Viernes, 28 de abril de 2006
ImagenManuel Fernández Álvarez ha escrito en esta fecha una Tercera de ABC admirable. Con el título La República que yo viví, éste ilustre historiador ha descrito en pocas líneas la esencia de lo que fueron aquellos cinco años de experiencia republicana. Tiene el análisis del académico de la Historia una doble virtud: en primer lugar, se trata de una descripción sosegada, realizada por un testigo directo de aquel periodo y rebosante de la lucidez que dan los años. De otro lado, el artículo se sustenta en la solvencia de un profesional de la Historia, que -si bien su especialidad es la España imperial del siglo XVI- cuenta con un acreditado prestigio internacional.

Nadie pone en duda que cualquier esfuerzo que se haga por esclarecer un periodo histórico -y más si tuvo graves consecuencias para la sociedad de su tiempo y para el devenir-, es encomiable. Pero cosa bien distinta es empecinarse en falsear los hechos pretéritos, en un esfuerzo voluntarista por imponer una visión adulterada y ajena a la verdad. Esta actitud no sólo no conduce a nada bueno sino que contribuye a resucitar viejas querellas, enconos y odios, que, precisamente, fueron las razones de que la Segunda República malograra las ilusiones y esperanzas que albergó el día de su proclamación, en aquella memorable fecha del 14 de abril de 1936.

Es sintomático que todos los libros de memorias sobre la II República y la Guerra Civil, escritos por protagonistas significados de aquellos años -al margen de la parcialidad de sus testimonios-, destilen un fuerte pesimismo y, en cierto modo, importantes dosis de arrepentimiento. Desde las Memorias de Azaña o Indalecio Prieto, pasando por las de Gil-Robles o Portela Valladares, hasta las de Martínez Barrios o Negrín, la experiencia de aquella República dejó en todos sus protagonistas un profundo y amargo sentimiento de dolor y frustración.

Ahora acaba de publicarse Miserias de la guerra, obra inédita de Pío Baroja. Esta obra la presentó el autor a censura en 1951. Fueron tantas las tachaduras a las que fue sometido el manuscrito, que Baroja decidió guardarlo en un cajón. Cincuenta y cinco años después, su sobrino Pío Caro Baroja ha sacado a la luz esta descarnada narración -en forma de folletín costumbrista- sobre el Madrid de la República y los primeros meses de la guerra civil.

A nadie que conozca la obra y vida de Pío Baroja se le escapa que -tras un breve filtreo con las ideas libertarias en su primera juventud-, el autor de El árbol de la ciencia-, desencantado, pronto se instaló en la corriente liberal más alejada de cualquier forma de doctrinarismo. Desde entonces, Baroja sólo militó en el más escrupuloso independentismo, cosa que a medio y largo plazo le acarrearía la desconfianza de unos y otros. Las páginas de Miserias de la guerra rezuman un trágico pesimismo, propio de una personalidad independiente y escéptica, y que con enorme perspicacia supo reconocer inmediatamente la irrefrenable demagogia que la clase política de la época derramó sobre un pueblo hambriento y maltratado. Don Pío decidió no tomar parte en aquella hoguera de pasiones, y se convirtió en espectador doliente de aquel auto de fe, donde fue condenada la ilusión y la esperanza de millones de españoles.

E
stos dos nuevos e incuestionables testimonios de Fernández Álvarez y Baroja desacreditan las tesis defendidas por muchos historiadores actuales, alineados en la llamada corriente neoprogresista, y que viven instalados cómodamente en la poltrona que los cenáculos del poder universitario les ha provisto de forma vitalicia. Son estos seudo científicos de la Historia Contemporánea de España los que alimentan -a través de sus colaboraciones en la prensa adicta- el proyecto político del presidente Rodríguez Zapatero. Proyecto en el que destaca su programa de recuperación de la
«Memoria histórica