Domingo, 29 de mayo de 2005
El sendero emprendido por ZP está empezando a ser intransitable para él y para su Gobierno. Las dificultades ya las está sintiendo en sus propias carnes, y esto no ha hecho más que empezar. Su sueño político, el que le colocaría en la Historia por derecho propio, es una quimera insensata. El programa electoral del PSOE es un mero pretexto para decorar la legislatura. No tiene calado, entre otras cosas, porque se encontró en La Moncloa sin proponérselo. Todo surgió después. Su equipo de notables, los verdaderamente influyentes, le empujaron a soñar en un proyecto atrevido e innovador que le legitimara como un gran gobernante para las dos primeras décadas del siglo XXI: la superación del nacionalismo en la cornisa peninsular, propulsando al socialismo a la cabeza del autogobierno. En una frase: la cuadratura del círculo.

Cuando ZP ganó las elecciones del 14-M ya contaba con el PSC gobernando en Cataluña. Pascual Maragall le enseñó el camino; le enseñó que se podía convivir con los independentistas y con la izquierda radical. Por otra parte, ZP se jugó el tipo, tiempo atrás, y apostó por Patxi López -traicionando a Nicolás Redondo Terreros- en el País Vasco. El nuevo dirigente de los socialistas vascos representaba una opción más condescendiente y colaboradora con el nacionalismo. Por eso ZP se empeñó en la complicada operación de desmontar el Plan Ibarretxe pero sin negarle la dignidad política a sus defensores. Más tarde llegarían las elecciones autonómicas en Euskadi con los resultados que ya conocemos.

Perplejidad en el Supremo

Entre tanto, ZP ha seguido una táctica de amagar y no dar; de hacer ostentación de talante de diálogo, pero simultáneamente practica el secretismo y la maniobra política a escondidas. De esas argucias ya comprobamos algunos de sus resultados. En la Secretaría Técnica del Tribunal Supremo -la que entiende sobre los asuntos relacionados con la vulneración de la Ley de Partidos-, los magistrados no salen de su asombro. No tienen ninguna duda de que la ilegalización del Partido Comunista de las Tierras Vascas sería de una solidez jurídica irreprochable; en cambio, no fue este el caso de la ilegalización de Aukera Guztiak, que -según los magistrados del Supremo- se llevó adelante cogida con alfileres. En pocas ocasiones la voluntad política del presidente del Ejecutivo se está aplicando con tanto rigor en el Ministerio Fiscal y en los servicios jurídicos de la Abogacía del Estado. Miran para otra parte mientras que desde el Gobierno se desgañitan en vocear que las Fuerzas de Seguridad no tienen pruebas suficientes para avalar una denuncia contra el PCTV por connivencia con Batasuna y el entorno de ETA. ¡Pero si lo afirman las propias diputadas del PCTV y el propio Arnaldo Otegi, entre otros!

Es claro que esta política que ha permitido al entorno terrorista tener nueve representantes en el nuevo Parlamento de Vitoria, está generando una confusión y un ruido mediático y político en España sin precedentes. Lo mismo se habla de que hay condiciones objetivas para el diálogo con ETA, que se rompe el Pacto Antiterrorista y por las Libertades entre PSOE y PP, que se aprueba un nuevo pacto a favor del diálogo con ETA en el Congreso (donde queda fuera el PP), que se afirma desde el Gobierno que no habrá diálogo si los terroristas no abandonan las armas,... En fin, un despropósito, donde nadie se entera, donde todo el mundo miente, o donde la confusión favorece los desvaríos. Y en medio de este jaleo de dimes y diretes, desde las filas socialistas voces de prestigio se ufanan en afirmar que ZP está en el buen camino, que hay motivo para la esperanza, prueba de ello es que ETA hace más de dos años que no ha matado a nadie. ¡Toma nísperos! ¿Y las últimas seis bombas colocadas en el País Vasco contra viviendas y propiedades de ciudadanos vascos? ¿Y el coche bomba explosionado en Madrid el pasado miércoles, que causó más de 50 heridos? Alguien tendrá que dar cuenta algún día por alentar tanta estulticia y estupidez.

Advertencia de Otegi

Para rematar el cuadro, esta semana también nos ha traído el numerito del etarra Otegi. Llamado a declarar en la Audiencia Nacional por el magistrado instructor Fernando Grande-Marlaska, por el caso abierto contra la financiación ilegal de ETA a través de las herriko tabernas, el juez termina por decretar la prisión contra Otegi eludible con una fianza de 400.000 euros. Y ahí tenemos al bueno de Otegi que en 41 horas abandona el penal de Soto del Real, gracias a la rápida recaudación que los bares proetarras aportan para su puesta en libertad. Encima se permite el lujo de advertir, tras anunciar que este hecho no supone ningún peligro para el diálogo, que el Gobierno no está maduro para este proceso porque se está dejando presionar por los fascistas. ¡Chúpate esa!

Verá el inefable ZP como digiere estas piedras en el camino. Pero todo indica que las cañas se le están volviendo lanzas. Y si no que espere al sábado 4 de junio, cuando vea por televisión las imágenes de la manifestación convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo para protestar contra su política de negociación. Ya verán ustedes como termina diciendo que él nunca dijo que fuera a negociar con los terroristas.

Y por si fuéramos pocos, parió la abuela. Ahora resulta que en Cataluña se oye ruido de ruptura en la familia socialista. Es lo menos que puede ocurrir. Tanto dislate no puede mantener insensible a tanta gente. Cada vez son más las voces que discrepan públicamente dentro del socialismo español. Lo hemos visto días atrás en el País Vasco con la carta abierta firmada por Rosa Diez y otros significados socialistas vascos. En el Gobierno, el propio ministro de Defensa, José Bono, lo ha dejado meridianamente claro: “Confío más en la Guardia Civil que en cualquier diálogo con ETA”.

La tercera pata del sueño de ZP es Galicia. Sacar a Manuel Fraga de la Xunta y sentar a Pérez Touriño, aunque sea con el apoyo de los nacionalistas del BNG, sería el colofón para consolidar su proyecto y su solvencia política. Lo malo es que en Cataluña el tripartito puede ser el ataúd de Maragall. En el País Vasco la gobernabilidad pasa por los votos de la franquicia de Batasuna, con lo que todo lo avanzado hasta ahora no habrá servido para nada y, además, se puede encastillar aún más el problema de convivencia entre el nacionalismo y el constitucionalismo. Así que con tantos y tan peliagudos frentes abiertos, ZP puede estar viviendo el final de su dorado principado. Confiemos en que sepa rectificar.

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S?bado, 21 de mayo de 2005
Si preguntásemos, así, a vote pronto, a todos y cada uno de los españoles mayores de edad cuál es el viaje -como ciudadanos, se entiende- que como pueblo desearían emprender para los próximos años, estoy convencido que una mayoría, además de quedarse perpleja por la pregunta, contestaría obviedades llenas de sentido, como un viaje en el que se pueda vivir en paz y libertad, en el que sea fácil obtener un buen empleo, en el que comprar o mejorar su casa esté al alcance de todos, o en el que no haya temor por la seguridad ciudadana y en el que no quepa el terrorismo,... Es decir, que para la gran mayoría de los españoles el futuro pasaría, inexorablemente, por unas condiciones de vida tendentes al bienestar, a la prosperidad y a la seguridad de las personas. A partir de ahí el cómo se hiciera ese viaje sería relativo, según cada caso.

Con este planteamiento sólo pretendo señalar el enorme avance experimentado por nuestra sociedad respecto a hace setenta años. Hoy en día serían muy pocos los que reclamasen una revolución o la eliminación de las clases sociales, suponiendo que las haya, o los que gritarían para que encarcelaran a los alborotadores y ateos. España como nación ha progresado tanto y tan radicalmente que aquel pasado de odios y rencores, de injusticias y prebendas, y de señoritos y lumpen es ya sólo un recuerdo. Esto no quiere decir, de ninguna manera, que vivamos en una sociedad perfecta, sino que la esencia misma de la sociedad se ha transformado favorablemente tanto, que los parámetros que marcan nuestra existencia son mucho más proporcionales y equitativos. En nuestros días, en España se goza de libertad, de una Constitución democrática que nos iguala a todos ante la ley, que nos otorga los mismos derechos y las mismas obligaciones, y que nos impone la solidaridad como fórmula para que todas sus regiones se equiparen.

Con este planteamiento lo único que pretendo destacar es que, en general, ni el perfil sociológico de los españoles, ni su grado de instrucción, ni su nivel de rentas se parecen en nada con los de la Segunda República, por poner una referencia tan recordada por algunos. En la actualidad, las inquietudes y preocupaciones de los ciudadanos son muy similares entre sí, especialmente entre los jóvenes, que se sienten identificados con su mundo y persiguen los ideales de autenticidad, de progreso social y económico, de solidaridad con los desfavorecidos, de conciencia respecto a la naturaleza y de desarme mundial; sin embargo, son víctimas, no de la pobreza sino del consumismo y de la liberalidad de costumbres, lo que les provoca con frecuencia ansiedad y decepción.

¿Y si la sociedad española se manifiesta como es, por qué el debate político sigue anclado en el enfrentamiento entre derechas e izquierdas? ¿Por qué se distingue interesadamente entre progresistas y conservadores? ¿Por qué ese empeño en decir que lo separado es más avanzado que los unido? ¿No será que la vida política es la única actividad en España que no ha superado el paso del tiempo?

Anclados al pasado

Es cosa sabida que la política en las democracias occidentales vive atrapada por el imperativo del corto plazo. La obsesión por las tendencias que marcan las encuestas de opinión y los resultados electorales, siempre próximos, han convertido a los políticos en muñidores del oportunismo y el amañamiento. La cortedad de miras no es ya un déficit intelectual sino una cualidad intrínseca de los que nos representan en las altas magistraturas de la nación. Por eso el futuro es tan incierto y preocupante, porque el presente está tejido con los hilos de la improvisación, del rencor, de la argucia y de la temeridad.

En cualquier caso, es esencial que las personas que no porfiamos por ninguna sigla partidista, sino que lo único que de veras ansiamos con ilusión es una convivencia en paz y libertad, no perdamos la esperanza. La sensatez terminará imponiéndose aunque sólo sea a fuerza de tropiezos. Porque a estas alturas de la Historia de España, pocas cosas deberían sorprendernos. Hemos experimentado cuatro guerras civiles en los dos últimos siglos; dos dictaduras; restauraciones constitucionales varias; dos experimentos republicanos verdaderamente deleznables; amagos secesionistas y un sin fin de episodios trágicos. Yo creo que ya deberíamos estar curados de espanto.

Después de veintisiete años de democracia, en los que hemos gozado de un grado de libertad y desarrollo económico sin parangón en nuestra historia, renace con fuerza el afán protagonista y el aventurerismo político. No digo yo que la inquietud por mejorar no sea legítima. Pero mucho me temo que hay algo que no funciona: o el lenguaje político está totalmente subvertido, con lo cual los españoles necesitamos un curso acelerado de semántica, o las ideologías de clase se han diluido por el sumidero del tiempo, con lo cual sus pretendidos herederos se han convertido en remedos paranoicos.

Sería saludable que hiciéramos un esfuerzo por saber quiénes somos y lo qué queremos por nosotros mismos. Aferrarnos a epígonos del pasado no hace más que lastrar nuestro presente y condicionar gravemente nuestro futuro. La España de hoy no tiene nada que ver con la España de hace setenta años; ni siquiera con la de hace treinta. Las derechas de entonces ahora son otra cosa, radicalmente distintas, al igual que las izquierdas. Por eso, decirse de izquierdas en nuestros días y en nuestras circunstancias, asumiendo el sentido ideológico de entonces, resulta tan patético. Y no es que lo diga yo, es que no hay más que mirar a nuestro alrededor y comprobar los efectos del marxismo en el mundo. En cuanto a las demás ideologías totalitarias (fascismo, nazismo y nacionalismo) poco más que añadir.

Hoy, en teoría, todos queremos el progreso social, económico y cultural; eso es al menos lo que deberíamos no negar a nadie. Los conservadores defienden el actual modelo de sociedad, basado en la asunción del pasado y la fe en el futuro. Los liberales cargan más las tintas en el individuo, en las leyes del mercado y repudian el intervensionismo estatal. La socialdemocracia se identifica con el llamado estado de bienestar social, en el que se favorezca a los sectores más necesitados y con menos recursos a costa de un sistema tributario más proporcional. Y lo demás, es pura farfolla.

De manera que cuándo nos preguntemos a dónde nos lleva la actual lucha política, la única respuesta sensata es, a ninguna parte. Es como en la novela de Fernando Fernán-Gómez, Viaje a ninguna parte, donde se apela a la gloria de la profesión de cómico con un discurso lleno de graves palabras y expresiones, ante el avance inexorable de los nuevos tiempos que demandan otras formas de entretenimiento. Así, en España, ocurrirá lo mismo a pesar de que algunos de nuestros dirigentes se empeñen en representar su última función, en una cuadra con viejos y destartalados atrezos y decorados, y con unos figurantes ebrios de enajenación. Será un intento vano por restituir los viejos portazgos, pontazgos y estancos de sal que marquen los límites de los antiguos reinos. Es una locura de tales proporciones, que sólo la cortedad de miras y el raquitismo intelectual y político pueden alimentar un viaje tan desatinado.

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S?bado, 14 de mayo de 2005
No cabe la menor duda. Ya tenemos en España el pim-pam-pum otra vez de moda. Ese juego de feria donde grandes y chicos tiran al blanco con pelotas de goma a unos muñecos hasta derribarlos. Claro, que en este juego tan infantil existe premio para el que derriba el muñeco con un primer pelotazo. En cambio, no estoy muy seguro cuál ha de ser el premio que obtendrán los que derriben el muñeco en la nueva versión de la que estoy hablando. ¿Se acuerdan ustedes cuando allá por los años ochenta, y ya con el PSOE de Felipe González gobernando, se puso de moda aquella frase de que “Contra Franco vivíamos mejor”? Pues eso. Por aquel entonces la derecha era una piltrafa que no inquietaba a nadie, por mucho que Manuel Fraga intentaba, una y otra vez, la construcción de una gran alternativa conservadora al socialismo reinante.

Creo que ya van tomando el hilo de lo que me traigo entre manos. Efectivamente, Fraga, el líder de Alianza Popular, acertó a la tercera y, como diría un paisano gallego, a pesar suyo. José María Aznar fue la apuesta; luego vino la refundación con las nuevas siglas, la apertura integradora a todos los que aceptaran un ideario amplio de miras, democrático, liberal y plenamente consecuente con los principios constitucionales que subrayaban la identidad de España, su acervo de valores y su vocación de futuro. Mira por dónde, aquella alternativa tomó cuerpo, creció y fue capaz de derrotar en las urnas al socialismo omnipresente. Esto, como diría el castizo, fue “mucho para el body”. Ocho años de gobierno del PP, caminando por la senda de la Constitución, fue algo que no se podía aguantar. Socialistas, comunistas, nacionalistas y demás jerigonza antiglobalización acabaron de los nervios. Así que entre todos sacaron de los viejos baúles los empolvados manuales doctrinarios para combatir al fascio reaccionario. Y ya está el lío armado.

Dicen los de la baraúnda que la intransigencia, la falta de diálogo, el alineamiento con la política del presidente Bush y la mentira han sido las trágalas que han sacado al Partido Popular de la gobernación de España. Ahora estamos en el tiempo de recomponer el desaguisado de las dos legislaturas de los peperos. Y en ello estamos.

Por lo pronto, el nacionalismo vasco y catalán se ha revitalizado como no lo hacía desde los años de la Segunda República. Los comunistas del Izquierda Unida claman por el Estado federal, y en Euskadi y Cataluña apoyan resueltamente la autodeterminación y el estado libre asociado. Esto es una novedad histórica en una coalición artificiosa y residual que está más cerca del extreparlamentarismo que de alcanzar su utopía fracasada.

En cuanto al socialismo, qué decir, sino que están realizando una auténtica pirueta dialéctica para justificar la vigencia de su discurso. Se puede ser más estrambótico, pero difícilmente más incongruente con su legado histórico. En el País Vasco los socialistas siempre tuvieron profundas raíces en el obrerismo, pero como ahora casi todos somos clase trabajadora y asalariada, se han sacado de la manga lo del Estado plurinacional. En Cataluña el caso es todavía más elocuente. Allí la tradición socialista tuvo poco peso. El anarcosindicalismo y el marxismo de la I y III Internacional (POUM y PSUC) llevaron la voz cantante de la izquierda revolucionaria. El socialismo fue siempre un mecenazgo de la burguesía crítica. Y desde los tiempos de la Transición hasta nuestros días el fenómeno se ha reproducido con éxito arrollador. El socialismo catalán ha sabido conjugar con extraordinaria eficacia el discurso populista en la sociedad charnega con la exaltación de lo genuinamente catalán y la supuesta retahíla de agravios recibidos durante décadas del centralismo madrileño. De esta manera el PSC ha terminado por instalarse en el centro de la vida política catalana, y erigirse en el factotum del nacionalismo, por encima de la burguesa CiU. Sabedor de este logro, el presidente de la Generalitat, Pascual Maragall, ha hecho de la escapada hacia delante su única meta. Tanto los independentistas de ERC, con la colaboración de Iniciativa per Catalunya, como los moderados de CiU están utilizando al honorable president para alcanzar sus objetivos. Maragall se ha convertido en la gran coartada. Nadie mejor que el socialismo para desatascar el viaje hacia el autogobierno y la institucionalización de la nacionalidad catalana. Cuando se consiga -si se consigue- a ver quién se atreve a deslegitimar un proceso abierto y amparado por el progresismo socialista. Mientras, desde La Moncloa, su inquilino, el señor Rodríguez, sonríe complaciente y convencido de ser la solución providencialista a los males de España.

Solamente hay un obstáculo, y no menor, para que esta segunda transición se pueda llevar a cabo con éxito. Se trata del Partido Popular, una fuerza política que cuenta con el respaldo de diez millones de votos, alrededor del 40 por ciento del electorado. Y como es la única voluntad decidida en defender los términos del marco constitucional, se ha convertido, sin proponérselo, en el pim-pam-pum de las demás fuerzas políticas con representación parlamentaria. De lo cual se colige que el juego de esta feria política no ha hecho más que comenzar. En adelante, el tiro al muñeco se va a poner calentito. Lo malo es que el juego del pim-pam-pum se convierta en una pelea de veras, y ahí ya no sé yo quién tiene las de ganar, si los tiradores o el muñeco. Porque, ¿saben ustedes? puestos a malas, yo no me fiaría de un muñeco tan fuerte, tan cargado de razones y tan decididamente perseverante.


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Martes, 03 de mayo de 2005
Mucho se habla, se discute y se critica, desde innumerables rincones y desde múltiples puntos de vista, sobre la deriva política hacia donde el nacionalismo -sobre todo el vasco y el catalán- está llevando al conjunto de la nación española. En verdad, yo no sé en qué va a quedar todo esto; imagino que tendrá un fin, o quizá no. Alguien -diría que bastantes- tendrán, más tarde o más temprano, que rendir cuentas, si no a sus coetáneos si al menos ante la historia.

Es sabido que, mediante la razón, el hombre puede desarrollar casi cualquier teoría o entelequia (finalidad última del ser, en sentido platónico); pero no es menos cierto, que con esa misma razón, se puede fácilmente esgrimir la teoría contraria, al margen de las cualidades éticas de un razonamiento o de su contrario. Con esto pretendo denunciar que no vale esgrimir argumentos pergeñados de sentimentalismos históricos, de agravios pretéritos, de derechos consuetudinarios suprimidos, para demostrar que se tiene razón; secillamente, porque los receptores de esos argumentos pueden esgrimir otros perfectamente plausibles para rebatirlos.

El devenir de los pueblos deja muchos cadáveres en el camino. El acervo histórico es la quintaesencia de ese devenir, y debe ser soportable: un pueblo fue lo que fue, y ahora es lo que es; no hay marcha atrás ni rectificaciones; de nada valen la ensoñación nostálgica ni la idealización de un imaginario perturbador. El futuro se forja sobre los cimientos de la voluntad para superar el día a día, de la confianza en los valores propios y en la vocación de compartir esfuerzos y resultados con tus semejantes. Lo demás son pamplinas, típicas de advenedizos que jamás destacarían trabajando en su propio oficio, pero con la temeridad suficiente para liderar sofismas ideológicos. Se trata de individuos de escasa envergadura moral, tramposos hasta el desideratum, capaces de instigar con mentiras o medias verdades la conciencia de sus conciudadanos; en definitiva, de soliviantar con falsos agravios y redentoras promesas las mentes perturbadas por la ansiedad o la frustración.

El enfrentamiento dialéctico que se ha instalado en nuestros días entre los españoles es un invento artificioso instigado por algunos ambiciosos de poder y notoriedad. No dudan en rebasar los límites de la convivencia, ni en hacer de su necesidad virtud. De nada les vale que una aplastante mayoría de españoles se pusiera de acuerdo, en 1978, en la manera de concertar su marco de convivencia. Ellos, entonces, no eran nada o casi nada. Ahora creen llegado el momento de dar un paso al frente. Sus quimeras han echado raíces -así lo piensan- y están dispuestos a librar su primera gran batalla. Y lo peor es que están recibiendo ayuda de quienes les necesitan para mantenerse en la poltrona.

Así las cosas, no cabe más remedio que mantenernos expectantes ante lo que suceda. En 2008, si nada se tuerce, los españoles podrán de nuevo decidir en las urnas a quiénes otorgan su confianza. Mientras tanto, las instituciones del Estado tienen sus responsabilidades. Y no se olvide, el Estado somos todos: gobierno central, Cortes Generales, Administración de Justicia, Fuerzas de Seguridad, gobiernos autonómicos, parlamentos autonómicos y ayuntamientos. Esto no va de unos contra otros. Todos somos iguales y, por tanto, todos decidimos. Porque debe quedar claro, España es hoy lo que es porque en su devenir las cosas ocurrieron de una manera y no de otra. Hubo reinos diferentes. Hubo coyunturas históricas en las que unos colaboraron con otros; también hubo enfrentamientos, disensiones, pactos y acuerdos. Hubo guerras civiles, con sus respectivos ganadores y perdedores; la tragedia siempre habitó entre nosotros. En cambio, el perdón es más escaso. Por eso pienso que la actual España, o sigue siendo España o no será nada.

Publicado por torresgalera @ 14:40  | Pol?tica
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