Mi?rcoles, 27 de julio de 2005

Congreso de los DiputadosTiene razón Gaspar Llamazares para reclamar al presidente del Gobierno la reforma de la ley electoral. El coordinador general de Izquierda Unida es consciente de que la actual normativa perjudica severamente a la tercera fuerza política con implantación en todo el territorio nacional. En cambio, las formaciones políticas de ámbito regional salen fuertemente beneficiadas: IU obtiene en las legislativas más votos que todas las siglas nacionalistas juntas y, sin embargo, su representación en el Congreso de los Diputados es mínima en comparación con éstos.

¿Y cómo se ha llegado a esta situación? La respuesta tiene su origen en las circunstancias políticas que imperaban en España en los años de la Transición. Recordemos que aprobada en referéndum la reforma política, el 15 de diciembre de 1976, se estableció un modelo de parlamento bicameral (Cortes Generales), compuesto de un Congreso (Cámara Baja) formado por 350 diputados (basado en el cálculo de 1 diputado por cada 100.000 habitantes) y un Senado (Cámara Alta) integrado por 207 senadores (número que ha variado posteriormente). La discusión para establecer el sistema electoral que configuraría ambas cámaras giró alrededor de los dos aspectos principales, que fundamentan a todos los sistemas electorales: la base territorial que debía establecer las circunscripciones y la fórmula electoral más conveniente para nuestro contexto histórico-político.

El fuerte peso histórico de los distintos territorios en España aconsejó, finalmente, que el modelo de sistema electoral, adoptado a partir de 1977, tendiera a equilibrar la variable poblacional, asignando un número de escaños a cada circunscripción en función del número de habitantes (España se caracteriza por tener grandes desequilibrios demográficos en su territorio). Así, se eligió un sistema electoral basado en un sistema de dos niveles de representación proporcional, que combinaba las elecciones en el ámbito provincial con las listas nacionales de partidos.

La circunscripción quedó vinculada a la división de España en 50 provincias, a las que se añadieron dos más correspondientes a las dos ciudades españolas situadas en el norte de África. La distribución de los 350 escaños del Congreso se hizo de forma que cada circunscripción tuviese asignados de forma fija 2 escaños sobre la base territorial, distribuyéndose el resto de los escaños en cada circunscripción en proporción a su número de habitantes. Esta última variable es la que posibilita que de una convocatoria electoral a otra puedan variar ligeramente, en algunos casos, el número de diputados que puede elegir cada circunscripción. Posteriormente, la Constitución fijó entre 300 y 400 los escaños que podría tener el Congreso de los Diputados, aunque en la práctica se han seguido manteniendo hasta ahora los 350 escaños iniciales, distribuidos entre las 52 circunscripciones, según el sistema descrito.

Para compensar los efectos de la asignación de escaños a las circunscripciones sobre la base de este sistema mixto territorial-poblacional (lo que favorecía a unas candidaturas más que a otras), el sistema electoral buscó un elemento corrector en la fórmula destinada a transformar los votos en escaños. Se desistió de los sistemas mayoritarios, tales como el de mayoría simple en distritos uninominales o el de doble vuelta, que habrían acentuado los efectos desproporcionados de la estructura de dos niveles, y se optó por el sistema de listas cerradas de representación proporcional de partidos, aplicando la fórmula d'Hondt para la adjudicación de los escaños. A su vez se estableció en un mínimo del 3% de los votos en cada circunscripción la barrera de exclusión para que una candidatura entrara en el reparto de escaños.

Sobrerrepresentación nacionalista

Pues bien, como se puede comprobar, nuestro sistema electoral ha cubierto una etapa más que suficiente en la historia de nuestra democracia. Lo que en un principio se consideró como la vía más oportuna y con mayor consenso para dar cauce a todas las opciones políticas (nacionales, regionalistas y nacionalistas), en la actualidad se ha convertido en una rémora. Me refiero al hecho de que los partidos nacionalistas puedan obtener una sobrerrepresentación en el Congreso de los Diputados y, en cambio, otros de implantación nacional se vean perjudicados por los límites que impone la actual ley electoral. Esta realidad ha terminado por introducir un elemento de perversidad tal en la gobernabilidad de la Nación, que sólo las mayorías absolutas pueden remediar.

El desarrollo constitucional durante los últimos veintiocho años nos ha enseñado a los españoles cuáles son los puntos débiles de nuestro sistema. No se trata aquí de lamentarse por lo realizado hasta ahora, pues ya es irremediable, pero sí tenemos la oportunidad y el deber de corregir para bien lo que en nuestra mano está. El actual sistema electoral prima especialmente a las dos fuerzas políticas más votadas en cada circunscripción, por lo que favorece el bipartidismo. Así, dos grandes partidos, PSOE y PP, que aglutinan 21 millones de votos del electorado nacional, se reparten la mayor cuota de escaños. En cambio, la tercera fuerza, Izquierda Unida, también de implantación nacional, es perjudicada por la ley de restos que impone la fórmula d’Hondt, y obtiene una representación por debajo de sus proporciones de votos. (He aquí la paradoja: IU, con más votos en España que ERC en Cataluña, tiene un número mucho menor de diputados.)

Llamazares ha llevado la petición de reforma a La Moncloa como una prioridad en su agenda. Él es consciente de que se trata de un asunto capital para la supervivencia política de Izquierda Unida. También lo sabe Rodríguez Zapatero, y por eso se ha comprometido a crear una comisión de estudio a la vuelta del verano, que aborde la reforma de la Ley Orgánica 5/1985, de 19 de junio, del Régimen Electoral General. Ahora queda por ver cómo lo encajan los nacionalistas. El Partido Popular deberá apoyar esta iniciativa, ya que no fue capaz de hacerlo en sus ocho años de gobierno pese a que la incluyó en sus programas electorales. Es preciso nos desaprovechar esta ocasión para enmendar nuestro sistema electoral. Un sistema que favorezca la obtención de mayorías cualificadas para gobernar, así como la viabilidad de terceras y cuartas opciones políticas que podrían consolidar, en su caso, posiciones de bisagra en caso de no producirse esas mayorías cualificadas.

La fórmula d'Hondt admite numerosas modificaciones, por lo que debería corregirse para que las representaciones regionalistas o nacionalistas quedaran proporcionadas a su peso político en el conjunto nacional. Es en el Senado, Cámara con vocación territorial según queda definida por la propia Constitución, y todavía pendiente de la reforma que le otorgue su identidad, donde debería producirse el debate territorial. Es necesario que nuestro sistema de representación de la soberanía nacional se libere de la hipoteca que imponen los partidos nacionalistas en la gobernación del Estado; sus sensibilidades y sus intereses chocan demasiado con los intereses generales de la Nación, como para prolongar durante más tiempo la rémora que impide avanzar la viabilidad de un proyecto de convivencia común a los españoles.


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Jueves, 21 de julio de 2005
fotos.miarroba.com
En el PSOE se practica desde antiguo el arte del disimulo con inigualable donosura y magisterio. Los líderes socialistas han llegado a tal dominio de este quehacer que lo realizan con total impunidad. Forma parte de su acervo y de su idiosincrasia. Disimulan sin la menor señal de avergonzamiento. Encubren con astucia la intención de sus actos. Se desentienden del conocimiento de todo aquello que les afecta negativamente. Ocultan y encubren sus propios fallos como si no fuera con ellos, y se los endilgan a otros sin rubor y con el mayor de los cinismos. Toleran y disculpan sus desordenes, alegando maledicencia en los demás o ánimo de crispar la convivencia. Disfrazan y tergiversan sus errores dándoles la vuelta para que no parezcan suyos. En fin, ejercen un dominio absoluto del cinismo y del enmascaramiento que les lleva a hacer de la necesidad, virtud. Uno de los ejemplos más clamorosos de los últimos tiempos fue el escándalo que motivó la rebelión de dos diputados regionales socialistas en la Comunidad de Madrid, y que impidió que el PSOE formara gobierno con IU en el verano de 2003. Los socialistas no sólo no asumieron su propio conflicto interno, sino que hicieron responsable de aquella traición a una presunta trama inmobiliaria del PP madrileño. Al final, nada se pudo demostrar y se tuvieron que repetir los comicios en la Comunidad, con el consiguiente castigo electoral para la formación socialista.

El penúltimo gran ejercicio de cinismo político ha sido el que ha terminado por echar una losa de presiones y silencio informativo sobre el escándalo urbanístico barcelonés de El Carmelo. Finalmente ninguna autoridad municipal ni autonómica se responsabilizó del resquebrajamiento de docenas de edificios en este barrio, y la consiguiente pérdida de sus viviendas por parte de casi dos mil familias. Los socialistas catalanes primero intentaron echar las culpas a los anteriores gobernantes de CiU en la Generalitat, y luego amordazaron a la prensa catalana con argumentos que forman parte del sumario.

En estos días estamos asistiendo a la última y más espectacular representación de esta ignominiosa conducta atávica de nuestros próceres socialistas. Se trata de las formas y modos con que las autoridades de las distintas administraciones (gobierno central, autonómico y municipal) están tratando de eludir sus responsabilidades en el auxilio a los trabajos de extinción del fuego que se declaró el sábado 16 de julio en la zona de Riba de Saelices, en Guadalajara. Si no fuera porque este descomunal incendio forestal ha tenido unas consecuencias trágicas irreversibles en vidas humanas (once personas fallecidas), así como en destrucción medioambiental (más de 12.000 hectáreas de bosques y matorrales de gran valor ecológico), diríamos que los socialistas están siendo víctimas de un acorralamiento salvaje y despiadado de la derecha de siempre.

Pero no hagamos broma de una drama tan serio, en el que docenas de familiares acaban de enterrar a sus muertos y lloran desolados por unas pérdidas tan irreparables. Un drama que ha dejado desconsolados a miles de vecinos de estas tierras alcarreñas, que han visto impotentes como el fuego arrasaba sus campos de cultivo, sus pinares y sus sotos, dejando una hermosa tierra devastada para unas cuantas décadas. Es verdad que la culpa la ha tenido el fuego, una contingencia previsible en esta época del año pero para la que se suponía que se estaba razonablemente preparado. ¿Por qué, entonces, un fuego que se produjo el sábado 16 a las dos de la tarde, ha tardado 100 horas en ser extinguido? ¿Cómo es posible que hasta que las autoridades del gobierno central y del gobierno de Castilla-La Mancha no tuvieron noticia, 28 horas después de iniciado el incendio, de que 11 miembros de un retén contra incendios habían perecido, no se pusieron manos a la obra con todos los medios a su alcance? Los vecinos y alcaldes de la zona, así como los voluntarios de los retenes contra incendios que trabajaron desde el sábado en la extinción, afirman que hasta el domingo por la noche en el lugar siniestrado no aparecieron equipos especiales (maquinaria pesada, auto bombas de bomberos y aeronaves apaga fuegos) por aquellos parajes.

Incendio en GuadalajaraEs aquí donde empieza el baile de reproches y desmentidos de las autoridades, todas del PSOE, tanto del Gobierno de la Nación, como del de Castilla-La Mancha, y como el del Ayuntamiento y Diputación de Guadalajara. El presidente manchego, José María Barreda, ha defendido de principio a fin su gestión y ha asegurado que desde su Administración se ha actuado "con total celeridad y coordinación" desde el primer momento. En este sentido, hay que destacar el hecho de que, después de que Barreda se defendiera en estos términos, los consejeros de Presidencia y Medio Ambiente, Máximo Díaz Cano y Rosario Arévalo, respectivamente, ofrecieran públicamente versiones contradictorias sobre la ayuda solicitada y el momento en que se hizo. Mientras Díaz Cano afirmó que el nivel 2 de alerta, que convierte el problema en estatal, se activó tras conocerse los once fallecimientos, Arévalo dice que fue antes de eso, entre las 19 y las 20 horas del domingo, cuando no fue hasta pasadas las 21 horas que varias agencias de noticias comenzaron a informar de las muertes. Ambos consejeros han coincidido, en todo caso, en defender que los medios fueron suficientes en todo momento.

No obstante, sabemos algunas cosas que son ciertas. Primero, que más de 24 horas después de iniciado el incendio de Guadalajara, el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se deleitaba en el Teatro Real con la representación de la ópera "La flauta mágica". Segundo, que a esas mismas horas del domingo, el presidente de Castilla-La Mancha, José María Barreda, departía amigablemente una cena en el merendero-barbacoa "Dos Caminos", situado en la carretera de Aldea del Rey, a la salida de Ciudad Real. Tercero, que en el Telediario de las nueve de la noche, Televisión Española afirmaba que el fuego en la zona de Riba de Saelices estaba controlado. Y, cuarto, que la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, sí se trasladó a la zona siniestrada aquella noche del domingo, y en compañía del presidente de la Diputación de Guadalajara comprobó de primera mano la magnitud del incendio y la indignación de los vecinos por la ausencia de ayuda de ninguna administración pública. Los demás datos habrá que esclarecerlos: si es verdad que las autoridades castellano-manchegas no aceptaron, en las primeras horas, las ayudas que se les ofreció desde las comunidades de Madrid y de Castilla y León; si es verdad que desde el Ayuntamiento de Guadalajara se subestimó al principio las proporciones del desastre; o si es verdad que la Administración regional se inclinó por ayuda aérea procedente de Marsella. Todo esto se tendrá que dilucidar en las próximas semanas, aunque por el momento el PSOE se ha negado a que comparezca la vicepresidenta del Gobierno en el Congreso -coordinadora del gabinete de crisis para la lucha contra esta catástrofe- para dar explicaciones de la gestión del Ejecutivo.

En cambio, seis días después del incendio, donde si se ha abierto una crisis ha sido en el Ejecutivo socialista de Castilla-La Mancha. Tras las críticas por la mala gestión de la tragedia, la consejera de Medio Ambiente, Rosario Arévalo, ha presentado su dimisión al presidente Barreda, pese a que un día antes descartaba renunciar al cargo porque "se debía" a sus funcionarios. Posiblemente se trate de un cortafuego político para impedir que la crisis de responsabilidades se extienda a otras esferas superiores.

Esta dimisión se produce un día después de que el presidente del Gobierno saliera de su escondite. José Luis Rodríguez Zapatero, en un intento de parar el golpe, apareció por sorpresa ante los medios de comunicación. Era su última oportunidad de pronunciarse públicamente antes de iniciar su viaje a China. Su alocución fue insegura. Su semblante sudoroso expresó gestos dubitativos, palabras sin fluidez y argumentos repetitivos. El presidente del Gobierno ofreció una imagen de tocado, consciente de su débil posición e incapaz de convencer. No quiso afrontar la verdad y escurrió el bulto de su responsabilidad en esta crisis. Se limitó a repetir las medidas ya anunciadas el lunes por la señora vicepresidenta. Y una vez más volvió a exhibir su retahíla de frases prefabricadas de condolencia y de solidaridad, y anunció que recibirá a todas las víctimas y que visitará la zona a su regreso de China. Nada más y nada menos.

Entre tanto, los muñidores de ZP trabajan a destajo. El "rasputín" de Rubalcaba impidiendo el ejercicio de control al Gobierno en el Parlamento nacional y provocando a la oposición. El insidioso "Pepiño" Blanco inyectando veneno a través de la prensa para sembrar de dudas a la opinión pública. Y el órgano de propaganda oficioso divulgando tendenciosos publirreportajes sobre el siniestro, donde emponzoña los oficios del adversario político con un puñado de infamias y mentiras revestidas de datos acreditados por una investigación imparcial.

Y como corolario de esta tragedia, conviene resaltar la perfidia demostrada por Rodríguez Zapatero, al atreverse a comparar la actitud del Gobierno Aznar en el caso del Prestige y la de su Gobierno con este de Guadalajara. Una comparación desafortunada y que no resiste un minuto, puesto que con todos los matices que se quieran hay una diferencia, en el Prestige no hubo muertos y en Guadalajara han muerto once personas; a los cinco meses del desastre ecológico del Prestige se podían comer mejillones y otros mariscos gallegos, y en la recuperación del ecosistema del Alto Tajo se tardarán décadas. Pero parece que a Zapatero ese hecho le parece irrelevante, y por ello no duda en reabrir viejas heridas de las que obtuvo tantos réditos. Nada mejor para este artista del disimulo y del cinismo que desviar su responsabilidad en esta tragedia, que arremeter contra el PP y convertir este escándalo en un debate público en el que los progresistas se defienden ante una nueva agresión de la derechona reaccionaria. Sinceramente, algo me dice que en Ribas de Saelices a Rodríguez Zapatero también se le ha quemado una parte del prestigio que le quedaba. Cada vez le va quedando menos.

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Domingo, 17 de julio de 2005
New York, 11-SEsta es una guerra que nos están planteando las excrecencias más fanáticas del islamismo, con una lógica casi medieval, en la que se unen indisociablemente lo temporal y lo trascendente, lo civil y lo religioso, en los términos explicados hasta la saciedad por Bernard Lewis en su “Lenguaje político del Islam”. En esta obra, explica con agudeza los perfiles de unos fanáticos que ejercen una violencia bélico-terrorista amparada en una presunta legitimidad moral, no tanto política como teocéntrica: matan masivamente en nombre de un dios.

Su carácter fanático llega al punto de considerar enemigos acérrimos a los propios estados islámicos; y estos, para defenderse de su agresión, se han hecho cómplices en algunos casos de colaboración por omisión: suponen que un choque interreligioso con los terroristas tendría un coste no aceptable por sus propias sociedades. Así lo defiende el prestigioso Ryszard Kapuscinski: “La fuerza del fundamentalismo o del fanatismo religioso se dirige contra sus propios gobiernos y no contra el mundo de los blancos; estos fanáticos fundamentalistas consideran a sus gobiernos grandes enemigos del Islam, traidores de su fe.” (Véase la situación en Irak).

En cambio, como se ve, los fundamentalistas realizan sus más terroríficas matanzas en países occidentales. ¿Por qué? Pues por la sencilla razón de que Occidente representa el origen y la esencia del mal, y los gobiernos islamistas en muchos casos se han dejado seducir por el maligno: adoptan formas escandalosas de vida y se han vuelo permisivos respecto a la doctrina coránica. Todo ello hace peligrar su modelo idealizado de existencia, aunque en el fondo no es más que una reacción iracunda ante su consciente debilidad; saben que la civilización occidental está imponiéndose inexorablemente, y eso se niegan a aceptarlo porque son conscientes de que la globalización de la política (extensión del modelo democrático) sería el fin del dirigismo religioso en sus países.

Por nuestra parte, si somos capaces de tener todo esto claro y nos alejamos de una vez por todas de la retórica intelectual izquierdosa, habremos dado un paso de gigantes en esta guerra terrorista. El pacifismo rampante y el nihilismo existencial que tan profundas raíces ha desarrollado en nuestra sociedad, está socavando los fundamentos de nuestra civilización occidental. Merece la pena recordar los días en que la diletancia política de los gobiernos democráticos de Gran Bretaña y Francia -en los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial-, llevó a Chamberlain y Daladier a suscribir el Convenio de Munich, en 1938, mediante el cual se entregó a Hitler la región de los Sudetes para evitar una guerra. Al final, como era lógico pensar, el führer acometió con saña la anexión de los territorios que quiso, consciente de la debilidad de sus interlocutores. Como reprocharía más tarde el propio Churchill al primer ministro británico, como motivo de la derrota anglo-francesa en Dunkerque, “Os habéis inclinado por el honor en vez de por la guerra, y al final habéis perdido el honor y la guerra”

La visualización de la hora de las tinieblas, que comenzó en los atentados contra las Torres Gemelas y que continuó en Madrid y ahora en Londres, no es un ataque contra imperio norteamericano sino contra los valores de Occidente, por más que se empeñe la izquierda española que aplaude la propuesta de Rodríguez Zapatero de la Alianza de Civilizaciones. El terrorismo islamista pretende intimidar la cultura occidental y, por tanto, las fuentes de esa cultura que están en Grecia, en Roma y en el cristianismo. Occidente ha llegado a ser lo que es porque descubrió la filosofía y aprendió a ejercitarse en la elaboración de pensamientos abstractos; en Europa se inventó la democracia y el derecho; también asumió el Antiguo y el Nuevo Testamento, por lo que dotó a las relaciones humanas y al orden de valores de sus pueblos de un alto contenido moral y ético; y, finalmente, en Europa se emprendió el despegue definitivo de nuestra civilización porque halló en el racionalismo el camino más eficiente del empirismo social y científico

La superioridad occidental

Por todo ello, y por más que se empeñen algunos, las causas del terrorismo islamista no son sólo económicas ni políticas, sino básicamente culturales y religiosas, entendidas aquellas como una degradación de la religión. El problema de Europa es que ha perdido su capacidad de respuesta al islamismo fundamentalista, en la medida en que se está alejando del espíritu de su esencia. Éste no es otro que el de los valores del clasicismo y los del cristianismo. En Occidente, pero especialmente en Europa, estamos viviendo un proceso de ruptura con lo propio, en una especie de éxodo cultural. Mientras tanto, una parte de la experiencia religiosa islamista se encierra en sí misma y se ahoga en el debate de sus esencias hasta sus últimas consecuencias, la yihad, la guerra santa como medio para la aniquilación del infiel y el restablecimiento del orden divino.

Esta es la razón por la que la guerra que se está librando no será corta. Es una guerra globalizada. Sí, el enemigo que tenemos enfrente se globaliza como la economía y la tecnología. Es también una guerra mediática en la que prima la imagen, donde está la verdadera clave de esta guerra: que los muertos y el pánico de los ciudadanos occidentales se divulguen machaconamente por todo el orbe. Este efecto es demoledor para la moral occidental y beatífico para la causa terrorista. Es la manera más eficaz de contrarrestar las fuerzas y pone de manifiesto la vulnerabilidad del enemigo. Y así, su odio ciego contra Occidente y contra lo cristiano se legitima como cruzada ante los ojos de millones de musulmanes. Estos nuevos enemigos son los bárbaros de la postmodernidad.

Creo que a estas alturas existen sobradas pruebas que demuestran la naturaleza del conflicto que nos atañe. De ahí que la “marea de injusticia universal” de Rodríguez Zapatero sea un camelo colosal. Los cuatro terroristas suicidas de Londres nada tienen que ver con víctimas del hambre ni de la injusticia británica. Por poner un ejemplo, el primer terrorista identificado, Shehzad Tanweer, 22 años, responde al modelo de terrorista occidental: dos mercedes en el garaje de su casa, buena educación, licenciatura superior, todos los caprichos, todo el afecto familiar, nacido en Leeds y ciudadano británico. Sus compañeros tenían perfiles parecidos. ¿Qué injusticias, qué humillaciones, qué miserias materiales y morales les llevaron a matar a la gente de esa manera? No hay respuesta. Lo que sí hay son musulmanes infames capaces de convencer a jóvenes para que mueran asesinando inocentes y ganar el Paraíso; y también hay musulmanes jóvenes e infames que se dejan seducir por la idea de la iluminación divina a través de la inmolación propia y de un montón de infieles.

Predicar con el ejemplo

Como se puede ver la propuesta de una Alianza de Civilizaciones es una falacia. Primero porque, nos guste o no, sólo hay una civilización en el mundo, la occidental. Segundo, porque aunque hubiera más, las civilizaciones no pueden realizar alianzas; esto es algo que hacen los grupos humanos, los pueblos o las naciones. En tercer lugar, porque ya existe un foro, aunque no muy eficaz, donde todas las naciones con entidad jurídica exponen, debaten y dirimen sus problemas. Y, cuarto, porque la guerra terrorista que padecemos se fundamenta en el fanatismo religioso islamista y en el odio hacia un modelo de vida exuberante, en lo formal y material, pero cada vez más débil en los valores primigenios que los alumbraron, así como en el relativismo moral que se ha impuesto en la sociedad occidental.

No es Rodríguez Zapatero el líder político más adecuado para apadrinar propuestas grandilocuentes como la de la Alianza de Civilizaciones. El terrorismo doméstico que llevamos padeciendo los españoles desde hace casi cuarenta años tiene una raíz sicológica similar al fundamentalismo islamista. Y ha costado Dios y ayuda conseguir que los sociedad española y la de nuestros aliados hayan tomado conciencia de la perversidad del problema. Por eso es doblemente frustrante que la debilidad moral y el diletantismo del líder socialista haya hecho naufragar la firmeza de las convicciones consolidadas hasta ahora en la lucha contra los que están inmersos en la liquidación de nuestro modelo de convivencia. Se lo ha recordado esta semana el presidente de Colombia, Álvaro Uribe, cuando ha afirmado que "el terrorismo se combate no con la negociación, sino con el ejercicio de la autoridad". Uribe, que ha resultado ileso en varios atentados contra él en su país, sabe de lo que habla.

Difícilmente se puede conceder credibilidad a una propuesta universalista como la del mandatario español si no predica con el ejemplo; máxime cuando su práctica cotidiana desde que comenzó su mandato ha sido disgregadora con sus socios internacionales. Sus tomas de posición, distanciándose de la política antiterrorista de Estados Unidos y sus socios europeos, y el seguidísimo errático del eje franco-alemán, así como sus veleidades con los regímenes de Cuba, Venezuela y Marruecos, sitúan al primer ministro español en el escalafón de los excluidos internacionalmente para liderar políticas de seguridad y defensa.

El premier británico Tony Blair sí que tiene autoridad moral para impulsar cualquier iniciativa antiterrorista. Lo comprobaremos en las próximas semanas. Será escuchado, incluso por sus detractores. Y nadie se atreverá a exigirle que retire sus tropas de Irak. Aquí, mientras tanto, continuaremos divididos los españoles por culpa de la vía negociadora, defendida por Rodríguez Zapatero, impulsada para encontrar una solución definitiva al terrorismo de ETA. Esta es sin duda la verdadera medida de nuestro presidente de gobierno -comprensión y respeto hacia los que nos hostigan- y no sus discursos pomposos y las frases de salón con las que espera ganarse la simpatía del mundo.

La única alianza posible es con nuestras convicciones y con nuestros valores, así como con las naciones que estén decididas a defenderlos. La firmeza y la voluntad de victoria son los únicos caminos que posibilitan el éxito en esta guerra inmisericorde en que nos ha metido el fanatismo terrorista. Y en el caso de España, además, deberemos acabar de una vez, cueste lo que cueste, con los que quieren imponer por la fuerza sus devariados sueños etnicistas y secesionistas. Mucho me temo que las propuestas de Rodríguez Zapatero para alcanzar la paz le llevarán al ostracismo internacional y al desprecio de los españoles en un futuro no muy lejano.

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Viernes, 15 de julio de 2005
Terrorismo en LondresEl término civilización significa, en su acepción más amplia “Estadio cultural propio de las sociedades humanas más avanzadas por el nivel de su ciencia, artes, ideas y costumbres.” La Historia de la Humanidad nos enseña cómo a través de numerosos testimonios arqueológicos, han existido importantes civilizaciones que llegaron a representar hitos encomiables en el pasado: la civilización asiria y la babilónica, el antiguo Egipto, Persia, la Grecia y la Roma clásicas, e, incluso, la China imperial; al otro lado del Atlántico tenemos indicios de que existieron pueblos que contaron con unas civilizaciones nada despreciables, como la inca, la maya o la azteca; todas, salvo la última, periclitadas mucho antes de la llegada al continente americano de los españoles.

Una segunda acepción, más restrictiva, consigna el término o concepto de civilización como 
“Conjunto de costumbres, saberes y artes propio de una sociedad humana.” Como se puede apreciar, en esta segu nda definición caben muchas más opciones. Claro está que muchos pueblos, pasados y actuales, que reúnen un legado de costumbres, saberes y artes propios de una sociedad humana, no pueden aspirar a ser identificados y catalogados como portadores de una civilización con mayúsculas.

En la actualidad, es decir, en los últimos doscientos años, más o menos, las naciones que pueblan el continente europeo han cumplimentado una civilización -todavía en proceso de desarrollo- que ha terminado por extender su influencia a todos los continentes. Esto no quiere decir que no persistan modos y costumbres autóctonas. Es obvio que existen y son veneradas y preservadas con gran celo en muchos lugares del planeta. Pero es innegable, que el modelo de vida desarrollado por la civilización europea, se ha extendido a otros continentes de forma dominante. Y ese dominio básicamente ha sido posible por la superioridad de su acervo intelectual y científico, lo que ha redundado en una optimización del esfuerzo por la supervivencia humana y por la mejora de sus condiciones de vida.

Ciertamente, en ese choque de civilizaciones los europeos se han servido de su superioridad en todos los ámbitos para imponer su modelo. Así, desde el siglo XVI el avance y la propagación de la civilización europea por todo el orbe ha sido imparable, hasta tal punto que en numerosas ocasiones los métodos expeditivos utilizados se cobraron un elevado precio en vidas humanas y avasallaron los derechos ancestrales de los pueblos indígenas. En cualquier caso, el pasado es irremediable, y la realidad de nuestros días es que la civilización europea se asienta indefectiblemente sobre el continente americano, Australia, buena parte del continente asiático y de África.

¿Qué queda, pues, de otras civilizaciones que puedan competir con lo que se ha dado en llamar la civilización occidental? Más bien poco, por no decir nada. Quedan, sí, multitud de realidades culturales muy ricas que permanecen vigentes; en la propia Europa, sin ir más lejos, subsisten acrisolados legados culturales que son protegidos con esmero por los pueblos depositarios. Mas no se puede afirmar que una lengua vernácula, unida a una tradición secular y a unas costumbres ancestrales, constituyan una civilización (la cultura catalana o la cultura del pueblo mapuche están lejos de hacerse acreedores de tal categoría).

Con la desaparición del imperio turco en el primer cuarto del siglo XX, desapareció del Oriente Próximo europeo el último vestigio de la ya más que diluida “civilización otomana”. De igual manera se puede decir que con la rendición japonesa, en agosto de 1945, se produjo el colapso del último baluarte de la civilización oriental, que representaba el imperio del Sol Naciente; el movimiento revolucionario liderado por Mao Zedong estaba dinamitando por aquel entonces la civilización china. En cuanto al Oriente Próximo y Medio, cabe recordar que tal y como los conocemos hoy día son el resultado de una política de tiralíneas sobre mapas que pusieron en práctica las potencias administradoras (Gran Bretaña y Francia) después de la Gran Guerra.

De nuevo hay que insistir en la pregunta: ¿Existe hoy en día alguna otra civilización que no sea la occidental? La respuesta no puede ser más que un rotundo no. El hecho de que exista un amplio territorio en nuestro Oriente Próximo y Medio, además de toda la franja del norte de África, habitado por pueblos que profesan la religión musulmana, no les otorga el estatus de civilización. Hace falta mucho más que una religión y una lengua común para hacerse acreedor de tal nominación. Es verdad que en el pasado el califato Omeya de Córdoba llegó a erigirse en una potencia mundial con rango de civilización. Entonces, en el siglo X y parte del XI el mundo musulmán alcanzó cotas de grandeza civilizadora verdaderamente encomiables: expansión de una lengua y de una religión monoteísta redentora a través de un espacio territorial enorme; un gran desarrollo de la filosofía, de las artes, de las ciencias y de la tecnología; y un orden de valores éticos y morales por el que los musulmanes se sintieron impulsados a difundir al resto de pueblos vecinos. Pero de aquellos tiempos ya no queda nada, salvo los testimonios de la historia.

Mar de injusticia universal

Dicho todo esto, cuando se escucha de boca del presidente del gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero, su propuesta de una “Alianza de civilizaciones” para abordar los conflictos que generan violencia, uno no puede menos que sonrojarse. ¿Sabrá de qué está hablando este buen hombre? Y lo más inquietante es que lo ha dicho ante el Plenario de la Asamblea de Naciones Unidas. Entiendo que los gobernantes realicen esfuerzos intelectuales para dar salida a los problemas que nos atenazan mediante propuestas razonables que pudieran favorecer la convivencia de los pueblos y de las naciones. Pero una cosa es tener ideas imaginativas y otra muy distinta es caer en demagogias estériles, precisamente por la vacuidad intelectual del personaje que las propala.

Rodríguez Zapatero ha vuelto a descolgarse con su Alianza de Civilizaciones poco después de los atentados del 7-J en Londres. Ha sido en un artículo publicado el sábado día 9, en The Financial Times, donde el secretario general del PSOE recomienda las pautas a seguir para realizar un diagnostico justo y acertado:
“Debemos comenzar haciendo un esfuerzo por comprender las condiciones que facilitan la expansión del fanatismo y el apoyo al terror. No podemos ignorar conflictos que se han estancado o las enormes divisiones políticas, económicas y sociales presentes en muchas sociedades, y que varias veces sirven de falsos pretextos para la violencia terrorista. Es poco realista esperar alcanzar la paz y la estabilidad en un mar de injusticia universal.” A continuación, Rodríguez Zapatero reivindica las Naciones Unidas como “El foro apropiado para consolidar el consenso político contra el terrorismo...” Pero ahora es cuando llega lo más interesante del discurso del presidente Rodríguez, hasta el punto de que se enfanga en la contradicción de su propuesta, al señalar que “La lucha contra el terrorismo también es una batalla para ganar la convicción de la gente. Debemos trabajar para extender la creencia de que nada puede justificar el terrorismo. Ninguna idea, da igual lo legítima que sea o pueda parecer, puede justificar el asesinato. Este es el motivo por el que, como fenómeno, no es propiedad exclusiva de ninguna civilización, cultura o religión. Por esta misma razón, propuse en el Consejo General de las Naciones Unidas una Alianza de Civilizaciones, basada en la convicción, la comprensión y el respeto a los demás. Si no conseguimos inculcar a todas las naciones la creencia de que la tolerancia es indispensable, nuestra batalla será aún más ardua.”

En qué quedamos: o comprendemos los motivos que mueven a algunos a fanatizarse y a utilizar la violencia terrorista como reacción a ese estado de frustración, o trabajamos sobre el principio de que nada puede justificar el terrorismo. Rodríguez Zapatero lo expresa en este punto con meridiana claridad:
“Ninguna idea, da igual lo legítima que sea o pueda parecer, puede justificar el asesinato. Este es el motivo por el que, como fenómeno, no es propiedad exclusiva de ninguna civilización, cultura o religión.”

C
omo se puede observar, es menester tener las ideas claras y no decir lo uno y lo contrario a la vez. Se puede ser más banal pero no más extraviado. Ese
“mar de injusticia universal” del que habla Rodríguez es una realidad intrínseca de la Historia de la Humanidad. No obstante, el terrorismo es un fenómeno de lucha relativamente moderno. Es la respuesta violenta de pequeños grupos fanatizados contra símbolos idealizados en enemigos. Es una forma de hacer la guerra. En Londres no olvidan que, antes de la guerra de Irak, se produjo un 11 de septiembre de 2001, que causó tres mil muertos y que constituyó, de hecho, más que una acción terrorista, un auténtico acto bélico, un desafío a la civilización occidental y, en consecuencia, un acto de hostilidad que requería una respuesta militar como fue la intervención en Afganistán. Por eso las palabras de Rodríguez Zapatero tras el 7-J han dejado indiferentes a los británicos, a los que la evocación de Winston Churchill (“No nos rendiremos jamás&rdquoGui?o les resulta bastante más convincente que el nihilismo que ha denunciado con lucidez André Glucksmann en su libro Occidente contra Occidente.

Publicado por torresgalera @ 18:32  | Pol?tica
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Martes, 12 de julio de 2005
Abd-el-KrimNo sospechábamos que la sombra de Abd-el-Krim fuera tan larga, tanto en el tiempo como por su poder. Aquel nativo que se erigiera en líder de las tribus (cábilas) del Rif en la primavera de 1921, y que con valor y determinación pusiera en pie de guerra un ejército popular para expulsar a los españoles de esta pedregosa y estéril tierra del norte de África, se ha levantado de su tumba (en sentido figurado, claro estáGui?o reclamando venganza contra España.

El espíritu de Mohamed Abd-el-Krim ha regresado para continuar siendo el azote de los españoles. Pero en esta ocasión la nueva batalla no la va a librar en ninguno de aquellos cerros y valles sedientos, donde hace ya más de ochenta años perdieron la vida de la manera más cruel e inhumana 15.000 soldados españoles. No, esto no va a ser la segunda edición del desastre de Annual. Este montaraz rifeño de la tribu Beni Urriaguel, hijo de un influyente cadí, que un día abrazó el sueño de convertirse en el emir de la República del Rif, que es todavía considerado por muchos de sus paisanos como un auténtico héroe nacional, va a iniciar todo un proceso para que España pague las indemnizaciones que sean necesarias a los pobres habitantes del Rif que fueron machacados por el ejército español durante los últimos años de aquella terrible guerra que acabó con el sueño de Abd-el-Krim. Esto es al menos lo que se desprende de la ingeniosa iniciativa política que está preparando Esquerra Republicana de Catalunya.

Todo el mundo sabe, porque así lo pregonan ellos mismos, que las gentes que integran y las que apoyan a ERC no se sienten españoles. Además, han hecho bandera de su profundo y arraigado sentimiento independentista, y de esa vocación nace toda su estratégica política. Una prueba fehaciente es su actual liderazgo en la política de Cataluña, siendo autores de la letra y la música del proyecto rupturista de estatuto de autonomía que deberá sustituir al vigente. Esta es una de las consecuencias de que los dirigentes de ERC se hayan convertido en esta Comunidad en los verdaderos artífices del gobierno regional. Su carácter de aliados en el tripartito es mucho más que formal, pues en la práctica constituyen la fuerza hegemónica que mantiene vivo y en pie al presidente de la Generalitat, el socialista Pascual Maragall. Y lo más sustancial de esta perversa realidad es que ERC no sólo sostiene nominalmente al Partido Socialista de Cataluña en el poder, sino que por la ceguera política del secretario general del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, los independentistas catalanes han centuplicado su influencia en la política española al haberse hecho imprescindibles en la gobernabilidad de España.

Una prueba más del desideratum que representa ERC para la convivencia catalana y española, es que ahora, sin beberlo ni comerlo, los perturbados de Esquerra Republicana acaban de incluir a España en la lista de naciones que han cometidos horrendos genocidios contra la humanidad. Y, como es obvio, piensan denunciarlo y pedir responsabilidades por ello a quien corresponda. Sí, como lo oyen, la nación española tiene deudas pendientes con la Humanidad.

Como no podía ser de otra manera, esta descerebrada genialidad que se les acaba de ocurrir a algunos de los malévolos orates que capitanea Carod-Rovira no es más que una nueva patada en la espinilla de España. La ocurrencia no puede ser más patética: impulsar una proposición no de ley en el Congreso de los Diputados para que España pida perdón por haber usado armas químicas en la guerra del Rif. ¡Toma nísperos! Ni más ni menos. Esta hilarante decisión se les ha ocurrido a los dirigentes independentistas después de la visita que han realizado algunos de sus miembros a la ciudad de Nador, actual capital de la región marroquí dónde tuvieron lugar los acontecimientos bélicos que enfrentaron al ejército español y a las tropas rifeñas en el periodo 1921-1927.

Así es. Esquerra Republicana de Catalunya quiere que la institución que representa la soberanía del pueblo español pida perdón por haber utilizado armas químicas en la guerra del Rif. Lo ha declarado el portavoz de ERC en el Congreso de los Diputados. Joan Tardá ha afirmado que el objetivo de esta iniciativa parlamentaria -que se presentará en las próximas semanas- es que el Estado español asuma sus responsabilidades y repare a los rifeños por los daños causados. Este guardián de la conciencia nacional considera que es necesario indemnizar de alguna manera a los habitantes de esta zona, una de las más pobres de Marruecos. Incluso Tardá ha ido más lejos, y ha declarado su compromiso de reclamar al Gobierno español que, en el marco de su política de cooperación, “dote con urgencia a los hospitales del Rif de unidades sanitarias especializadas en el tratamiento de enfermedades oncológicas”.

Éramos pocos y parió la abuela. Ya no nos falta más que esto para enmerdar un poco más la vida política española. Puestos a sacar muertos y agraviados del armario de la Historia, saquemos ahora a los rifeños que mataron Millán Astray, Franco Bahamonde, Sanjurjo y todo el elenco de militares fascistas que hicieron posible que el ejército español venciera al de Abd-el-Krim. Eso sí, de las atrocidades que los buenos rifeños, luchadores por la libertad, cometieron contra los soldados españoles, ni una palabra.

Cualquier pretexto es bueno para los independentistas catalanes para avivar el fuego de la discordia. En esta ocasión se lo ha puesto en bandeja la Asociación de Defensa de las Víctimas de la Guerra del Gas Químico en el Rif. Se trata de una organización creada en 1999 y que cuenta con el visto bueno del gobierno de Rabat, que ve con buenos ojos toda iniciativa que esté dispuesta a aguijonear a España. En cambio, estas autoridades no dicen nada sobre la ingente ayuda que nuestro país envió hace un par de años para paliar los daños del terremoto de Alhucemas, que a día de hoy el 80 por ciento no ha llegado a los afectados y está en manos de las autoridades locales y policiales de Marruecos.

De seguir por este camino, pronto veremos como los valedores de Rodríguez Zapatero ponen encima de la mesa del Congreso de los Diputados los cadáveres de los indígenas americanos muertos por las espadas o los virus de los conquistadores españoles; o el de los corsarios del Mediterráneo muertos por la Armada española; o el de los otomanos perecidos en el asedio de Viena, y así un largo etcétera que pespuntea a lo largo de la Historia de los reinos de España. A ver cuándo se atreven estos independentistas a desagraviar a los muertos que produjeron las tropelías de Roger de Lauria en el mediterráneo europeo, o a condenar el golpe de estado que dirigió Lluís Compayns contra la Segunda República en octubre de 1934.

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S?bado, 09 de julio de 2005
Atentado en LondresEstoy desolado. Mi corazón está encogido de pena. La tristeza ha envuelto como una nube negra mi alma. Las palabras se agolpan en mi mente de forma alocada. Sin embargo, guardo silencio. Escucho y leo sin demasiada atención la riada de crónicas que llegan desde Londres a través de la televisión, la radio y los periódicos; internet también me bombardea con datos, comentarios y fotografías. Los detalles no me importan demasiado y, a la vez, ahondan mi perturbación. No quiero saber nada y lo quiero saber todo. Esto es una locura, es la sin razón del ser humano, de este animal que somos en estado original. Nos creemos redimidos por los dioses, por la ciencia y por la razón, y es mentira: el hombre apenas está a unos pasos de sus ancestros evolutivos. Su causa es primaria y se asienta en su sistema endocrino, en el lugar que ocupa en la manada y en la lucha jerárquica. Vivir no es un fin en sí mismo, si acaso un acto instintivo. Nos sentimos amenazados porque somos débiles. Agredimos porque nos sentimos inseguros. Avasallamos porque no creemos en nosotros. Mientras tanto, centenares de padres, de madres, de hermanos, de amigos lloran desconsolados con la mirada perdida en las oscuras aguas del Támesis. Comparto su dolor porque me siento de la familia. Les pertenezco, soy uno de ellos, un hombre anónimo que cumple con su destino sin más afán que ser útil a los míos, al género humano. Por eso no entiendo, no comprendo la barbarie, el exterminio, el odio asesino. Me siento pequeño e insignificante cuando sé de alguien que aprieta un botón y hace volar un enorme proyectil hasta un punto remoto donde siega la vida de otras personas; o cuando otros individuos deciden la muerte de sus semejantes; o cuando se accionan mochilas explosivas en el metro de cualquier ciudad, o en unos grandes almacenes,... No quiero divagar más, sólo compartir el dolor con los que sufren, estén donde estén. La esperanza ya no existe para los que acaban de ser arrancados de la vida. Quiero pensar que esta será la última tragedia de un drama infinito. ¿Qué contradicción? ¿Pero existe algo más contradictorio que el ser humano? En este momento no se me ocurre nada mejor que implorar una oración por las víctimas y por los verdugos: “Padre Nuestro..., perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden,...” También invoco un fragmento de la hermosísima oración hebrea llamada “Kaddish”:

Great God, (Gran Dios,)
You who make peace in the high places, (Tú que estableces la paz en los cielos,)
who commanded the morning since the days began, (Tú que ordenas las mañanas desde el principio de los días,)
and caused the dawn to know its place, (y provocas que el crepúsculo conozca su lugar,)
surely You can cause and command (seguro que puedes provocar y mandar)
a touch of order here below, (un poco de orden aquí abajo,)
on this one, dazed speck. (en este pequeño lugar aturdido,)
And let us say again: Amen. (y déjanos decir de nuevo: Amén.)

Entre tanto, confío en que los responsables de estos crímenes pronto estén en manos de la justicia británica.

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Jueves, 07 de julio de 2005
Padres constitucionalistas
C
omo señala el DRAE, consenso es el "acuerdo producido por consentimiento entre todos los miembros de un grupo o entre varios grupos". Para que exista este acuerdo tienen que existir razones comunes y poderosas a todos los individuos o grupos. Normalmente, estas razones comunes suelen ser, unas de carácter positivo, y otras de carácter negativo; esto es, unas razones indican lo que en común se desea y otras expresan lo que en común se detesta. Así, refiriéndonos al consenso político alcanzado en la Transición, y del que surgió la Constitución de 1978 y los estatutos de autonomía, podemos afirmar que dicho consenso fue posible porque la mayoría de fuerzas políticas coincidieron en dos cuestiones: desterrar para siempre de la vida nacional la dictadura de un pensamiento único y de una clase dirigente omnipresente y omnipotente, y conquistar una sociedad soberana, libre, representativa, solidaria, respetuosa con los derechos humanos, con las minorías y con las singularidades históricas y culturales. Estas ambiciones alumbraron un amplio consenso entre las fuerzas políticas y, posteriormente, pudo ser ratificado de forma abrumadora por la ciudadanía.

¿Por qué ahora se pretende una nueva definición y reorganización territorial del Estado español? Pues, sencillamente porque en el seno de buena parte de la clase política actual se ha diluido la conciencia de consenso con la que hemos estado viviendo durante el último cuarto de siglo. Ya no existe un sentimiento común de rechazo a un régimen autoritario; es más, en las fuerzas políticas renovadas y emergentes el fantasma del "antiguo régimen" ha sido sustituido por la idea amenazante de una España común. Esta idea de España, patria común e indivisible es el nuevo enemigo a batir. Por eso se abre paso, no sólo en los territorios periféricos sino en los partidos de izquierda, el concepto del Estado plurinacional o de las nacionalidades.

En cuanto a las razones de carácter positivo, también difieren sustancialmente de unas fuerzas políticas a otras. Mientras que en unos casos todavía siguen vigentes los argumentos recogidos en nuestra Carta Magna, en otros el ideario ha variado sustancialmente. Ahora los anhelos pasan por los elementos diferenciales sobre los que fundamentar nuevas naciones, autónomas y diferenciadas entre sí, con niveles de autogobierno autosuficientes y estructuras propias de un Estado.

La principal prueba que evidencia la pérdida de la conciencia de consenso constitucional la tenemos en la negación de la soberanía del pueblo español y de sus instituciones representativas. Actualmente se reclama como única soberanía la de los ciudadanos que habitan en sus respectivas comunidades autónomas y en sus órganos de representación. En el caso de Izquierda Unida, de fuerte carácter federalista, la opinión al respecto está muy dividida entre su clase dirigente. Y en el Partido Socialista Obrero Español, igualmente de estructura federalista, las fuerzas centrífugas de algunas de sus organizaciones territoriales (PSE-EE y PSC) y la necesidad de acuerdos de gobierno para mantenerse en el poder (con ERC y IC-Verdes, en Cataluña, o BNG, en Galicia), así como sus compromisos de convivencia para ejercer el gobierno nacional (con nacionalistas vascos y regionalistas canarios o aragoneses), han terminado por convertir su compromiso con el consenso constitucional en un débil y diletante discurso político en favor del diálogo y la convivencia.

En definitiva, estamos asistiendo al fin de los días de aquel gran acuerdo por consentimiento que la gran mayoría de fuerzas políticas suscribieron en el periodo constituyente. Ya no hay enemigos comunes ni objetivos comunes. Aunque la mayor parte de los españoles continúen sintiéndose identificados con el espíritu y la letra de nuestra Constitución, significativos sectores de ciudadanos vascos, catalanes y gallegos están inmersos en un proyecto rupturista. Y lo peor es que están alentados por unas élites dirigentes imbuidas de mesianismo redentorista, a la vez que cuentan con la anuencia de importantes recursos mediáticos y de poder territorial. En pocos años, de aquel consenso del que nació la Constitución de 1978 se hablará con admiración únicamente en los libros de Historia y con motivo de la celebración de efemérides.

Como el consenso nace de la voluntad humana, por el momento deberemos esperar algún tiempo y soportar muchas tensiones para que germinen razones comunes y poderosas que conduzcan a un nuevo consenso nacional. La memoria histórica está siendo suplantada por la ensoñación de una fantasía imaginaria. Las nuevas ideas se abren paso y avanzan presurosas en pos de quimeras sustentadas en sofismas dialécticos altamente peligrosos. El valor del consenso sólo se aprecia cuando es una mayoría de grupos sociales la que padece el zarpazo del invasor, del totalitarismo, de la catástrofe o de cualquier forma de asolación del suelo patrio. Los españoles hemos vivido a lo largo de nuestra Historia muchas de estas circunstancias extremas, pero en muy pocas hemos sabido hermanarnos en torno a un proyecto de futuro consensuado. El que tenemos hoy es casi una excepción y merece la pena defender su vigencia, no vaya a ser que ocurra como con aquel otro que surgió en la España napoleónica para expulsar al francés y restaurar el Trono: que apenas restablecida la soberanía nacional los españoles lo celebraron con un enfrentamiento que ha durado 160 años. Confío en que ahora no lleguemos a tanto, pero tiene toda la pinta.

Publicado por torresgalera @ 7:30  | Pensamientos
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Lunes, 04 de julio de 2005
José BonoAlgo huele a podrido en Dinamarca. Como en el Hamlet shakespeariano, la lucha política española se está volviendo fraticida. Ya no hay máscaras: todas ellas han sido retiradas para que los rostros de cada cual manifiesten sus verdaderos estados de ánimo y sus sentimientos. El odio, el rencor y el desprecio lo inundan todo. Viendo las cosas que están aconteciendo en la vida política nacional a uno se le viene a la memoria (no vivida pero sí aprendida) los dolorosos recuerdos de aquellos meses que se sucedieron desde las elecciones de febrero al 18 de julio de 1936. No fue suficiente la victoria a las izquierdas, sino que empeñaron todo su esfuerzo en desacreditar y barrer a las derechas del mapa. A pesar de los años trascurridos y de las enseñanzas que nos ha reportado este largo periodo, el Partido Socialista Obrero Español vive en plena deriva revanchista. La lección que dieron Felipe González y José María Aznar al pasar página de hechos lamentables acaecidos durante los gobiernos que les precedieron no ha servido de nada. A ninguno de los citados presidentes se les ocurrió, por estatura política de Estado, recriminar ni reprobar en el Parlamento a responsables políticos de gobiernos anteriores. ¿Qué hubiera ocurrido si Felipe González hubiese solicitado la reprobación del ministro de Defensa por el 23-F? ¿O cómo se hubiera entendido que José María Aznar hubiera respaldado una acción similar en las Cortes por los responsables de los crímenes de Estado o por los casos de corrupción (todos ellos juzgados y condenados)? No, ambos estadistas actuaron con moderación y mesura, aceptando que tanto los jueces como el pueblo español ya habían dictado su veredicto, unos en los tribunales y los otros en las urnas.

Pero hete aquí una nueva prueba de que los actuales dirigentes socialistas han perdido el norte de la Historia y se han lanzado por la senda de la radicalidad y del sectarismo. Ahí tenemos al bueno de José Bono, el ministro moderado del Gobierno de Rodríguez Zapatero; el que se deja la piel defendiendo la unidad de España; el que se arropa en la bandera roja y gualda y entona vivas a las Fuerzas Armadas; el que afirma sin complejos que confía más en la policía que en una negociación con ETA. Sí, es el mismo Bono que hizo de su toma de posesión ministerial un espectáculo mediático; el mismo que se concedió a sí mismo una medalla por lo bien que lo había hecho en la retirada de las tropas en Irak; el mismo que denunció que le habían agredido en una manifestación de las víctimas del terrorismo. Este carismático líder manchego, pagado de su propio ego, que suda a mares cuando se le lleva la contraria en público, que se abraza a los obispos con la misma naturalidad que despotrica en privado de sus compañeros de partido. En fin, este portento de bonhomía, que se le llena la boca hablando en público de su padre falangista y de las bondades de su corazón, ha instigado la acción política más insidiosa que hasta el momento ha realizado miembro alguno del Gabinete de ZP: promover en el Congreso de los Diputados una recriminación, mintiendo deliberadamente y manipulando documentos, contra el anterior ministro de Defensa, Federico Trillo. Y todo porque el PP ha roto el acuerdo que había alcanzado con el Gobierno para sacar adelante por consenso la ley de Defensa Nacional.

El “buen hacer” del Gobierno

Deleznable precedente el que se ha creado el miércoles 29 de junio, al aprobar el Congreso de los Diputados -con los votos del PSOE, ERC, IU, PNV y Grupo Mixto- una proposición no de ley que declara responsable a los poderes públicos en la contratación e identificación de cadáveres en el accidente aéreo del Yak-42, ocurrido en Turquía el 26 de mayo de 2003 y en el que fallecieron 62 militares. Es más, a instancia de Izquierda Unida el texto cita expresamente a Federico Trillo, a la vez que reconoce el «buen hacer» del actual Gobierno en relación con la seguridad en los desplazamientos de las tropas y el apoyo a los familiares de los militares fallecidos.

Aquí radica la perversión de un acto sin precedentes en la historia de nuestra democracia. El espíritu revanchista y el afán de linchamiento exhibido por el partido gobernante y por los que sustentan su mayoría parlamentaria. Y es que al margen de los argumentos en su defensa esgrimidos por el ex ministro Trillo, y dando por sentado que su gestión de la crisis tras aquel trágico accidente estuvo trufada de irregularidades, no es menos cierto que a estas alturas ya han sido esclarecidas todas las circunstancias que avalan que el siniestro fue consecuencia directa de una serie de negligencias cometidas por los pilotos de la aeronave. Así de sencillo y así de claro, por muy doloroso que resulte.

Conviene recordar que además de disculparse telefónicamente y de expresar a Trillo que creía ciegamente en su inocencia, José Bono se comprometió a cesar a los responsables del accidente del Yak-42 durante el tenso pleno extraordinario que se celebró en el Congreso el 21 de octubre del año pasado. Fijó entonces su punto de mira en el teniente general Juan Luis Ibarreta, jefe del Estado Mayor Conjunto, y en el vicealmirante José Antonio Martínez Sáiz-Rozas, jefe de la División de Operaciones del EMACON, ambos eran los máximos responsables de haber tomado la decisión de cambiar la contratación del avión modelo Tupolev por el Yakolev. Sin embargo, el Consejo de Ministros del día siguiente -el 22 de octubre- no confirmó lo que parecía la destitución anunciada de Ibarreta y Martínez. Por el contrario, en lugar del cese, el Gobierno dio luz verde a una «reorganización profunda» del Estado Mayor de la Defensa, una decisión que respondía en última instancia al malestar general que había creado Bono en el seno del Ejército por su intención de «proceder a una depuración» vinculada al Yak. Como resultado, Ibarreta fue nombrado segundo jefe del Estado Mayor del Ejército del Aire, y Martínez se convirtió en vicealmirante segundo de la Flota.

No fueron los únicos nombres que salieron entonces y ahora a la palestra. El general del Ejército del Aire Carlos Gómez Arruche también quedó en entredicho por ser en el momento del siniestro el Jefe del Mando Aéreo de Levante, un órgano relacionado con el apoyo logístico a los vuelos militares que viajaban a Afganistán. Otra casualidad, el ministro Bono le nombró director general de la Guardia Civil.

Y la gota que ha colmado todo este filibustero asunto de la reprobación del ex ministro de Defensa ha sido la utilización sectaria, por parte del PSOE, de algunos familiares de los militares fallecidos en el accidente. Acreditaron a un grupo de ellos y les permitieron deambular libremente por el Congreso, algo que está totalmente prohibido, para que a la salida de la Comisión pudieran increpar a Federico Trillo y hacer ostentación de carteles en su contra. Entre los familiares más activos se encontraban los hermanos Ripollés, uno de ellos es redactora de los Servicios Informativos de Televisión Española. Más casualidades.

Publicado por torresgalera @ 7:30
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