Jueves, 27 de julio de 2006
La sexta guerra israelo-palestinaCualquier mente y corazón sensible se siente conmovido y horrorizado cuando contempla la violencia ciega que el ejército de Israel, el Tsahal, está desplegando sobre el Líbano y sobre los territorios palestinos de Gaza y Cisjordania. Centenares de muertos y heridos inocentes, junto a miles de desplazados de sus casas, cuyo único delito es el de coexistir en los mismos pueblos y ciudades que los guerrilleros de Hamás y Hizboláh. Una vez más Israel está aplicando con toda crueldad su determinación y su fuerza la vieja ley bíblica del Talión.

Esta es una foto fija que se repite por sexta vez, tantas como guerras han enfrentado desde 1948 a árabes e israelíes. Una foto que ha petrificado en una idea colectiva instalada en buena parte de la sociedad europea y de otras partes del planeta. Es lógico, si tenemos en cuenta que la mayoría de los periodistas occidentales influyentes, de los líderes de opinión y de los líderes políticos de izquierdas se forjaron ideológicamente en los tiempos de la “guerra fría”. Fueron aquellos tiempos en los que se erigió el mito de la resistencia frente al imperialismo norteamericano. Así, la figura del guerrillero (en Sierra Maestra, Bolivia, Vietnam, Palestina...) quedó consagrado en el imaginario intelectual y estético de la izquierda marxista y socialdemócrata de la Europa salvada y redimida por la sangre de decenas de miles de soldados estadounidenses y por los dólares del Plan Marshall.

En aquellos años 50, 60 y 70 la izquierda europea se sintió fuertemente seducida -como efecto acción-reacción-, tras la traumática experiencia del nazismo y los fascismos occidentales y orientales, hacia el modelo totalitario soviético. Claro que era una izquierda muy sui géneris, capaz de retroalimentarse ideológicamente en un espacio de libertad y seguridad jurídica; a la vez que confortablemente instalada bajo el paraguas de una boyante economía, respaldada por Washington y la Reserva Federal.

Eran años en los que aún estaba lejano el fantasma del integrismo islámico, y en el que Israel libró cuatro guerras contra los países árabes circundantes (1948-1949, La de Suez-1956, De los Seis días-1967 y Del Yom Kipur-1973; en 1982 comenzaría la quinta con la invasión del Líbano). Los izquierdistas occidentales enseguida identificaron la resistencia palestina con la “Larga marcha” de Mao She-Tung en China, y con los sucesivos procesos anticolonialistas y revolucionarios de signo comunista en Vietnam y otros lugares de Asía, África e Iberoamérica. Y en aquel pequeño y mísero territorio de Palestina continuaba vivo el sangriento pleito por la instalación de dos Estados (la Resolución 181 de la ONU, aprobada el 29 de noviembre de 1947, establece la partición de Palestina, bajo protectorado británico, en dos Estados, uno judío y otro árabe, y deja Jerusalén bajo control internacional).

Tantas circunstancias históricas y geopolíticas simultáneas posibilitaron que germinara el mito de la resistencia guerrillera, de la legitimación moral del terrorismo y de la satanización del Estado judío. En pocos años se difuminó en la conciencia colectiva de amplios sectores sociales occidentales la simpatía conmiserativa hacia el pueblo judío por el Holocausto, transformándose en una especie de personificación del leviatán. En definitiva, se fabricó el mito porque la izquierda de entonces no fue capaz de asimilar que, en la primera guerra del 48, una minoría de seiscientos mil judíos doblegaran a cuatro millones de palestinos y a los ejércitos de los países árabes circundantes, incluido el de Egipto, por la fuerza de su determinación y de sus rudimentarias armas; la única ayuda económica recibida fue la de las comunidades judías de la diáspora.

Luego, en los años 50, la “guerra fría” alineó a la mayoría de los países árabes del lado soviético y a Israel del lado norteamericano, con lo cual la propaganda política alimentó hasta el paroxismo el debate ideológico, y redujo hasta la caricatura un problema complejo y tan antiguo que hunde sus raíces en la historia del Antiguo Testamento, pero que el eurocentrismo simplifica en maniqueas etiquetas de prejuicios.

Es esencial para la solución de este conflicto judeo-palestino que erradiquemos de nuestras mentes los estereotipos de buenos y malos. Dos pueblos (israelita y filisteo) con el mismo derecho a la existencia enfrentados a muerte por un suelo que uno no sabe y el otro no quiere compartir. Nadie es inocente porque todos han derramado sangre propia y ajena, hasta tal punto que ya no se puede precisar quién empezó primero.

Sin embargo, conviene tener en cuenta que Israel es la única democracia de esa región fustigada. Un pequeño y próspero Estado occidentalizado, acorazado por un poderosísimo ejército y asentado a duras penas sobre la tierra de sus ancestros y rodeado de varios cientos de millones de musulmanes deseosos de ver desaparecer para siempre el símbolo de la estrella de David. Israel polariza en nuestros días todo el odio y la quimera fanática del integrismo islámico impulsado por regímenes fundamentalistas como el de Irán, y antes el de los talibanes de Afganistán. Por eso es tan importante para Occidente el futuro de Israel, porque su destino preludia el nuestro.

Israel libra una batalla implacable porque sabe como nadie que la alternativa es desaparecer. En la actualidad cuenta con seis millones de habitantes, los mismos que fueron exterminados por los nazis en los campos de exterminio. Pero los enemigos se han multiplicados por cincuenta. Esto hace que sus respuestas sean implacables y contundentes, incluso excesivas, porque no se pueden permitir ninguna debilidad y hasta ahora les mantiene vivos. Hace cincuenta y ocho años el pueblo israelita encontró -después de dieciocho siglos- una nueva oportunidad para establecerse en la tierra de sus orígenes, y se ha conjurado para que nunca más sea arrojado de ella.

El contencioso de los secuestros de sus soldados, uno a manos de Hamás y dos por Hizbuláh, perpetrados en incursiones a su territorio, ha sido el detonante para demostrar al islamismo radical que es falsa su debilidad por la retirada de Gaza y el anuncio de hacerlo en Cisjordania. Este acosamiento en sus propias fronteras no lo puede consentir ningún gobierno de Israel por muy moderado que sea. Hamás e Hizbuláh son la expresión máxima de que el fundamentalismo islámico es el gran enemigo de Occidente. Prueba de ello es cómo tienen parasitado tanto al gobierno de la ANP como al del Líbano. Azuzándoles, sus mentores, Irán y Siria, han cometido un error de proporciones inimaginables, porque Israel no abandonará las presas hasta verlas aniquiladas. La diplomacia, el diálogo y la paz se la traen al pairo porque saben que sus enemigos solos les quieren muertos. Y sus muertos también nos conmueven y nos llenan de horror.

Publicado por torresgalera @ 8:00  | Mundo
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