Viernes, 14 de julio de 2006
Bombardeo israelí contra HezboláEl conflicto que enfrenta a Israel con Palestina desde hace cincuenta y ocho años está hoy más lejos de la solución que cuando comenzó. Nadie duda de que el actual Estado de Israel es una realidad artificiosa, patrocinada por las potencias occidentales en la postguerra mundial. Quizá fue una cierta mala conciencia histórica, o tal vez un acto de redención justiciera hacia un pueblo secularmente maldecido y despreciado; quizá ambas cosas a la vez, más algunas otras. Pero lo cierto es que este pueblo semita se siente orgulloso de haber recuperado una porción de su tierra prometida, y nadie le volverá a echar de allí.

Lo que comenzó siendo una situación de dramática desventaja -en los primeros años del nuevo Estado- sirvió para fortalecer y consolidar la conciencia de la nueva (y vieja) nación, y para afrontar su destino con una determinación verdaderamente ejemplar. Su escaso millón de ciudadanos (entonces) resistieron y vencieron al pueblo palestino -seis veces más numeroso-, injustamente maltratado por la prepotencia de los administradores europeos desde finales del siglo XIX. Fue una situación extraordinaria y sin precedentes que otorgaba a palestinos y judíos poderosas razones para desconfiar: los primeros por asistir a la exoneración de parte de su patria secular, y los segundos por comprobar en sus propias carnes que el regreso a su tierra de promisión era cuestionada con las armas por los habitantes musulmanes.

El hecho de que Naciones Unidas -con la clara división de bloques antagónicos- bendijera la existencia del Estado de Israel no hizo más que favorecer la hostilidad y el enfrentamiento: cada uno de los bloques, liderados por Estados Unidos y la Unión Soviética respectivamente, permanecieron impasibles formalmente ante el violento forcejeo de israelíes y palestinos por imponer su status quo; sin embargo, por debajo de aquel escenario beligerante desplegaron un juego de intereses e influencias que envenenó el tablero geoestratégico de la región hasta nuestros días.

Resumiendo estas décadas de hostilidad, muerte y horror, es necesario recordar una vez más que ambas naciones enfrentadas han recorrido caminos abismalmente opuestos. Israel desde el principio se decantó por un modelo de estado democrático, parlamentario, laico, de respeto a los derechos humanos y con una economía insertada en el libre mercado. Es cierto que Israel ha contado con el lobby judío internacional, que en algunos casos detenta un gran poder económico además de considerables influencias políticas. Precisamente, esa afinidad entre el modelo de Estado elegido y el establishment judío internacional ha permitido a Israel convertirse en un “pequeño gigante” de la economía y la investigación científica y tecnológica.

Por su parte, el pueblo palestino ha seguido una pauta de ensimismamiento y perplejidad que a la postre ha sido muy autodestructiva. Sus dirigentes fueron presa fácil y se dejaron embaucar por la política de confrontación seguida por la extinta URSS. Pensaron que el escenario geográfico circundante les ofrecía ventajas determinantes frente a Israel. Pero el mundo musulmán de Oriente Próximo y Medio no se mostró tan decidido a comprometer su futuro respaldando incondicionalmente al pueblo palestino. La unidad nunca fue una realidad. Y cuando más se acercó a ella fue para aventurarse en campañas bélicas en las que fueron severamente vapuleados.

Finalmente, ¿qué queda de la solidaridad musulmana con el pueblo palestino?: mucha frustración y mucho juego de doble sentido. ¿Y en Palestina (Gaza y Cisjordania)?: un desastre de desquiciamiento político y de fanatismo estéril y autodestructivo? Sólo el dolor por sus muertos les une en el odio a Israel. Pero nadie se enfrenta al hecho de que el orgullo, el odio, el fanatismo y el rencor no ayudan a construir nada y sí a la autodestrucción por desesperanza.

El verdadero problema actual del pueblo palestino está en su división interna. La mayor parte se siente más cerca de la laica OLP que de los radicales islamistas de Hamás y Hezbolá. Pero por desgracia, la intransigente resistencia de las corrientes fanatizadas gana cada día terreno entre los jóvenes. Todo ello en una sociedad sin porvenir económico y totalmente dependiente de la solidaridad internacional, en especial de la Unión Europea.

Un pueblo dividido por múltiples rivalidades internas, sin cohesión social y sin un modelo de estado claro ni un discurso político esperanzador, es un interlocutor imposible para negociar con su enemigo y vecino. Los palestinos están condenados a una existencia agónica mientras no se desprendan de las cadenas totalitarias con las que han aprisionado sus sueños y sus reivindicaciones. Ningún país amigo les va a sacar de su miseria ni de su postración; en cambio son muchos los que tratan de sacar tajada del conflicto.

El empantanamiento de la política norteamericana en Iraq ha dado alas a los movimientos fanatizados y terroristas de la zona. No es casualidad que después de que Israel haya concluido su retirada unilateral de Gaza, las fuerzas armadas de Hamás hayan excavado un túnel para atacar bases militares en territorio de Israel; ahora es Hezbolá la que ataca desde el sur del Libano bases militares del norte israelí. Es obvio que Siria e Irán no son ajenas a estas hostilidades. Y, por tanto, no le cabe a Israel otro remedio que la respuesta contundente. Es cierto que la respuesta no debería exceder un límite de proporcionalidad a la agresión. Pero no olvidemos que el Estado de Israel existe hoy en día gracias a la firmeza y contundencia de su autodefensa. No lo olvidemos.

El pueblo palestino debería aprender la metodología y la determinación con las que los hebreos han construido su patria y su Estado. Debería convencerse de que la historia no tiene marcha atrás. Necesita enfrentarse a su destino con una única voz, que dialogue de igual a igual con su vecino: el pueblo judío. Mientras que no haya aceptación recíproca no habrá paz. No existe otra solución, o la guerra total.

Publicado por torresgalera @ 2:22  | Mundo
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