Mi?rcoles, 31 de agosto de 2005
Uno de los axiomas más desvergonzados y perversos de la profesión periodística es el que dice: "Que la verdad no te estropeé un buen reportaje". A mí me lo quiso aplicar en cierta ocasión, hace ya algunos años, un prestigioso periodista cuando dirigía "Economía en la 2", un programa de Televisión Española. Naturalmente, no le hice el mínimo caso, y el reportaje que había investigado, no se hizo. Desgraciadamente, no siempre los periodistas cumplen con su código deontológico, y hambrientos de notoriedad sucumben ante el artificio y la mentira para lograr con sus trabajos laureles y fama inmerecida.

Ya sabemos que en todas las profesiones existen personas deleznables e inmorales. A veces ocurre que estos comportamientos censurables sólo se aplican circunstancialmente, pero de no mediar públicas disculpas y rectificaciones a tiempo, los nombres de sus ejecutores quedarán manchados para siempre. Por ello, este cuento lo voy a aplicar en esta ocasión a la profesión periodística, donde lamentablemente están sucediendo en los últimos tiempos demasiados desafueros y barbaridades, y que por la notoriedad de tales escándalos se está haciendo del periodismo un lugar irrespirable.

Habría que comenzar señalando que de todas las especialidades el periodismo del corazón es el menos riguroso y decente de todos. Y aunque la crónica social es una de las más antiguas y prestigiosas, junto con la de sucesos y la política, en la actualidad poco queda de esta digna y meritoria parcela informativa. Es más, en la medida en que la "prensa rosa" o "prensa del corazón" invade y domina mayores espacios mediáticos (prensa escrita, radio y televisión), su permanente deterioro produce en la mayoría de la profesión periodística un sentimiento de desprecio insondable hacia esa caterva de insolventes chillones que se mueven a diario inquiriendo y despotricando a través del papel cuché, de los estudios de radio y de los platós de algunas televisiones. Es cierto que la “prensa rosa” despierta un elevado interés en las audiencias. Pero, en general, tanto sus contenidos como el modo en que se tratan, constituyen un atentado contra la esencia y la naturaleza misma del periodismo y su deontología profesional.

Varias son las razones por las que la “prensa del corazón” ha llegado adonde está. Desde luego, buena parte de la responsabilidad la tienen los directivos de las cadenas de televisión y de las revistas gráficas, los cuales anteponen en muchos casos el beneficio económico al deber moral de producir una oferta informativa y de entretenimiento solvente en dignidad, respeto, buen gusto e imaginación. En cambio, qué tenemos: unos programas hilarantes, repletos de personajes despreciables, sin ningún valor social y encumbrados a una fama artificial por la voluntad decidida de convertir los espacios de máxima audiencia en un zoológico de descerebrados sin otras cualidades que las de polemizar y sorprender con sus insignificantes vidas.

Y a todo este juego de ramplones intereses se ha unido un elenco de periodistas y “friquis” que, de la noche a la mañana, han encontrado un modo sustancioso de ganarse la vida y de adquirir notoriedad pública. Eso sí, llenándoseles la boca de profesionalidad, a la vez que argumentan que ellos informan sobre lo que la gente demanda. Es la desvergüenza elevada a la enésima potencia.

Uno de los acontecimientos más ilustrativos del panorama en que se mueve la “prensa del corazón” lo hemos vivido hace escasos meses. Se trata de un escándalo informativo (desinformativo) más, y fue protagonizado en Telecinco por la periodista Lidia Lozano en relación con el caso Ylenia Carrisi. En este caso, como en tantos otros, se incumplieron varios de los preceptos fundamentales de la profesión. El primero, no tener en cuenta que el periodista es un simple notario de los hechos, y su persona debe mantenerse siempre en un plano de discreción y anonimato. En segundo lugar, el periodista nunca se hace eco de un rumor, si acaso lo investiga para comprobar si puede adquirir rango de certeza, en cuyo caso se convertiría en noticia. Por supuesto, siempre se deben contrastar las fuentes de información y recabar la versión de los sujetos a los que se imputa el protagonismo de la noticia. El periodista sólo debe buscar la verdad, con la mayor objetividad y siempre con la máxima honestidad y profesionalidad. Por ello, es fácil comprobar que en el caso referido y protagonizado por Lidia Lozano, se incumplieron todos los preceptos, ante lo cual no cabe más que aceptar de buen grado la humillación y la aceptación de la responsabilidad de una mala práctica del periodismo. Lo demás son pamplinas. Aquello no fue una metedura de pata, como ella misma afirmó. Fue una falta muy grave contra la deontología profesional, merecedora de una fuerte sanción. En cambio, ahí está, trabajando para la cadena que fomentó el escándalo y se lucró con su difusión. Así están las cosas en nuestro país. Todo vale, según qué cosas y de quién vengan.

Periodista no es quien ha estudiado en una Facultad de Ciencias de la Información, sino quien teniendo una formación adecuada se hace merecedor de tal distinción después de adquirir el oficio y la experiencia necesaria trabajando en medios de comunicación. Además, el periodista nunca puede ser cómplice de los protagonistas de las noticias, ni debe tener amistades con los personajes susceptibles de ser motivo de información. Tampoco debe aceptar favores, privilegios ni regalos como agradecimiento por las informaciones realizadas o por las que vaya a realizar. Y, por último, el profesional de la información deber guardar con escrúpulo la incompatibilidad existente entre informar y hacer publicidad. Pues bien, estos preceptos son incumplidos sistemáticamente por muchos de los que se envanecen de ser unos profesionales de raza. Nada más alejado de la realidad. Están a años luz de ser merecedores de tal cualificación. Pero como vivimos en una sociedad donde vale casi todo, donde se grita y se descalifica con entusiasmo y prodigalidad, donde se hace un periodismo de espectáculo y no de información, donde las audiencias priman sobre la credibilidad y donde los aventureros y temerarios son reconocidos por buena parte del público como héroes mediáticos, finalmente lo que se ha conseguido es que nadie sepa dónde tiene la mano derecha, la vergüenza ni el decoro.

Es verdad, en todas partes cuecen habas, pero esto no puede se justificación para eludir responsabilidades allá donde las haya. Y hoy, de lo que estamos hablando, es de que en España tenemos la “prensa del corazón” más cutre y detestable de su historia. Todo ello gracias a la degradación en la que ha caído nuestra sociedad, desde los empresarios y directivos, pasando por los periodistas del famoseo y el famoseo propiamente dicho, hasta importantes sectores del público. La libertad de opinión y de imprenta tienen estas cosas, que en aras de la libertad se apuntan al carro del vocerío legiones de botarates, indocumentados intelectuales y enajenados morales. Son los nuevos histriones que entretienen a las masas, sin caer en la cuenta de que éstas terminarán dándoles la espalda y despreciándoles cuando sus embustes y patrañas terminen aburriéndolas y hartándolas.

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Mi?rcoles, 24 de agosto de 2005
Es indudable que buena parte de la clase política y de la sociedad española sienten por nuestra Fuerzas Armadas una total indiferencia que, en demasiadas ocasiones, se traduce incluso en desprecio. Estas actitudes tienen mucho que ver con algunos tópicos todavía instalados, y con frecuencia espoleados, en el imaginario colectivo de la izquierda que vincula al Ejército (como a la bandera y al himno nacional) con el franquismo. Por eso en España se abre con facilidad camino cualquier discurso nacionalista o federalista y, por el contrario, los sentimientos y demostraciones patrióticas tienen tan mala prensa; no pasa, en cambio, lo mismo cuando son los nacionalistas los que alardean de sus símbolos y exhiben orgullosos sus sentimientos patrióticos.

Así viene sucediéndose desde los años de la Transición. Es cierto que en este tiempo algo se ha avanzado, pero todavía existe mala conciencia para reivindicar y expresar abiertamente el sentimiento de orgullo de ser español; y cuando esto sucede casi siempre se reprocha su procedencia de sectores derechistas y fachas. Pero como una de las cualidades que tiene la democracia es la alternancia en el poder, resulta que a estas alturas izquierdas y derechas ya se han visto obligadas a apechugar con la responsabilidad de gobernar y de, por tanto, demostrar lo qué son capaces de hacer con las instituciones del Estado. Ahora estamos en un nuevo turno de los socialistas y sus socios de legislatura, es decir, comunistas e independentistas catalanes.

Los españoles ya tuvimos ocasión de comprobar como se las gastaban los dirigentes de estas organizaciones con algunas decisiones que sobre política de defensa tomó el anterior gobierno de centro derecha. Luego, una vez subidos en el machito, el equipo de ZP corrió para enmendar lo que pensaba que era lo sensato y dejó al descubierto una carencia asombrosa de ideas en esta materia y en política internacional: apenas mostraba un paupérrimo equipaje de viejos tópicos desnortados y exentos de algún pragmatismo beneficioso para nuestra Nación. Es más, siguió insistiendo en agrandar las distancias que le separa de los populares, recurriendo a zafiedades indignantes y traicioneras para desprestigiar a la anterior administración. Y al frente de este
“entourage” dos ministros de postín: Miguel Ángel Moratinos y José Bono, el tonto y el listo de la clase. El primero, en política exterior ya hemos comprobado lo que da de sí; del segundo, sólo destacar que si de esta no le premia ZP con la frustrada medalla, le dará un soponcio. Porque no se puede ser más vacuo, engolado, creído de sí mismo, afectado de falsa sencillez, pretencioso de la adulación y esclavo del protagonismo, a la vez que un portento de camaleonísmo político y maestro del fingimiento y la estulticia: José Bono reina sin gobernar, pero su gran aspiración, diga lo que diga en público (y sé de que hablo), es llegar a hacer las dos cosas, por eso es tan amigo de Alberto Ruíz-Gallardón.

El espectáculo que ha organizado, con él mismo de protagonista invitado, con motivo del siniestro que ha costado la vida a 17 militares en Afganistán, ha sido tan desmedido que ha rayado en la falta de respeto a las Fuerzas Armadas y a los ciudadanos. Su vocación populista le ha llevado, una vez más, a la sobreactuación y a la búsqueda de réditos personales por encima de todo y de todos los demás. Desde que se dio a conocer el luctuoso suceso José Bono no ha hecho otra cosa que montar un numerito mediático tras otro, para trasladar a la opinión pública una sensación de diligencia y voluntad de servicio, lo que ha terminado por concitar demasiadas inquietudes en torno a un hecho que, en el fondo, no deja de ser un infortunio que debería estar previsto en el cálculo de riesgos que toda misión militar tiene en un escenario de guerra como es Afganistán.

El Ejército español, es decir, los hombres y mujeres que lo integran, saben mejor que nadie el peligro que entraña su profesión, tanto en la rutina diaria de su trabajo en tiempo de paz como en operaciones estratégicas ordenadas por el mando. Es más, pocos españoles superan a nuestros soldados en espíritu de entrega, de servicio y de sacrificio en el desempeño de su profesión. La razón hay que buscarla en que en la actualidad ninguna institución española como la de nuestros ejércitos es capaz de transmitir y ensañar a sus servidores el sentimiento de amor a España y el orgullo de sentirse español. Y cuando se cree y se siente en la Patria, con mayúsculas, como lo hacen nuestros soldados, la muerte no representa un obstáculo para el cumplimiento del deber. Y no trato de pontificar con este asunto ni de dar lecciones a nadie, puesto que en nuestra sociedad existen otros muchos profesionales que son ejemplo de profesionalidad, valor y abnegación a la hora de cumplir con su trabajo (la lucha contra el fuego está dando este verano demasiadas muestras de entrega y sacrificio de gentes anónimas que ponen en peligro sus vidas por salvar nuestro patrimonio común).

Por eso llama la atención el despliegue de gestos, de medios y de declaraciones por la muerte de un puñado de servidores del Estado en una misión que les era propia. Uno tiene la percepción de que con toda la parafernalia de viajes
in situ del ministro Bono al lugar de los hechos, la videoconferencia con el presidente ZP, la rápida identificación de los cadáveres, el regreso inmediato a España, ZP recorriendo presuroso los acuartelamientos de los soldados fallecidos, los funerales, y todo ello regado con un aluvión de periodistas y cámaras de televisión trasmitiendo a todo trapo imágenes prefabricadas, se ha pretendido encubrir o desviar la atención de la cuestión de fondo. Nadie niega que la pérdida de vidas humanas constituyen una tragedia. El propio director general de Tráfico así calificaba el contingente de personas que cada fin de semana fallece en las carreteras españolas, y sin embargo le atribuimos carácter de normalidad. Pero que mueran 17 soldados en una operación militar, sea del tipo que sea, lo convertimos en un drama nacional de primera magnitud, por el que se movilizan todos los recursos del país, incluyendo a la Casa Real. Pues bien, me parece un exceso fuera de lugar.

La política ha invadido y manipulado a su conveniencia este siniestro, y lo peor es que lo seguirá haciendo mientras le convenga. Entretanto, a día de hoy existen serias dudas sobre la naturaleza del siniestro: si fue un accidente aéreo o un ataque del enemigo desde tierra. Políticos y periodistas discuten y debaten a la luz pública si nuestras tropas allí destinadas lo están en misión de paz o en misión militar, si lo hacen por mandato de la ONU o de la OTAN, si nuestra presencia militar debe retirarse inmediatamente o debe prolongarse. En fin, si son galgos o son podencos, si ZP lo está haciendo mucho mejor que Aznar o está cometiendo los mismos errores; si el hostigamiento de los socialista por la tragedia del Yak-42 se está cobrando su tributo de venganza (ya hay políticos del PP que cuestionan la eficacia en la repatriación de los cadáveres del helicóptero siniestrado).

Pasarán los días y el ruido se apagará. Mientras, nuestros ejércitos seguirán funcionando a pesar de la indiferencia de una gran parte de la ciudadanía y de los políticos. Los profesionales de las Fuerzas Armadas realizarán cada día su trabajo, donde quiera que estén, sin que se oiga una voz más alta que otra por la exigua paga, por la insuficiencia de plantillas, por la escasez de recursos materiales para cumplir con eficacia sus cometidos. Nuestros militares constituyen en la actualidad un colectivo humano reducido pero ejemplar. Pocas veces en el último siglo ha existido tanta unidad de criterio y tan elevado como en la actualidad. Este no es un Ejército ideologizado, pero vive consagrado al amor a España y a la razón de ser que le define nuestra Constitución en el Artículo 8.1.: “Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional.” Por esto nuestros soldados saben cumplir con la máxima entrega cualquier misión, dentro o fuera de España, que le encomiende el Gobierno constitucional. Su sacrificio es rutina diaria. Conocen los riesgos pero el fin les compensa infinitamente. Aman la vida y la paz porque están educados para el horror de la guerra con sus secuelas de muerte y destrucción. En definitiva, han alimentado su profesión de ideales nobles y altruistas. Por lo que el mejor homenaje que se puede ofrecer al soldado muerto en cumplimiento del deber, además de las protocolarias medallas y actos conmemorativos, es el reconocimiento diario a la labor de sus compañeros en activo, así como el respeto y la consideración debida de toda la clase política que, vigilante, deberá esforzarse en dotar a nuestras Fuerzas Armadas del afecto y los medios adecuados para que optimicen su trabajo.

Publicado por torresgalera @ 21:33  | Pol?tica
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Lunes, 08 de agosto de 2005
Corría el mes de octubre de 1837, cuando las negociaciones secretas, mantenidas por negociadores de confianza (dudosa), llevaron al aspirante al trono de España, el infante Carlos María Isidro -hermano de Fernando VII- a acudir a la capital del reino con su séquito y sus ejércitos para culminar los términos del acuerdo pactado con la rama borbónica que apoyaba la legitimidad dinástica de la pequeña Isabel II. Durante tres largos años los españoles se habían batido en una cruel y despiadada guerra civil a cuenta de la cuestión sucesoria. Ironías de la historia, la reina viuda María Cristina cambió el curso de los acontecimientos tras la muerte de su esposo, defensor a ultranza del Antiguo Régimen, y buscó el respaldo político de los liberales para defender con uñas y dientes la vigencia de la Pragmática Sanción, aprobada por Fernando VII antes de morir a favor de su primogénita Isabel. Por su parte, el infante Carlos, que idolatraba a su amantísimo hermano mayor, sintióse obligado a denunciar la Pragmática haciendo valer su legitimidad, consagrada en la tradición de la Ley Sálica. Con lo cual, desde incluso antes de la muerte del monarca, el absolutismo se puso al servicio incondicional del infante Don Carlos, dándose lugar tras el óbito a una crudelísima guerra fraticida que ensangrentó la mayor parte de las tierras de España.

Pues bien, como decía, al cabo de tres años de luchas, parecía que el enfrentamiento estaba a punto de concluir felizmente, gracias al buen hacer de los negociadores respectivos y a la buena disposición de las ramas borbónicas enfrentadas. Una vez en Madrid, la reina madre María Cristina y el infante Don Carlos resolverían el último lazo del pacto y harían público los términos del mismo. Pero ¡hete aquí! que cuando el cortejo del aspirante absolutista se hallaba en la localidad de Arganda, a una jornada de entrar en la Villa y Corte por la puerta de Atocha, un correo venido de palacio anunció al muy cristiano y menguado infante que de lo pactado nada de nada, que no había negocio, que el único acuerdo que aceptaba la reina madre y el gobierno que la apoyaba era la entrega incondicional de las armas, y que nada impediría que la princesita Isabel reinara por derecho propio. Ni que decir tiene que la decepción del pretendiente fue extrema, por lo que resolvió levantar el campamento y regresar inmediatamente a sus acerbas fortalezas de las montañas navarras. No quiso el infante presentar batalla a los isabelinos, ni éstos cortar la retirada a los absolutistas. De modo que la guerra civil todavía tendría que producir algunos miles de muertos más.

Como se puede comprobar, este no es más que otro ejemplo de los muchos que abundan en la historia de España, en el que los intereses políticos de unas facciones y otras terminan por imponer un duro castigo y sacrificio a la mayor parte del pueblo llano. Son luchas por el poder que libran los pretendientes de los distintos linajes, pero que en muchos casos exceden los cauces decorosos y civilizados del diálogo o del debate, y que una vez excitadas las voluntades clientelares terminan por arrastrar a la contienda a las masas ingenuas e indefensas, causando en estas los mayores perjuicios.

Finalmente, siempre es España la víctima de la ineptitud de sus gobernantes. En la hora actual los aviesos nacionalistas, que hasta hace bien poco tenían casi todos los caminos cortados, llevan ahora la mejor parte. Se han deshecho de la fuerza que les imponía la razón de un espíritu constitucional basado en una convivencia solidaria entre iguales; se han congraciado taimadamente con un presidente de gobierno que juega con varias cartas, halagando por un lado su talante de diálogo y negociador y, por otro, a los próceres del socialismo periférico, y ofreciéndose para estabilizar la gobernación; se han agarrado al brazo fuerte de las instituciones autonómicas y del Estado central; han dado al Ejecutivo de ZP la ocasión de anular la obra legislativa de los populares. Han puesto freno a la ley de partidos, y pretenden convertir en papel mojado los actuales estatutos de autonomía, y este no es más que el primer paso para cambiar el modelo territorial que los españoles se dieron en 1978. ¿Qué sucederá después? Pues bien, puestos a hacer de profeta, no me es difícil aventurar que seguirá funcionando la máquina de las reivindicaciones; que no habrá revoluciones temibles, porque la ciudadanía no está para aventuras insensatas, y ya no se la engaña con discursos efectistas y mentiras embaucadoras; que es posible que tengamos debates agrios, amenazas, amagos y hasta disturbios callejeros. Todo ello carecerá de grandeza, pues no hay en el panorama elementos para ello, y menos líderes que abriguen grandeza de ideas y de corazón. Todo se reduce a ambición de poder, aunque sean pequeñas nuevas parcelas de poder, y a que los triunfadores imiten a los vencidos en sus desaciertos y mezquindades.

Soberanía popular y Estado de Derecho

No obstante, creo que en España existen muchos y muy buenos patriotas que no dudarán en oponerse por todos los medios que nuestro Estado de Derecho nos dispensa. Algunos, bastantes, ya lo están haciendo a diario presentando batalla por medio de la palabra y los argumentos. Otros, estoy seguro, no tardaran en levantar su voz para abrirse paso a la cordura y sensatez, aún a costa de discrepar abiertamente con los suyos. Nuestro sistema político a ojos vista parece débil y quebradizo, pero es tan solo una falsa ilusión. Nunca los españoles hemos acrecentado mayor grado de coincidencias como las que compartimos desde la Transición. Es cierto que los embelecos y cantos de sirena de la España disidente tienen una amplia resonancia mediática; también es cierto que todavía perduran demasiados prejuicios históricos y morales; pero llegados a la hora de las graves decisiones, una inmensa mayoría no desconfiará de su prójimo, sea éste del color que sea, y arrimará el hombro para defender a nuestra Nación de los envites rupturistas y disgregadores.

Como en la historia al principio reseñada, el secretismo negociador que anima a los dirigentes socialistas y nacionalistas está en plena efervescencia. Unos y otros están inflamados por la ilusión de las bondadosas ventajas que obtendrán si no cejan en el empeño. Pero no quieren darse cuenta de que todos no pueden ganar: la nación española no puede sobrevivir a una federación de naciones, sencillamente porque en ese momento dejaría de existir España. Alguien con verdadera ascendencia sobre ellos tendría que decírselo, tanto a los aspirantes como a los que negocian por delegación. Es más que probable que termine por ocurrir lo de Arganda, que un mensajero entregue a unos u otros un ultimátum irrevocable. Los actuales demandadores de imaginaros reinos perdidos tienen los días contados; cada vez está más cerca el desenlace final, y son unos insensatos si creen que nadie se atreverá a impedírselo. Por mucho que los distintos pretendientes al trono (a los varios tronos) se esfuercen por acordar un nuevo orden hispánico, millones de españoles no están dispuestos a consentir que se desbarate su casa común para sustituirla por una federación de naciones.

En aquel tiempo de la primera guerra carlista la ominosa negociación tuvo lugar por la debilidad institucional del gobierno liberal, originada por las rivalidades de los progresistas, que puso en un brete la causa isabelina. Pero, al fin, la emergencia de un brazo firme y con prestigio, como fuera el del héroe de Luchana, Baldomero Espartero, terminó por imponer el espíritu de moderación y mesura que abrió el camino a la victoria contra la facción absolutista. Aquí y ahora lo que está en juego no es ninguna rivalidad de pretendientes al Trono, sino la integridad misma de España, ¡ahí es nada! Por fortuna, la soberanía popular es la que tiene la última palabra, y desde el Jefe del Estado, pasando por las demás instituciones del Estado, hasta los representantes de los ciudadanos no les queda más remedio que guardar y hacer guardar la Constitución y el cómputo de leyes derivadas de la Carta Magna. Las negociaciones subrepticias pueden ser la tumba política para los falsos pretendientes y para los falsos negociadores.

Publicado por torresgalera @ 19:35  | Pol?tica
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Jueves, 04 de agosto de 2005
He aquí dos caras del socialismo español. Se trata de dos personajes relevantes: uno, el de una ministra del Gobierno que preside José Luis Rodríguez Zapatero; la otra, una ex ministra del ex presidente Felipe González. La primera se llama Carmen Calvo Poyato, y es la titular de la cartera de Cultura; la segunda se llama Cristina Alberdi Alonso, y dirigió el departamento de Asuntos Sociales. La cordobesa de Cabra vive fascinada y abducida por el fenómeno ZP; la sevillana de Los Rosales habita en la cámara interior de su conciencia. La egabrense se congratula a diario por haberse conocido; la andaluza criada en el foro reivindica cada día su soledad en libertad.

Carmen Calvo, la responsable política de la cultura española, haciendo gala de su portento intelectual, ha cogido el hilo de la cometa de su jefe y ha ratificado aquello que en su día dijera, de que da lo mismo “nación” que “nacionalidad”; que ambos términos son confusos; que el término “nación” es un comodín que lo mismo vale para definir un roto que un descosido; que lo verdaderamente importante es que España es un Estado, y que dentro de un Estado no puede haber otros estados. Así que ya lo saben, qué más da que en España haya cinco o seis naciones. La Calvo Poyato de la cosa cultural “pitxi y dixit” que no vale la pena discutir sobre esto, y que, por tanto, catalanes, vascos, gallegos, leoneses y murcianos se llamen como quieran. Ahí la tienen: Calvo Poyato-Poyato Calvo, que lo mismo da que da lo mismo -oráculo infalible de nuestra cultura, proceloso caudal de conocimientos, protervo legado de sabiduría-, ha zanjado con su preclara y oportuna intervención un farragoso debate que a punto ha estado de hacer naufragar la convivencia de las naciones todas, países, pueblos, razas, etnias y demás colectivos semovientes que pueblan las extensas tierras de la España peninsular, de la insular y de la norteafricana.

En cambio, en el otro lado de la moneda del progreso nos encontramos con Cristina Alberdi Alonso, experimentada luchadora por los derechos de la mujer y con un amplio currículo de ex (ex vocal del Consejo General del Poder Judicial, ex diputada en Cortes, ex miembro de la Ejecutiva del PSOE, ex secretaria general de la FMS, ex ministra y no sé cuantas cosas más). Y todo ese memorial para terminar tirando el carné del PSOE al cubo de la basura. ¿Y cuál fue la razón de tan grave decisión? Sencillamente decirle en su cara al jefe máximo del socialismo español, léase José Luis Rodríguez Zapatero, que aprobar aquel pacto entre PSE y ERC para formar gobierno en Cataluña era una estafa política. Pero la cosa no quedó ahí. La ingenua Alberdi le recriminó reiteradamente la peligrosa deriva a la que ZP estaba llevando a España; y esto era todavía en tiempos de oposición. Claro, con este desparpajo suicida a la letrada Alberdi le abrieron en Ferraz un sumario de padre y muy señor mío. Total, que antes de que el auto de fe se llevara a cabo en la Plaza Mayor madrileña, la acusada de felonía, traición y aburguesamiento reaccionario deshizo el carné en tiritas muy finas y, uniéndolas por los extremos, se descolgó por ellas hasta alcanzar la calle, es decir la libertad. Desde entonces la pobre Cristina Alberdi Alonso va por la vida como sonada, gritando a los cuatro vientos que lo que se está haciendo con el Estatuto de Cataluña le pone los pelos de punta; que ZP es un mentiroso porque se comprometió con su cargo a acatar la Constitución y no lo está haciendo; que ZP está haciendo dejación de funciones, que está pactando con ETA y que el Gobierno miente. En fin, que mucho me temo que Cristina tiene los días contados. En cualquier momento, cuando vaya tan tranquila por la calle hablando sola, aparecen de sopetón cuatro bigardos, la introducen en un coche y la encierran en un frenopático. Pobrecilla, que mal está Cristina.

Como pueden comprobar mis queridos lectores, toda moneda tiene dos caras: una es la buena, la de Carmen Calvo Poyato. Mujer sensata, moderna, progresista, comprometida con la verdad, independiente y luchadora infatigable; la otra cara es la cruz, la mala, Cristina Alberdi Alonso. Mujer voluptuosa, anticuada, carca, con afán de protagonismo, sin personalidad, voluble... y, además, Cristina Alberdi es una vendida, pues no ha tardado en ponerse al servicio del enemigo asesorando a Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, en la política contra la violencia de género.

Estas dos mujeres, andaluzas y licenciadas en Derecho ambas, separadas por doce años de edad; la sevillana educada en las ursulinas y la cordobesa rockera impenitente; la mayor anclada en el espíritu de la Constitución y la menor ferviente defensora del diálogo con todos los colegas; la ex todavía en el feminismo reivindicativo y la titular en el feminismo excluyente; la periclitada sólo habla de lo que sabe y la vedette no sabe de lo que habla; la una sigue creyendo en el progreso social y la otra progresa socialmente en lo que cree. En definitiva, dos mujeres ejemplares o, quizás convendría decir mejor, dos ejemplos de mujer. Quién sabe, la Historia juzgará.

Publicado por torresgalera @ 7:30  | Pol?tica
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Lunes, 01 de agosto de 2005
Como dijera el caballero de la triste figura a su muy leal Sancho: "Ladran, luego cabalgamos". Así parece que nuestros próceres nacionalistas se toman los asuntos de la gobernación. Unos y otros, vascos y catalanes, viven inmersos en un furibundo ejercicio de propuestas y de enunciados que no hacen más que calentar el ambiente para que el espectáculo de la política no pierda un ápice su interés.

Por un lado, el presidente del PNV, Josu Jon Imaz, acaba de presentar en sociedad y sin tapujos el gran objetivo de su misión en la tierra: que su formación política asuma el liderazgo para construir la nación vasca; una nación vasca que englobe a «Hegoalde» e «Iparralde», esto es, Euskadi, Navarra y el País Vasco francés, frente a «la unidad territorial impuesta». Imaz ha realizado esta revelación en el acto conmemorativo del CX aniversario del PNV, y su apuesta se propone alcanzar la soberanía compartida «con España, Francia y Europa, sin sometimientos e imposiciones».

Lo cierto es que tanto la música como la letra nos son hartas conocidas. Nada o casi nada nos sorprende ya de los dirigentes del PNV, y menos que a estas alturas sus discursos coincidan de plano con los de Batasuna. Siempre se ha dicho que los cachorros del radicalismo separatista vasco son hijos descarriados del sabinismo peneuvista. Cuarenta y tantos años después de abandonar la casa del padre, el reencuentro programático se ha producido en el parque y no en el salón de la casa. Pero así son las cosas.

Entretanto, los dirigentes socialistas del PSE abordan de nuevo, en un circunloquio sin fin, otra maniobra con las tropas de Imaz y de Otegui. Las conversaciones no son secretas sino discretas, como dijera en su día el inefable ZP. Y ello ocurre mientras el maridaje de conveniencia entre el socialismo institucional catalán y el independentismo irredento de ERC se encuentra en sus horas más bajas y amargas.

No importa. Algo tendrá necesariamente que suceder en las próximas semanas para que el espectáculo de la
reentré política al comienzo del otoño no defraude a propios y extraños. Los agoreros que piensen que la razón y la cordura recuperarán sus fueros están listos. Nadie en este circo de orates está dispuesto a defraudar a sus incondicionales. Octubre es un buen mes para un comienzo de temporada esplendorosa. El espectáculo se simultaneará en varias pistas. Los números más novedosos se están ensayando estos días, pero seguro que habrá otras sorpresas.

Los muchachos de ERC son los más ingeniosos hasta el presente. Hace unas semanas les adelanté el numerito que se han sacado de la manga al solicitar del Congreso de los Diputados un acto de contrición por los crímenes de guerra cometidos por el ejército español en Marruecos en los tiempos de Abd el Krim. Ahora, esta misma formación independentista catalana ha insistido en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo con una nueva proposición no de ley. Los pretorianos de la camisa negra quieren reconvertir la Jefatura Superior de Policía de Barcelona en un «centro memorial de la represión franquista», y para ello han solicitado que la Generalitat ceda la documentación de la VI Brigada Regional de Información Social.

El inconmensurable diputado Joan Tardá, locoide trapisondista, ha realizado todo un alegato a favor de esta iniciativa, al recordar que la sede policial de Vía Layetana fue un centro de detención en el que durante toda la dictadura de Franco se practicó la tortura y «se fabricaron las pruebas que llevaron al patíbulo a ciudadanos y ciudadanas inocentes en puridad jurídica». Tardá, el defensor de la memoria de los rifeños vapuleados por Franco y Millán Astray, confía en el respaldo del grupo socialista del Congreso, ya que el propio «Zapatero se comprometió, a instancias de ERC, a que la recuperación de la lucha antifranquista fuera una prioridad de esta legislatura». Como pueden ver, el espectáculo está servido.

Publicado por torresgalera @ 12:43  | Pol?tica
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