consigue más que favorecer a la especie de forma indeterminada. El nuevo ser resultante, el YO determinado, es, en cambio, el resultado de la casualidad, de una casualidad forjada en la causalidad de la reproducción de la especie y en las leyes del Universo. Es obvio que la inseminación, la fertilización y la maduración de cualquier célula-cigoto son procesos biológicos aleatorios que se producen únicos y exclusivamente al amparo de las estrictas leyes de la naturaleza. De la misma manera, las señas de identidad psicológicas del nuevo ser, responden a ese mismo orden  natural, determinado por el leyes del universo, que, por no comprenderlas, llamamos azar.

Así las cosas, deberemos concluir que «Ser» y «Destino» no tienen más vínculo que el de la ensoñación, ya que el encadenamiento de sucesos y circunstancias que determinan que los hechos sean favorables o fatales, tienen su origen en la aleatoriedad que contienen algunas de las leyes que rigen el Universo, y que nos son completamente desconocidas.


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Lunes, 21 de febrero de 2005
Del resultado del referendo sobre el Tratado Constitucional de la Unión Europea, ocurrido en España el domingo 20 de Febrero, cabe sacar algunas conclusiones que pudieran resultar provechosas para comprender mejor la trascendencia de este plebiscito.

En primer lugar, hablaré del resultado. El apoyo de los electores al Tratado Constitucional es incontestable: un 76,73 por ciento se ha decantado por el SÍ, frente a un 17,24 por ciento que ha expresado la opinión contraria. De los cuatro referendos habidos hasta la fecha, durante el reinado de Juan Carlos I, el de la OTAN, en 1986, registró el SÍ más ajustado (53,09%), y el NO, el voto en blanco y el voto nulo más abultados (40,30%, 6,61% y 1,11%, respectivamente).

La segunda conclusión importante es la que se deriva de la gran abstención, que fue del 57,68 por ciento. De los 33,5 millones de españoles registrados en el censo, sólo acudió a las urnas el 42,32 por ciento, es decir, menos de la mitad del electorado. Se trata de la mayor abstención ocurrida en este periodo histórico; le sigue el plebiscito europeo de mayo de 2004, cuya participación electoral fue el 45,14 por ciento, con casi dos millones más de votantes que el que nos ocupa. Pero lo más desconcertante de esta ocasión es que para muchos ha sido todo un éxito; casi todo el mundo coincide, pero por diferentes motivos, en que ha sido un buen resultado; como dijo el presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, con su cada vez más habitual rictus de cinismo, "Hoy nadie ha perdido". Pues nada, “buen talante y pá delante.” Porque está visto, que en el arte de cuadrar los números según convenga, en este país abundan los virtuosos. Pero digan lo que digan unos y otros, conviene hacer algún ejercicio crítico y no ser tan autocomplaciente: el resultado electoral es mediocre, muy mediocre; el resultado no está a la altura, ni de lejos, de la trascendencia con que nos han vendido este referendo.

Aquello de que la ciencia matemática es una ciencia exacta, es totalmente incierto, como bien saben los matemáticos. Con los números se puede hacer casi cualquier cosa para obtener resultados apetecidos. Pero aplicando lisa y llanamente el sentido común, cabe colegir que un referendo tan decisivo como el del 20-F, ha cosechado unos guarismos muy mediocres: de algo más de 33,5 millones de electores, han votado únicamente 14,2 millones, el 42,32%. ¿Y por qué más de la mitad se quedó tranquilamente en su casa? Esta pregunta merece una respuesta verosímil, y sinceramente pienso que el principal motivo fue que ese 57,68% de ciudadanos que se abstuvieron carecían de motivaciones -por desconocimiento o por falta de interés- para ejercer su derecho al voto.

También llama la atención, que si bien el 76,73% -de los 14,20 millones de ciudadanos que votaron- refrendaron con el Sí el Tratado Constitucional, este porcentaje representa el 32% de todo el cuerpo electoral, es decir, sólo uno de cada tres electores respaldó el Tratado. No creo que sea una cifra arrolladora, a la altura de tan histórico día.

Por el contrario, si sumamos el 57,68% de abstención, con el de los que votaron NO (17,24%, lo que es lo mismo que el 7,2% el cuerpo electoral), con el voto en blanco (6,03% de los votos, equivalente al 2,5% del cuerpo electoral) y con los votos nulos (0,86% de los votos, equivalente al 0,36% del censo), nos encontramos con que el 68 por ciento de los electores españoles no han respaldado el Tratado Constitucional.

Como se puede comprobar, las cifras son susceptibles de manejarse a conveniencia, pero si lo hacemos desde la perspectiva del interés colectivo, concluiremos que los resultados del referendo son mediocres, muy por debajo de las expectativas que se había fijado el Gobierno, que ha sido quien lo convocó.

Por tanto, la única responsabilidad ante la sociedad española y ante el conjunto de países de la Unión Europea sobre el plebiscito del 20-F es del Gobierno que preside José Luis Rodríguez Zapatero. Él decidió hacer de España la primera nación de las 25 de la UE en refrendar el Tratado de Constitución. Él se sabe, en conciencia, presidente por accidente, y deseaba que el próximo 11-M, primer aniversario de los atentados terroristas que provocaron el vuelco electoral que le dio la victoria tres días más tarde, se viera rubricado por un referendo ejemplar y rotundo (por encima del 50% de participación y un SÍ aplastante que rondase el 80 por ciento) que legitimara su liderazgo social y su gestión al frente del Ejecutivo. Pero a ZP su estrategia, mal calculada y apresurada, le ha salido mal. En última instancia, ZP ha salvado los muebles, ya que la participación ha estado por encima del cuarenta por ciento, que era su suelo mínimo exigible. Pero con los números en la mano, el resultado ha sido muy mediocre, a la altura de su Gobierno.

Prueba de esa mediocridad es la vileza con la que se descolgaron algunos preclaros dirigentes socialistas la misma noche electoral, para desviar responsabilidades hacia el Partido Popular, que ha sido, sin lugar a dudas, quien le ha salvado la cara en esta insolvente aventura. El propio secretario de organización del PSOE, José Blanco, se permitió la desvergüenza de decir que “en el voto del NO se encuentra el sector de la derecha radical del PP”; es más, llegó a señalar que en los distritos de Salamanca, Chamartín, Chamberí o Retiro, donde el PP arrasó en las generales, el voto contrario ha superado en 10 puntos a la media de la Comunidad de Madrid; y para subrayar su mezquindad destacó a la urbanización La Moraleja, con un 37 por ciento de papeletas negativas, como el ejemplo de la extrema derecha radical. También Rafael Simancas y Alfredo Pérez Rubalcaba insistieron en estos argumentos contra el PP. Son las viejas tácticas de la confrontación, de la división, de las dos españas. Que se pregunten los líderes del PSOE dónde se han metido los once millones y pico de votantes socialistas que les auparon al poder el 14-M. En siete de las nueve comunidades autónomas gobernadas por el PP el SÍ ha sido de los más numerosos de España; y pueden ir tomando nota de dónde el NO ha superado el 30 por ciento. Eso sí, ni una palabra de recriminación contra ERC ni contra IU, sus principales apoyos parlamentarios y que, sin embargo, han sido los principales adalides del NO.

Este es un nuevo mojón de los que en estos diez meses de gobierno socialista está plantando el inefable ZP. En Europa se han llevado un susto de muerte: por una parte, en las instituciones y alguno gobiernos se han visto obligados a loar el triunfo del SÍ en España; pero la baja participación ha puesto los pelos como escarpias a más de uno, que ya hace cálculos de lo que puede pasar en su país (Gran Bretaña, Francia o Dinamarca), donde el euroescepticismo se ha incrementado con el actual Tratado Constitucional.

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Domingo, 13 de febrero de 2005

El 14 de febrero, día dedicado por el santoral a conmemorar al santo Valentín, patrono de los enamorados, y bien institucionalizado por el marketing comercial de nuestra sociedad de consumo, pienso que es una buena ocasión para reflexionar sobre este asunto del "amor". Pues bien, escribía José Ortega y Gasset en Estudios sobre el amor, que “En el amor, lo típico es que se nos escapa el alma de nuestra mano y queda como sorbida por la otra”. Para continuar “... esta absorción del amante por el amado no es sino efecto del encantamiento”. Más adelante, Ortega subraya: “Tampoco hay entrega verdadera en la 'pasión'. En los últimos tiempos se ha otorgado a esta forma inferior del amor un rango y un favor resueltamente indebidos... La pasión es un estado patológico que implica la defectuosidad de un alma”. En realidad lo que el pensador español pretende resaltar, cosa que han hecho otros muchos pensadores antes que él, es que el amor, el amor de pareja, es algo mucho más profundo que lo que en nuestros tiempos se ha tomado como moneda corriente.

Si preguntáramos a hombres y mujeres que afirman sentirse enamorados, contestarían que, efectivamente, el amor es la expresión más noble y sublime del alma humana. No obstante, la realidad nos muestra con demasiada frecuencia la confusa mezcla que se hace con ideas como la del amor, el encantamiento, el hechizo, la pasión, el goce... De ahí que las frustraciones que en la actualidad produce el amor, o más bien el desamor, son consecuencia directa del equívoco mayestático en el que buena parte de la ciudadanía se haya inmersa. Hay que tener presente, que según se es se ama, pues el amor tiene los caracteres del alma del que ama. Y esto va mucho más allá de la pasión erótica o de la atracción sensual. Enamorarse es una cualidad maravillosa que posee la mayoría de las criaturas humanas; pero saber utilizarla correctamente es algo mucho más infrecuente.

Química del amor

Ahora trataré de exponer algunas pinceladas sobre el amor desde una perspectiva científica. Después de leer y consultar a expertos en sicología del comportamiento humano y estructura y funcionamiento del cerebro, he llegado a algunas conclusiones. La primera es que en toda existencia humana la "necesidad del otro" es tan obvia como la necesidad del agua o de las proteínas; dicha necesidad expresa el deseo amoroso, y como todo deseo éste se sitúa entre el goce y la necesidad. Por ello, todo deseo se especifica por su objeto. En el caso del amor, tal deseo viene especificado por la pareja sexual que designa el "estado central". Dicho estado central integra al otro entre sus componentes.

En segundo lugar, el amor representa un estado fusional donde se realiza la totalidad del ser. El sexo, en la medida que es a un tiempo él mismo y su contrario, encarna la unidad. Lo más típico del amor, en términos generales, es que bajo sus colores más violentos cohabitan los impulsos del alma y las emociones de la carne.

Tres son las dimensiones del estado central que define a todo estado amoroso: el corporal, el extra-corporal y el temporal. La dimensión corporal es el propio cuerpo, en el que se manifiestan alteraciones íntimas que afectan principalmente a las secreciones hormonales y al funcionamiento del sistema nervioso central. Las hormonas sexuales actúan directamente sobre el cerebro gracias a receptores en las neuronas.

El deseo es universal y está ligado al buen funcionamiento, en el interior del cerebro, de sistemas deseantes de los que la sexualidad es sólo un exponente más. En cuanto al aparato sexual éste no es indispensable en el estado amoroso; es una vía final necesaria, tanto para el goce como para la reproducción, pero no interviene en el reconocimiento del otro, que sigue siendo en el hombre la función superior del amor.

El espacio extra-corporal es el que define el amor como un intercambio de informaciones entre dos cuerpos; por lo tanto, exige reciprocidad. Tales informaciones llegan a través del olfato, el oído y la vista. En cuanto a ésta última, haremos mención especial del rostro del amado, verdadera rúbrica del otro en el espacio amoroso. Los factores de entorno, clima, temperatura, luz, alimentación, tan importantes en otras especies, en el hombre son insignificantes. El ser humano es capaz de amar en cualquier época del año.

Por último, contamos con la dimensión temporal, que es como un reloj instalado en nuestro cerebro que marca el ritmo de nuestro tiempo de amar. Este reloj compendia la historia de nuestros amores, que es también el tiempo de nuestro aprendizaje amatorio, el de la espera que exaltó el deseo, el de la costumbre que marchita nuestros amores y, también, la historia de nuestros orgasmos.

Sentimiento para la felicidad

Pero volviendo al Día de San Valentín, merece la pena recordar las raíces de esta onomástica pagana para que veamos en qué ha devenido todo esto. Los antiguos romanos celebraban las fiestas lupercales, en honor del dios Lupercus, el 15 de febrero para ganarse el favor de los lobos. Durante esta celebración, los hombres jóvenes golpeaban a la gente con listones hechos de piel de animales. Las mujeres recibían los golpes porque pensaban que los latigazos las hacían más fértiles. En el año 43 de nuestra era, después de la conquista por los romanos de Bretaña algunos pueblos indígenas asimilaron muchas de las festividades romanas; con el paso del tiempo, ciertos escritores cristianos vincularon el festival de Lupercalia con San Valentín porque era en la misma fecha y por su relación con la fertilidad.

La Iglesia primitiva tuvo por lo menos dos santos llamados Valentín. De acuerdo a una historia, en el siglo III el emperador Claudio II prohibió el matrimonio a los hombres jóvenes: pensaba que los hombres solteros eran mejores soldados. Un sacerdote llamado Valentín desobedeció la orden del emperador y secretamente casaba a las parejas jóvenes.

Otra historia dice que Valentín era un cristiano que hizo amistad con muchos niños. Los romanos lo apresaron porque se negó a adorar a sus dioses. Los niños extrañaban a Valentín y le tiraban pequeñas notas a través de las rejas de su ventana en la prisión. Este cuento puede explicar la traición de intercambiar tarjetas (valentinas) por San Valentín. Una segunda versión afirma que el santo curó la ceguera a la hija de su carcelero. En cualquier caso, parece ser que Valentín terminó siendo ejecutado el 14 de febrero del 269. En el 496 el papa Gelasio I declaró este día como el Día de San Valentín.

La leyenda se fue fraguando. En el antiguo francés normando, una lengua hablada en Normandía durante la Edad Media, la palabra “galantine”, que suena como Valentín, significa gallardo y amante. Esta semejanza pudiera ser la causa de que la gente pensara en San Valentín como el santo patrocinador de los enamorados.

La referencia inglesa más temprana del Día de San Valentín señala que las aves escogen su pareja en ese día; hay que tener en cuenta que hasta 1582 en Occidente se usaba un calendario distinto, el gregoriano, por lo que el 14 de febrero de entonces corresponde, en la actualidad, al 24. Geoffrey Chaucer, un poeta inglés del siglo XIV, escribió en su Parlamento de las Aves: "Por esto que fue enviado el día de San Valentín; cuando cada ave su pareja ha de elegir". Posteriormente, William Shakespeare también mencionó esta creencia en su obra Sueño de una Noche de Verano: Un personaje en el drama descubre a una pareja de amantes en el bosque y pregunta, "San Valentín ya ha pasado, ¿Comienzan estos amantes a juntarse ahora?"

Y así, rodando el tiempo, la sociedad ha ido acrecentando esta conmemoración como si de un fetiche se tratara. Hasta hace unas décadas los enamorados se enviaban postales, versos y flores. En la actualidad la panoplia de obsequios es interminable. ¿Pero ha ganado el amor? Me temo que no, aunque sí se conoce mejor. Con todo, lo peor que tiene esta fiesta es que su vacuidad inunda demasiadas relaciones amorosas. ¡Y a eso se le llama amor!


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Viernes, 11 de febrero de 2005
Dresde tras los bobardeos aliados Se cumplen sesenta años de uno de los hitos más terribles de la humanidad. Sesenta años de una de las acciones bélicas más cruentas de la interminable relación de atrocidades que el ser humano ha sido capaz de cometer contra sus semejantes: el bombardeo de Dresde. La cifra oficial de muertos oscila entre 120.000 y 150.000 personas, más que las que perecieron bajos las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Y lo peor de este horror ha sido la losa de silencio con la que los dirigentes aliados de la Segunda Guerra Mundial, incluidos los de la Unión Soviética, sepultaron este holocausto.

Durante más de un cuarto de siglo la inmensa mayoría de los alemanes sólo conoció el bombardeo de Dresde a través de su leyenda. Ninguna investigación, si se hizo, vio jamás la luz pública. Todo lo más, allá por la década de los sesenta, se publicó una novela de corte surrealista, Slaughterhouse-Five (Matadero 5), del alemán Kurt Vonnegut: es una historia vibrante y dolorosa, contada desde la perspectiva de un prisionero de guerra que compartió la trágica destrucción de la ciudad; no obstante, la narración contiene una gran dosis de ficción. Para el resto del mundo, sendos libros de David Irving y Alexander McKee bastaron para narrar el catastrófico bombardeo.

¿Pero cuáles fueron las razones que llevaron al mando conjunto aliado a pulverizar la ciudad de Dresde? Todo parece apuntar a una serie de variables que, conjugadas en las circunstancias que en aquel momento marcaba la evolución de la guerra contra el Tercer Reich, determinó la elección de Dresde como objetivo esencial para dar un golpe de timón al conflicto armado. Además, los líderes aliados le habían prometido a Stalin la destrucción de Dresde, y se conjuraron para hacer toda una demostración del inmenso poder de destrucción que poseían. Veamos.

Dresde, situada al nordeste de Alemania, era una hermosa ciudad sajona atravesada por el río Elba. La urbe estaba fuera del mapa de los objetivos estratégicos del ejército nazi. Sus cerca de 750.000 habitantes vivían en aquellos días principalmente preocupados por la proximidad del frente soviético. La población juvenil había aumentado notoriamente en las últimas semanas, al haber sido trasladada a dicha ciudad de diferentes lugares por las autoridades germanas. También hacía poco que se habían estacionados allí a 26.000 prisioneros aliados, amén de grandes contingentes de refugiados y heridos alemanes provenientes de zonas en retirada. Y desde el punto de vista militar, Dresde carecía de defensas importantes, ya que habían sido enviadas a otros puntos neurálgicos. Por tanto, Dresde era una ciudad desvalida, sin ningún interés estratégico militar e industrial, que discurría ensimismada en su nostalgia histórica, como gran urbe cultural y refinada que fuera en otro tiempo.

Martes de carnaval

El 13 de febrero de 1945, martes de carnaval, estaba a punto de periclitar. A las diez horas y nueve minutos de la noche, las emisoras de radio alemanas interrumpieron sus emisiones por el toque del péndulo que se usaba para anunciar un ataque aéreo. Todo el mundo en Dresde pensó, como tantas otras veces, que se trataba de un ataque más a algún centro industrial del país. Se equivocaron por primera vez. Un reducido número de aviones de la RAF, del tipo Mosquito, irrumpió en el cielo de la ciudad guiado por el nuevo sistema de navegación Loran. Los nueve aeroplanos se dedicaron a marcar con indicadores rojos los límites de la ciudad y a iluminarla con bengalas de magnesio lanzadas en paracaídas. Sin tiempo para respirar, apenas pasados seis minutos, comenzó la lluvia de muerte arrojada por la primera oleada de 245 bombarderos británicos Lancaster. Sólo algunas baterías antiaéreas aisladas intentaron infructuosamente, desde las afueras de Dresde, contener el ataque. El único avión derribado lo fue por la explosión de una de las bombas lanzadas por encima de él.

Un cuarto de hora después de iniciado el bombardeo, terminó lo que hubiera sido suficiente para cualquier objetivo militar: miles de casas, hospitales, escuelas y estaciones de tren convertidas en centros de refugiados, quedaron reducidos a escombros; las calles destrozadas e inundadas por la rotura de las tuberías de suministro de agua; postes de teléfonos y de alumbrado público tumbados; edificios desnudos devorados por el fuego; humo, polvo, escombros, y de entre este horror surgía un mar de gritos, lamentos y desolación. Según el testimonio de algunos pilotos, el humo y el fuego se veían desde 150 kilómetros de distancia.

El segundo ataque

Pero la pesadilla no había hecho más que comenzar. A la una y media de la madrugada del día 14, cuando nada lo hacía presagiar, surgió del cielo la segunda oleada de bombarderos. La sorpresa de los sobrevivientes y socorristas que acudieron desde otras poblaciones cercanas, se transformó en pocos minutos en miedo pavoroso. La falta de electricidad impidió que sonaran las alarmas. Otros 550 aviones Lancaster, Liberators y B-17, precedidos de los aviones iluminadores, señalaron la ruta para lanzar las bombas incendiarias. Esta vez, el resplandor de la ciudad en llamas era visible desde más de 300 kilómetros de distancia.

Y para más inri, los 18 aviones alemanes de caza nocturna en alerta a pocos kilómetros, no llegaron a despegar por falta de combustible y problemas en las comunicaciones, pues la aviación inglesa se encargó de interferir sus sistemas.

En los dos ataques aliados intervinieron 1.400 aviones, que lanzaron un total de 1.477 toneladas de bombas explosivas, incluyendo 529 bombas de 2 toneladas y una de 4 toneladas; en cuanto a las incendiarias, fueron 650.000 bombas, con un peso de 1.181 toneladas. Toda un derroche para una ciudad repleta de civiles.

Entre tanto, Dresde vivía el apocalipsis: los incendios devoraban las entrañas de la ciudad, vomitando fuego al cielo como si quisiera devolverle la ofrenda de muerte recién recibida. En el Imperial War Museum de Londres se guarda una película que muestra, durante 10 minutos, cómo el avión con la cámara da vueltas por la ciudad sin recibir ningún tipo de oposición: no hay reflectores, ni fuego antiaéreo, ni cazas interceptadores. No se ve nada más que fuego y destrucción. La proterva ciudad de Dresde, de estirpe y noble prosapia, estaba siendo reducida a cenizas; se había convertido en un infierno en el que ardían decenas de miles de seres humanos.

Noche interminable. Cuando la luz del día se abrió paso, el socorro aprestado se manifestó impotente para atender a las víctimas de la tragedia. No había agua, ni alimentos, ni medicinas suficientes. Pero el designio humano aún tenía por delante la última prueba. Pasados doce minutos del mediodía, del miércoles 14 de febrero, una nueva oleada de 1.350 aviones norteamericanos, esta vez Liberators y B-17, estremeció de nuevo el cielo de Dresde, dando paso a otra tormenta de bombas con la que castigar a la agónica ciudad. El huracán de fuego que se desató y las ráfagas de viento a miles de grados de temperatura, mató a más personas que las propias bombas. Los edificios que aún permanecían en pie eran baluartes inertes sobresaliendo entre un océano de escombros y ruinas. Y como los cazas aliados P-51 de protección no tenían oposición, aprovecharon la ocasión para ametrallar a los sobrevivientes que escapaban de aquel infierno, corriendo por las calles destrozadas, así como a las ambulancias, carros de bomberos, carretas, automóviles y cualquier otra cosa que se moviera en tierra.

En este tercer ataque, los bombarderos aliados arrojaron 475 toneladas de explosivos de alta potencia y 296 toneladas de incendiarias, en paquetes y racimos. Tampoco en esta oportunidad los cazas alemanes pudieron hacer nada, puesto que el grupo próximo a Dresde era de caza nocturna y durante el día no estuvo en servicio.

Un país sin memoria

Desgraciadamente en Alemania no existen estadísticas ni archivos de todo lo que ocurrió en aquellas largas horas. Sí se sabe que de la compañía de bomberos de Bad Schandau, ciudad próxima a Dresde, no quedó un solo bombero vivo que pudiera contar lo ocurrido. En los días siguientes, cuadrillas de socorro se encargaron de dar sepultura en fosas comunes a los cuerpos mutilados y quemados, envueltos en papel periódico en el mejor de los casos. El día 6 de marzo apenas se había logrado identificar a 40.000 cadáveres. Durante semanas, ya entrada la primavera, el hedor de la ciudad acordonada se percibía desde kilómetros de distancia. Algunos soldados manifestaron haber visto enormes ratas que se alimentaban entre los escombros; incluso se dijo que animales de un circo, cuyas jaulas fueron reventadas durante los bombardeos, vivían entre las ruinas alimentándose de restos humanos.

Pero volviendo a la pregunta inicial, de por qué se eligió Dresde para bombardearla, se sabe que durante los interrogatorios del mando aliado a las tripulaciones, éstas, al darse cuenta de lo que acababan de hacer, se hacían las mismas preguntas: ¿Por qué tuvieron que volar tan lejos para atacar un objetivo sin importancia? ¿Es que los rusos no podían ellos mismos atacar la ciudad, si era tan vital para sus operaciones? Para calmar los ánimos, los oficiales de Estado Mayor les respondieron con múltiples patrañas, como que en Dresde se encontraba el Cuartel General del Ejército alemán, también el de la Gestapo, que existían depósitos y fábricas de armas, que era un centro industrial de instrumentos de precisión, o que había fábricas de municiones y hasta una planta de fabricación de gas venenoso.

Como se puede comprobar, una vez más, las mentiras para justificar la guerra es una constante en la Historia de la Humanidad. El caso de Dresde representa un hito más de los muchos en los que se evidencia que los gobernantes, una vez decididos a hacer la guerra, terminan sucumbiendo ante sus propios halcones, que no escatiman en esfuerzo para llevar sus malas artes a la máxima expresión: victoria a cualquier precio. Afortunadamente, hoy en día las sociedades democráticas tienen mayores y mejores medios de control del uso de la fuerza. Pero los excesos en los escenarios en conflicto continúan sucediéndose, aunque cada vez por menos tiempo.

El crimen contra la humanidad que se cometió en Dresde, en aquel mes de febrero de 1945, ha pasado inadvertido a la posteridad. Es hora de rescatarlo para nuestra memoria. En necesario interiorizar este horrendo genocidio, pues nada justifica un uso de la fuerza tan desproporcionado, aunque el enemigo sea del pelaje del nazismo. Los seres humanos somos todos iguales, y vale tanto la vida de un civil de Gloucester como otro de Dresde. Y el bombardeo de Dresde tuvo todos los ingredientes de un experimento radical. Sí; la guerra terminó en Europa apenas tres meses después de aquel martes de carnaval. También sabemos que ese fue el tiempo en que un totalitarismo tardó en ser sustituido por otro, y que los democráticos aliados le hicieron el trabajo sucio a los nuevos señores. Y lo peor es que ni siquiera hoy, cuando comienza a esclarecerse la verdad, alguien está dispuesto a elevar una palabra de perdón, o una disculpa por aquel terrible crimen. Ni siquiera las almas de las decenas de miles de muertos en aquel genocidio cuentan con el consuelo de una oración, pues a los que sobrevivieron al horror les hicieron sordos para siempre.

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Mi?rcoles, 09 de febrero de 2005
Hoy es para mí un día triste, lo fue también ayer tarde y lo seguirá siendo mañana, pasado y los próximos venideros. La noticia de la muerte de Javier Tusell Gómez me ha conmocionado, y me ha afligido sobremanera. Hacía varios años que no le veía, pero le traté mucho allá por el final de los setenta y comienzo de los ochenta, durante su etapa de director general del Patrimonio Artístico. Trabajamos juntos e hicimos una buena amistad. Luego la vida nos llevó por caminos diferentes y la relación personal se fue diluyendo. No obstante, en todos estos años he guardado un grato recuerdo de él, además de un sincero agradecimiento por el trato con el que me obsequió durante aquellos días ya lejanos.

Así, a vuelapluma, lo primero que me viene a la memoria de su persona es su excelente trato personal, su capacidad de trabajo, su autoexigencia, su empeño por concluir las tareas más difíciles, su determinación en lo que se proponía y no arredrarse ante las dificultades. También me viene del recuerdo su gusto por hacer equipo y compartir con su gente los buenos y los malos momentos. Muchos son los momentos inolvidables.

A Javier Tusell le tocó vivir unos años, como a tantos otros, en unas circunstancias muy especiales por inéditas. Eran los tiempos de la transición. Llegó al Ministerio de Cultura de la mano de Manuel Clavero Arévalo, en el primer gobierno constitucional, allá en la primavera de 1979. El antecesor de Clavero, Pío Cabanillas, apenas pudo conseguir, y no es poco, sacar adelante la reconversión del Ministerio de Información y Turismo en un ministerio moderno y con otras competencias. Aquello era, cuando llegó el nuevo equipo, un mastodonte que había que domesticar. Y a Tusell le encargaron la administración de las Bellas Artes, del Patrimonio Artístico, los museos estatales, los archivos y las bibliotecas. Fue una tarea ingente, pero lo consiguió.

En los casi tres años que estuvo al frente de la dirección general, al margen de las dificultades inherentes a la situación, Javier Tusell tuvo que sortear como buenamente pudo otras dificultades añadidas: a los pocos meses de estar en el cargo surgió una gran crisis entre el ministro Clavero y el presidente Suárez por el proceso autonómico de Andalucía: concluyó con el cambio de titular en la cartera. La llegada a Cultura de Ricardo de la Cierva ni que decir tiene que se juntó los duro con lo tieso; la convivencia entre los dos historiadores fue de todo menos pacífica. Tusell, por su parte, mantenía el empeño en los proyectos iniciados, y De la Cierva pretendía capitanearlos poniéndole su sello personal. Como es de suponer, Tusell ofreció toda la resistencia que pudo para que las cosas no se le fueran de las manos (negociación con la familia Picasso para traer el Guernica a España, negociación con Dalí para que donase al Estado su obra, reforma del Patronato del Museo del Prado, y un largo etcétera), ahí es nada. A la vista de los celos y recelos del uno con el otro, el ministro De la Cierva intentó en varias ocasiones cesar a Javier Tusell, pero afortunadamente el cesado terminó siendo el ministro a los nueve meses.

La llegada de Iñigo Cavero a la cartera de Cultura restableció la tranquilidad en Bellas Artes, dando paso a unos meses muy fecundos donde se ultimarían muchos proyectos: Llegó el Guernica a España; se hizo la antológica de Dalí en el Museo Español de Arte Contemporáneo y se formalizó la donación al Estado de buena parte de su obra; se realizaron grandes exposiciones antológicas de artistas españoles consagrados (Tapies, Guerrero, Canogar, Saura, Sempere, Chillida, Rivera y un largo etcétera), y se expuso en las salas estatales a las jóvenes vanguardias; también se organizó la antológica del escultor británico Henrry Moore. Fue un tiempo de actividad frenética en la Dirección General, durante el cual se abordaron grandes campañas de restauración del patrimonio artístico, se promovieron grandes programas de excavaciones arqueológicas y se reorganizaron buena parte de los museos estatales, los archivos y la Biblioteca Nacional. En aquellos días, la Dirección General de Bellas Artes manejaba la mayor parte del presupuesto de Cultura, que llegó a sobrepasar los cien mil millones de pesetas. Luego, la transferencia de competencias a las comunidades autónomas reduciría el gasto a la mínima expresión.

Ya en 1981, y como consecuencia del 23-F y de la crisis política en que se sumió UCD, llevó al presidente Calvo Sotelo a cambios en su Gabinete y nombró a Soledad Becerril ministra de Cultura. Y este cambió llevó a los pocos meses, en febrero de 1982, al cese de Javier Tusell. No superó los nuevos vientos que impulsó la ministra sevillana.

Todavía continué compartiendo con Tusell algún tiempo más la hermosa experiencia de Cuenta y Razón, la revista de pensamiento que FUNDES había puesto en marcha un año, de la mano de Rafael Ansón, Julián Marías, Fernando Chueca Goitia, José Vergara y otros insignes intelectuales.

Si, fue una hermosa experiencia vivida y compartida con un gran hombre, excelente persona, trabajador infatigable, dialogante, que gustaba escuchar y pedir opinión, nada intransigente pero sí obstinado en la defensa de su criterio cuando era menester defenderlo. Lástima que tanta valía humana e intelectual tan repleta de energía se nos haya ido antes de lo estipulado. La muerte se ha cobrado, una vez más, otra vida preciosa y sólo nos queda el recuerdo y el agradecimiento. De nuevo, gracias por todo, Javier, y descansa en paz.

Publicado por torresgalera @ 21:59  | Personajes
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Martes, 08 de febrero de 2005
Cuando el investigador Fernando Báez asistió impotente al saqueo del Museo y de la Biblioteca de Bagdad, no sólo recordó la pérdida de su biblioteca infantil en una riada, sino que comenzó a redactar una Historia Universal de la destrucción de libros (Destino).

El venezolano Fernando Báez encontró en los libros un salvavidas de imaginaciones para no naufragar en un océano infantil de hambre y miseria. Cuenta que esa felicidad lectora que le salvó del resentimiento, se truncó un día de crecida del Orinoco. El río arrasó su pequeña biblioteca: «Me quedé sin refugio y perdí parte de mi infancia... A veces, en las noches siguientes, veía en sueños cómo se hundía La isla del tesoro, de Stevenson...» A la muerte de su abuelo Domingo llegaron a sus manos cuarenta volúmenes. Uno de ellos, Los enemigos de los libros, de William Blades, le llamó la atención. Publicado en 1888, describía las causas que llevan a destruir la sintaxis de la memoria.

El saqueo de Bagdad, origen del libro

El 12 de abril de 2003, este venezolano fue testigo del saqueo del Museo Arqueológico de Bagdad. Dos días después ardía un millón de libros de la Biblioteca y el Archivo Nacional, con sus diez millones de registros del período republicano y otomano. El fuego del caos alcanzaría en las jornadas siguientes a las bibliotecas de la Universidad de Bagdad, la biblioteca de Awqaf y los museos del país. La inquina contra los libros es atávica. La temperatura de Farenheit 451 no es una ciencia ficción de Bradbury. Mucho antes ya carbonizó las más lejanas civilizaciones. La siniestra intuición del «bibliocausto» tentó a los sumerios, a los chinos del Imperio Inmóvil, a los griegos, a los romanos, a los cruzados y a los otomanos, a los fundamentalistas religiosos de toda laya, a los revolucionarios, a los hijos de Pol Pot y a los predicadores mediáticos norteamericanos. Un fuego que se extiende desde Asiria hasta Harry Potter y que Báez describe con todos sus pormenores en su Historia universal de la destrucción de los libros.

La crónica de los «bibliocidas» está repleta de episodios vergonzosos. El balance subraya que el sesenta por ciento de los libros destruidos fue por impulso voluntario del hombre. El resto sería imputable a catástrofes naturales, accidentes, parásitos, cambios culturales y la propia fungibilidad del papel.

La cronología es oscura como la noche de los tiempos. Asurbanipal fue el primer coleccionista de libros del mundo antiguo; en su biblioteca de Nínive los escribas copiaban en tablillas el Código de Hammurabi y el Gilgamesh. En el 612 a. C. los babilonios y medos destruirían Nínive. Parecida suerte corrió la biblioteca de papiros de Ramsés II en Egipto; otro emperador, Akhenaton, impuso el monoteísmo y quemó todos los textos que pudieran cuestionar su religión de Estado.

La biblioteca de Alejandría es otro hito en el funeral de los libros destruidos; como lo fue la de Pérgamo, que era su rival, y en la que el rey Eumenes llegó a reunir, en el siglo II a.C., 300.000 volúmenes copiados en pergamino. Es el odio que no cesa. En China, hacia el 213 a.C., el emperador Shi Huandi entregó a las llamas los escritos de Confucio. En el año 70 los romanos redujeron a escombros el Templo de Jerusalén y acabaron con cientos de textos; el emperador Augusto pasó a la historia como defensor de Virgilio, pero también como el destructor de millares de obras, entre las que figuraba su Ars amandi, que sufriría la misma suerte en el siglo XV, cuando fue quemado en Florencia por Savonarola.

Entre los años 550 y 750, Europa vive siglos tenebrosos. Los libros clásicos dejaron de ser copiados, para ser borrados y sobreescritos otros textos; en los palimpsestos desaparecieron las obras de Cicerón, Tito Livio o Virgilio, sustituidas por sermones. En el año 1204 la Cuarta Cruzada llegó a Constantinopla, dejando para la posteridad tres jornadas abominables, en las que se prodigaron grandes piras en las que se incineraron millares de libros y manuscritos, amén de otros muchos desmanes, como asesinatos y violaciones.

El infortunio ha permitido que numerosos libros hayan sido condenados a la persecución eterna. En Alcalá de Henares, el 23 de mayo de 1473, el catedrático de Teología de la Universidad de Salamanca, Pedro Martínez de Osma, fue conducido al cadalso desde la iglesia de Santa María; su delito, haber escrito De confessione. Como explica Báez, «el libro fue paseado por las calles, escupido y luego se quemó, no sin que esta acción fuese precedida por una bula de excomunión». Eran los tiempos de la Inquisición y de los Autos de Fe, en los que hasta el cardenal Cisneros ordenó la destrucción de El Corán y los tratados religiosos y poéticos de los sufíes. Desgraciadamente, estas desdichadas prácticas han dejado su huella hasta fechas recientes, como ocurriera con las Cartas de Amor a Eloísa, de Abelardo, que en 1930 continuaban prohibidas por un tribunal estadounidense por sus contenidos sexuales. Y qué decir del milenario Talmud, tenido como libro maléfico por los antisemitas.

En el Nuevo Mundo también se escribió su página de terror. En 1530, fray Juan de Zumárraga envió a la hoguera textos e ídolos mayas; treinta años después, Diego de Landa le imitó llevando al fuego cinco mil ídolos y 27 códices indígenas. En el Japón, más de lo mismo: la guerra civil de 1467-1477 acabó con todas las bibliotecas de la ciudad de Kioto.

Renacimiento y Contrarreforma

Continuando con otros ejemplos singulares, cabe recordar, ya en la Europa del siglo XVI, al ejército del emperador Carlos V en el saqueó de Roma, cuyos soldados no dudaron en hacer grandes hogueras con libros de las bibliotecas para combatir el frío. Eran los años de la Contrarreforma, y los tribunales eclesiásticos se cebaron condenando herejes protestantes, como el científico y humanista español Miguel Servet. Pero la persecución contra el espíritu del Renacimiento ya había dejado sus mártires, como el alquimista, astrólogo y poeta Enrique de Villena (1384-1434) y el profeta Nostradamus. Dos siglos después, en 1666, año de guarismos demoníacos, tuvo lugar un gran incendio en la ciudad de Londres: miles de obras quedaron reducidas a cenizas. Poco después, en junio de 1671, otro incendio, en el monasterio de El Escorial, destruyó buena parte de la biblioteca de Felipe II: pasto de las llamas se perdieron El Beato de Liébana y el manuscrito Lucense, así como valiosísimos códices griegos y visigóticos. Desgraciadamente, las catástrofes han continuado sucediéndose como si fueran enemigas de la memoria. Y ni el volteriano Pangloss pudo, a pesar de su optimismo innato, dejar de lamentar la desaparición de la Real Biblioteca de Portugal, acaecida en el terremoto de Lisboa de 1755.

No digamos lo que las revoluciones modernas han supuesto de barbarie, que terminaron siempre degenerando en terrorífico ardor incendiario. En el París de Robespierre, Marat y Saint Just se destruyeron más de 8.000 libros, y en toda Francia su número sobrepasó los cuatro millones, entre ellos 26.000 antiguos manuscritos. Y el heredero de aquella etapa convulsa, Napoleón Bonaparte, también dejó su huella destructora sobre las ciudades que conquistó: un ejemplo de ello fue el saqueo que protagonizaron sus tropas en la abadía de Montserrat, donde redujeron a cenizas su biblioteca y el archivo, uno de los más ejemplares de Europa.

Ya en los convulsos años 30 del siglo XX, las hogueras de libros iluminaron igualmente el reencuentro de Europa con sus demonios. En España, el gobierno republicano contemplaba impotente cómo las turbas incendiaban y saqueaban iglesias y conventos. El cainísmo ibérico se cobró un alto tributo por su ignorancia. En aquellos años, las juventudes hitlerianas, azuzadas desde su cojera física y mental por el doctor Goebbels, ejecutaron las consignas destructivas de libros con marcial eficiencia: Freud, Mann, Brecht, Kafka, Zweig, Roth, H. G. Wells, Zola, Musil, Grosz ardieron ante la mirada fanática de la bestia parda. Durante la II Guerra Mundial, los bombardeos se cebaron en la bibliotecas británicas de numerosas ciudades europeas.

Y en los tiempos más recientes

Pero no todo han sido guerras. Los regímenes del terror se empecinaron en pulverizar la memoria. Los comunistas destruyeron decenas de bibliotecas en Hungría en 1945; y cuatro décadas después, la caída de Ceacescu, en Rumanía, se acompañó con la destrucción de medio millón de libros de la Universidad de Bucarest. La "biblioclastia" también prosiguió, contumaz, con la Revolución Cultural maoísta, las dictaduras chilena y argentina, en la Cuba de Castro, en el Afganistán de los talibanes, en Bosnia, en Irak...

En nuestros días continúa vivo el negro espíritu de la intransigencia y la barbarie. Ni siquiera se libra Harry Potter. El 30 de diciembre de 2001, una comunidad religiosa de Alamogordo, Nuevo México (EE.UU.), dedicó el descanso dominical a quemar cientos de ejemplares de Harry Potter. El pastor Jack Brook predicaba que el héroe de J. K. Rowling incitaba a las hechicerías diabólicas...

El apocalipsis de la memoria obra un eterno retorno. Mientras contempla las ruinas de Bagdad, el autor de la Historia universal de la destrucción de los libros deja escapar su postrero lamento: «En Irak se ha cometido el primer memoricidio del siglo XXI. ¿Podría imaginarse un destino peor para la región donde comenzó nuestra civilización?» Y lo peor de todo del holocausto de los libros todavía no se ha escrito la última página.

Publicado por torresgalera @ 20:48  | Cultura
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Lunes, 07 de febrero de 2005
Ciertamente; al fin ha comenzado a hacerse realidad lo que la Declaración de los Derechos del Hombre proclama: el derecho de todo ciudadano a la libertad de expresión. Hasta ahora, el común de la calle sólo podía expresarse en su casa o con sus amigos. Pero en una sociedad mediática como la nuestra, los que verdaderamente se dejan oír son los llamados "líderes de opinión" (ciertos periodistas, columnistas, profesionales diversos y políticos); ni siquiera cualquier periodista puede dar su opinión en el medio para el que trabaja. Así es que, querido Raúl del Pozo (La independencia, El Mundo, viernes, 4 de Febrero de 2005), deberás aprender a vivir de ahora en adelante con todo tipo de opinantes, incluidos los que discrepan de forma poco honorable. Esa será, pues, su maldición: Internet les hará más libres, pero también más despreciables.

La comunicación social está experimentando unos avances extraordinarios, impensable hace tan solo una década. De la mano de las nuevas tecnologías la sociedad se está haciendo más accesible. La Galaxia de Guttemberg está al alcance de la mano; de aquí a 2025 la "Aldea global" de Marshall McLuhan será una realidad irrefutable. En nuestros días, la llamada "globalización" representa el espíritu humano en el que está contenido este impulso irrefrenable de homogeneización de las sociedades que pueblan nuestro planeta. Se luchará todo lo que se quiera por mantener vivas e intactas las singularidades de los diferentes pueblos y naciones, de sus culturas y de sus modos ancestrales de expresión; todo lo que se quiera, pero las nuevas tecnologías -especialmente las telecomunicaciones inalámbricas y la informática-, junto con el abaratamiento de los costes de producción, hacen inevitable que se extienda el uso de estos recursos comunicativos. Sólo la insuficiente redistribución de la riqueza, entre naciones ricas y naciones pobres, actuará como barrera para que la "Aldea global" sea una realidad inapelable. Es en este sentido donde queda todavía casi todo por hacer; pero no desesperamos, y antes o después las grandes manchas del subdesarrollo mundial (África, el subcontinente americano y Centroamérica, buena parte del continente asiático y los archipiélagos de los océanos Índico y Pacifico) tenderán a desaparecer. La semilla está sembrada, y en muchos lugares incluso fructificando. Y lo más importante, de manera contundente está acrecentándose la conciencia del desarrollo, de la justicia social, de los derechos humanos, de la solidaridad internacional, del pacifismo, del crecimiento sostenido, de la preservación del hábitat, del humanismo y del avance científico al servicio del ser humano.

Internet, no cabe duda, en un gran logro. Es un avance significativo en el progreso de la humanidad: que conecta al individuo con millones de bases de datos; que interconecta a individuos entre sí y con todo tipo de instituciones; que permite la respuesta inmediata, los foros de opinión y el conocimiento inmediato -incluso simultáneo- de los hechos. Esta realidad es indiscutiblemente beneficiosa y positiva para el hombre.

Ahora bien, es cierto que internet es un instrumento peligroso y dañino si se utiliza malévolamente. En realidad, este peligro deriva de la facultad innata del hombre en el ejercicio del libre albedrío. A lo largo y ancho de la Historia de la Humanidad se han prodigado los ejemplos del uso perverso que se ha hecho de los inventos que la tecnología y la ciencia han producido. Pero eso es inevitable, en tanto que el ser humano es portador de esa cualidad para decidir sobre todo aquello que se proponga. Mas este riesgo no puede ser un argumento para que el uso de internet sea restringido, como no se hace con el fuego, el cuchillo o la pólvora.

Con el andar del tiempo iremos comprobando cuáles son los beneficios y los perjuicios de internet. Hasta hoy los resultados son inapelables a favor de los beneficios; sin embargo, ahí están los piratas informáticos, que roban información, o la manipulan, o que infectan los sistemas con una satánica panoplia de virus, troyanos, gusanos y mil y una "lindezas" más. ¿Pero qué podemos hacer para defendernos ante tanto perturbado y delincuente? Pues lo que se está haciendo: mejorar los sistemas de protección informáticos, intensificar la persecución de estos delitos y castigar con más severidad a los responsables. Lo demás, las incomodidades que puedan provocar las más airadas discrepancias -aun con escasa solvencia intelectual-, deberán ser aceptadas con la resignación y el sosiego que nos exige el respeto a los derechos inalienables del prójimo. La otra posibilidad significa renunciar al debate y reservarse uno al papel de mero espectador.

Publicado por torresgalera @ 18:13  | Pensamientos
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Martes, 01 de febrero de 2005
Un Estado democrático es ante todo un Estado de Derecho, en el que está perfectamente definido el marco de convivencia y las normas que la regulan. El cuerpo jurídico que regula la convivencia emana del texto constitucional o carta magna que define al Estado, determina la titularidad del poder y dicta la forma de gobierno; también describe los símbolos de la nación, su espacio vital y su indivisibilidad; consagra los derechos de los titulares del poder (el pueblo) sobre los principios inalienables que infunde la Declaración Universal de Derechos Humanos; finalmente, determina la división de poderes del Estado y las instituciones sobre las que se sustenta cada uno de esos poderes; también prevé los posibles conflictos institucionales y la reforma misma de la norma constitucional. A partir de este texto, sobreviene el posterior desarrollo legislativo que especifica cada una de las normas de la propia constitución. Es por ello, que vivir en democracia y libertad exige al ciudadano un mayor esfuerzo de responsabilidad, dado que el fiel cumplimiento de las leyes garantiza la paz, la convivencia y la libertad de uno mismo y de los demás.

En el caso de la Constitución Española, ésta principia con lo que ha dado en llamarse Título Preliminar, o parte dogmática, es decir, se trata de la parte del articulado que define la esencia misma de España como Nación. Dicha parte dogmática está contenida en los nueve primeros artículos; precisamente, en el segundo, la definición no puede ser más clara y rotunda: "La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a las autonomías de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas." Si, además, tenemos en cuenta el apartado 1 del artículo primero, en el que se dice: "España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.", encontramos que la mayoría de las preguntas tienen en estos textos su respuesta clara y meridiana.

Por tanto, España está constituida por una Nación indivisible, patria común de todos y cada uno de sus ciudadanos, y en la que se reconoce la realidad de las nacionalidades y de las regiones. También se consagra España como un Estado social y democrático de Derecho, donde proclama la vocación de su ordenamiento jurídico hacia la defensa de valores superiores, entre otros, la igualdad entre sus ciudadanos. No parece, pues, que haya la menor duda de que un Estado autonómico asimétrico tenga la menor cabida en nuestro ordenamiento jurídico. Ya en la primera disposición adicional se subraya que "La Constitución ampara y respeta los derechos históricos de los territorios forales. La actualización general de dicho régimen foral se llevará a cabo, en su caso, en el marco de la Constitución y de los Estatutos de Autonomía." Y así es como se ha hecho en el caso de las provincias vascongadas y de Navarra, los únicos territorios españoles que tenían vigentes derechos forales o bien habían sido suprimidos durante la guerra civil de 1936.

Reforma de los estatutos de autonomía

Es obvio que la Constitución contempla, tanto su reforma como la de cualquier estatuto de autonomía. El camino, respecto al segundo supuesto, está señalado en el apartado segundo del Artículo 87: "Las Asambleas de las Comunidades Autónomas podrán solicitar del Gobierno la adopción de un proyecto de ley o remitir a la Mesa del Congreso una proposición de ley, delegando ante dicha Cámara un máximo de tres miembros de la Asamblea encargados de su defensa." Este camino es el que está recorriendo el nacionalismo vasco para sacar adelante el llamado "Plan Ibarretxe" o la reforma del Estatuto de Guernika. Este procedimiento está, además, especificado en el texto constitucional en el apartado tercero del Artículo 147: "La reforma de los Estatutos se ajustará al procedimiento establecido en los mismos y requerirá, en todo caso, la aprobación por las Cortes Generales, mediante ley orgánica."

La cuestión en el caso del Plan Ibarretxe, la grave cuestión, es que no constituye un proyecto razonable de reforma estatutaria, sino, por el contrario, implica un proyecto nuevo de estatuto de autonomía que choca frontalmente con la letra y el espíritu de la Constitución, por lo que para ser aprobado, una de dos, o se comete aprobándolo un flagrante atentado contra el ordenamiento jurídico constitucional, algo impensable de admitir, o se reforma la Carta Magna. Por esta razón, al no cumplir el proyecto nacionalista entregado en las Cortes los requisitos necesarios, aplicando la lógica jurídica, es decir, atendiendo a los procedimientos legalmente previstos por la propia Constitución, tanto el Gobierno de la Nación como los llamados partidos constitucionalistas deberían haber propugnado la vía que establece el Artículo 153: "El control de la actividad de los órganos de las Comunidades Autónomas se ejercerá: a) Por el Tribunal Constitucional, el relativo a la constitucionalidad de sus disposiciones normativas con fuerza de ley." El Gobierno y el grupo parlamentario socialista que le sustenta, al no haber recurrido al arbitrio del Tribunal Constitucional, y haber optado -en un esfuerzo que creemos estéril- por el debate político en el Congreso, ha alentado al nacionalismo vasco a proseguir en su esfuerzo de confrontación con las instituciones del Estado central. De momento, la Mesa del Congreso ha admitido a trámite el proyecto de nuevo estatuto vasco, y se lo podía haber ahorrado mientras no hubiese dictaminado sobre la constitucionalidad o no del texto el Tribunal Constitucional; en segundo lugar, y después de haber fijado la Mesa y la Junta de Portavoces fecha para su debate en el Pleno el día primero de febrero, los grupos nacionalistas del Parlamento vasco se sacan otro conejo de la chistera presentando un recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional, porque la Mesa y la Junta de Portavoces de la Cámara Baja no atienden su petición de debatir y defender en comisión el proyecto de nuevo estatuto. El PNV y EA pretenden dilatar el trámite parlamentario hasta después de las elecciones autonómicas en el País Vasco del próximo mes de mayo. Para ello echan mano del Artículo 151, apartado segundo de la Constitución, que dice: "Aprobado el proyecto de Estatuto por la Asamblea de Parlamentarios, se remitirá a la Comisión Constitucional del Congreso, la cual, dentro del plazo de dos meses, lo examinará con el concurso y asistencia de una delegación de la Asamblea proponente para determinar de común acuerdo su formulación definitiva."

Las preguntas que ahora cabe hacernos son: ¿Por qué se ha llegado a este punto? ¿Por qué el presidente del Gobierno de la Nación y secretario general del Partido Socialista Obrero Español, José Luis Rodríguez Zapatero, se ha dejado seducir por cantos de sirena? Pretender, a estar alturas, solventar con el nacionalismo separatista (por muy democrático que se defina) las diferencias sobre el modelo de estado por la vía exclusivamente política es, cuando menos, una ingenuidad peligrosa. Los españoles nos dimos en 1978 una Constitución democrática de la que nos sentimos orgullosos. Por primera vez en nuestra Historia una Carta Magna de estas características ha estado vigente más de veinticinco años. Los enemigos, cada vez menos, siempre han estado y están ahí; pero también es cierto que en este cuarto de siglo hemos sabido superar sus amenazas con dignidad y coraje. Y, además, los españoles hemos experimentado el periodo de libertades y de prosperidad más importante de todos los tiempos. Nuestra Constitución, elaborada con tanto empeño y desprendimiento, nos marca unas reglas de juego claras y precisas para convivir. Al amparo de ella se puede dialogar, debatir, disentir y discutir cuanto se quiera. Cualquier ambición tiene cabida y está legitimada; eso sí, dentro del marco jurídico de la propia Constitución. Pero todo tiene un límite, y para salvaguardar el modelo de vida que los españoles nos hemos dado, debemos ser implacables con la aplicación del Estado de Derecho. Hacer ostentación de talante democrático puede conducir a exteriorizar complejos históricos nada saludables. La firmeza de nuestras convicciones democráticas es menester demostrarlas en el cumplimiento escrupuloso de la ley. En la España de hoy no se hace necesaria, como ocurriera tras la promulgación de la Constitución de 1931, aprobar una ley de salvaguarda de la propia constitución; ley que por cierto se aplicó en exceso por los gobiernos de la República. No, nuestra Constitución es un código jurídico más perfecto y completo, aunque no por ello, inmejorable. Pero las reformas que los españoles deseemos hacer, hagámoslas, pero conforme a los procedimientos legales que no rigen. No nos apartemos un ápice de la senda constitucional y nuestro futuro será más seguro y más prometedor.

Defensa de la Constitución

Por todo lo anterior, no vacilemos ante los desafíos de los que se empeñan en quebrantar nuestro proyecto de vida en común. Aventureros, nostálgicos y embaucadores siempre los ha habido, los hay y los habrá. España tiene gran experiencia en todo tipo de iluminados, que han hecho del victimismo su principal arma de justificación. No obstante, deberemos ser persistentes y no caer en el desfallecimiento. Nuestra Carta Magna reitera una y otra vez su vocación y determinación en la defensa de valores superiores, como la equidad y la solidaridad; defensa que encarga expresamente al Estado en el Título octavo, del Artículo 138: "2. El Estado garantiza la realización efectiva del principio de solidaridad consagrado en el artículo 2 de la Constitución, velando por el establecimiento de un equilibrio económico, adecuado y justo entre las diversas partes del territorio español, y atendiendo en particular a las circunstancias del hecho insular.; 3. Las diferencias entre los Estatutos de las distintas Comunidades Autónomas no podrán implicar, en ningún caso, privilegios económicos o sociales." Y en el Artículo siguiente, en el 139, afirma: "Todos los españoles tienen los mismos derechos y obligaciones en cualquier parte del territorio del Estado." Más adelante, en el Artículo 149, el que enumera las competencias exclusivas del Estado, comienza: "1.ª La regulación de las condiciones básicas que garanticen la igualdad de todos los españoles en el ejercicio de los derechos y en el cumplimiento de los deberes constitucionales." Y no digamos ya del Artículo 155, en el que se determina el procedimiento cautelar para el caso de incumplimiento por parte de una comunidad autónoma de sus obligaciones: "1. Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general. 2. Para la ejecución de las medidas previstas en el apartado anterior, el Gobierno podrá dar instrucciones a todas las autoridades de las Comunidades Autónomas."

Como se puede comprobar, nuestros padres constitucionalistas supieron dotar de instrumentos jurídicos a la Carta Magna en previsión de todas las contingencias, aun de las más graves. A nadie le agrada aplicar el rigor más severo, pero si llegara el caso, dudar o dilatar la aplicación de la ley no hará más que debilitar el sistema y someter a mayores riesgos a los ciudadanos, que confían en la determinación de nuestros gobernantes y de nuestros representantes políticos. La España asimétrica es una ensoñación delirante en la que algunos políticos periféricos se hayan abducidos. Y lo peor de ello es que algunos de estos delirantes próceres comparten espacios políticos con partidos, como el PSOE, con vocación nacional, al que han metido en un laberinto ideológico rayano en la esquizofrenia colectiva. Si no fuera por el imponente soporte sociológico sobre el que el socialismo español se sustenta, los dirigentes del PSOE tendrían que jubilarse. Por eso rebañan más y más en todos los platos minoritarios de nuestra sociedad, en vez de desplegar un verdadero esfuerzo didáctico sobre la sociedad, para instruirla en su ideario e impregnarla de su mensaje social y liberador. O a lo mejor es que ya no hay nadie al que liberar, y en la actualidad se vende envuelto en papel progre mercadotecnia de consumo. Y como la derecha (igual que la izquierda) vive confortable en la sociedad de los negocios y del dinero; el debate hoy se está formulando entre lo unitario y lo diferente (lo que se camufla como pluralidad), y entre valores morales y éticos y conceptos estéticos (lo que se denomina sensibilidad social). Por eso la izquierda (socialistas, comunistas y grupos extraparlamentarios) apoyan y justifican el hecho diferencial, porque la antiglobalización está de moda, vende y produce réditos.

Veremos finalmente en qué queda todo esto. El Plan Ibarretxe está condenado a fracasar en la fase de debate político en las Cortes Generales. Los que lo rechacen se sentirán satisfechos de haber cumplido con su obligación, pero no ha sido así: nunca debería haber llegado ese proyecto al Pleno del Congreso. Los que se sientan rechazados continuarán con su plan en la cabeza y continuarán con sus marrullerías. Y mientras tanto, el nacionalismo separatista catalán está tomando nota, eso sí, con la complicidad de la izquierda plural y democrática.

Para concluir, merece la pena recordar aquellas palabras que escribiera Karl Loewenstein en su Teoría de la Constitución: "...se observa que aún la mejor Constitución -esto es, aquella que goza del mayor consenso y que ha sido elaborada de la forma más cuidadosa- es tan solo un compromiso, no pudiendo ser, además, otra cosa. La Constitución presenta la situación de equilibrio temporal entre las fuerzas sociales que participan en su nacimiento, tal como están representadas a través de los partidos políticos..." En definitiva, no existe ninguna constitución perfecta ya que todas ellas tienen su origen en un compromiso, en un pacto, y el devenir del tiempo puede hacer necesario renovar ese pacto político, adecuándolo a las necesidades presentes. Si ese es el nudo gordiano de las tensiones secesionistas en España, busquemos antes el consenso necesario para una reforma constitucional que dé cauce a las reivindicaciones territoriales, en vez de entregarnos a un diálogo para sordos donde el oportunismo político se cobre su pieza a costa del arrinconamiento y el desprecio de una mayoría pacífica. Una mayoría de españoles que ya ha pagado un irreparable tributo de vidas y de sueños.

Publicado por torresgalera @ 16:19  | Pol?tica
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