Mi?rcoles, 07 de junio de 2006
ImagenQue muchos vascos se sientan muy vascos no impide -les guste o no- que sean españoles, como tampoco impide que sean europeos. Lo mismo se puede decir de catalanes, gallegos o andaluces. Ser españoles y europeos está por encima de cualquier acto de voluntad. Es una dimensión del ser humano que le trasciende, ajena a su capacidad de albedrío, aunque política y administrativamente pudiera darse el caso de alcanzar el estatus de apátrida. Verdad y realidad no son conceptos sinónimos, lo mismo que un oso panda es un plantígrado perteneciente a una subespecie endémica de una región de China, aunque haya nacido en cautividad en el zoológico de Madrid.

El ser humano es una criatura que puede sentirse tan débil como para ser capaz de ensoñar su realidad para sentirse invulnerable. Reinventarse a sí mismo es un síntoma definitivo de fracaso: es la aceptación de una naturaleza inferior, que duele y humilla, pero que se trata de camuflar en un oropel de ropavejería y atrezo, donde el personaje del disfraz termina imponiéndose al menguado y desnortado cómico.

El debate político que sobre el modelo territorial se libra en España es el resultado del fracaso de la razón. Es como un desafío a la ley de la gravedad sin enfrentarla a leyes físicas más poderosas y sutiles, como la de la energía cinética. En el discurso de la razón, la retórica y el sofisma son recursos habituales de las mentes tramposas y faltas de ingenio. La aceptación del yo y del ser requiere coraje, valentía y humildad. A partir de esa realidad el hombre está en condiciones de emprender la búsqueda de su destino, de superarse a sí mismo y, por tanto, de acercarse a la verdad. Será entonces cuando el verdadero sueño se habrá transmutado en realidad, y la utopía habrá triunfado sobre la quimera.

De momento, los embaucadores de imaginarias fantasías ahistóricas han arrebatado el protagonismo de la sociedad española; han impuesto su delirante lógica democrática mediante el chantaje político a buena parte de la clase política, y la violencia sicológica (y la física) a la ciudadanía inerme. Simultáneamente, los instrumentos de autodefensa de nuestro Estado de Derecho están siendo desactivados por el Gobierno complaciente que preside Rodríguez Zapatero. La estrategia del inquilino de La Moncloa incluye la confluencia del proyecto nacionalista disgregador; se aprovecha del rebufo centrífugo que desplaza a los que miran al futuro con la conciencia asimilada del pasado.

La historia es una sucesión de hechos concatenados, y su resultado es incuestionable. Nadie en su sano juicio reivindica el pasado por la sencilla razón de que no formó parte de él; si acaso puede uno reflexionarlo e interiorizarlo, pero su protagonismo no nos pertenece y los muertos ya han pagado su tributo: casi siempre el olvido.

P
or eso es doblemente trágico lo que está ocurriendo en España con el debate político sobre el modelo de Estado: por reinterpretar la realidad de nuestra nación como si ésta no existiera, sustituyéndola por una federación de naciones, y por el modo en que viene haciéndose al margen de la Constitución, o, si se quiere, desbordándola por todo su articulado.

El mal ya está hecho. La confrontación y el enfrentamiento se han instalado en el centro de la vida pública. La descalificación y el desprecio lo inundan todo. Jueces y policías son inmovilizados subrepticiamente para que los feroces depredadores deambulen con libertad. La agresión a Arcadi Espadas en Gerona por un grupo de nazis que exaltaban a Terra Lliure no es un síntoma aislado, es la constatación de que la semilla del odio y la intransigencia ha despertado en Cataluña. En el País Vasco está viva y coleando desde hace cuarenta años; también en Galicia existen partidas de lobos hambrientos. No tardarán en aparecer sus homónimos que les hagan frente. Y vuelta a empezar.

Publicado por torresgalera @ 14:26  | Pol?tica
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