Mi?rcoles, 31 de mayo de 2006
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Rodríguez Zapatero ha afirmado en el debate del Estado de la Nación -en respuesta a los reproches que le ha hecho el líder de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares-, que la política que él y su equipo de Gobierno están realizando "es de izquierdas; de la izquierda del siglo XXI". Tengo que señalar que tal afirmación me dejó perplejo y descolocado cuando la escuché de boca del señor presidente del Ejecutivo nacional.

No es la primera ni será la última vez que las palabras de Rodríguez Zapatero me sumen en la más profunda hilaridad. ¿Y por qué digo esto? Porque no me podía esperar en absoluto la segunda parte de su aserto. Uno puede estar o no de acuerdo con la política que está practicando el presidente español. Uno puede estar o no de acuerdo en que esa política sea total o parcialmente de izquierdas. Y uno puede estar de acuerdo o no en que la política de izquierdas sea o no la más conveniente y favorecedora para el presente y el futuro de la sociedad española. Pero ante lo que, como ciudadano, me encuentro desarmado e inerme es ante la aplicación de una política de "izquierdas del siglo XXI".

Conviene destacar, aunque sea obvio, que apenas han transcurrido seis años del nuevo siglo, por lo que no creo que esté muy asentada (yo diría que ni siquiera muy definida) la nueva formulación del pensamiento político de izquierdas; tampoco está nada claro de qué izquierda nos está hablando el señor Zapatero, puesto que todo apunta a que existe más de una. En fin, que yo sepa ningún foro internacional, ampliamente aceptado, discute y dirime sobre esta cuestión; sólo la Internacional Socialista funciona como institución de la izquierda socialista y socialdemócrata para debatir problemas del mundo actual, estrategias para abordarlos, así como promueve equipos y programas de estudios para profundizar en el debate de las ideas políticas. ¿Pero qué pasa con aquellas otras izquierdas en la órbita marxista de diferente signo, o del republicanismo y del nacionalismo genéricamente denominado de izquierdas?

Insisto en la perplejidad del aserto de Rodríguez Zapatero. Carezco de argumentos para reflexionar, sopesar y valorar sobre aquello a lo que se refiere. Desconozco la formulación de las nuevas ideas de izquierdas del siglo XXI. No sé a quién recurrir para que me las enseñe, o para que me facilite aunque sea una fotocopia de algún manual básico. Ya digo, no sé a quién recurrir. Me tengo por una persona muy al día de la actualidad y, por tanto, me parece imperdonable este descuido intelectual mío. Desde luego me niego a pensar que la afirmación del secretario general del PSOE y presidente de Gobierno de España haya sido una improvisación. No es típico de él esta clase de frivolidades, y menos en el Pleno del Congreso de los Diputados. No, rotundamente no. Alguien en el que han confiado más de diez millones de ciudadanos no puede cometer una falacia de tal calibre.


Publicado por torresgalera @ 18:55  | Pol?tica
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Mi?rcoles, 24 de mayo de 2006
ImagenEste artículo hace el número 100 desde la creación, el 14 de enero de 2005, de Ágora Digital. Lo que comenzó siendo una aventura personal por explorar este novedoso y todavía incierto mundo de internet, se ha ido modulando y desarrollando como un medio personal de expresión, lejos todavía de alcanzar una cierta madurez. Lo que no cabe duda es que un blog (cuaderno de bitácora) es una alternativa de comunicación muy sugestiva y excitante, que entraña riesgos inevitables -consustanciales al propio medio-, pero que también ofrece unas posibilidades verdaderamente encomiables.

Cada blog -y hay decenas de miles en la Red- tiene una razón de ser distinta y ha sido creado por motivaciones personales diferentes. En el caso de Ágora Digital su nacimiento estuvo propiciado por el ánimo de un servidor de expresarme con total libertad. Como habrán tenido ocasión de verificar los lectores curiosos de este blog, el escribidor y titular de Ágora Digital es periodista desde hace más de treinta años. Y en todo este tiempo jamás he tenido la ocasión de escribir con plena libertad: en la mayoría de las ocasiones otros deciden sobre qué tengo que escribir, sobre el enfoque de la noticia o el reportaje, y también deciden el espacio que tengo que dedicar a este u otro asunto. Esto me ha ocurrido en medios tan diferentes como periódicos, revistas e informativos de televisión.

Es verdad que también he tenido la experiencia profesional de escribir sobre asuntos que yo he propuesto a la dirección del medio en que trabajaba, e, incluso, en unas cuantas ocasiones han solicitado mis servicios profesionales para que escribiera sobre cuestiones sobre las que consideraban que estaba especialmente capacitado. Pero, en cualquier caso, lo que nunca he tenido ocasión de hacer ha sido escribir sobre lo que me pareciera más oportuno, no en función de la rabiosa actualidad sino sobre lo que mi ánimo o mi criterio me sugiriese en cada momento.

Eh aquí, pues, una razón suficientemente poderosa para justificar la existencia de Ágora Digital. Internet me ha ofrecido el regalo de crear mi propio espacio para expresar mi opinión sobre todo aquello que me preocupa y me conmueve, como ser humano y como profesional de la comunicación. Por ello trato siempre, desde el respeto al prójimo, de escribir con mesura pero sin renunciar un ápice a mi libertad.

S
in embargo, la experiencia de este blog también tiene su cara negativa. Y es la de que si bien los lectores pueden opinar sobre lo escrito, con demasiada frecuencia se esconden tras el anonimato para descalificar, insultar y vilipendiar zafiamente. Desde luego es una opción como otra cualquiera, ya que el medio lo permite, pero que desvirtúa en gran medida el extraordinario argumento de que internet se convierta en un espacio de comunicación de masas, a la vez de un medio de comunicación interactivo y personalizado.

Por lo demás, y en la confianza de que el sentido de la responsabilidad, del respeto y del civismo se vaya extendiendo a una gran mayoría de personas, reitero mi compromiso con Ágora Digital para que siga creciendo y madurando. También invito a quienes lo deseen a promover el debate o a exponer sus opiniones. Entiendo que internet es el medio de comunicación con más futuro, y que si todavía está en los albores de su existencia, no me cabe la menor duda de que será decisivo para el progreso de la humanidad. Ya lo está siendo.

También deseo apostillar, que desde hace algunas semanas ha remitido mi interés por escribir sobre la actualidad política nacional; al menos bajo la imperiosa perentoriedad de actualizar este cuaderno de bitácora (la verdad es que
«blog » me suena premioso y casi grosero). Verdaderamente, me asquea la vida política española. En general, la política que se está haciendo me parece deleznable desde el punto de vista intelectual y moral. Todo se reduce a un juego de intereses mezquino y corto de miras. Los políticos son prisioneros de las próximas elecciones. No hay grandeza de espíritu ni verdadero afán de servir a la comunidad, sólo de obtener réditos personales aun a costa de abrir viejas heridas o de inventar agravios donde nunca los ha habido.

Esta fijación por obtener réditos electorales ha llevado a los partidos políticos a instalarse en un perverso relativismo ideológico y programático. El corto plazo se ha convertido en un imperativo insoslayable; hasta tal punto esclaviza y condiciona la acción política. La autocrítica y el diálogo constructivo brillan por su ausencia; no digamos la posibilidad de alcanzar consensos y acuerdos de estabilidad sobre las grandes cuestiones de Estado. El escenario de convivencia entre rivales políticos se ha hecho añicos en pocos años: todo vale para desgastar y descalificar al que detenta la responsabilidad de gobierno.

Como quiera que la vida es mucho más que siglas y consignas políticas, y que el ser humano tiene delante de sí todo un mundo de desafíos personales y colectivos, así como una gran responsabilidad en la conservación y mejora de su espacio vital, continuaré insistiendo en sus logros y en sus errores desde este Ágora Digital, que cada día es más vuestro.

Publicado por torresgalera @ 13:49  | Cosas que importan
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Viernes, 19 de mayo de 2006
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Nunca como en nuestros días ha existido tanta información y divulgada a través de tantos medios. Los avances científicos y tecnológicos propiciaron a lo largo del siglo XX que la Humanidad saliera del paleolítico cultural y se instalara en la «aldea global» que preconizara Marshall McLuhan. Es más, la sociedad actual genera tanta información y tan deprisa, que los receptores de tanto mensaje son incapaces de asimilarlo. Este es el nuevo drama de la sociedad de nuestro tiempo.

Estoy hablando de un fenómeno cultural que ocurre, esencialmente, en las democracias. Sólo en los espacios regidos y ordenados libremente por ciudadanos, configurados bajo el imperio de la ley y consagrados en los derechos inalienables del hombre, es donde la información fluye abundante de arriba abajo y de abajo arriba. Por tanto, tendríamos que deducir que una sociedad así, tan rica en información, estaría mejor protegida y sería más inmune a los conflictos extremos que otras sociedades totalitarias o de libertad más restringida. Sin embargo, la experiencia nos enseña que no es así. Durante la pasada centuria, las naciones más desarrolladas y poderosas del planeta -tanto democráticas como totalitarias- se vieron inmersas en las más terribles tragedias y holocaustos de cuantos se hayan producido en la historia de la humanidad.

¡Eh aquí la paradoja! Justo en el siglo de la información y la comunicación social, los conflictos que amenazan al hombre de nuestro tiempo se han visto incrementados con una nueva perversión humana: la mentira. Y digo que la mentira es una nueva forma de perversión, no desde el punto de vista formal (moral e histórico) sino desde el aspecto de su utilización masiva y sistemática.

La mentira (expresión máxima del mal) es la condición final en la que ha devenido la comunicación en nuestros días. Jamás han manejado las clases dirigentes tanta información como en la actualidad. Lo mismo le ocurre a la ciudadanía. En cambio, toda esa información, en vez de contribuir al conocimiento de la verdad, es manipulada y envilecida en beneficio de intereses partidarios. Y si, además, a la ingente cantidad de información generada y puesta en circulación se añade la tormenta de opiniones que valoran y califican las informaciones, nos encontramos con que el receptor heterogéneo y anónimo (ciudadano común) queda reducido a víctima inerme y confusa, fácilmente maleable.

La gran paradoja de las «sociedades abiertas», por utilizar la expresión de Henri Bergson y de Karl Popper, es que siendo estas a la vez la causa y el efecto de la libertad de informar y de informarse, el resultado final es el contrario. Los que recogen la información parecen tener como preocupación dominante falsificar la información, y los que la reciben eludirla. Se invoca sin cesar en estas sociedades el deber de informar y el derecho a la información. Pero los profesionales se muestran tan solícitos en traicionar ese deber como sus clientes tan desinteresados en gozar de ese derecho. En la adulación mutua de los interlocutores de la comedia de la información, productores y consumidores fingen respetarse cuando no hacen más que temerse despreciándose.

También se justifica la oferta informativa por la demanda. Pero la demanda, en materia de información y de análisis, emana de nuestras convicciones. Y, al contrario de lo que se pudiera pensar, nuestras convicciones emanan en buena medida del impacto sicológico que nos producen nuestras decisiones; no hay que olvidar que nuestras decisiones más importantes solemos tomarlas en medio de un laberinto de pasiones, miedos y temores que -como señaló Jean François Revel en El conocimiento inútil- «nos inducen menos a su exactitud que a su capacidad para acomodarse o no a un sistema de interpretación, a un sentimiento de comodidad moral o a una red de alianzas».

Efectivamente, considerando ese laberinto de pasiones que llamamos opinión, un hecho no es real ni irreal: es deseable o indeseable. Es un cómplice o un conspirador, un aliado o un adversario, no un objeto digno de conocer. Esta prelación de la utilización posible sobre el saber demostrable, a veces la erigimos incluso en doctrina; la justificamos en su principio.

Es preocupante la cada vez más acusada inclinación del público por subestimar a la mayoría de los periodistas y a los que tienen la misión de dirigir, pensar o hablar. Desconfían de todos aquellos que ocultan información a sabiendas de que disponen en abundancia de ella.

Lamentablemente, nuestra «aldea global» vive bajo la dramática paradoja de la mentira como estrategia de poder. Es la única explicación a la escasez de información veraz en una sociedad abierta pero que cada día es menos libre.


Publicado por torresgalera @ 21:10  | Pensamientos
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Domingo, 14 de mayo de 2006

ImagenTengo que reconocer que desde hace muchos años he sentido una suerte de fascinación por los sellos. Las estampillas postales siempre me han sugerido un alarde de imaginativa creatividad artística en miniatura. Una especie de iconografía sutil que dignifica y enaltece los envíos del correo, otorgando a los sobres y paquetes que se remiten a nuestro nombre un crédito de solvencia y de respeto social.

Siendo un niño de ocho o nueve años se despertó en mí aquel interés por las hermosas imágenes que se inscribían en espacios de papel tan pequeños. Como quiera que por entonces -finales de los años 50- el correo postal dominaba en la comunicación a distancia, en la casa de mis padres era frecuente la llegada de cartas de familiares. Por entonces comencé a recortar los sellos, despegarlos con sumo cuidado y guardarlos en un cuaderno de hojas en blanco.

Poco tiempo después mi padre se fue a trabajar a Alemania. Este acontecimiento aumentó mi interés por los sellos que franqueaban las cartas tan esperadas con sus noticias. Como era lógico en un niño, mi mente volaba inquieta y excitada tratando de imaginar cómo sería aquel lejano país donde nevaba y hacía tanto frío, según lo describía mi progenitor. Sólo alguna que otra fotografía, alguna que otra postal y, sobre todo, los sellos de correos “Deutsche Bundespost” me servían de referencia para visualizar interiormente aquel país fantástico y casi envidiable.

Entrado ya en la adolescencia, llegué a poseer una significativo muestrario de sellos con matasellos de numerosos países del mundo. Como mi padre sabía de mi afición, me enviaba bastantes que le facilitaban compañeros y amigos que con él trabajaban, oriundos de Turquía, Italia, Austria y algún otro país que ya no recuerdo. Los demás los adquirí por mi cuenta. Aquel álbum de mi primera juventud nunca llegó a ser una verdadera colección de sellos, pero todavía lo conservo como si se tratara de un tesoro.

Paradójicamente, cuando mi padre regresó a España -a finales de los años 60- encontró trabajo en una actividad muy vinculada al servicio de correos. Fue entonces cuando él se aficionó en serio a los sellos. Llegó a ser un entendido y esto me permitió profundizar en la verdadera razón de ser de estas estampillas ilustradas, donde el arte del grabado y la estampación se recrea y expresa con exquisita destreza.

Enseguida comprendí que el sello es papel moneda, puesto que lo emite únicamente el Estado; por tanto, nunca pierde su valor facial, siempre y cuando no esté el sello deteriorado ni matasellado. Se puede cambiar por dinero.

Además, el sello puede adquirir con el paso de tiempo un valor añadido si ejemplares determinados comienzan a escasear en el mercado. Pero durante décadas no ha sido así, a pesar de la inflación acumulada. El precio de las estampillas de los años 50 del siglo pasado hasta las de principios de los 90 apenas ha variado su valor facial. La razón es que las emisiones de entonces eran tan millonarias (de 10 a 15 millones de unidades por cada valor) que actualmente hay en el mercado exceso de oferta de aquellos años. Lo habitual era que el Banco de España, a través de la Fábrica de la Moneda y Timbre, (FNMT), emitiese cada año de 30 a 50 sellos diferentes, además de las series básicas, que eran mucho más numerosas (sellos antes con la cabeza del Jefe del Estado, general Franco, y después con la del Rey Juan Caros I).

No obstante, son los llamados “sellos raros” los que despiertan mayor interés entre los coleccionistas. Se llaman así a los sellos que salieron al mercado con algún defecto de impresión: tintados con un solo color, marcas de tinta incorrectas, estampillados al revés, etcétera. Lo habitual es que las series defectuosas sean destruidas en la propia FNMT, pero a veces ocurre que algunos pliegos de sellos se “escapan” del control de calidad y se ponen en circulación. En este caso los coleccionistas incrementan su precio muy por encima del valor facial, dependiendo del número de ejemplares en la calle.

Como resumen, se puede decir que ganar dinero coleccionando sellos es una falacia. Salvo que coleccionemos “sellos raros” muy caros -poco recomendable como inversión por el escaso potencial de compradores-, el sello en general se revaloriza poco. No obstante, en los últimos quince años los nuevas modalidades de franqueo comercial ha llevado a la autoridad económica estatal a realizar emisiones de sellos -aparte de las series básicas- pensando esencialmente en los coleccionistas; las emisiones actuales han caído a cifras de entre 280.000 ejemplares a 3 millones, de los 12 ó 15 millones de hace unos años. Ahora sí se revalorizan más los sellos por su menor número en circulación y a pesar del mayor control de la inflación.

Todas estas obviedades, claro está, no tienen por qué conocerlas todos los ciudadanos. Pero me da mucho qué pensar que alrededor de 350.000 pequeños ahorradores españoles se hayan dejado embaucar en un negocio de inversión de sellos. Sinceramente, la única explicación que encuentro al éxito del engaño practicado por los dirigentes de AFINSA y Forum Filatélico, es el nivel de magisterio que sus agentes comerciales han desplegado para embaucar a sus clientes; sólo una elevada carga de ingeniosas mentiras ha podido convencer a tantos incautos, ávidos de ganar dinero por encima de los límites razonables.

Es importante tener en cuenta que las reglas que rigen la filatelia en España son las mismas que en el resto de países. Lo único que permite revalorizar el precio de un sello es -para los coleccionistas- su escasez pasados unos años, la tasa de inflación acumulada, o bien que se trate de un “sello raro”. Por el contrario, la circulación excesiva de cualquier ejemplar repercute en la falta de movilidad de su valor facial. Lo demás es pura y simple especulación, engaño y estafa.

Y dentro del drama que supone la estafa a gran escala que han realizado los promotores de estos “chiringuitos de fraude”, se añade la frustración de no haber permitido a los clientes la oportunidad de conocer y disfrutar -las empresas guardaba los sellos en depósito- el verdadero sentido de la filatelia. ¡Una lástima! En ella se escribe, de forma muy bella y creativa, buena parte de la historia de cada país. Lo siento de veras.


Publicado por torresgalera @ 1:00  | Cosas que importan
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Viernes, 12 de mayo de 2006
John Kenneth Galbraith

Mi querido y respetado amigo Paco Martínez Sierra, profesor de Economía Aplicada en la Universidad de Granada, ha tenido el detalle de reseñar un breve y afectuoso recuerdo a la figura del afamado y prestigioso economista John Kenneth Galbraith, recién fallecido. Su comentario (en «clubdeperplejos.com», el blog de mi también querido amigo Pepe Molina), titulado Cincuenta y cinco, -La Vida, instrucciones de uso (49/0)- me ha dejado un tanto..., pues eso, perplejo.

Se refiere Paco Martínez a Galbraith en los siguientes términos:
«... ese lúcido economista liberal (en el sentido que los norteamericanos emplean el término) ... Pensar con libertad y con criterio es la reflexión que me sugirió la vida y obra de este personaje.»

Lamentándolo mucho, no puedo estar más en desacuerdo con el profesor Martínez Sierra. Es indudable que Galbraith destacó como un excelente comunicador, tanto en el trato personal y como conferenciante, como a la hora de exponer por escrito sus opiniones y teorías. Más de uno ha convenido en el magnífico novelista que hubiera sido John Kenneth (escribió alguna novela) si se hubiera inclinado abiertamente por la literatura.

Desde luego Galbraith escribió mucho (publicó 33 libros) y con gran éxito. Pero desgraciadamente -desde mi humilde opinión, claro está-, se equivocó en casi todas sus predicciones. Mi primer punto de desacuerdo con mi entrañable amigo Paco Martínez es en la calificación que hace de Galbraith como liberal, aún con el matiz que subraya. Rotundamente, no. El economista canadiense y profesor emérito de Harvard perteneció a esa corriente de economistas que lideró el austriaco-británico John Maynard Keynes: un liberalismo intervencionista que, como no puede ser de otra manera, es la forma eufemística con la que en ciertos círculos demócratas estadounidenses se encubrió el pensamiento socialdemócrata; se denominó a esta corriente «institucionalismo americano», cuyo ideario se caracterizó por el rechazo a la sociedad de consumo, la defensa de la intervención del Estado en la economía y la necesidad de humanizar el medio socioeconómico.

Para refutar algunas de la tesis del supuesto Galbraith liberal (en el sentido que los norteamericanos emplean el término) pondré algunos ejemplos. En su primer libro con verdadero éxito, Capitalismo americano (1952), Galbraith mantenía que las empresas familiares pequeñas estaban desapareciendo, aplastadas por el creciente poder económico de las grandes compañías, lo cual conduciría a la eliminación progresiva de la competencia. Felizmente, según el autor, los grandes sindicatos compensaban el excesivo poder de las corporaciones.

En realidad, lo que terminó ocurriendo fue que esos grandes sindicatos contribuyeron a la caída de varias grandes industrias. Actualmente los sindicatos norteamericanos dominan sólo en el sector público y, especialmente, en la educación, cuya calidad se ha deteriorado hasta niveles alarmantes.

Cualquier atento observador de la economía de Estados Unidos sabe de la importancia de las pequeñas empresas, las cuales aportan alrededor del 52 por ciento de la producción, mientras el número de gente que trabaja por su cuenta, desde su casa, crece día a día, en gran parte gracias a internet.

Muchas de las más grandes empresas de Estados Unidos hoy en día, como Microsoft, Walt-Mart, Intel, Cisco, Home Depot, E-Bay, Amazon, etcétera, ni siquiera existían en los años 50. Por otra parte, muchas de las más grandes de entonces, como Woolworth, Studebaker, RCA, Pan American y Bethlehem Steel, desaparecieron. Otras, como US Steel, Ford, Sears, Kodak y CBS, no son ni la sombra de lo que eran en aquella década.

En 1958 Galbraith escribió sobre el «consumo conspicuo» en La sociedad opulenta. Describía la opulencia privada frente a la suciedad pública: «Nuestros hogares suelen estar limpios y nuestras calles suelen estar inmundas», atribuyendo esa situación a falta de dinero en manos del Gobierno. Hoy sabemos que, por más rico que sea el Gobierno, las calles nunca estarán ni lejanamente tan limpias como nuestras casas, porque lo que es de todos no es en realidad de nadie. Por eso, las haciendas privadas son mucho más productivas y protegen tanto mejor la naturaleza que los parques públicos, mientras que con las reformas agrarias, donde no hay propiedad privada sino comunal, la productividad decae y los campesinos emigran a las ciudades tan pronto pueden. Los economistas lo llaman «la tragedia de los comunes».

En su libro más exitoso, El nuevo Estado industrial (1967), Galbraith describía cómo las grandes corporaciones nos hacen consumir no lo que queremos y nos conviene, sino lo que la publicidad nos impone a través de un lavado mental: «No se puede defender la producción que satisface una necesidad si esa producción es lo que crea la necesidad». Pero Friedrich von Hayek -en mi opinión el más importante economista del siglo XX- explicó que nuestras necesidades naturales no van más allá del alimento, el techo y el sexo, mientras que todo lo demás lo hemos aprendido: «Decir que un deseo no es importante porque no es innato equivale a mantener que ninguno de los logros culturales del hombre es importante».

Galbraith creía que empresas como la General Motors, en el apogeo del libre mercado, nos imponía los vehículos que debíamos utilizar. Pero fue a raíz de la «invasión japonesa» cuando GM cambió su política exigiendo protección estatal, lo que aceleró su caída, toda vez que empresas como Toyota abrieron fábricas en Estado Unidos sin el inmenso lastre de los contratos laborales de Detroit. La lección es que la publicidad ayuda, pero es ineficaz contra los productos más competitivos.

Otra de las facetas públicas de Galbraith fue la de hombre de Estado. Fue consejero de los presidentes Roosevelt, Truman, Kennedy y Clinton; y asesor de los candidatos demócratas McCarthy y McGovern. En tiempos de Kennedy fue embajador en la India, donde ayudó a mantener el socialismo instalado por los colonialistas ingleses y la elite política local, graduada en Oxford y Cambridge.

El pasado Primero de Mayo, el principal periódico laborista británico, The Guardian, publicó un extenso reportaje donde recogía encendidas alabanzas del ministro Gordon Brown -probable heredero de Tony Blair- a la obra de Galbraith. Es decir, la socialdemocracia continúa insistiendo en los mismos postulados con los que tantas veces han fracasado. En definitiva, John Kennet Galbraith pasará a la Historia más por su vitalismo y el esfuerzo que desplegó -lleno de la mejor buena fe- por mejorar las condiciones de vida de los más desfavorecidos, que por sus aciertos en la formulación de propuestas económicas.


Publicado por torresgalera @ 1:28  | Personajes
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Martes, 09 de mayo de 2006
ImagenEste martes, 9 de mayo, ha amanecido con toda la vocación de un hermoso día primaveral, propio de este mes florido y tan cantado por niños, monjitas y enamorados. Sí, definitivamente, este martes ha sobrevenido con la clara intención de ser disfrutado por cuantos seres vivos comparten su existencia. Es un radiante día para el goce de la vida; para gozar de nosotros mismos y con nosotros mismos; para disfrutar respirando este aire fresco y trasparente, con los ojos cerrados o con la mirada jugueteando de aquí para allá, recreándose en el universo infinito que nos circunda; para soñar, inclusive, apostados en el humilde alféizar de una ventana cualquiera.

Estoy convencido que los seres humanos persiguen con demasiada frecuencia la felicidad olvidándose de sí mismos. Esto es un absurdo. Deberíamos no perder jamás de vista el rumbo de nuestro viaje; es más, deberíamos estar dispuestos a variar ese rumbo cuando nos apeteciera, aunque a veces resulte difícil. No deberíamos obsesionarnos por alcanzar metas -al menos, esa es mi opinión-, sino por sentirnos en movimiento impulsados por los latidos de nuestro corazón. Lo demás es secundario, y no nos hace más felices. Chesterton defendía esta idea: que los que exhiben una mayor e inquebrantable apariencia de cuerdos suelen ser los auténticos locos. La racionalidad es la fuente de la locura porque la razón sólo produce frustraciones; por eso Albert Einstein fue el sabio más grande del siglo XX, porque formuló la Teoría de la Relatividad. En cambio los niños, los poetas y los vagabundos están más cerca de la felicidad; todos estos no sienten el menor interés por entender a Dios, simplemente -si tropiezan con Él- le sonríen y le hablan. El niño, el poeta y el vagabundo disfrutan por igual con el sol que con la lluvia, con el día que con la noche, con la arena que con el agua... Todas las manifestaciones de la creación son motivo de festejo, y de dolor; lo uno no es enemigo de los otro, tan solo su ausencia.

Creemos que somos muy responsables porque nos tomamos en serio las cosas que nos dicen que pasan. Nos creemos a pies juntillas la realidad virtual que nos presentan la televisión, la radio y los periódicos. Hemos perdido el alma y en su lugar nos gobiernan los electrodomésticos. Adoramos el profesionalismo y dejamos que el trabajo nos encadene a una absurda subsistencia (nos permite pagar las facturas de nuestra insaciable insatisfacción). Hablamos de política y de religión convencidos de tener ideas originales; en realidad, repetimos torpemente los mensajes de esa panda de caraduras descerebrados -los de la tele, la radio y los periódicos-, que viven de ello como nosotros vivimos de entregar las mejores horas de nuestra vida al pagador de la nómina.

Sí, hoy es un hermoso día de primavera, digno de ser vivido con toda la intensidad que merece algo que está destinado a ser efímero. Mañana, ya veremos.

Publicado por torresgalera @ 16:55  | Pensamientos
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