S?bado, 25 de febrero de 2006
ImagenLlena de perplejidad y espanto comprobar como se ha podido fraguar en el Congreso de los Diputados una iniquidad como la ocurrida este jueves con la aprobaci?n de una declaraci?n institucional sobre el 23-F. La C?mara Baja aprob? un breve texto de cuatro p?rrafos en el que se minimiza el protagonismo del rey Juan Carlos en el fracaso del golpe de estado.

Y como vivimos en una perentoriedad pol?tica verdaderamente clamorosa, todo el mundo ha terminado claudicando ante una indigna pretensi?n. Esquerra Republicana y Eusko Alkartasuna no s?lo se negaron a suscribir el borrador que les entreg? el presidente del Congreso, Manuel Mar?n, sino que lograron imponer a todo el Parlamento un texto que proclama la equiparaci?n del papel relevante del rey con el de partidos pol?ticos, sindicatos, medios de comunicaci?n e instituciones gubernamentales, auton?micas y municipales. Pero lo m?s bochornoso de esta ignominiosa comedia fue que, ante la necesidad de alcanzar la unanimidad -imprescindible para sacar adelante este tipo de iniciativas- PSOE y PP tragaron con la falacia de los independentistas catalanes y los nacionalistas vascos.

Aquella fat?dica intentona la viv? desde el primer momento pegado al tel?fono, hablando (por aquel entonces ocupaba un puesto de cierta responsabilidad en el Ministerio de Cultura) con numerosos altos cargos de la Administraci?n y con compa?eros periodistas. Fui a la Carrera de San Jer?nimo alrededor de la nueve de la noche, donde permanec? (salvo un par de horas) hasta que los secuestrados y secuestradores abandonaron el Congreso a la ma?ana siguiente. En la ?noche de los transistores? viv? de cerca -all? mismo- la vor?gine negociadora que se entabl? desde el hotel Palace y el Congreso. Por todo esto me hiere profundamente que 25 a?os despu?s estos ?progres? de ERC, EA e IU-IC vengan a imponernos su ?verdad? sobre lo que ocurri? en Madrid y en el resto de Espa?a.

Del papel relevante que ahora dicen que jugaron aquella noche del 23-F los partidos pol?ticos, los sindicatos y las instituciones auton?micas y municipales, hay que decir bien alto y claro que fue cero patatero. Sus ausencias fueron abrumadoras. Aquella noche en las sedes de los partidos y de los sindicatos no qued? ni el gato. Sus dirigentes se esfumaron como por ensalmo. En el Pa?s Vasco algunos preclaros nacionalistas tuvieron que ser socorridos, en su hu?da a Francia, por los guardacostas de la Marina espa?ola porque sus improvisadas naves zozobraban en aguas del Cant?brico. En la atemorizada Valencia, invadida por los tanques de Mil?n del Bosch, ni un paisano se ech? a la calle a protestar. En cambio mucha gente se apresur? a quemar papeles y documentos que les pudieran comprometer. Nadie, absolutamente nadie, movi? un dedo para enfrentarse a los golpistas. S?lo el ?gabinete de crisis? organizado por los subsecretarios ministeriales y la Casa Real vivieron en vigilia aquella noche urdiendo la manera de abortar el golpe militar: hasta que lo consiguieron. Y al frente de todos, el Rey, que como Jefe del Estado y como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas desactiv? a los golpistas y se dirigi? a la Naci?n confirmando su compromiso con los valores de la democracia y con la Espa?a constitucional.

Esta es la ?nica verdad. Y querer disfrazar ahora la realidad de aquellos hechos, dando protagonismo a quienes no lo tuvieron y escatim?ndosele a quien fue el aut?ntico art?fice de la desactivaci?n de la intentona golpista, no es m?s que una patra?a grotesca. Por eso me parece deplorable que el Pleno de la soberan?a popular mancille la Historia, agreda a la memoria viva de muchos millones de espa?oles y a nuestra propia dignidad. Si por vesania de unos y por debilidad moral de otros nuestros pol?ticos echan una losa sobre una p?gina hist?rica, y la sustituyen por un panfleto demag?gico, qu? se puede esperar de unos y otros cuando se trate de afrontar los acontecimientos del franquismo, la Guerra Civil o la II Rep?blica (lo anterior ya no interesan a nadie).

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Martes, 21 de febrero de 2006
ImagenObjetivamente, los espa?oles estamos gobernados por un incapacitado para la b?squeda y la defensa del bien com?n. Rodr?guez Zapatero demuestra, a marchas forzadas, unas limitaciones ?ticas y morales que van m?s all? de lo asumible por el conjunto de la Naci?n. Su sesgo ideol?gico es fruto de un rencor pedestre, patol?gico, muy humano, pero incompatible con el perfil que la sociedad de nuestro tiempo exige de un l?der pol?tico. Bajo la apariencia de una aseada moderaci?n, de unas formas amables y respetuosas, el presidente del Gobierno trabaja ?nica y exclusivamente en pos de un proyecto incendiario y devastador.

Las evidencias de tanta iniquidad se suceden unas tras otras como los d?as a las noches. Uno de los ?ltimos ejemplos lo hemos conocido de boca del portavoz de ERC en el Congreso de los Diputados. Joan Puigcerc?s ha afirmado que el pasado domingo fue llamado por tel?fono, "por la ma?ana y por la tarde", por el presidente del Gobierno. Seg?n el diputado independentista catal?n, Zapatero le manifest? su sorpresa por el "civismo" de la manifestaci?n del s?bado en Barcelona, en favor del derecho a la autodeterminaci?n. En palabras del republicano, el presidente le lleg? a preguntar que "?C?mo se puede reconducir todo esto?", a lo que Puigcerc?s le respondi? que "esto no se reconduce, que es un clamor muy claro de una parte significativa de la ciudadan?a de Catalu?a ...." Rodr?guez Zapatero no tiene el menor reparo en recular hacia el aliado al que ha traicionado a favor de CiU, en la fase final del acuerdo sobre el estatuto de Catalu?a.

A esta rectificaci?n o enmienda a su comportamiento, Rodr?guez Zapatero ha a?adido a su haber personal otro agravio incalificable. Ello es al menos lo que se desprende de la incre?ble respuesta que al parecer le dio el presidente, en el Palacio de La Moncloa, a la madre de la Irene Villa, v?ctima del terrorismo, cuando Zapatero le puntualiz? que ?l sab?a muy bien lo que significaba el dolor de las v?ctimas porque a su abuelo lo fusilaron en la Guerra Civil.

Otra muestra de iniquidad, esta de ultim?sima hora, nos lo ha puesto en evidencia el coordinador general de Izquierda Unida. Gaspar Llamazares ha salido satisfecho de la entrevista que ha mantenido con el presidente Zapatero sobre las expectativas de la negociaci?n con ETA. Llamazares, que m?s que un l?der pol?tico nacional parece un delegado de Ezquerra Batua y de Iniciativa per Catalunya, ha declarado que el presidente le ha dado suficientes datos como para creer en las posibilidades de dicha negociaci?n con la banda terrorista. Ah? lo tienen ustedes, nunca tanto honor le cupo a tan menguado dirigente: nada menos que ser el primer interlocutor pol?tico del presidente que ha tenido el privilegio de conocer algunos datos de la secreta negociaci?n que el Gobierno est? realizando.

No es de extra?ar que el dirigente de la ilegalizada Batasuna, Pernando Barrena, haya asegurado que "nadie se puede creer que habr? presos en 2010 ? 2020 si hay un proceso de paz", y en ese caso, "todo el mundo sabe" que los reclusos "volver?n a casa en un plazo razonable". Pron?stico ?ste que se da de bruces con la decisi?n del Tribunal Supremo de hacer cumplir al asesino Henri Parot una condena completa de 30 a?os.

Panorama desalentador. Cualquier cosa es valida para el presidente Rodr?guez Zapatero con tal de mantener contentos a nacionalistas, independentistas, federalistas y al entorno ilegalizado de ETA. Persiste en su proyecto de reinventar la Historia, de cambiar el r?gimen y el modelo de Estado. Sus enemigos ideol?gicos los ha personalizado en todo lo que representa el Partido Popular: nada menos que media Espa?a; y de la otra media, la mayor?a vive anestesiada. Zapatero no tiene remedio, ha pasado de ser la soluci?n a convertirse en el problema.

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S?bado, 18 de febrero de 2006
ImagenEl conflicto que enfrent? durante todo el siglo XIX y buena parte del XX a la sociedad espa?ola gir? en torno a dos visiones contrapuestas de entender la organizaci?n del Estado. Una era partidaria de mantener vigente a toda costa la secular concepci?n del poder como atributo exclusivo de la Corona, por delegaci?n divina, y, por tanto, bajo la incondicional tutela de la Iglesia cat?lica; era partidaria de perpetuar el Antiguo R?gimen, el estamental y el de los privilegios. La otra, alentada por el pensamiento ilustrado, daba por superada la etapa anterior y situaba la soberan?a en el individuo que, libremente, deb?a decidir su destino mediante el albedr?o de formas primigenias de organizaci?n social; se sent?a arrebatada por la idea de libertad.

La tr?gica dial?ctica hist?rica entre absolutismo y liberalismo se decant?, a partir de la cuarta d?cada del XIX, del lado liberal; aunque nunca desapareci? del todo la tentaci?n absolutista (v?anse los pronunciamientos del carlismo en las d?cadas siguientes). No obstante, el triunfo liberal no fue un camino de rosas. Desde los tiempos de la primera guerra carlista el liberalismo manifest? en su seno profundas divergencias, que pronto llegaron a ser antag?nicas.

A finales de los 50, el general Leopoldo O'Donnell realiz? un gran esfuerzo de pragmatismo al aglutinar en una sola opci?n pol?tica los sectores m?s templados del moderantismo y del liberalismo, creando la Uni?n Liberal. Este partido, el primero propiamente dicho que hubo en Espa?a, alcanz? el poder en 1859 y gobern? sin interrupci?n hasta 1863. En todo lo que corr?a de siglo Espa?a no hab?a vivido un periodo tan grande de estabilidad pol?tica y de progreso econ?mico.

Mas como las cosas terrenales no pueden durar eternamente, y menos en aquellos tiempos tan cambiantes, la paz interior termin? sucumbiendo ante el hostigamiento del recalcitrante moderantismo y del impetuoso liberalismo, acuciado este por el naciente democratismo y republicanismo. Y como redentor de Espa?a ante la vesania reaccionaria que se hab?a instalado en el poder, surgi? un iluminado: el general Juan Prim, el h?roe de los Castillejos. El conde de Reus y vizconde del Bruch se impuso el papel de estandarte del progreso y se lanz? con determinaci?n a la tarea de traer un nuevo r?gimen a Espa?a.

Como hombre y militar de su tiempo, Prim no dud? en instalarse en la aventura insurreccional para devolver lo que ?l pensaba que era el honor y la dignidad a la patria, y durante dos largos a?os acech? a la presa del poder. Ah?to de paciencia, el marqu?s de los Castillejos soport? con estoicismo los fracasos y el exilio. Pero su contumaz perseverancia termin? dando sus frutos, y el 17 de septiembre de 1868 se produjo en C?diz ?La Gloriosa?, el triunfal pronunciamiento que terminar?a con el exilio de la reina Isabel II y con el gobierno en manos de Prim.

Aquel par?ntesis revolucionario que se abri? en la Historia de Espa?a se inaugur? con nuevos modos de dial?ctica pol?tica: el pistolerismo terrorista, que acabar?a con el asesinato del propio Prim, a la saz?n presidente del Consejo de Gobierno. La inconsecuencia de unos y otros dio lugar en apenas seis a?os a especular con todas las f?rmulas posibles del Estado: Regencia, Monarqu?a y Rep?blica (esta ?ltima en sus variantes de federalismo vertical y horizontal). El experimento termin? en un clamoroso fiasco.

Esta triste y lamentable desventura hist?rica fue el resultado de la fantasiosa puerilidad de unas clases dirigentes m?s preocupadas en mirarse el ombligo que en comprometerse en una verdadera tarea modernizadora de Espa?a. Demasiadas contradicciones, desconfianzas, rencores y odios puestos en la misma olla. De aquel caos termin? benefici?ndose la burgues?a moderada que reinstaur? la monarqu?a en la persona de Alfonso XII, hijo de Isabel II, con la consiguiente aclamaci?n del pueblo espa?ol.

La incapacidad de aquellos ilusos dirigentes para solucionar los problemas end?micos de la poblaci?n, y su facilidad para crear otros nuevos, como poner en riesgo la unidad nacional, produjo una gran ocasi?n perdida. La Restauraci?n supuso una segunda oportunidad, que si bien fue v?lida hasta comienzos del nuevo siglo, se vio superada por su propio agotamiento. Despu?s sobrevino otro nuevo periodo autoritario con el general Primo de Rivera, para concluir en otro de esperanza, malgastado y tirado por la borda.

Aqu? y ahora, en la Espa?a de 2006, ya no se debate entre absolutismo y liberalismo sino entre la idea de una Espa?a confederal e intervencionista y una Espa?a liberal y de progreso. Buena parte de la actual clase pol?tica se ha convencido de que los ?tiempos? de la Uni?n Liberal o de la Restauraci?n -versus Transici?n- han llegado a su fin. Y persuadidos de la necesidad de una transformaci?n radical, m?s por ambici?n ciega de poder que por evidencia sustantiva de la ineficacia del actual sistema, nos han embarcado a los espa?oles en un peligroso viaje. Los m?s pesimistas est?n viendo ya el abismo; otra parte sustancial de la sociedad se muestra incr?dula porque cree que da lo mismo una cosa que la otra; y los entusiastas de la Espa?a de Zapatero se ven ya en la Arcadia feliz.

Desde mi rinc?n de observador medito sobre aquellas experiencias del pasado. En ambos casos el titular de la Corona sali? corriendo para evitar el derramamiento de sangre, y en ninguno lo consigui?. En el primero hubo una segunda oportunidad m?s que razonable, en cambio en el segundo el remedio fue peor que la enfermedad. Y yo, sinceramente me pregunto: ?Habr? ocasi?n esta vez para remediar esta tercera desventura?

Publicado por torresgalera @ 13:59  | Pol?tica
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Mi?rcoles, 15 de febrero de 2006
La voz de la justiciaDejó escrito Aristóteles que “No es la forma de gobierno lo que constituye la felicidad de una nación, sino las virtudes de los jefes y de los magistrados.” El gran filósofo tracio dedicó buena parte de su existencia en reflexionar sobre el arte de gobernar. Entendía este ejercicio supremo desde la virtud, cualidad indispensable para alcanzar la felicidad, fin último al que debe aspirar todo ser humano. En este sentido, Aristóteles llegó a afirmar que “Un estado es gobernado mejor por un hombre bueno que por unas buenas leyes”, abundando en la idea de que todo gobernante debe instalarse en la prudencia, virtud que adquiere el hombre que ha elegido correctamente el “justo medio”.

Siguiendo con el pensamiento del maestro de Alejandro Magno, la felicidad está en la virtud, es decir, en la perfección de la función propia del hombre, que es la razón. Aristóteles diferenciaba la parte irracional del hombre y dividía las virtudes en dos clases: virtudes dianoéticas
(las propias de la razón) y virtudes éticas (las de la razón aplicada a los apetitos sensibles). En la cima de la virtud ética situaba a la justicia como virtud suprema.

Por eso llama poderosamente la atención que después de más de 2.300 años desde que aquel filósofo, alumno de la Academia ateniense que fundara Platón, y fundador él mismo, treinta años más tarde, del Liceo en la ciudad del Partenón, a estas alturas se les llene a tantos políticos la boca de democracia, justicia y legalidad, confundiéndolo todo y tratando de confundir a todos. Parece mentira que hayamos avanzado tan poco después de tanto como ha padecido la humanidad desde los tiempos de Filipo de Macedonia.

De sobra es sabido que las leyes no son justas porque las apruebe una mayoría de legisladores, incluso si estos son representantes directos de mayorías electoras. No, las leyes para ser justas deben asentarse en principios éticos y morales que sacralicen simultáneamente el bien del individuo y el bien de la colectividad: lo que es bueno para uno es bueno para todos, y lo que es bueno para todos es bueno para uno. Si no se cumple alguno de los requisitos, la ley no es justa, aunque sea legal.

Es cierto que a día de hoy la Historia del Derecho ha devenido en una compleja ciencia donde el ius natural, el ius positivo, el ius
cosuetudinario, la costumbre y otros muchos elementos culturales, filosóficos y hasta de orden científico, han culminado en un legado de jurisprudencia verdaderamente asombroso. No obstante, la artificiosidad amenaza en demasiadas ocasiones la enorme riqueza que aporta el Derecho a nuestra sociedad. Y si la democracia es un sistema político que define a todos los individuos como libres y soberanos, a la vez que les otorga los mismos derechos y las mismas obligaciones, ningún acto jurídico, por muy legal que parezca, puede contravenir esos principios fundamentales.

Ahí está la clave de la virtud ética: en que los buenos gobernantes y los buenos magistrados no se sirven de atajos para ganarse los favores de una parte de los gobernados en detrimento del resto; en que se tiene claro que el poder debe pasar de unas manos a otras y no debe acapararse para usufructo de unos cuantos; en que el ejercicio del poder no legitima porque sí los actos jurídicos injustos, por muy legales que estos sean; y en que la rivalidad entre los postulantes a las altas magistraturas de una nación debe tener como única guía la aspiración al bien común y no a la supremacía de una oligarquía sobre otras.

Todo esto viene al caso de los muchos ejemplos que en nuestros días estamos viviendo en España. Se está utilizando en exceso la coartada legal para legislar leyes injustas. Sus posteriores aplicaciones generarán inevitablemente agravios en los ciudadanos porque con su entrada en vigor se habrá quebrado el principio inalienable de igualdad. A partir de entonces cualquier cosa podrá esperarse, y cuyas consecuencias nos condenarán a todos.

Al punto de este análisis me viene a la memoria una magnífica película del director Stanley Kramer, titulada "Judgement at Nuremberg" (en España se la tituló ¿Vencedores o vencidos?). El film narra el juicio llevado a cabo, en 1948, en la ciudad alemana de Nuremberg, contra cuatro jueces que prestaron sus servicios durante el régimen nazi, y que con sus sentencias y resoluciones coadyuvaron al exterminio. En aquel proceso destacó el soberbio alegato del juez y ex ministro de Justicia del Tercer Reich, Ernst Janning (Burt Lancaster) para justificar su responsabilidad: los jueces no promulgan las leyes, sólo las hacen cumplir; no eran culpables, por tanto, de la aplicación de las leyes que contribuyeron al exterminio; si se hubieran negado a aplicar tales normas hubieran sido traidores a su patria; eran fieles servidores de la ley, y se quedaron en sus puestos para evitar atrocidades mayores; obedecían órdenes, desconocían la magnitud de las masacres y nunca participaron en las mismas.

Cabe destacar que precisamente Janning fue un eminente jurisconsulto, que defendió la democracia y colaboró en la redacción de la Constitución de la República de Weimar. Sin embargo, terminó colaborando con el nazismo amparándose en la solvencia del positivismo jurídico. No obstante, Janning escucha impertérrito la brillante réplica del fiscal Edwar Lawson (Richard Widmarck) y, finalmente, del presidente del tribunal, el juez Dan Haywood (Spencer Tracy), sustentada en la supremacía ética del derecho natural sobre el positivo.

Tras el veredicto de condena a los jueces juzgados, la película muestra un último encuentro en la prisión entre el juez Haywood y el convicto Janning. Resignado y profundamente arrepentido, Ernst Janning exclama a su juzgador: "¡Jamás supuse que se fuese a llegar a esto!" A lo que contesta Haywood con calmosa rotundidad: "Se llegó a esto la primera vez que usted condenó a un hombre sabiendo que era inocente."

Vivimos tiempos en los que se conculca con suma facilidad la legalidad bajo el pretexto de legitimaciones de dudoso valor jurídico. En otros casos, en cambio, se alegan procedimientos impecables desde el punto de vista legal para asaltar la ley y vulnerar los principios del ordenamiento jurídico. Todo ello guiado por un concepto espurio del poder. Es una tragedia que los gobernantes ensalcen las bondades de la ley y de la justicia cuando estas les favorecen, y en cambio denuncien la ineficacia de las mismas o su parcialidad cuando los tribunales les deniegan la razón. Definitivamente la virtud está ausente de nuestros gobernantes y de nuestra democracia, por mucho que a esta se la dé apariencia de legalidad.

Publicado por torresgalera @ 14:03  | Pensamientos
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Mi?rcoles, 08 de febrero de 2006
El Islám"Europe is the cancer, islam is the answuer." (Europa es el cáncer, el islam es la respuesta.) Frase rotunda, perturbadora; se exhibía, junto a otras del mismo tenor, en pancartas que enarbolaban exaltados manifestantes musulmanes en una céntrica calle de Londres. Más que un síntoma parece una premonición. La Alianza de civilizaciones propugnada por el presidente José Luis Rodríguez Zapatero ha quedado reducida, ante la llamada crisis de las caricaturas, a un ingenuo brindis al sol. La realidad ha demostrado en pocos meses que lo que parecía una atrevida respuesta a los males de nuestro tiempo, no es sino la formulación de un sofisma oportunista.

No parece que sea una casualidad que las conflictivas caricaturas de Mahoma, publicadas en el periódico danés Jyllands Posten, hayan alcanzado la notoriedad cinco meses después de su publicación. ¿Por qué, entonces, es ahora cuando se convierte este asunto en cuestión de apasionada y furibunda confrontación? Los analistas coinciden en señalar que esta es la respuesta del régimen fundamentalista de Irán ante la presión que los gobiernos poderosos de Occidente están ejerciendo sobre el de Teherán para que aclare su opaca política nuclear. De ser cierto, el panorama no puede ser más sombrío y amenazador.

Desde luego en política, y menos tratándose de política internacional, las cosas nunca ocurren porque sí. Aunque algunos conflictos son antiguos, desde el final de la guerra fría las tensiones regionales se están fraguando en torno a otras derivadas. Al no existir las alternativas que ofrecía la política de bloques, toma cuerpo a marchas forzadas el islamismo político frente al modelo hegemónico del capitalismo democrático y liberal: es decir, frente al imperio de la economía de libre mercado, del lessair fair-lessair passair y de la globalización, el Islam está convencido de que se encuentra ante una gran oportunidad histórica.

El mundo islámico vive el presente como un preludio de trascendencia histórica. Ya no se trata de variantes integristas para entender y vivir la religión de Mahoma. La conciencia mesiánica y redentorista ha irrumpido con mayor o menor fortuna en todo el mundo musulmán. Por mucho que algunos regímenes políticos en países musulmanes hagan esfuerzos por atemperar los efluvios fundamentalistas, lo cierto es que hasta ahora han cosechado escasos resultados. El laicismo institucional se diluye en los pocos países que aún lo tiene, porque sus gobernantes han caído en la cuenta de que les produce más rentabilidad -al menos a corto plazo- mostrarse como agraviados ante Occidente que aparecer como insolidarios frente a sus hermanos de fe.

Cada vez está más claro que lo del enemigo norteamericano no ha sido más que un pretexto. Gracias al sionismo y a su incondicional protector el islamismo fundamentalista está vertebrando una conciencia propia, insospechada hace tan solo un par de décadas. Pero Europa también está estigmatizada. Y lo peor es que no sabemos cómo defendernos de esta amenaza. A base de desnudarnos de nuestros ropajes culturales, de desprendernos de nuestro acervo de valores y creencias, y de sumergirnos en un nihilismo estéril y descorazonador, la mala conciencia se ha adueñado de nuestra política y de nuestra alma.

Hace 800 años numerosas tribus turcas llegaron a Europa rodeando el Mar Caspio. Una vez asentadas en los Balcanes y el Asia Menor fueron cerrando la tenaza sobre el Bósforo: ya se habían asimilado al islam. Y tras una resistencia heroica, el 29 de mayo de 1453, Constantinopla caía rendida a las manos de Mahomet II el conquistador. Este hecho supuso el fin del imperio bizantino, el cual se había mantenido mil años. Constantino Paleólogo, último emperador, murió defendiendo las murallas de la ciudad. Lo primero que ordenó el nuevo sultán fue trasformar la catedral de Santa Sofía en mezquita.

La caída de Constantinopla (en adelante Estambul) causó enorme agitación en Occidente. Nada impidió que aquel vigoroso y fanatizado imperio continuara extendiéndose por Europa del Este y el Norte de África. Afortunadamente los Reyes Católicos expulsaron a los últimos vestigios de poder musulmán en España, lo que impidió a los turcos utilizar el reino nazarí como estribo en el que afianzar su pie para saltar a Europa desde el Oeste.

En cualquier caso, la expansión del imperio otomano no cesó, tanto por Oriente como por Occidente. Durante el sultanato de Solimán el magnifico sus ejércitos asediaron Viena en 1535; y en 1566 el propio Solimán encontraría la muerte durante el asalto a la ciudad húngara de Sigetz. Este hecho marcaría el cenit del esplendor otomano en Europa. No obstante, y a pesar de la importante victoria naval de la Liga cristiana sobre la otomana en Lepanto (1571), aún deberían pasar muchos años antes de que el espacio cristiano de Europa hiciera valer su hegemonía frente a la amenaza turca.

Pues bien, lo que a simple vista no son más que recuerdos de un pasado convulso y pletórico para ambas civilizaciones, para el mundo musulmán representa una de sus principales señas identitarias. Se trata de un legado histórico del que se sienten orgullosos, porque en él se recoge la epopeya de unos valerosos hombres que llevaron el mensaje del profeta Mahoma y su libro sagrado, El Corán, a las cimas más elevadas la Historia musulmana.

En cambio, el siglo XX ha sido uno de los periodos históricos más oscuros para el mundo islámico: los europeos liquidaron el imperio otomano, tutelaron los territorios liberados y definieron estados y fronteras a conveniencia, impusieron el Estado de Israel en el corazón de Palestina y gestionaron los recursos naturales para favorecer su crecimiento y bienestar. Como se puede ver, demasiados agravios como para ser olvidados. El dato favorable de esta centuria es que la religión de Mahoma se ha extendido por todo el mundo y ha crecido sustancialmente el número de sus fieles.

Ahora estamos en una fase avanzada de recuperación de la conciencia colectiva del Islam. De ello se encarga el integrísimo, toda vez que actúa como ariete que golpea las murallas de Occidente; murallas muy frágiles por estar minadas por la mala conciencia, el descreimiento y la pérdida de valores. Los europeos hemos perdido la perspectiva y nos hemos envanecido hasta el paroxismo. Y no hemos caído en la cuenta de que no serán ejércitos de muslimes bereberes, ni de aguerridos mamelucos o fieros turcos los que amenazarán nuestras fronteras. No; son las dispersas legiones de hambrientos inmigrantes de países musulmanes de África y Asia las que están preparando, sin proponérselo, el asalto final.

La tensión internacional abierta con la crisis de las caricaturas no es más que un ejercicio de propaganda, perfectamente diseñado por el fanatismo islámico. Estamos en plena fase de ideologización de su opinión pública. El objetivo es conseguir en el medio plazo la mayor cohesión entre los pueblos musulmanes. Mientras, se afianza la quinta columna fanatizada en Europa y se debilita la voluntad de los dirigentes sociales y políticos: entre otros, los primeros ministros de España y Turquía han condenado, de su puño y letra, el affaire
caricaturesco. Su debilidad, más tarde o más temprano, nos perderá a todos.

Centrar el debate de la actual crisis en torno a la libertad de expresión es un ejercicio de retórica esteril. Es el odio, el resentimiento y el desprecio hacia el modelo de vida occidental lo que informa el fondo de este enfrentamiento. Los dirigentes islámicos nos han tomado la medida y trabajan en un proyecto de erosión y derribo de nuestra civilización. Es una idea un tanto temeraria, pero tienen a Dios de su parte. Eso les convierte en contumaces e implacables.

Publicado por torresgalera @ 13:54  | Mundo
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