Jueves, 30 de junio de 2005
La ambición política no tiene límites. Por mucho que los próceres de la cosa pública se empeñen en manifestar su vocación de servicio público, la consecución del poder es el verdadero y esencial fin de su quehacer. Luego está aquello de lo que es legítimo y lo que no; de lo que democráticamente es correcto y lo que no lo es; e, incluso, con frecuencia se hace gala de la correcta interpretación de la voluntad popular. De este modo en Galicia se camina inexorablemente hacia un modelo nuevo de gobierno como consecuencia de los resultados electorales celebrados el pasado 19 de junio. ¿Y ello se debe a que los ciudadanos han variado sustancialmente la confianza en sus representantes? Sinceramente, no. De las tres grandes fuerzas políticas con presencia en el Parlamento gallego, la voluntad popular ha variado en esta ocasión, pero no en exceso.

Los gallegos han vuelto a votar mayoritariamente al Partido Popular. Es verdad que el porcentaje de apoyo ha disminuido, del 50,9% en 2001 al 45,2% de ahora. Como se puede apreciar el PP continua contando con el respaldo mayoritario de la sociedad gallega, a pesar de ver recortada su representación en el Parlamento autonómico (de 41 escaños a los 37 actuales). Por su parte, el Partido Socialista de Galicia ha mejorada sensiblemente en confianza popular, al pasar del 23,3% de los votos, de hace cuatro años, al 33,1% de ahora; este hecho se traduce en escaños de 17 diputados a 25. Y, por último, tenemos el Bloque Nacionalista Gallego, que ha perdido suelo electoral al recibir el 18,8% de los votos, cuando en 2001 consiguió el 23,3%; el nuevo porcentaje de votos otorga 13 diputados tras la pérdida de 4 escaños.

Visto el reciente panorama electoral es fácilmente apreciable la voluntad del electorado. Primero que los gallegos se han decantado por una mayoría muy amplia por el PP, próxima al 50 por ciento del electorado; aunque queda de manifiesto la pérdida paulatina de apoyo al partido que ha estado gobernando ininterrumpidamente durante los últimos 16 años. Los motivos pueden ser varios, desde el natural desgaste de gobierno, pasando por decepciones del electorado ante ciertos hechos, hasta el desacuerdo con la idoneidad del candidato de los populares, Manuel Fraga. Pero lo cierto es que los cuatro escaños que ha perdido el PP han ido a parar al PSdG, lo que evidencia que políticamente para algunos electores este cambio de opción es plausible.

En cuanto al BNG, esta coalición nacionalista es la que verdaderamente se ha llevado el más severo varapalo en las urnas, ya que aunque en términos absolutos el porcentaje de votos y de escaños perdidos es similar al del PP, en términos relativos disminuye su aceptación popular de forma significativa. Con todo, lo más importante de reseñar es el trasvase de votos moderados de la coalición al PSdG. En definitiva, ha sido el Partido de los socialistas gallegos el que ha experimentado un sustancial avance, aunque todavía está lejos de alcanzar una cómoda mayoría que le permita gobernar en solitario aplicando su programa. Pero de ahí a decir que en Galicia el pueblo ha manifestado con claridad su voluntad de que haya un gobierno de izquierdas, media un abismo. ¿Y por qué? Pues por la sencilla razón de que existe una infinita mayor diferencia ideológica entre el PSdG y el BNG que entre el PSdG y el PP. Otra cosa es que la ambición de poder del PSdG-PSOE le lleve a una alianza con los nacionalistas antes que permitir que el PP gobierne en minoría. La estrategia del PSOE hace tiempo que se ha decantado por interponer un abismo insalvable con el otro gran partido constitucional y democrático español que es el PP.

Allá ellos. Algún día tenderemos que decir lo de que “De aquellos polvos estos lodos”. Porque a estas alturas, todo el mundo sabe que el BNG es con diferencia la coalición que encierra los elementos más radicales ideológicamente hablando de cuantos pueblan nuestra nación. No se trata tanto de un nacionalismo independentista, que también lo es, sino de la presencia de un ideario marxista-leninista exacerbado. El adoctrinamiento de Unió do Pobo Galego, el partido dominante en la coalición, es de carácter fundamentalista revolucionario; hasta el punto, de que los principales elementos que alimentaron a la banda terrorista de los GRAPO en décadas pasadas salieron de sus filas y, en algunos casos, después de cumplir años de cárcel, andan todavía merodeando por el partido. Según numerosos analistas, las características ideológicas del BNG son únicas y excepcionales en Europa. Y en el PSOE lo saben.

Por eso uno se echa a temblar cuando piensa en la dinámica a la que se va a someter la vida política en Galicia y, por ende, en España. En el artículo “La quimera de ZP” (Ágora Digital, 29.5.2005), apuntaba que “...La tercera pata del sueño de ZP es Galicia. Sacar a Manuel Fraga de la Xunta y sentar a Pérez Touriño, aunque sea con el apoyo de los nacionalistas del BNG, sería el colofón para consolidar su proyecto y su solvencia política...” Y ya estamos en esta tesitura, por lo que si finalmente se cumplen los pronósticos y se alcanza un gobierno de coalición, quienes verdaderamente habrán ganado las elecciones serán los “bloqueiros”. Como en las invasiones bárbaras a la Península Ibérica, la última oleada invasora se dispone a enarbolar su bandera de guerra contra la unidad de España y la Constitución de 1978. Su jefe de filas, Anxo Quintana ha dejado bien claro que un acuerdo de gobierno con el PSdG va a salir muy caro.

Como se puede ver, los bárbaros (suevos, vándalos y alanos) ya dominan el norte peninsular y fuerzan la convivencia nacional. Pensar que los dirigentes socialistas, con el presidente Rodríguez Zapatero a la cabeza, pudieran hacer gala de un ejercicio de cordura y responsabilidad, negociando con el PP algún acuerdo de legislatura, sería un ejercicio estéril. Es más fácil entrar dando cabezazos en la política gallega y poniendo patas arriba la casa común. Por el rencor socialista los bárbaros saldrán fortalecidos, y la mayoría se verá maltratada por el sectarismo. Y si no, al tiempo.

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S?bado, 25 de junio de 2005
Barcelona: una mujer ahoga a sus dos hijos pequeños en la bañera y a continuación se arroja por la ventana de la casa (sufre politraumatismo muy grave). Oviedo: una mujer mata a su marido, avisa a la policía y sale de casa a llevar a sus dos hijos al colegio; a continuación se dirige en coche hacia los acantilados junto al mar y se precipita en el fondo de las rocas (muere en el acto). Madrid: un hombre de 32 años pretende suicidarse: calienta con un soplete una bombona de gas; al explosionar muere su hijo de cuatro años quemado por el fuego (el suicida queda malherido con quemaduras en el 60 por cierto del cuerpo). Tres trágicos sucesos ocurridos en un periodo de ocho días. No obstante, no fueron los únicos. Muchos más en fechas anteriores. Y otros desde los reseñados hasta el día de hoy.

¿Qué está pasando en nuestra sociedad? ¿Qué nos puede llevar a ese estado de desesperación? Lo más sorprendente de estos tres trágicos sucesos es que sus protagonistas eran personas que no despertaban la menor sospecha ante sus familiares, amigos y conocidos apenas unas horas antes del fatal desenlace. En otros casos la violencia social encuentra enseguida alguna explicación, dependiendo de cada drama. Pero esto tampoco nos tranquiliza. Porque matar y suicidarse son dos caras de una misma moneda: la pérdida de la conciencia humana. Unos, abrumados por sus problemas, se convencen de que éstos, sean del tipo que sean, han anulado su razón de ser, y ponen fin a su existencia. Otros, con mentes debilitadas por el odio y el rencor, desafían al mundo poniendo sus propias vidas en el máximo peligro. Y lo peor es que, en algunos otros casos, la desesperación es tan grande y ciega que no les importa llevase por delante las vidas de los seres más queridos.

Uno tiene la sensación de que un germen muy dañino está corroyendo a nuestra sociedad. No parece que sea el del hambre o el de la miseria. Más bien se me ocurre que tiene que ver con patologías nacidas de la decepción, del desencanto y de la frustración. Nuestra forma actual de vida favorece en extremo aventuras diabólicas de afrontar la existencia. También engendra comportamientos yermos de nobles sentimientos, porque el desprecio, la indiferencia o el desapego familiar han impedido que florezcan. En ocasiones, el devenir conduce al individuo, sin proponérselo, a situaciones desesperadas que jamás pudo imaginarse y para las cuales no estaba prepardo. Toquemos madera, y confiemos en que jamás tengamos que enfrentarnos a ciertas pruebas.

Pero dicho esto, no puedo evitar cada día acabar con un poso de amargura cuando termino de leer los periódicos. Y de verdad que no es por temer a la muerte -en la que por cierto cada vez pienso con más frecuencia y con más serenidad-, sino por el dolor que me produce que mis semejantes puedan llegar a sufrir tanto como para cerrar el círculo de su existencia en un vómito de horror. Cuánta desesperanza, cuánta vida truncada, cuánto amor perdido en el océano del tiempo, para que al final sus iniciales se diluyan olvidadas entre el polvo de los anaqueles de algunas hemerotecas.

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Jueves, 23 de junio de 2005
El año del monoHemos conocido en estos días que en la galería de arte londinense Bonhams se han vendido tres cuadros de un chimpancé llamado Congo. Se trata de tres monerías pictóricas de vivos colores realizadas en témpera sobre papel, que un acaudalado estadounidense ha comprado después de subir la puja desde los 1.200 euros hasta los 21.000. El ínclito coleccionista, que responde al nombre de Howard Hong, declaró después de hacerse con las monerías que es "un entusiasta del arte moderno y contemporáneo". Y para corroborar el hecho, destacar que las pinturas de Congo se hallaban expuestas entre otras de Andy Warhol, Pierre Auguste Renoir y Fernando Botero. Pero ¡atentos!, parece ser que el macaco tiene una extensa obra que alcanza los 400 cuadros, por lo que nos tememos que de ahora en adelante, y en pleno auge mediático, la cotización del ilustre chimpancé va a subir como la espuma en detrimento de otros artistas consumados, como Picasso y Miró: ambos llegaron a sentirse muy ufanos -allá por el final de los años cincuenta- de poseer obras de arte de este simio tocado por Minerva.

En la actualidad nadie sabe a ciencia cierta el paradero del genial Congo. Nacido en 1954, en la actualidad debería tener cincuenta y un años, es decir, seria un mono muy longevo, aunque todo apunta a que se encuentra gozando de la compañía de los dioses en el Parnaso. En cualquier caso, el misterio ayudará en breve a elevar al chimpancé de la paleta a la categoría de mito. Ni siquiera su mentor, el zoólogo británico Desmond Morris, e investigador del comportamiento de los simios, es capaz de responder sobre el destino de su pupilo, aunque sí tiene a buen recaudo la mayor parte del legado pictórico del sin par primate.

Así es este mundo en el que vivimos. A fuerza de ser tan liberales y modernos nada ha de extrañarnos que las monerías de un mono se incorporen al catálogo más preciado y valioso que el arte contemporáneo pueda ofrecernos. ¿Por qué nos iba a sorprender? Es lo natural, reconocer el arte allí donde se encuentre. De la misma manera que el amor nace y se recrea donde le place, sin reparar en los sujetos que lo experimentan. Y los que critican esta diversidad son unos estrechos y reaccionarios.

Recapacitemos seriamente y nos daremos enseguida cuenta de que si no fuera porque los occidentales no usamos el calendario chino, yo diría que estamos en el año del mono. ¡Que digo el año, el lustro, o más bien la década! Tampoco me extrañaría que fuera el siglo del mono, puesto que tengo la sensación de que la realidad de muchos de nuestros comportamientos sociales es actualmente muy parecida a la del chimpancé Congo. Igual que el doctor Morris estudió el conductivismo animal en nuestro simio pintor, de forma semejante se comportan numerosas personas orientadas por las sabias mentes que dirigen nuestros destinos, especialmente los filantrópicos y altruistas magnates de los grandes medios de comunicación. Y si no que se los digan a esa incontable pléyade de insignes personajes que han saltado a la fama por sus incontestables cualidades y virtudes, ya sean artísticas (de estas las que más), intelectuales o humanísticas, que ocupan el centro de atención de las grandes audiencias en los medios.

Rindámonos ante las monerías de nuestros monos, porque gracias a estos adorables primates nos hemos reencontrado con las esencias del ser humano. Imitémosles para que el hombre alcance la plenitud de su existencia, y no dudemos que cualquier precio es poco por ser tan monos.

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Lunes, 20 de junio de 2005
La sociedad española no tiene nada de especial que la distinga de aquellas otras de la Europa occidental. Sus ciudadanos viven empeñados en el porvenir de sus propios intereses: aprender, trabajar, enamorase, formar una familia, poseer una vivienda, disfrutar de la vida, eludir la enfermedad y gozar de una razonable seguridad y bienestar en el orden social. Obviamente, el orden de esta relación puede ser tan diferente como desee cada cual. En definitiva, lo que preocupa y ocupa a la mayoría de los ciudadanos es mejorar sus condiciones de vida, en el seno de una sociedad organizada, donde rijan leyes ponderadas y eficientes que garanticen la libertad y la justicia. Todo ello en un ambiente de paz; esa paz que definiera en sus años de madurez el emperador Elio Adriano, como "una libertad tranquila".

Sin embargo, cuesta trabajo con frecuencia entender los por qué de tantos conflictos, tan divulgados y excitados a través de los medios de comunicación. Es verdad que vivimos en una sociedad mediática, pero los que se benefician especialmente de estos recursos no son los ciudadanos corrientes, sino aquellos individuos que hacen de la comunicación un negocio y un excitante juego de notoriedad e influencia, tanto en la sociedad consumista como en el poder político y económico. Es en este contexto de la reflexión cuando cobra especial relevancia el aserto de que "la prensa es el cuarto poder".

Hace tiempo que los medios de comunicación han reducido a sus audiencias a una conceptualización meramente clientelar, de la que obtener permanentes plusvalías. Para ello no solamente se utiliza el recurso de la información, cada vez más sesgada y doctrinaria, sino que existe una verdadera obsesión por la fidelización de las audiencias, para lo cual no se regatea ningún esfuerzo: presentación de un equívoco y exacerbado panorama de la actualidad, que permanentemente no es más que una distorsión intencionada de la realidad; adoctrinamiento de las audiencias, mediante un rico y variado plantel de opinadores profesionales que sirven lealmente a sus intereses y a los del medio; manipulación perversa de los sueños, deseos y necesidades de las audiencias para obtener beneficios económicos a toda costa; y la alineación utilitarista con ideologías y grupos de interés que respalden y alienten las ambiciones de los medios.

Uno se siente sobrecogido cada vez que escucha de boca de profesionales de la comunicación que ellos informan sobre los asuntos que a la gente común le interesa, y que si no lo hacen ellos lo harían otros. Este aserto es de un cinismo y de una perversidad despreciable. Todo el mundo que está en este negocio de la información y de la comunicación sabe muy bien que las empresas viven en una loca carrera por las audiencias, por lo que han terminado por sucumbir en un tratamiento de la información como si de un espectáculo se tratara. Y desde que esto es así, cada día se da un paso más en la trasgresión de los límites supuestamente aceptables por la ética y la moralidad. Es decir, la sociedad es tan relativista e indoctrinada que poco a poco se la está moldeando hacia parámetros nuevos, en los que se destilan emociones y reacciones hasta ahora nunca vistas. A esto se le llama ejercitar el derecho a la libre expresión.

Pues bien, en la política pasa un tanto de los mismo. Nuestros políticos en general no aspiran sólo a administrar y gestionar los recursos del Estado cuando los ciudadanos les otorgan su confianza en las urnas. No, para mantener viva la beligerancia entre contrarios, y para incluso superar y desplazar a los correligionarios demasiado instalados, las nuevas hornadas de políticos bisoños no escatiman medios para crearse sus nuevos espacios. De ahí que la vida política española esté permanentemente sobresaltando a la ciudadanía con nuevos y cada vez más complejos problemas, que maldita sea la necesidad que se tiene de ellos. Si no que me expliquen cuál es el imperativo para que los españoles vivan enquistados en problemas de difícil solución, como la federalización del Estado, la demonización del adversario político, la permanente reforma educativa que cada vez educa menos, una eterna obstinación por no solucionar el problema del agua en España, o la situación de precariedad administrativa y de gestión de recursos a los que se tiene reducidos a los ayuntamientos.

La política en estos momentos está viviendo un periodo cumbre de lo que podría denominarse “Política de discursos”, donde todo son desafíos, amenazas y descalificaciones. Y en medio de este desmesurado desquicie, los medios de comunicación, perfectamente alineados con unos o con otros, actúan como amplificadores tendenciosos de los mensajes y de los intereses del poder político.

Desgraciadamente existe un desequilibrio entre los problemas y necesidades de los ciudadanos y los intereses de la clase política. Aunque ésta siempre afirme operar en la defensa de los intereses del pueblo, lo cierto es que de él sólo le interesa sus votos. Veremos como en los próximos meses se nos vende el fracaso político y económico en el que está sumida la Unión Europea; también podremos comprobar cómo se digiere el 27 de julio, después de que se escruten los votos de los emigrantes, los resultados electorales en Galicia; comprobaremos qué reflexión le merece al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, las masivas manifestaciones llevadas a cabo por sectores de la ciudadanía en protesta de algunas de sus decisiones; y también tendremos ocasión de conocer cuál es el efecto que causa en la clase política la tregua que ETA ha dado a los cargos electos españoles, y las razones dadas para no atentar contra ellos.

Mientas, cada español seguirá levantándose cada día para ir a estudiar o a trabajar, con la única preocupación de prosperar, de no perder el empleo, de pagar sus recibos, de disfrutar con la familia o con los amigos sin que le atraquen por la calle, o que nadie le engañe en el sueldo, en la compra o en la prensa, o en la radio, o en la televisión.

Publicado por torresgalera @ 21:52  | Pensamientos
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Viernes, 17 de junio de 2005
Adolfo SuárezLa estructura del nuevo Estado estaba prácticamente terminada. El empeño de Suárez a partir de entonces era liderar la gran corriente social y política española del centro derecha hasta el centro izquierda, pero sin unidad dentro de la Unión de Centro Democrático no había nada que hacer. Y el PSOE empujaba con fuerza en busca de su gran ocasión.

En estas circunstancias, convencido de que su persona era en aquellos momentos más el problema que la solución, Adolfo Suárez González decidió renunciar al cargo y presentar su dimisión al Rey. Era el 28 de enero de 1981. Poco después de comunicar su decisión a don Juan Carlos, Suárez se dirigió a los españoles, a través de las cámaras de Televisión Española, leyéndoles un comunicado en el que explicaba, con un lenguaje grave y un tanto críptico, los motivos de su decisión.

Habían transcurrido tan solo cuatro años y siete meses desde aquel incipiente mes de julio en el que el Jefe del Estado le encomendara la titánica tarea de transformar aquel régimen político autoritario y dictatorial, nacido de una guerra civil crudelísima, en una monarquía constitucional y democrática. Durante este periodo Suárez necesitó seis gobiernos y algunas remodelaciones del ejecutivo: un gobierno preconstituyente, dos constituyentes y tres democráticos. Pero con el advenimiento del Estado de Derecho y de las libertades civiles reapareció en el noble arte de la política lo peor de la misma: la ambición desmedida, la deslealtad, la traición y el juego de intereses espurios.

Adolfo Suárez todavía tendría que vivir lo peor de su paso por la política. Tres semanas después de su dimisión, y mientras se votaba en la Cortes la candidatura de su sucesor, Leopoldo Calvo-Sotelo, se produjo el golpe de estado del 23-F. Una vez más, el ejemplo de dignidad que dio a la clase política y a toda la nación, con su comportamiento ante los golpistas durante aquellas terribles dieciocho horas que duró el secuestro del Gobierno y del Parlamento, ha pasado a la Historia de España como una de las más vivificantes; sólo otras dos personas demostraron una gallardía similar en aquellas lamentables circunstancias: el teniente general Manuel Gutiérrez Mellado, Vicepresidente del Gobierno y ministro de Defensa, y Santiago Carrillo, diputado del Grupo Comunista y secretario general del Partido Comunista de España.

Fracasado el golpe del 23-F, y con Calvo-Sotelo al frente del Ejecutivo, Adolfo Suárez continuó arrastrado por la fuerza de su destino, que por entonces se había trocado en huracán. En el seno de la UCD continuaron los bajonazos y las guerras intestinas, por lo que Suárez también terminó dimitiendo de sus cargos en el partido. Decepcionado y herido en su amor propio abandonó la UCD al año siguiente. A partir de entonces la descomposición de su proyecto político fue rápida e irreversible. Ante tal desmoronamiento, el presidente Calvo-Sotelo -y después de un congreso extraordinario y de circunstancias de la UCD, en Palma de Mallorca-, disolvió las Cortes y adelantó las elecciones generales para el 28 de octubre de 1982. El resultado no pudo ser más rotundo: victoria histórica del PSOE, hundimiento de la UCD y raquíticos dos escaños para el nuevo Centro Democrático y Social que, deprisa y corriendo, habilitó Suárez como reacción de repulsa a sus traidores.

Comenzó entonces una travesía del desierto larga y oscura. El CDS no tuvo tirón electoral, aunque en 1986 llegó a obtener 16 escaños, y 14 en 1989. La gran beneficiaria de aquella convulsión de la Unión del Centro Democrático fue Alianza Popular. Manuel Fraga, su gran enemigo y bestia parda de la derecha en su época de esplendor, se había adueñado de buena parte del espacio político que en su día liderara Adolfo Suárez. El centro izquierda cayó en manos del PSOE de Felipe González.

A finales de los ochenta, cansado y convencido de que su hora había periclitado, el gran artífice de la Transición decidió abandonar la política. Y lo hizo justo en un tiempo en que ya se le empezaba a reconocer desde todos los foros y estamentos sociales su gran talla política y humana. El propio Suárez llegó a afirmar en aquellos días: “Sí, los españoles me quieren pero no me votan”. Este fue su epitafio político.

El ex presidente se refugió en su despacho y en su familia. En aquellos días postreros, el drama de la enfermedad se instaló en su familia: primero fue su esposa, Amparo Illana; después, su hija Miriam. Ante tanto dolor Adolfo Suárez quiso entregarse en cuerpo y alma a cuidar de ambas. Con el coraje y la valentía que le caracterizaron siempre se volcó en aquella tarea: reconstruyó y agrandó el espacio vital de su familia a fuerza de amor y afecto. Y cuando al final la Providencia se llevó a aquellos dos seres tan queridos, aquel hombre, otrora un coloso, quedó exhausto.

Nunca podremos leer unas memorias de Adolfo Suárez. Jamás tendremos la ocasión de escucharle hablar sobre aquellos o estos tiempos. Sabemos que vive en un mundo de cristal, donde -según su propio hijo Adolfo Suárez Illana- sólo responde a estímulos de los afectos de sus más allegados, principalmente de sus nietos. Incluso un día le veremos partir definitivamente, en silencio, sin hacer ruido. Pero los que hemos tenido la fortuna de conocerle, guardamos como un tesoro muy preciado la memoria de un gran hombre, que creyó en lo que hizo porque se convenció de que su destino era ese.

Adolfo Suárez se transmutó ideológicamente porque creyó en su generación y en las más jóvenes. Hizo su trabajo con desprendimiento y entrega total, derrochando una simpatía embaucadora, que le permitió ganarse la confianza y el afecto de muchos de sus rivales políticos. Sus limitaciones intelectuales las suplió haciendo gala de una intuición extraordinaria a la hora de diseñar estrategias y de abordar las dificultades. Siempre se mostró más próximo a la gente sencilla que a las élites sociales. Su natural era altruista, jovial y austero.

Curiosamente, Adolfo Suárez, (Cebreros, Ávila, 1932) tuvo desde muy joven la ambición por medrar en la política. De familia humilde, estudió Derecho en la Universidad Complutense y pronto se apresuró a hacer carrera en el aparato del Estado. De esos años circulan y están escritas numerosas anécdotas repletas de picardía e ingenio. Sin embargo, cuando le llegó la gran oportunidad de pilotar el cambio histórico en nuestra Nación, sólo le guió una idea: la reconciliación de los españoles y que todos nos sintiéramos orgullosos de ser lo que somos. Veinticuatro años después de que aquella triste y fría tarde de invierno en la que Suárez hizo pública su dimisión, no sé si aquel sueño se ha hecho realidad. Confío en que sí, pero si así no fuera, me alegro porque Adolfo Suárez haya perdido la memoria. Otros tendrán que dar las explicaciones. Él ya está en la Historia con letras de oro.

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Mi?rcoles, 15 de junio de 2005

Victoria de UCDDesgraciadamente, los problemas no concluyeron para Adolfo Suárez con las elecciones de marzo del 79. Aunque su partido, la Unión de Centro Democrático, UCD, volvió a obtener la victoria en las urnas (168 escaños, 3 más que en 1977), los demonios de la intriga, la ambición y los celos desencadenaron unas energías centrífugas en el interior de UCD que pusieron al presidente del gobierno al borde del precipicio. No hay que olvidar que la UCD comenzó siendo una gran coalición de partidos políticos de muy variado signo. Se trató de un mosaico formado por teselas ideológicas muy dispares, que iban desde la derecha hasta el centro izquierda, desde franquistas, pasando por variadas versiones democratacristianas y liberales hasta diferentes familias socialdemócratas. Todas aquellas siglas aglutinadas en torno a la UCD contaban además con un notable y numeroso elenco de personalidades relevantes que, en bastantes casos, no quisieron o no supieron asumir el papel de segundones. Fueron demasiados los que cuestionaron el liderazgo de Adolfo Suárez: unas veces por su limitada formación intelectual, otras por su capacidad de improvisación y otras por su manera personalista de tomar decisiones. Y a pesar de que en la segunda legislatura la UCD se trasformó de coalición en partido único, no por ello disminuyeron -más bien al contrario- los problemas internos.

Es importante destacar que la transición se llevó a cabo en medio de grandes peligros y graves amenazas: el franquismo recalcitrante acechaba rabioso e iracundo, alumbrando incluso un sanguinario terrorismo de extrema derecha que se cobró un buen puñado de vidas; por otra parte, y a pesar de la amnistía general de 1977, el terrorismo de ETA intensificó los asesinatos de miembros de las Fuerzas Armadas y de la Seguridad del Estado, así como los secuestros y las extorsiones; en este ambiente, el ruido de sables no cesaba en el seno de las Fuerzas Armadas. Y por si todo esto fuera poco, la crisis económica se convirtió en otro lastre en el proceso de democratización del Estado y de la sociedad. Afortunadamente, el presidente Suárez consiguió un gran acuerdo político que permitió una aceptable paz social. Fueron los "Pactos de la Moncloa", en los que se recogían unos acuerdos consensuados entre el Gobierno, partidos políticos, patronal y sindicatos sobre algunos de los más acuciantes problemas del sistema productivo español; se trataba de un compromiso para no desbordar la calle de conflictos, dándose cauce a la negociación e imponiéndose límites a las demandas de los agentes sociales.

En aquel estado de cosas, el Partido Socialista Obrero Español, que desde las primeras elecciones se había erigido en la gran alternativa de gobierno, emprendió una campaña de desgaste contra Suárez verdaderamente demoledora. Es cierto que tanto Felipe González como Alfonso Guerra, los dos principales líderes del PSOE, supieron dar cobertura y sitio a la tarea política que Suárez estaba realizando. Pero, simultáneamente, no desaprovecharon la ocasión para que desde sus filas se negara el pan y la sal a la gestión cotidiana del jefe del Ejecutivo. Como dice el refranero español, “Entre todos le mataron y el solito se murió”.

Indudablemente, lo que más daño hizo a Adolfo Suárez, lo que más le erosionó, lo que desfondó sus fuerzas, fue la operación de acoso y derribo que desde sus propias huestes se estaba llevando a cabo. Los principales capitanes de esta sublevación encubierta fueron Miguel Rodríguez y Herrero de Miñón y Francisco Fernández Ordóñez, personajes brillantes y poco escrupulosos: el primero de una vanidad enfermiza y el segundo de una ambición desmesurada; Herrero de Miñón terminaría en Alianza Popular, en brazos Manuel Fraga; y Fernández Ordóñez creó un nuevo partido con algunos seguidores de UCD y, en breve se diluyó en el PSOE.

En cualquier caso, estos no fueron los únicos jefes de partida. Hubo otros que sin jugar el papel de jefes de fila si tenían gran predicamento en sectores de UCD y en los medios de comunicación. Fueron los Oscar Alzaga, Rodolfo Martín Villa, Antonio Jiménez Blanco, Antonio Fontán,... Actuaban unas veces de forma taimada y otras más abiertamente, aduciendo en sus justificaciones argumentos de ecuanimidad y pureza democrática que hacían sonrojar al más pintado. Ese curioso sentido de la lealtad mostrado por aquel ramillete de inquietos próceres, terminó por minar el liderazgo de Adolfo Suárez. El presidente se supo abandonado por muchos, aunque bien es cierto que no solo, pues fueron muchos más los que permanecieron fieles a su lado. Sin embargo, el daño estaba hecho y sin unidad su proyecto político no daba más de sí.

Un ejemplo de cómo estaban las cosas en el segundo mandato de Suárez lo encontramos en el desarrollo constitucional del Estado de las Autonomías, que por entonces estaba en marcha. Fue en el caso de Andalucía, cuyas fuerzas políticas reclamaron vehementemente un estatuto por la vía del Artículo 153. Terminó accediendo el presidente del Gobierno y se convocó un referéndum para el 28 de febrero de 1980. Tras el resultado se produjo un auténtico amotinamiento de los socialistas, comunistas y andalucistas -porque el "no" de la provincia de Almería a ese procedimiento dejaba a esta región fuera de las comunidades históricas-; a esta rebelión se sumó buena parte de la propia UCD andaluza, que lideraba el entonces ministro de Cultura Manuel Clavero Arévalo. Ante tal estado de cosas, Adolfo Suárez tuvo que ceder. El cisma estaba servido y la división interna se hizo clamorosa.

Publicado por torresgalera @ 7:04  | Personajes
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Lunes, 13 de junio de 2005
Suárez jura ante el ReyEn estos días los españoles hemos oído y leído mucho sobre la triste situación por la que está pasando el gran artífice, junto con el rey Juan Carlos I, de la transición democrática española. De Adolfo Suárez González, el primer presidente de gobierno constitucional, hemos sabido que padece una enfermedad que le priva de la consciencia, lo que le impide recordar su pasado y lo que él mismo representa para la Historia de España. Sin lugar a dudas se trata de un doloroso infortunio que no merece persona tan singular y meritoria. Es un dramático colofón a una vida que ha servido como ejemplo de valentía, pundonor y sacrificio para millones de españoles. Y que con la perspectiva que dan los años, se nos ha revelado como una inmensa figura detentadora de una personalidad arrolladora, altruista y noble como ninguna otra de las que ha dado la política española desde la Transición.

Tengo que señalar, que recordando en estos días las razones de mi admiración por Adolfo Suárez, la memoria me ha retrotraído casi treinta años atrás. Eran aquellos tiempos poco alentadores. La vida discurría a través de una calma tensa y poco esperanzadora. Sin embargo, todos sabíamos que más pronto que tarde algo tendría que ocurrir. Me estoy refiriendo a aquellos primeros meses de 1976. En marzo de aquel año comencé a trabajar, mediante una beca, en la redacción del diario El País. Elaborábamos números ceros para rodar todo el equipo del periódico. Entre tanto, el gobierno presidido por Carlos Arias Navarro se abría paso a trompicones; al menos había autorizado la nueva cabecera y nos disponíamos a botar la nueva nave de la palabra a primeros de mayo.

Los prolegómenos no pudieron ser más perturbadores. El Primero de Mayo, fiesta del trabajo, mi compañero Pedro Páramo y un servidor fuimos detenidos por la policía en la Casa de Campo, cuando cubríamos la información de las concentraciones obreras convocadas por los sindicatos ilegales. Nos llevaron a la Puerta del Sol, a la Dirección General de Seguridad, junto a otros detenidos. A mí me llevaron a declarar primero; y tras darme una buena tunda de bofetadas y puñetazos me hicieron salir al pasillo. A mi compañero Pedro le llamaron a continuación: su interrogatorio fue breve, y no le tocaron. A los pocos minutos nos pusieron en libertad. Afortunadamente nuestros nombres estaban inscritos en la Dirección General de Prensa. Con estos precedentes tres días después aparecía el primer número de El País en la calle. No obstante, a las pocas fechas, en Aranjuez, la Guardia Civil detenía a José María Baviano y a César Lucas, también redactores del periódico; estaban cubriendo otra manifestación. La paliza que dieron a ambos fue espantosa.

Este era el ambiente en el que trascurría aquel primer gobierno del postfranquismo. Un número importante de españoles no dábamos un duro por la monarquía de Juan Carlos I. La represión política era muy dura y su responsable inmediato era Manuel Fraga Iribarne, el de "la calle es mía", a la sazón ministro de Gobernación. Pero lo que muchos desconocíamos era que en las propias cavernas del poder se libraba una lucha mucho más cruel que en la calle. El principio del fin dio comienzo con la crisis que originó la dimisión del presidente Arias Navarro, el 1 de julio de 1976: Arias no se entendía con don Juan Carlos. Y la situación se hizo insostenible. En esas circunstancias el Rey cumplió con los formalismos y eligió entre una terna de nombres al nuevo presidente del Consejo de Ministros: Adolfo Suárez González, el ministro más joven del último ejecutivo de Arias. Al cabo de muchos años se ha podido conocer que entre don Juan Carlos de Borbón y Adolfo Suárez existía un viejo compromiso; éste data de cuando Suárez era gobernador de Segovia, allá por 1968-69.

Adolfo Suárez era un político joven, pero incubado y hecho en las entrañas del franquismo. Había sido gobernador de Segovia, director general de RTVE, Vicesecretario y Secretario General del Movimiento. ¿Qué se podía esperar de un hombre con esa trayectoria? Desde luego, los demócratas españoles desconfiamos de Suárez desde el primer momento, aunque en el fondo abrigamos la esperanza de que por lo menos el régimen se suavizaría algo. Luego, con el pasar de los primeros meses, aquel gobierno comenzaría a dar pasos verdaderamente insospechados. Suárez convocó para finales de diciembre un referéndum para que los españoles se pronunciaran sobre un cambio de régimen tranquilo y sin sobresaltos. Y a pesar del recelo de una considerable parte de la ciudadanía por el proyecto político de Adolfo Suárez, la inmensa mayoría apoyó decididamente el cambio frente a la ruptura propugnada por la platajunta democrática. Lo demás es historia sabida. Suárez legalizó a los sindicatos, a los partidos -incluido el PCE- y permitió la libertad de prensa. El 15 de junio de 1977 se celebraron las primeras elecciones democráticas desde la Segunda República. Se abrió un proceso constituyente que culminó con el respaldo mayoritario de los españoles a la Carta Magna, en el referéndum del 6 de diciembre de 1978. Y el 1 de marzo del año siguiente los ciudadanos acudieron de nuevo a las urnas para elegir a sus representantes en las primeras Cortes Generales con una Constitución plenamente democrática y ampliamente consensuada, una vez desmontado el régimen franquista. El rey Juan Carlos I y Adolfo Suárez dieron una lección de honradez política y de compromiso democrático verdaderamente ejemplar. Todo el abanico político español terminó rindiéndose a personalidad de ambos estadistas.

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Lunes, 06 de junio de 2005
Qué se puede llegar a hacer por amor. Sinceramente creo que casi todo: desde dar lo mejor de uno mismo a renunciar a lo más valioso. Conceptuar el amor es un ejercicio muy difícil porque con suma facilidad se suele caer en lugares comunes o en una ramplona vulgaridad. Por ello, invito a que comencemos por ponderar del amor lo que tiene de reconocimiento por el ser amado, así como el sentimiento que impele a darnos a él sin reserva.

Amar supone reconocimiento de virtudes extraordinarias en el amado, sean o no objetivas. Esas virtudes o cualidades son las que ejercen una fascinación incondicional en el amante. No obstante, al amor hay que arroparle con algunas cualidades igualmente nobles y necesarias, que le protejan y resalten: respeto, ecuanimidad y desprendimiento. El respeto nace de la conciencia que se tiene sobre la legitimidad del amado (es como es y así hay que aceptarlo). La ecuanimidad es la sustancia sensitiva y emocional que mantiene el equilibrio entre lo que más agrada del amado y lo que no gusta tanto. En cuanto al desprendimiento, es la prueba del nueve en el amor, ya que de su ejercicio sabremos si somos capaces de comprobar si el amor que sentimos es puro o egoísta; es decir, si ponemos precio a nuestro amor.

Cuando hablo del amor lo estoy haciendo sin tapujos, refiriéndome al más sublime sentimiento del ser humano. Hay quienes sostienen que existen distintos tipos de amor. Yo opino que el hecho de amar es único, aunque se pueda proyectar de distintas formas, según sea el destinatario de ese amor. No se manifiesta el amor de igual manera en una madre, que en un hermano o en un amigo; tampoco es semejante la forma en que amamos a nuestro perro o a los animales en general, que como lo hacemos con el arte plástico o la música. Pero, en definitiva, el amor por el ser humano es el acto de afirmación del individuo más hermoso y de mayor grandeza de cuantos puedan existir. Y tengo bien presente, que para un creyente el amor a Dios representa la sublimación del amor, pues constituye la esencia misma de la entrega del cuerpo y del espíritu a la idea más trascendental que el hombre puede alcanzar.

Dicho todo esto, deseo subrayar que cuando un ser humano ama no hay obstáculo que pueda impedirlo. Si de amores entre personas se trata, y estos se producen espontánea y cabalmente, nada de orden inferior debería quebrantar su fin. Por eso es tan importante que se den con plenitud, junto al amor en sí, esos otros sentimientos que abrigan, protegen y embellecen al amor y que he reseñado anteriormente.

Por tanto, no habría que sorprenderse -aunque sí es motivo de alegría- de que dos jóvenes se hayan enamorado y hayan decidido casarse. Es cosa natural. Sólo que como vivimos en una sociedad tan hipócrita y llena de prejuicios (por muy modernos y liberales que nos creamos), tan repleta de sectarismos, de intereses de clan, tan dogmática en muchos casos en la defensa de ideas y creencias, nos sorprende ingenuamente que dos jóvenes, que se dedican a la política por ideales y altruismo, que militan en partidos diferentes, se conozcan, se atraigan, se enamoren y se casen. En una sociedad avanzada, liberal y democrática, eso debería ser moneda corriente; es más, en el fondo creo que lo es, quizás sea, que en el mundo de la política es donde la intransigencia, el resentimiento y el sectarismo son más acusados.

Me reconforto una vez más con el ser humano cuando observo ejemplos hermosos nacidos en terrenos tan hostiles. Felicito a José María Lassalle y a Maritxell Batet por su amor. Uno es diputado del PP por Cantabria y la otra del PSC por Barcelona. Por qué habrían de ser incompatibles, más que un militar y una médico (o al revés) o un fontanero y una esteticien. Se supone que el amor ha surgido de la admiración entre ambos. No me cabe la menor duda que sus cualidades humanas han sido las determinantes de su fascinación. Y que para discutir de política no se embarcan en una aventura tan peligrosa. ¿Cuántas parejas conocemos que subsisten sobre diferencias notables? No olvidemos que para pelearse y armar la marimorena sólo hace falta tener ganas. ¿Se imaginan ustedes si cada español estuviera dispuesto a compartir con su prójimo algo de lo que tiene sin pedirle nada a cambio?

Amar no es sólo enamorarse de un chico o de una chica. Amar es aprender a aceptar a tus semejantes, a compartir, a dar sin recibir, a ayudar una y otra vez, a consolar y a transmitir alegría. Esta manera de relacionarse con los demás no necesita de autorización del partido. Se puede compaginar con ideas propias y diferentes sobre muchos asuntos, también sobre la política, claro está siempre y cuando uno de los dos no sea un energúmeno doctrinario. Pero me temo que José María y Maritxell todo esto lo tienen muy claro. Y por eso yo me alegro y les deseo mucha felicidad. Que cunda el ejemplo.


Publicado por torresgalera @ 19:03  | Pensamientos
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