Viernes, 19 de mayo de 2006
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Nunca como en nuestros días ha existido tanta información y divulgada a través de tantos medios. Los avances científicos y tecnológicos propiciaron a lo largo del siglo XX que la Humanidad saliera del paleolítico cultural y se instalara en la «aldea global» que preconizara Marshall McLuhan. Es más, la sociedad actual genera tanta información y tan deprisa, que los receptores de tanto mensaje son incapaces de asimilarlo. Este es el nuevo drama de la sociedad de nuestro tiempo.

Estoy hablando de un fenómeno cultural que ocurre, esencialmente, en las democracias. Sólo en los espacios regidos y ordenados libremente por ciudadanos, configurados bajo el imperio de la ley y consagrados en los derechos inalienables del hombre, es donde la información fluye abundante de arriba abajo y de abajo arriba. Por tanto, tendríamos que deducir que una sociedad así, tan rica en información, estaría mejor protegida y sería más inmune a los conflictos extremos que otras sociedades totalitarias o de libertad más restringida. Sin embargo, la experiencia nos enseña que no es así. Durante la pasada centuria, las naciones más desarrolladas y poderosas del planeta -tanto democráticas como totalitarias- se vieron inmersas en las más terribles tragedias y holocaustos de cuantos se hayan producido en la historia de la humanidad.

¡Eh aquí la paradoja! Justo en el siglo de la información y la comunicación social, los conflictos que amenazan al hombre de nuestro tiempo se han visto incrementados con una nueva perversión humana: la mentira. Y digo que la mentira es una nueva forma de perversión, no desde el punto de vista formal (moral e histórico) sino desde el aspecto de su utilización masiva y sistemática.

La mentira (expresión máxima del mal) es la condición final en la que ha devenido la comunicación en nuestros días. Jamás han manejado las clases dirigentes tanta información como en la actualidad. Lo mismo le ocurre a la ciudadanía. En cambio, toda esa información, en vez de contribuir al conocimiento de la verdad, es manipulada y envilecida en beneficio de intereses partidarios. Y si, además, a la ingente cantidad de información generada y puesta en circulación se añade la tormenta de opiniones que valoran y califican las informaciones, nos encontramos con que el receptor heterogéneo y anónimo (ciudadano común) queda reducido a víctima inerme y confusa, fácilmente maleable.

La gran paradoja de las «sociedades abiertas», por utilizar la expresión de Henri Bergson y de Karl Popper, es que siendo estas a la vez la causa y el efecto de la libertad de informar y de informarse, el resultado final es el contrario. Los que recogen la información parecen tener como preocupación dominante falsificar la información, y los que la reciben eludirla. Se invoca sin cesar en estas sociedades el deber de informar y el derecho a la información. Pero los profesionales se muestran tan solícitos en traicionar ese deber como sus clientes tan desinteresados en gozar de ese derecho. En la adulación mutua de los interlocutores de la comedia de la información, productores y consumidores fingen respetarse cuando no hacen más que temerse despreciándose.

También se justifica la oferta informativa por la demanda. Pero la demanda, en materia de información y de análisis, emana de nuestras convicciones. Y, al contrario de lo que se pudiera pensar, nuestras convicciones emanan en buena medida del impacto sicológico que nos producen nuestras decisiones; no hay que olvidar que nuestras decisiones más importantes solemos tomarlas en medio de un laberinto de pasiones, miedos y temores que -como señaló Jean François Revel en El conocimiento inútil- «nos inducen menos a su exactitud que a su capacidad para acomodarse o no a un sistema de interpretación, a un sentimiento de comodidad moral o a una red de alianzas».

Efectivamente, considerando ese laberinto de pasiones que llamamos opinión, un hecho no es real ni irreal: es deseable o indeseable. Es un cómplice o un conspirador, un aliado o un adversario, no un objeto digno de conocer. Esta prelación de la utilización posible sobre el saber demostrable, a veces la erigimos incluso en doctrina; la justificamos en su principio.

Es preocupante la cada vez más acusada inclinación del público por subestimar a la mayoría de los periodistas y a los que tienen la misión de dirigir, pensar o hablar. Desconfían de todos aquellos que ocultan información a sabiendas de que disponen en abundancia de ella.

Lamentablemente, nuestra «aldea global» vive bajo la dramática paradoja de la mentira como estrategia de poder. Es la única explicación a la escasez de información veraz en una sociedad abierta pero que cada día es menos libre.


Publicado por torresgalera @ 21:10  | Pensamientos
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