Viernes, 12 de mayo de 2006
John Kenneth Galbraith

Mi querido y respetado amigo Paco Martínez Sierra, profesor de Economía Aplicada en la Universidad de Granada, ha tenido el detalle de reseñar un breve y afectuoso recuerdo a la figura del afamado y prestigioso economista John Kenneth Galbraith, recién fallecido. Su comentario (en «clubdeperplejos.com», el blog de mi también querido amigo Pepe Molina), titulado Cincuenta y cinco, -La Vida, instrucciones de uso (49/0)- me ha dejado un tanto..., pues eso, perplejo.

Se refiere Paco Martínez a Galbraith en los siguientes términos:
«... ese lúcido economista liberal (en el sentido que los norteamericanos emplean el término) ... Pensar con libertad y con criterio es la reflexión que me sugirió la vida y obra de este personaje.»

Lamentándolo mucho, no puedo estar más en desacuerdo con el profesor Martínez Sierra. Es indudable que Galbraith destacó como un excelente comunicador, tanto en el trato personal y como conferenciante, como a la hora de exponer por escrito sus opiniones y teorías. Más de uno ha convenido en el magnífico novelista que hubiera sido John Kenneth (escribió alguna novela) si se hubiera inclinado abiertamente por la literatura.

Desde luego Galbraith escribió mucho (publicó 33 libros) y con gran éxito. Pero desgraciadamente -desde mi humilde opinión, claro está-, se equivocó en casi todas sus predicciones. Mi primer punto de desacuerdo con mi entrañable amigo Paco Martínez es en la calificación que hace de Galbraith como liberal, aún con el matiz que subraya. Rotundamente, no. El economista canadiense y profesor emérito de Harvard perteneció a esa corriente de economistas que lideró el austriaco-británico John Maynard Keynes: un liberalismo intervencionista que, como no puede ser de otra manera, es la forma eufemística con la que en ciertos círculos demócratas estadounidenses se encubrió el pensamiento socialdemócrata; se denominó a esta corriente «institucionalismo americano», cuyo ideario se caracterizó por el rechazo a la sociedad de consumo, la defensa de la intervención del Estado en la economía y la necesidad de humanizar el medio socioeconómico.

Para refutar algunas de la tesis del supuesto Galbraith liberal (en el sentido que los norteamericanos emplean el término) pondré algunos ejemplos. En su primer libro con verdadero éxito, Capitalismo americano (1952), Galbraith mantenía que las empresas familiares pequeñas estaban desapareciendo, aplastadas por el creciente poder económico de las grandes compañías, lo cual conduciría a la eliminación progresiva de la competencia. Felizmente, según el autor, los grandes sindicatos compensaban el excesivo poder de las corporaciones.

En realidad, lo que terminó ocurriendo fue que esos grandes sindicatos contribuyeron a la caída de varias grandes industrias. Actualmente los sindicatos norteamericanos dominan sólo en el sector público y, especialmente, en la educación, cuya calidad se ha deteriorado hasta niveles alarmantes.

Cualquier atento observador de la economía de Estados Unidos sabe de la importancia de las pequeñas empresas, las cuales aportan alrededor del 52 por ciento de la producción, mientras el número de gente que trabaja por su cuenta, desde su casa, crece día a día, en gran parte gracias a internet.

Muchas de las más grandes empresas de Estados Unidos hoy en día, como Microsoft, Walt-Mart, Intel, Cisco, Home Depot, E-Bay, Amazon, etcétera, ni siquiera existían en los años 50. Por otra parte, muchas de las más grandes de entonces, como Woolworth, Studebaker, RCA, Pan American y Bethlehem Steel, desaparecieron. Otras, como US Steel, Ford, Sears, Kodak y CBS, no son ni la sombra de lo que eran en aquella década.

En 1958 Galbraith escribió sobre el «consumo conspicuo» en La sociedad opulenta. Describía la opulencia privada frente a la suciedad pública: «Nuestros hogares suelen estar limpios y nuestras calles suelen estar inmundas», atribuyendo esa situación a falta de dinero en manos del Gobierno. Hoy sabemos que, por más rico que sea el Gobierno, las calles nunca estarán ni lejanamente tan limpias como nuestras casas, porque lo que es de todos no es en realidad de nadie. Por eso, las haciendas privadas son mucho más productivas y protegen tanto mejor la naturaleza que los parques públicos, mientras que con las reformas agrarias, donde no hay propiedad privada sino comunal, la productividad decae y los campesinos emigran a las ciudades tan pronto pueden. Los economistas lo llaman «la tragedia de los comunes».

En su libro más exitoso, El nuevo Estado industrial (1967), Galbraith describía cómo las grandes corporaciones nos hacen consumir no lo que queremos y nos conviene, sino lo que la publicidad nos impone a través de un lavado mental: «No se puede defender la producción que satisface una necesidad si esa producción es lo que crea la necesidad». Pero Friedrich von Hayek -en mi opinión el más importante economista del siglo XX- explicó que nuestras necesidades naturales no van más allá del alimento, el techo y el sexo, mientras que todo lo demás lo hemos aprendido: «Decir que un deseo no es importante porque no es innato equivale a mantener que ninguno de los logros culturales del hombre es importante».

Galbraith creía que empresas como la General Motors, en el apogeo del libre mercado, nos imponía los vehículos que debíamos utilizar. Pero fue a raíz de la «invasión japonesa» cuando GM cambió su política exigiendo protección estatal, lo que aceleró su caída, toda vez que empresas como Toyota abrieron fábricas en Estado Unidos sin el inmenso lastre de los contratos laborales de Detroit. La lección es que la publicidad ayuda, pero es ineficaz contra los productos más competitivos.

Otra de las facetas públicas de Galbraith fue la de hombre de Estado. Fue consejero de los presidentes Roosevelt, Truman, Kennedy y Clinton; y asesor de los candidatos demócratas McCarthy y McGovern. En tiempos de Kennedy fue embajador en la India, donde ayudó a mantener el socialismo instalado por los colonialistas ingleses y la elite política local, graduada en Oxford y Cambridge.

El pasado Primero de Mayo, el principal periódico laborista británico, The Guardian, publicó un extenso reportaje donde recogía encendidas alabanzas del ministro Gordon Brown -probable heredero de Tony Blair- a la obra de Galbraith. Es decir, la socialdemocracia continúa insistiendo en los mismos postulados con los que tantas veces han fracasado. En definitiva, John Kennet Galbraith pasará a la Historia más por su vitalismo y el esfuerzo que desplegó -lleno de la mejor buena fe- por mejorar las condiciones de vida de los más desfavorecidos, que por sus aciertos en la formulación de propuestas económicas.


Publicado por torresgalera @ 1:28  | Personajes
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Publicado por Invitado
Martes, 24 de mayo de 2011 | 13:54

si galbraith no llegó a ver como nacerían las grandes multinacionales actuales wall mart, Microsoft etc. si llegó a percibir como las de multinacionales de siempre se "globalizarían".

 

Lo que ya me parece más deprimente es que el autor del post no vea como se ha globalizado (perdon chinificado) el trabajo y remuneración de las muchas grandes multinacionales americanas. Necesitariamos que él hubiese vivido 200 años o que aparezca un KG II