Pero con ser deleznable todo lo anteriormente reseñado, lo peor del clima irrespirable en el que transcurre la vida política viene de la mano del papel que juegan los medios de comunicación y los profesionales del periodismo. Es fácil ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el ojo propio. Corren ríos de tinta criticando los programas basura en televisión y no dedicamos un solo minuto a analizar y estudiar el ignominioso papel que medios y periodistas están desempeñando en el debate de la cosa pública.
Sí; hablo de medios (empresas) y periodistas, porque son dos sustantivos y, por tanto, dos realidades diferentes, aunque estrechamente unidas. Por un lado contamos con unos medios (prensa, radio y televisión) que han renunciado sin el menor rubor a cualquier atisbo de independencia; aunque formalmente estos medios sean propiedad de sociedades mercantiles y no estén adscritos ni patrocinados por partidos políticos, en la práctica juegan este papel, pero al revés: son los medios los que ejecutan una especie de mecenazgo ideológico a favor de una opción política concreta, a cambio de que ésta corresponda con el pago de privilegios cuando alcance el poder. Existen otros casos en los que el accionariado de los medios de comunicación está fuertemente entrelazado con el mundo empresarial que respalda opciones ideológicas; y no digamos en aquellos casos en que algunas formaciones políticas han gobernado durante décadas, con lo que ello ha supuesto para favorecer apoyos cautivos de importantes estamentos sociales y económicos (País Vasco, con el PNV-EA, y Cataluña, con CiU). También está el caso de los llamados medios públicos, como son el Grupo de RTVE (de carácter estatal) y las radios y televisiones autonómicas y municipales. Con este panorama, donde los poderes públicos controlan y manipulan a su antojo a los medios públicos, y donde los medios privados viven en su gran mayoría en un alto grado de complicidad con sus respectivas opciones partidistas, queda plenamente justificado y explicado el actual clima de crispación mediática.
Y qué decir de los profesionales que desarrollan su trabajo en los diferentes medios de comunicación. En primer lugar, sería totalmente injusto tasar a todos por el mismo rasero. Una gran mayoría de profesionales trabajan con eficiencia en la elaboración del cuerpo de noticias que informa su respectivo medio. Son los cuadros intermedios, jefes de área, redactores jefes, subdirectores, directores adjuntos y director, los que orientan y deciden qué noticias destacar, cómo y desde qué puntos de vista, y qué hechos no merecen ser elevados al rango de noticia o, como mucho, a noticias de segundo nivel. Es este entramado de "jefes" el que revisa, corrige e incluso rechaza un texto, con lo cual el redactor ya se ocupa, por la cuenta que le tiene, de amoldarse a los gustos y modos de sus superiores. Pero, con todo, estos periodistas de base son en cualquier caso los que finalmente favorecen la credibilidad al medio; tanto da que sean redactores de mesa, de calle, enviados especiales, corresponsales en provincias o en el extranjero.
Lo que definitivamente determina el ruido mediático es la línea editorial y la opinión de sus colaboradores habituales, que son los que avivan el debate. Pero es sobre todo desde los medios audiovisuales, radio y televisión, donde la beligerancia ideológica es más abierta e intensa. Cuando en la década de los ochenta en la radio se pusieron de moda las tertulias radiofónicas, con representación variada de opciones, se inició una carrera sin vuelta atrás. Durante un tiempo la experiencia fue incluso saludable, dada la larga sequía de décadas de falta de libertad de expresión. El problema surgió y se fue acentuando en la medida en que en estas tertulias se entremezclaron periodistas "sobresalientes" con políticos con carisma y tirón dialéctico. Esta situación no ha dejado de practicarse desde entonces y, con variaciones diversas, ha producido una endogamia ideológica irreversible. Encima, con la aparición y proliferación de canales de televisión y de radio este fenómeno no sólo se ha multiplicado sino que se ha encastillado.
Es práctica habitual en la radio y la televisión que los espacios dedicados a comentar la actualidad política estén protagonizados por tertulianos claramente orientados en un sentido ideológico, con lo cual en la crítica al contrario sólo hay diferencias de matices de unos periodistas a otros. En otros casos, donde la tertulia trata de conciliar opiniones variadas, es como si al Parlamento nacional se le sustituyera por otro de papel. ¿Qué sentido tiene que los debates entre periodistas reproduzcan los debates ideológicos de los políticos? ¿Es esa la función del periodista? Yo, sinceramente, creo que no. El periodista, aunque tenga su propio punto de vista y su propia carga ideológica, debería tomar distancia de los políticos y de sus estrategias para conseguir el poder. Todo periodista debiera atenerse a principios claros y precisos, como es, en primer lugar, la crítica al poder y la vigilancia sobre la gestión del gobierno y la administración de la cosa pública; todo ello movido por la obsesión a la verdad y a la trasparencia de las acciones de los representantes de los ciudadanos; en el cumplimiento de los programas políticos de los que gobiernan, todo ello conforme a la ley y a los principios constitucionales.
En fin, el periodista -por muy aventajado y sobresaliente que sea- es un mero notario público, que da cuenta diariamente a su audiencia de lo que pasa en la vida pública. No está para alabar a unos y censurar a otros según sea su afinidad política; no debe practicar complicidades con unos u otros, a través de fomentar y mantener amistades personales, ni siquiera con el pretexto de asegurar sus fuentes informativas. El periodista debe ser un profesional independiente que busque la verdad, venga de quien venga y esté donde esté, por encima de todo. No se trata de ser objetivo, puesto que este principio es imposible de alcanzar, pero sí al menos mostrar la más honrada disposición profesional en cada procedimiento informativo que acometa. El periodista debe desarrollar las cualidades personales necesarias para buscar y obtener información, para ganarse el respeto de sus fuentes y para sortear los obstáculos y trampas que le pongan por el camino. No es que sea fácil, pero el prestigio de todo buen periodista suele descansar en una silente discreción, amparada y valorada por sus jefes y compañeros, y no por el relumbrón de una relampagueante fama social.
La opinión pública española está sometida a la tiranía de las fortalezas mediáticas, desde las cuales cada bando atiza a diario estopa dialéctica contra el de enfrente y donde las victorias se miden por el número de seguidores en sus audiencias. En definitiva, se trata de una guerra despiadada, sin cuartel, que genera tal ruido mediático que tiene sumidos a los ciudadanos entre rabiosos acólitos e indiferentes descreídos.