Martes, 19 de abril de 2005
La sociedad vasca vive empantanada hasta las narices. Apenas puede respirar, por lo que el enorme esfuerzo que le exige obtener el oxigeno necesario para mantenerse en pie, le resta atención para ejercitar cualquier otra función intelectual. Una vez más, los resultados electorales del pasado 17 de Abril han demostrado la incapacidad de los ciudadanos vascos para encontrar una vía de escape del atolladero en que se encuentran. Los ciudadanos del País Vasco se reafirman en todos y cada uno de los comicios en posiciones similares desde hace veinticinco años. Con pequeñas variaciones, en un sentido u otro, las ofertas políticas mantienen una fidelización de votantes muy recalcitrante. Son las circunstancias específicas de cada consulta electoral las que determinan los deslizamientos de votos hacia un lado u otro. Pero lo cierto es que hace cuatro años el nacionalismo obtuvo casi el 52,8 por ciento del respaldo popular, y el pasado domingo obtuvo el 53,6 por ciento de las papeletas; y en ambos casos sin contar con el 5,4 por ciento de electores que votaron a favor de Esquerra Batua, formación política que integró el gobierno tripartito en la anterior legislatura.

--------------------2005--------------------------------------2001----------

PNV:------463.873 - 38,6%-(29)------------604.222 - 42,7%-(33)
PSE:-------272.429 - 22,6%-(18)------------253.195 - 17,9%-(13)
PP:--------208.795 - 17,3%-(15)------------326.933 - 23,1%-(19)
EHAK:---150.188 - 12,5%---(9)------------142.784 - 10,1%---(7)
EB:---------64.931 ---- 5,4%--(3)-------------78.862 --- 5,5%--(3)
Aralar:----28.001 --- 2,3%--(1)------------------- -- -- -- -- -- -- -- -- --

Total escaños: 75

Censo:--------1.761.344 (+79.268)-----------------1.682.076
Participación:-----------69,0 % ------------------------79,0 %
Abstención:--------------31,0 % ------------------------21,0 %

Por el contrario, la parte de la sociedad que apoya políticamente el llamado "constitucionalismo", ha disminuido respecto a hace cuatro años. En 2001 los votantes del PSE y del PP sumaron el 41,0 por ciento de las papeletas; en cambio, el domingo pasado sólo sumaron el 39,9 por ciento de los votos, un 1,1 por ciento menos. Este dato quizá sea discreto en términos relativos, pero en términos absolutos es preocupante, ya que 99.000 vascos han vuelto la espalda en esta ocasión al los defensores del actual Estatuto y a la Constitución. Y dentro del primer grupo, es de destacar la pérdida de apoyo que ha sufrido el PP, que ha obtenido 118.000 votos menos (uno de cada tres votantes) que hace cuatro años; en cambio, el PSE ha recibido 19.000 votos más que en 2001.

Como se puede comprobar, poco han cambiado las cosas -políticamente hablando- en el País Vasco. Es verdad que algunos matices son bien diferentes. Por eso cada día tiene su afán, y esta legislatura tiene sus propios desafíos; las peculiaridades del "nuevo" escenario político las iremos desentrañando conforme pase el tiempo. Pero, no nos engañemos, la radicalización política en Euskadi se incrementará, no porque la sociedad esté dividida casi por la mitad, sino porque una parte de los dirigentes del socialismo vasco y español (y a la cabeza el presidente Rodríguez Zapatero) están por la labor de acompañar en el viaje estatutario rupturista al nacionalismo vasco que representa el PNV-EA.

¿Y por qué he comenzado hablando del resultado electoral en términos de votos y no de escaños? Por la sencilla razón que me interesa, en esta ocasión, resaltar la enorme responsabilidad que recae sobre los electores cuanto pase en los próximos cuatro años. No olvidemos que el 17-A fue el pueblo soberano el que se pronunció en las urnas. Y si es verdad que en el País Vasco no reina la libertad, la llamada a consulta electoral debería -precisamente como reacción ante los que cercenan la libertad y los derechos de una parte de la sociedad- impulsar a los vascos a un mayor compromiso ético en el ejercicio de su potestad soberana. Pero, no le demos más vueltas, las cosas son como son y no como quisiéramos que fuesen. Allá con sus conciencias, unos y otros. Confiemos en que algún día el llanto y el lamento no terminen por silenciar las disputas de ahora.

Avance nacionalista

Por situar correctamente los parámetros numéricos de estas elecciones autonómicas del 17-A, conviene hacer un par de consideraciones previas. La primera, que la abstención ha sido diez puntos superior a la de 2001, al pasar del 21 por ciento de entonces al 31 del domingo pasado; esto evidencia un aumento del desinterés de los ciudadanos vascos por los asuntos públicos, tal y como en la actualidad están planteados. La otra consideración radica en el aumento del censo electoral, al que se han incorporado 79.268 jóvenes mayores de dieciocho años; su incidencia en el escrutinio es difícil de valorar.

En cualquier caso, desde el punto de vista de la aritmética, la coalición nacionalista PNV-EA ha sido la que ha ganado las elecciones: ha obtenido, a gran distancia de la segunda fuerza, el mayor número de votos y de escaños en el Parlamento vasco. No obstante, esta coalición ha recibido 140.000 votos menos que en 2001, casi un 23 por ciento menos, lo que es una prueba fehaciente de que la política seguida por el lendakari Ibarretxe ha decepcionado a muchos de sus votantes.

Con todo, el nacionalismo ha salido consolidado, aunque por la parte más radical. No hay que olvidar que el nacionalismo autodeterminista de izquierda, el nacionalismo abertzale, ha reforzado su respaldo popular a pesar de sus dificultades legales para conseguir una plataforma electoral con la que concurrir a estas elecciones. Ha conseguido 150.000 votos (el 12,5 por ciento), un 2,4 por ciento más que en 2001, una cifra nada despreciable. Si a este dato añadimos el de los 28.000 votos obtenidos por Aralar, la formación política surgida de la escisión de Herri Batasuna hace tres años, nos encontramos con la presencia firme de un nacionalismo radical legitimado por el 15 por ciento de los electores que han ejercitado su derecho.

Legislatura incierta

Y, por último, nos encontramos con Esquerra Batua, la federación vasca de Izquierda Unida, que habiendo perdido el pasado domingo 14.000 votantes, mantiene muy estable su porcentaje (5,4 por ciento) de respaldo popular. En la nueva legislatura sus 3 escaños no serán imprescindibles para formar un gobierno mayoritario y sólido con el PNV-EA. Pero que duda cabe que EB se implicará de cualquier manera, con unos o con otros, para continuar en el poder: su materialismo histórico es su mejor consejero.

Así, pues, el cuadro para los próximos meses (¿años?), está esbozado con nitidez. La sociedad vasca estaba empantanada; y a partir de ahora lo estará más. El nacionalismo secesionista ha salido reforzado. Poco importa que Ibarretxe y su plan se hayan desinflado. La presión abertzale va a ser asfixiante, y la amenaza terrorista de ETA continuará siendo la gran coartada de los comunistas de las tierras vascas, versus Herri Batasuna. Por su parte, los socialistas de Patxi López están convencidos de que van a obtener importantes réditos de la nueva situación; están seguros de poder liderar el cambio hacia la pacificación del País Vasco, mediante el consenso de un nuevo estatuto de autonomía con los nacionalistas del PNV-EA. Desde La Moncloa, Rodríguez Zapatero ha estado alentando esta opción.

Queda claro que en este escenario el que está fuera de juego es el Partido Popular. Su defensa a ultranza de la vigencia del Estatuto de Guernica y del actual marco constitucional le convierte en el enemigo a batir. En esta tesitura, es lógico pensar que las tensiones políticas se extenderán a la política española. Es más, el proyecto de reforma del Estatuto de Cataluña coadyuvará al enfrentamiento político y mediático de manera peligrosa. Este es el panorama sombrío que nos amenaza a los españoles. Mucho me temo que el empantanamiento de la sociedad vasca nos arrastrará a todos.

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S?bado, 16 de abril de 2005
Con frecuencia los humanos tendemos a confundirlo todo, a mezclar conceptos e ideas, y a utilizar incorrectamente el lenguaje porque en realidad desconocemos el significado de muchos de sus signos. Así pues, hablamos de libertad y de moral como si fueran conceptos radicalmente diferentes. Entendemos que en el ejercicio de nuestra libertad adoptamos la moral que más nos conviene, es decir, acomodamos nuestra conducta y los valores que conlleva a nuestra necesidad circunstancial. Y en realidad lo que estamos haciendo es pervirtiéndolo todo, porque la confusión ha invadido nuestras mentes y hemos sustentado nuestra existencia sobre el falso mito de que nuestra libertad legitima cualquier clase de moral, por muy relativa que ésta sea.

Es preciso, por tanto, poner un poco de orden en nuestras ideas. En primer lugar, hay que señalar que es cierto que no puede existir moral sin libertad, puesto que ésta nace o se forja en dos espacios bien diferenciados: el espacio interior de cada ser humano, al que llamamos libre albedrío; y otro espacio exterior, el ambiental, al que llamamos espacio social o histórico. De manera que si en alguno de estos espacios se produce alguna restricción a la libertad (minusvalía psíquica o avasallamiento a las libertades sociales por la imposición de alguna forma de totalitarismo), la moral se verá restringida a normas de conducta restrictivas.

Como es sabido, la moral trata sobre los deberes y derechos del hombre que se pueden descubrir en la ley natural. Además, la moral no puede ser arbitraria, sino que exige del discernimiento del hombre de lo que es bueno y lo que es malo. Este discernimiento, nacido de la libertad interior y de la libertad social, tiene en la ética la ciencia que estudia su origen y su desarrollo.

Ética es un vocablo que tiene su raíz en el griego ethos, que significa "costumbre fija". La Ética es la ciencia de la conducta humana que, basada en la razón natural, ordena los pensamientos y los actos hacia el bien, tanto personal como hacia la sociedad. Es la parte de la filosofía que trata de la moral y de las obligaciones del hombre; es, además, una ciencia normativa porque determina los principios del bien y del mal en el comportamiento humano. Y es también una ciencia práctica, porque no se limita a la especulación sino que es necesaria para decidir lo qué es bueno y malo en actos humanos específicos. Queda claro, pues, que el sujeto de investigación para la ética es la conducta humana. La ética también se llama "filosofía moral". Su propósito es estudiar los hechos de la experiencia humana para evaluar y distinguir lo que es bueno y lo que es malo. Se diferencia de la "teología moral" en que la primera se limita a la razón, mientras que la segunda utiliza además la revelación.

El bien y el mal

Sentado ya el principio de que la moral determina que la conducta humana esté dirigida hacia la búsqueda del bien, conviene ahora distinguir entre las diferentes categorías de bien. La filosofía moral aristotélico-tomista, firmemente asentada en la teología moral, tiene como premisa principal la verdad revelada por Dios; también se sustenta sobre los principios de la libertad de la voluntad humana y de la fe en la inmortalidad del alma. Implícita en estas premisas está la idea de que una buena acción moral es la que se ejecuta con libertad y en conformidad con la idea y la voluntad de Dios. Un acto es bueno cuando el que lo ejecuta se identifica con la bondad del fin mismo; imprime dignidad a la finalidad del acto. Es el llamado bien honesto, porque tanto los medios como el fin del acto están pensados y dirigidos a cumplir con el mensaje divino. Es, por tanto, una moral comprometida con el bien por encima de todo, incluso de nosotros mismos, aunque con una conciencia tan liberada y firme que permite la propia satisfacción. Además, conviene destacar que la Ética moral aristotélica vincula inexorablemente la libertad con la verdad, por lo que la conducta humana desarrollada en este caldo de cultivo favorece de forma extraordinaria la moral del bien honesto.

Con la aparición del racionalismo cartesiano y, posteriormente, con las Ilustración, los pensadores y filósofos comenzaron a prescindir de la idea de Dios y la Providencia como ejes centrales de la Ética. El racionalismo situó al hombre como centro del universo y de su destino: la conducta humana se fundamenta sobre la consecución del bien útil y del bien placentero. A partir del siglo XVIII el pensamiento occidental se despoja de la Ética tomista, despreciando la moral del mal, y evolucionando por la senda exclusiva de la razón, cuyo único objetivo es el engrandecimiento del hombre como criatura superior en la escala natural. Razón y ciencia caminan juntas a partir de entonces, y la moral ha hecho del bien útil su objetivo esencial: la acción humana está dirigida a producir utilidad y placer en los hombres; los medios se adecuan a los fines y los fines a los medios; el compromiso se acomoda a los intereses de cada momento, y la razón se corresponde con el deseo utilitarista y placentero de nuestras necesidades.

Moral utilitarista

En este escenario de moral utilitarista se han forjado en los dos últimos siglos las grandes ideologías políticas que han preconizado la liberación del hombre de la tiranía, del despotismo, la injusticia, el analfabetismo y la miseria. Han sido corrientes de pensamiento que -por carecer de la conceptualización providencial- han terminado, en algunos casos, derivando hacia ideologías totalitarias. La historia del siglo XX nos ha dejado un execrable testimonio de sus consecuencias.

Desgraciadamente, no es suficiente la experiencia tan negativa de la moral utilitarista llevada a sus máximas perversiones. La sociedad actual vive en sus carnes los efectos perniciosos del relativismo moral. El rechazo y el abandono de la ética en las escuelas y en la familia es la consecuencia del grave deterioro que sufren buena parte de nuestras relaciones humanas. La moral del mal, en contraposición con el bien, ha desaparecido. Todo el mundo se refugia en sus propias normas de conducta, tanto individuos, como grupos sociales o como partidos políticos. Por eso no hay consenso social ni político para dotar al sistema educativo de una enseñanza de la Ética moral; no hay consenso porque existe una enorme disparidad de concepciones de lo que debería ser la conducta humana, y lo que debería ser el bien moral que guiase nuestros actos.

El peligro de la situación actual consiste en que, en el uso de la libertad, se pretende prescindir de la dimensión ética, de la consideración del bien y del mal moral. Ciertos modos de entender la libertad, que hoy tienen gran eco en la opinión pública, distraen la atención del hombre sobre la responsabilidad ética. Hoy se hace únicamente hincapié en la libertad. Se dice que lo importante es ser libre; serlo del todo, sin frenos ni ataduras, obrando según los propios juicios que, en realidad, son frecuentemente simples caprichos. Ciertamente, una tal forma de liberalismo merece el calificativo de simplista. En cualquier caso, su influjo es potencialmente devastador.

La libertad es una propiedad de la voluntad que se realiza por medio de la verdad. Al hombre se le da como tarea que cumplir. No existe libertad sin la verdad racional. La libertad es una categoría ética. El bien que tiene ante sí la libertad humana para cumplirlo es precisamente el bien de la virtud.

Continuamente se manifiestan signos de una civilización que, aunque no sea atea por sistema, es ciertamente positivista y agnóstica, puesto que se inspira en el principio de que se debe pensar y actuar como si Dios no existiera. Este planteamiento se aprecia fácilmente en la llamada mentalidad científica, o más bien cientificista, pero también en la literatura y, sobre todo, en los medios de comunicación de masas. Y vivir como si Dios no existiera, significa colocarse fuera de las coordenadas del bien y del mal, es decir, fuera del contexto de los valores, de los cuales Él mismo, Dios, es la fuente. Se pretende que sea el hombre mismo el que decida sobre lo que es bueno o malo. Y ese programa se sugiere y divulga de muchos modos y desde diversos sectores.

Considerar que el hombre se basta a sí mismo es un acto de soberbia que atenta contra Dios, contra la finalidad del hombre y contra nosotros mismos. Las consecuencias de este acto están siendo tan devastadoras como se puede comprobar, día a día, a nada que miramos a nuestro alrededor y en nosotros mismos. La insatisfacción, la frustración y el desasosiego son moneda corriente en las sociedades más desarrolladas. Luchamos diariamente por conquistar nuevos espacios de libertad y por mejorar nuestras condiciones de vida, pero no por ello nos sentimos más felices. Nuestro peor y principal enemigo lo tenemos dentro de nosotros y no lo percibimos. Vivimos buscando permanentemente responsables a nuestros males y somos incapaces de tener la humildad de reconocer nuestros errores. Y, sin embargo, la solución está en nuestras manos a nada que hablemos a nuestro corazón.

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Lunes, 11 de abril de 2005
Caos cósmico

En el artículo, publicado con anterioridad en este blog, titulado El destino como ensoñación, concluía con el siguiente corolario: «Así las cosas, ... Ser y Destino no tienen más vínculo que el de la ensoñación, ya que el encadenamiento de sucesos y circunstancias que determinan que los hechos sean favorables o fatales, tienen su origen en la aleatoriedad que contienen algunas de las leyes que rigen el Universo, y que nos son completamente desconocidas».

Para el Diccionario de la Academia de la Lengua, el término «azar» tiene un significado similar al de aleatorio: «Casualidad, caso fortuito»; una segunda acepción indica «Desgracia imprevista». En cambio,en un sentido más científico, la respuesta a lo qué es el azar o si verdaderamente existe, nos introduce en una senda inquietante. Heinz Pagels, catedrático de física teórica en la Rockefeller Universty, manifiesta en su libro El código del Universo: «Los matemáticos nunca han tenido éxito al dar una definición matemática de lo aleatorio..., simplemente no existe».

Esto nos lleva a afirmar que el azar no es más que la tapadera científica con la que se pretende encubrir nuestra propia ignorancia. Explicar con el azar las causas desconocidas de algo es un ejemplo meridiano de ignorancia. No obstante, son muchos los piensan que es irracional creer en Dios, cuando lo irracional es creer cualquier cosa revestida de ciencia con tal de no creer en Dios. Creer en todo para decir que no creen en nada. Vivir adorando la ciencia, que es el Dios impersonal de los que rechazan a un Dios personal, convirtiéndose en cienciolatras irracionales.

El doctor en física de la universidad estadounidense de Princenton, Freman Dyson, ha escrito: «Es cierto que aparecimos en este Universo por azar, pero la idea de azar es sólo un disfraz de nuestra ignorancia». Esta afirmación es como decir que científicamente no sabemos el por qué estamos aquí. Y si no sabemos por qué estamos aquí, ¿podemos saber para qué estamos?, ¿podemos estar por nada y para nada o nuestra breve existencia terrenal tiene un valor que la trasciende? Ciertamente, la vida tiene un sentido, pero no está en el ámbito de la ciencia el dárselo, pues el conocimiento científico no lo abarca todo como algunos creen ingenuamente. Toda prueba contra el azar es un tanto a favor del argumento teleológico (el objetivo y finalidad de la naturaleza era conocida y planeada de antemano).

La mecánica cuántica, que es una teoría que predice probabilidades, y cuyo potencial de predicción es estadística más que puntual y concreta, está siendo cuestionada por sus incompatibilidades con la relatividad de Einstein y por sus extrañas implicaciones metafísicas. El filósofo de la universidad de Columbia, David Z. Albert, explica en la revista Investigación y Ciencia (julio de 1994), como la teoría del físico David Bohm constituye un auténtico desafío a la concepción probabilística y subjetiva de la realidad en mecánica cuántica. Aunque no es nueva esta teoría, vuelve a poner sobre la mesa el determinismo.

El azar no es más que la ausencia de toda ley, norma o regla, y cuán evidente es que ésta no es la propiedad de nuestro Universo. Como vamos a ver, si dependiéramos del azar para existir, que duda cabe que no estaríamos aquí para discutirlo.

Azar y probabilidades

El pensador Jean Guitton, de la Academia francesa, nos explica en su libro Dios y la Ciencia, que si las teorías físicas sobre el origen del universo llevan a pensar en un principio ordenador primordial, algo semejante ocurre cuando estudiamos el origen de la vida. «La fantástica aventura ─según reflexiona Guitton─ que habría dado lugar a los vivientes primitivos a partir de sus componentes químicos, no se explica recurriendo al puro azar, ya que supone que se han dado unas combinaciones sumamente improbables de los componentes». «Si suponemos que la naturaleza ha dispuesto de todo el tiempo necesario para probar todo tipo de combinaciones químicas hasta que, por azar, acertó con la correcta, deberá admitirse ─añade Guitton─que en esos ensayos se habría formado una cantidad de compuestos químicos mayor que el número de átomos que existe en todo el universo».

Por su parte, el físico británico Paul Davies, profesor del Australian Centre for Astrobiology, en Sidney, explica en su libro Proyecto cósmico, que la probabilidad matemática de que el azar diera lugar a una molécula simple de ARN (ácido ribonucleico) auto replicante (como alguna teoría propone que surgió la vida) es de 1 frente a 10 elevado a la potencia 2 millones, que es tanto como decir imposible. Hoy día, los científicos aún se maravillan de la extraordinaria complejidad de una simple bacteria, bastante mayor que la de una molécula de ARN. ¿Podemos imaginar cuál es la probabilidad de que mil enzimas se unan ordenadamente para constituir una célula en una evolución de millones de años? Es de 1 frente a 10 elevado a mil. Algunas células pueden llegar a tener alrededor de las 2.000 enzimas y realizar más de 1.000 reacciones químicas distintas a la vez. Esto demuestra que cuanto más intrincado es un sistema complejo, más delicado y vulnerable es a la degradación por cambios al azar. Es decir, el azar, además de no dar ninguna posibilidad al surgir de la vida, destruiría ésta, más rápida y fácilmente cuanto más compleja fuese.

Paul Davies reconoce que el origen de la vida permanece en un profundo misterio y añade: «Es poco probable que surja de accidentes puramente aleatorios, pues es un mecanismo que falla a la hora de explicar la flecha evolutiva del tiempo; que más probablemente ha surgido [lavida] por transiciones abruptas no aleatorias hacia estados de mayor complejidad en sistemas forzados a abandonar el equilibrio y que encuentran puntos críticos».

El requerimiento de leyes, ¿no exige un legislador? Como dice Jean Guitton: «No estamos aquí porque un par de dados cósmicos hayan caído bien».

Si científicamente es imposible sostener que la vida, la inteligencia, la conciencia, la voluntad o el libre albedrío hayan podido surgir por azar o acontecimientos aleatorios, ¿no será que estaría dada la finalidad de tan extraordinario propósito? Por ésta y más razones, muchos científicos han tratado, inútilmente, de concluir la cadena de causas sin llegar a Dios, y afirman que el Universo no tiene causa, simplemente es. Y que surgió de la nada. O lo que sería igual: ¡El Universo es su propia causa! ¿Hay razones auténticas para sostener esto, o es un rechazo lleno de prejuicios?

Razón de lanada

Importantes matemáticos, como D. Hilbert, G.Frege y B. Russell, intentaron a lo largo del siglo XX dotar a las matemáticas de un carácter absoluto y totalmente consistente. Pero hacia 1931, el doctor en ciencias exactas Kurt Gödel publicó un impresionante artículo donde demostraba la imposibilidad del intento de sus colegas, pues las matemáticas ni pueden ser totalmente consistentes ni totalmente completas, siempre se deberán aceptar principios por fe. Y la ciencia expresada en lenguaje matemático nunca estará totalmente concluida, no lo podrá explicar todo. Del teorema de Gödel se deduce lo siguiente: «En cualquier ciencia, la ausencia de contradicción es indemostrable. Ninguna ciencia tiene carácter absoluto. Una teoría del todo que justifique la existencia del Universo y el por qué es como es, es imposible. La ciencia absoluta requiere una jerarquía infinita de sistemas formales de complejidad creciente, sin que ninguno de ellos pueda servir de base a la estructura global. La ciencia absoluta tendría que ser infinita. Una teoría de la naturaleza nunca puede ser final».

La teoría del Todo está condenada al fracaso por razones de consistencia lógica. Es una quimera. El Universo no puede explicarse a sí mismo; la salida a su contingencia debe buscarse fuera de él, en una entidad de orden superior. El mismo Beltrand Russell decía en 1959: «La espléndida certeza que siempre había esperado encontrar en las matemáticas se perdió en un laberinto desconcertante».

Por tanto, si el Universo es finito, así como sus propiedades, sólo puede ser explicado mediante una ciencia infinita; es algo que nos resulta inasequible, por lo que no cabe otro camino que rendir nuestra mente a la fe (entendida en sentido genérico), ya que ésta nunca será vencida por la razón, que a su vez está cimentada sobre principios aceptados a priori (por fe).

El propio B. Russell terminó afirmando: «Las matemáticas pueden ser definidas como una materia en la cual nunca sabemos de qué estamos hablando ni si es verdad lo que decimos». En pocas palabras: la ciencia nunca nos proveerá de argumentos, siquiera mínimos, para excluir a Dios de la creación del Universo. Por tanto, no resulta lógico tratar de sustituirlo, y menos por la nada.


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Lunes, 04 de abril de 2005
Juan Pablo IITarde lluviosa en Roma. Declinaba este turbio sábado 2 de abril ausente de alegría. El aire frío de la incipiente primavera entristecía aún más los corazones afligidos por la inminencia de un designio inapelable. De pronto estalló un silencio seco, cavernoso, estremecedor... Las manillas del reloj oficial marcaban las nueve y treinta y siete: el designio se había cumplido. En la plaza de San Pedro el tiempo quedó suspendido; diez minutos más tarde ese silencio de muerte había llegado a todos los rincones del planeta. La Humanidad se quedaba huérfana; ningún otro Santo Padre como Juan Pablo II ha amado a todos y a tantos hijos como él los ha amado; con ninguno hizo excepción, y su indulgencia la derramó con tanta generosidad como la escatimó consigo mismo.

La muerte del Papa Juan Pablo II significa, entre otras muchas cosas, la desaparición del último gran líder mundial del siglo XX. Un líder poliédrico que ha desarrollado una gigantesca labor como máximo dirigente espiritual del catolicismo, la religión de mayor difusión del planeta, con 1.200 millones de fieles. Ha sido una tarea que ha abarcado muchos frentes: en el teológico ha renovado la vigencia de la tradición del dogma; en lo evangélico ha sido un predicador incansable, habiendo llegado a hablar directamente con más de cincuenta millones de personas, y a través de la radio y la televisión a miles de millones; también ha sido un gran renovador de la fe en Jesucristo y del culto mariano; no menos grandiosa ha sido su defensa a ultranza de la dignidad humana y de los derechos del hombre; la búsqueda de la paz ha sido otra de sus obsesiones, anteponiendo el derecho a la vida como el bien más esencial. Los pobres, los enfermos, los oprimidos, los cautivos, todos ellos han estado en el epicentro de sus plegarias; les ha exhortado y les ha consolado; ha clamado por sus derechos como seres humanos; ha invocado a los detentadores del poder y del dinero y les ha reconvenido para que corrijan sus extravíos. El Papa Wojtyla ha buscado a los jóvenes y les ha entusiasmado. Ha alentado y consolado a los afligidos. Y también ha recriminado a los soberbios.

Si; del Papa Juan Pablo II se puede hablar hasta la extenuación. Su dimensión como dirigente mundial y como pastor de almas ha sido inconmensurable. Su lugar en la Historia nadie la puede poner en duda, pero todavía nos queda mucho por entender y asimilar de su vida y obra. Por eso la perplejidad me sobrecoge cada vez que escucho o leo a opinadores profesionales y a políticos significados que el pontificado de Juan Pablo II ha sido «progresista en lo social y conservador en lo moral». Palabras expresadas con una gratuidad intelectual verdaderamente asombrosas, provenientes de individuos que se tienen como ejemplo de demócratas y progresistas. Ni el menor asomo de rubor dejan traslucir tras sus afirmaciones vacuas e irresponsables. Su ignorancia proverbial y su cinismo indecente les permite formular reduccionismos tan vergonzosos, que sólo el raquitismo intelectual es capaz de permitirse. Es una consecuencia directa de la incapacidad para superar los estereotipos ideológicos, y para enunciar cualquier pensamiento trascendental para el hombre.

¿Cómo se puede criticar desde el ateismo marxista la doctrina moral de una creencia religiosa que está sustentada en principios inmutables? Esto es lo que han hecho algunos de nuestros preclaros políticos de Izquierda Unida y algunos de los opinadores de pesebre nada más conocerse el fallecimiento de Juan Pablo II. Sólo la temeridad del analfabeto funcional o el rencor hacia el pensamiento elevado y trascendente es capaz de enjuiciar lo que se desconoce o se cree conocer.

Creo, sinceramente, que a nada que hagamos un esfuerzo, aunque no compartamos esta manera de entender la existencia, podemos comprender que el cristianismo está fundamentado en unos dogmas de fe que encierran (para los católicos) la verdad incuestionable de la existencia de Dios y de su obra creadora. Por lo tanto, lo que para ellos era una verdad inmutable hace dos mil años, lo sigue siendo ahora y lo seguirá siendo dentro de otros dos mil. Si la verdad es única e inamovible, porque emana de Dios, no ha de extrañarnos que los sucesores de Pedro -a quien Jesús de Nazaret entregó las llaves del Reino y a quien encomendó la construcción y la administración de la Iglesia-, defiendan a capa y espada, aun con riesgo de sus vidas, la pureza del mensaje redentor. Esta es una realidad que choca frontalmente con el posibilismo político, con el juego de intereses que convierte a la lucha por el poder en un ejercicio permanente de oportunismo, de cambalache y de rectificación.

Juan Pablo II no ha dado una de cal y otra de arena; no ha sido -como se dice con frecuencia en estos días de agonía y muerte- un ejemplo de contradicción. Estaremos de acuerdo con él o no, pero la coherencia del Papa polaco ha sido uno de sus valores más destacables. A los defensores a ultranza del materialismo histórico o existencial -se llamen marxistas, socialistas, liberales o capitalistas-, les ha descolocado e irritado profundamente que Juan Pablo II haya concitado tanto entusiasmo en los tiempos actuales con su mensaje apostólico. El laicismo está de moda porque el materialismo racionalista se ha entregado ciegamente, en cuerpo y alma, a los brazos del cientificismo tecnológico; y no alcanzan a comprender que la mayoría de los científicos cada día están más convencidos de que las leyes y fenómenos del Universo no se pueden entender por sí solos, sino que únicamente se pueden intuir (estas leyes) aceptando la existencia de una inteligencia superior que ha hecho posible el Universo con un fin determinado.

Caer en el maniqueísmo de que, por un lado, el Papa condenaba la guerra y, por otro, reprobaba el aborto, es de una zafiedad asombrosa. Juan Pablo II en los dos casos, y en otros muchos, como la eutanasia, no se contradecía sino que se reafirmaba en lo mismo: en la defensa a ultranza del derecho a la vida. Es cierto que a veces cuesta comprender cuestiones como el rechazo al control de la natalidad por medios artificiales, cuando el uso del preservativo podría evitar miles de muertes por contagio del SIDA; también muchos católicos no creen hoy día en la resurrección de la carne ni en la existencia del infierno, pero ello no obsta para que se cuestione el meollo central del mensaje de Jesucristo. Por lo mismo, es obvio para quien quiera reflexionar seriamente, que la raíz del problema del contagio del SIDA está en la promiscuidad, algo que desde antiguo la Iglesia entiende como pecado capital, no porque represente un simple desorden moral sino porque la promiscuidad atenta contra la dignidad de uno mismo y atenta contra la dignidad de tus semejantes.

No nos equivoquemos. El Papa Juan Pablo II ha sido siempre fiel a sí mismo; su congruencia es fruto de una sensibilidad fraguada en el estudio, la reflexión y la entrega a un proyecto de vida superior. No obstante, Karol Wojtyla ha sido un ser humano como los demás. Seguro que su vida puede encerrar algunas sombras, posiblemente menos de las que muchos desearían. Este polaco que un día sintió la llamada de Dios y que terminó dirigiendo los designios de la Iglesia Católica, creció como hombre -como tantos otros de su generación- en las pruebas más dolorosas que puedan imaginarse: conoció los estragos de la muerte en su propia familia desde que era un niño; descubrió el horror de la guerra, de la tiranía, del desprecio al hombre, del odio...; fue perseguido, perdió a muchos amigos en el exterminio nazi; siguió la luz de Cristo entre las tinieblas de la clandestinidad por el terrorismo de Estado comunista; trabajó de picapedrero y estuvo a las puertas de la muerte varias veces. ¿Quién puede decir, con honestidad, que este Papa ha sido un reaccionario en lo moral cuando ha dedicado su vida a amar a Dios sobre todas las cosas y al hombre como a sí mismo?

El Papa Juan Pablo II ha pretendido hacer del amor el testimonio vivo de Dios. Creo sinceramente que lo ha conseguido en muchas ocasiones. Naturalmente que su mensaje y su labor no se pueden medir con la misma vara que se mide y cuantifica la acción política. La trascendencia de su misión sobrepasa y abruma a un buen número de intelectuales apoltronados en las corrientes al uso. Pero no nos equivoquemos, son ellos y nosotros los que vivimos instalados en la incongruencia de una vida fácil y hedonista, que finalmente nos hace infelices y desesperados. El mensaje de Cristo que Juan Pablo II ha renovado y tratado de ejemplificar con su propia vida, está muy por encima de ninguna otra ideología pretendidamente liberadora del hombre, nos guste o no nos guste. Por eso censuró la llamada Teología de la Liberación. Porque los responsables de predicar el Nuevo Testamento no necesitan complicidades con el comunismo marxista para llevar la esperanza al ser humano ni para reivindicar la dignidad del oprimido. El mensaje de Jesús de Nazaret hizo del amor el único arma que puede liberar al hombre. Y Juan Pablo II se esforzó hasta la extenuación en divulgarlo. Descanse en paz.

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S?bado, 02 de abril de 2005
El lema que escogió Juan Pablo II para su pontificado fue el de "Totus Tuus" (Todo Tuyo). Ha sido esta una expresión que han coreado y gritado millones de seres humanos en todos y cada uno de los ciento veinte países que ha visitado a lo largo de más de un cuarto de siglo de pontificado. Sin duda, la voz latina totus tuus estará vinculada a la Historia de la Iglesia por el reconocimiento a un Papa singular y extraordinario, y ha sido expresada en innumerables ocasiones tanto por los católicos y numerosos líderes políticos y religiosos de todo el mundo, como por incontables intelectuales y medios de comunicación del planeta; los mismos que no han cesado de aplicarle todo tipo de apelativos de admiración, como “peregrino de la paz”, “viajero infatigable”,“el Papa de la Virgen”, “el Papa misionero” “el Papa de los pobres”, “... y de los jóvenes”, y así un largo etcétera.

Este Papa que vino a Roma de muy lejos, ha demostrado con su visión y su manera de entender el mundo actual que este puede ser llegar a ser muy pequeño. Juan Pablo II incorporó a la Iglesia a la modernidad con su apostolado. Ha recorrido más de un millón de kilómetros (tres veces la distancia de la Tierra a la Luna) en sus 104 viajes, en los que ha visitado 120 países, más otros 140 desplazamientos por Italia. El Papa polaco se ha acercado a los medios de comunicación como ningún otro Papa lo haya hecho jamás. Su apostolado ha catequizado a más hombres que ningún otro sucesor de San Pedro. Su ubicuidad y la multiplicación de su mensaje pastoral ha sido posible por la óptima utilización que ha hecho de los medios técnicos que la sociedad le ha ofrecido y por el impulso de una voluntad y de una fe verdaderamente extraordinaria.

Se afirma que Juan Pablo II pasará a ser conocido en la posteridad por el sobrenombre de "El Magno". Sólo ha habido tres Papas con ese apelativo grandioso en latín. Y es que este Papa todo lo ha hecho a lo grande: ha batido todos los records de viajes, de encíclicas, de libros escritos, de gestos. No obstante, creo que éste será un Papa que pase a la Historia por sus gestos. Es cierto que ha escrito mucho sobre doctrina de la fe, sobre el hombre de nuestro tiempo y de los males que afectan a la sociedad actual, pero sin duda uno de los aspectos más destacables de pontificado de Juan Pablo II será el de sus gestos: pedir perdón, colocar una súplica en el Muro de las Lamentaciones, reunirse con la mayoría de los líderes religiosos de otras confesiones, visitar por primera vez una mezquita, ponerse sombreros de todo tipo, desde mexicanos a esquimales..., buscar el diálogo y el afecto con todo tipo de personajes.

El Pontificado de Juan Pablo II ha sido el segundo más largo (el tercero, si se cuenta a San Pedro) de la Historia de la Iglesia, sólo superado por Pío IX, que duró 31 años, siete meses y 17 días.

Un cura polaco

El año 1978 fue el año de los tres Papas: murió Pablo VI a los 80; su sucesor, elegido en un solo día, adoptó el nombre de Juan Pablo en honor a sus dos predecesores, pero a los 33 días falleció; una vez más el Colegio Cardenalicio se reunió en cónclave para elegir sucesor, recayendo la elección el segundo día en el cardenal polaco Karol Wojtyla. Con el nombre de Juan Pablo II inició su carrera al frente de la Iglesia Católica. Dinámico y accesible, el nuevo Pontífice pronto se convertiría en un líder fácilmente reconocible por la mayor comunidad religiosa del mundo.

La elección de Karol Wojtyla sorprendió al mundo católico. Ningún analista vislumbró la posibilidad de que el obispo de Cracovia, de tan solo 58 años, alcanzaría la magistratura de Sumo Pontífice. Ciertamente Wojtyla era muy respetado por su resistencia al régimen comunista de Polonia. Pero no formaba parte de la "comunidad" del Vaticano y, fundamentalmente, no era italiano. Mas, ¡hete aquí! que la tradición de 400 años se fue a quebrar con un cardenal polaco llamado a realizar un gran papel en la Historia de su tiempo.

A los pocos meses de su nombramiento Juan Pablo II viajó a Polonia, su tierra natal. De esta visita, sin duda, se recogería más tarde la cosecha que Karol Wojtyla sembró con su presencia y con su mensaje de fe y esperanza, al fructificar el movimiento popular y pacífico, que liberaría al país del totalitarismo comunista.

Dos años más tarde, el 30 de mayo de 1981, su insistencia en acercarse a las multitudes casi le conduce a la muerte, al ser disparado en el abdomen -cuando se desplazaba en coche descubierto por la Plaza de San Pedro- por un fanático turco. A pesar de resultar gravemente herido, y después de una larga convalecencia, el Santo Padre visitó a su asesino en la cárcel y le perdonó.

Al año siguiente Juan Pablo II viajó a Gran Bretaña en una misión de gran significado histórico. Fue durante la guerra de las Malvinas, o Falklands. Por primera vez desde la Reforma un Papa se encontró con el Arzobispo de Canterbury. Juan Pablo II promovió un acuerdo pacífico entre Reino Unido y Argentina por aquel conflicto en el Atlántico Sur, algo que repitió días después en Argentina. Participó en numerosos servicios ecuménicos con la Iglesia de Inglaterra, algo impensable en épocas anteriores. Grandes multitudes de católicos y protestantes asistieron expectantes a cada uno de sus gestos y palabras sobre el reencuentro entre Roma y Canterbury, una unión que hoy parece más lejana que nunca por diferencias en cuanto al sacerdocio femenino.

Con éxito dispar, Juan Pablo II no se ha cansado de intentar cerrar heridas con las otras iglesias cristianas y el resto de las religiones. En 2000 pidió perdón por las acciones censurables de la Iglesia a lo largo de la Historia. Sin embargo, para algunos rabinos judíos este arrepentimiento fue demasiado general, ya que no mencionó el papel de Pío XII, a quien se acusó de ignorar la existencia de los campos de concentración nazis.

Juan Pablo II también promovió el diálogo entre cristianos y musulmanes. En Siria se convirtió en el primer Papa que visitó una mezquita. Y firmó con Turquía un acuerdo para promover las relaciones con el Islam.

Entre dos bloques

Con la caída del bloque soviético mejoraron las relaciones entre el Kremlin y el Vaticano. En 1989 Mikhail Gorbachov visitó Roma. Fue la primera vez que un líder soviético cruzaba el umbral de San Pedro. "El Papa -le dijo Gorbachov entonces a su esposa Raisa- es la autoridad moral más importante del mundo y es eslavo". El entendimiento entre ambas personalidades sin duda facilitó el camino hacia la democracia en el bloque comunista. Pero también ha sido uno de los principales críticos de lo que llamó "Capitalismo salvaje", que en vez de ayudar al desarrollo de los pueblos, aumentaba los índices de pobreza en los países en vías de desarrollo.

La personalidad de Karol Wojtyla es sin duda la de un hombre complejo, y desde luego no siempre comprendido. Mientras que por un lado a ido reclamando acciones para combatir la pobreza en el mundo, por otro ha insistido en que la contracepción es moralmente inaceptable. Se ha afirmado en el deseo de mejorar la condición de las mujeres y al mismo tiempo ha escrito que la maternidad debe ser la aspiración natural de la mujer. Frecuentemente ha criticado la liberalidad que observa a su alrededor. Los homosexuales le han inspirado irritación y compasión, para decepción de los defensores de los derechos de los gays.

Otro punto distintivo de su papado ha sido la canonización de 477 santos y la beatificación de 1318, más que todos los demás Papas juntos. Entre ellos figura el fundador del Opus Dei, el español José María Escrivá de Balaguer (1902-1975); esta canonización causó polémica dentro y fuera de la Iglesia.

Incansable viajero

A pesar del debilitamiento de su salud en los últimos años, debido fundamentalmente a la enfermedad de Parkinson, Juan Pablo II ha continuado viajando. Ha estado en América Latina, en las repúblicas de la ex Yugoslavia y en Tierra Santa, sitios afectados por sus propios problemas pastorales y políticos.

Con los años Juan Pablo II se ha convertido en uno de los rostros más famosos en el mundo y tiene la reputación de ser un gran luchador internacional por las libertades, primero contra el nazismo y luego contra el comunismo. Sin embargo, sus críticos destacan en él un marcado conservadurismo, señalando que sus pronunciamientos en cuestiones como el aborto, la contracepción y los derechos de las mujeres han afectado negativamente a millones de personas.

Para mejor comprender el pontificado de Juan Pablo II es menester tener en consideración los enormes cambios habidos en el mundo durante este periodo: el colapso del comunismo, el incremento de la deuda externa en los países en vías de desarrollo, la difusión del SIDA y la globalización de la economía. El Papa ha trabajado para mantener la dignidad humana contra los que considera peligros de la vida moderna. También ha luchado como nadie por la paz en el mundo. Apoyó el envío de una fuerza internacional al Medio Oriente y fue uno de los más fervientes opositores a la guerra en Irak.

Lo más sobresaliente de su legado ha sido impregnar un rostro más humano al Vaticano, desapegándole de la imagen monolítica y distante que proyectaba antes de su pontificado. Además, la inquebrantable fe de Juan Pablo II, su calidez personal y sus incansables esfuerzos por los pobres y la concordia universal, han convertido a este Papa polaco en una de las figuras más sobresalientes del siglo XX y principios del XXI. Pero por encima de todo, Juan Pablo II ha sido un ferviente defensor de la vida, el bien más preciado; ha defendido la vida de forma rotunda e integral: así como se ha manifestado contrario a la pena de muerte y a la guerra, también ha sido inflexible a la hora de condenar las prácticas abortistas, la eutanasia y el control de la natalidad.

En 1995 Juan Pablo II pronunció una frase que encierra el sentido último de su apostolado durante los últimos veintisiete años: “Construyamos la civilización del amor”. Un amor que él concibió con mayúsculas, sin reservas, sin atajos, como única salida a la existencia del ser humano; un amor que es la esencia misma que encierra el mensaje con el que dio cumplido testimonio durante su vida, su pasión y su muerte Jesucristo, hace escasamente dos mil años.

Publicado por torresgalera @ 2:32  | Historia
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