Jueves, 27 de julio de 2006
La sexta guerra israelo-palestinaCualquier mente y corazón sensible se siente conmovido y horrorizado cuando contempla la violencia ciega que el ejército de Israel, el Tsahal, está desplegando sobre el Líbano y sobre los territorios palestinos de Gaza y Cisjordania. Centenares de muertos y heridos inocentes, junto a miles de desplazados de sus casas, cuyo único delito es el de coexistir en los mismos pueblos y ciudades que los guerrilleros de Hamás y Hizboláh. Una vez más Israel está aplicando con toda crueldad su determinación y su fuerza la vieja ley bíblica del Talión.

Esta es una foto fija que se repite por sexta vez, tantas como guerras han enfrentado desde 1948 a árabes e israelíes. Una foto que ha petrificado en una idea colectiva instalada en buena parte de la sociedad europea y de otras partes del planeta. Es lógico, si tenemos en cuenta que la mayoría de los periodistas occidentales influyentes, de los líderes de opinión y de los líderes políticos de izquierdas se forjaron ideológicamente en los tiempos de la “guerra fría”. Fueron aquellos tiempos en los que se erigió el mito de la resistencia frente al imperialismo norteamericano. Así, la figura del guerrillero (en Sierra Maestra, Bolivia, Vietnam, Palestina...) quedó consagrado en el imaginario intelectual y estético de la izquierda marxista y socialdemócrata de la Europa salvada y redimida por la sangre de decenas de miles de soldados estadounidenses y por los dólares del Plan Marshall.

En aquellos años 50, 60 y 70 la izquierda europea se sintió fuertemente seducida -como efecto acción-reacción-, tras la traumática experiencia del nazismo y los fascismos occidentales y orientales, hacia el modelo totalitario soviético. Claro que era una izquierda muy sui géneris, capaz de retroalimentarse ideológicamente en un espacio de libertad y seguridad jurídica; a la vez que confortablemente instalada bajo el paraguas de una boyante economía, respaldada por Washington y la Reserva Federal.

Eran años en los que aún estaba lejano el fantasma del integrismo islámico, y en el que Israel libró cuatro guerras contra los países árabes circundantes (1948-1949, La de Suez-1956, De los Seis días-1967 y Del Yom Kipur-1973; en 1982 comenzaría la quinta con la invasión del Líbano). Los izquierdistas occidentales enseguida identificaron la resistencia palestina con la “Larga marcha” de Mao She-Tung en China, y con los sucesivos procesos anticolonialistas y revolucionarios de signo comunista en Vietnam y otros lugares de Asía, África e Iberoamérica. Y en aquel pequeño y mísero territorio de Palestina continuaba vivo el sangriento pleito por la instalación de dos Estados (la Resolución 181 de la ONU, aprobada el 29 de noviembre de 1947, establece la partición de Palestina, bajo protectorado británico, en dos Estados, uno judío y otro árabe, y deja Jerusalén bajo control internacional).

Tantas circunstancias históricas y geopolíticas simultáneas posibilitaron que germinara el mito de la resistencia guerrillera, de la legitimación moral del terrorismo y de la satanización del Estado judío. En pocos años se difuminó en la conciencia colectiva de amplios sectores sociales occidentales la simpatía conmiserativa hacia el pueblo judío por el Holocausto, transformándose en una especie de personificación del leviatán. En definitiva, se fabricó el mito porque la izquierda de entonces no fue capaz de asimilar que, en la primera guerra del 48, una minoría de seiscientos mil judíos doblegaran a cuatro millones de palestinos y a los ejércitos de los países árabes circundantes, incluido el de Egipto, por la fuerza de su determinación y de sus rudimentarias armas; la única ayuda económica recibida fue la de las comunidades judías de la diáspora.

Luego, en los años 50, la “guerra fría” alineó a la mayoría de los países árabes del lado soviético y a Israel del lado norteamericano, con lo cual la propaganda política alimentó hasta el paroxismo el debate ideológico, y redujo hasta la caricatura un problema complejo y tan antiguo que hunde sus raíces en la historia del Antiguo Testamento, pero que el eurocentrismo simplifica en maniqueas etiquetas de prejuicios.

Es esencial para la solución de este conflicto judeo-palestino que erradiquemos de nuestras mentes los estereotipos de buenos y malos. Dos pueblos (israelita y filisteo) con el mismo derecho a la existencia enfrentados a muerte por un suelo que uno no sabe y el otro no quiere compartir. Nadie es inocente porque todos han derramado sangre propia y ajena, hasta tal punto que ya no se puede precisar quién empezó primero.

Sin embargo, conviene tener en cuenta que Israel es la única democracia de esa región fustigada. Un pequeño y próspero Estado occidentalizado, acorazado por un poderosísimo ejército y asentado a duras penas sobre la tierra de sus ancestros y rodeado de varios cientos de millones de musulmanes deseosos de ver desaparecer para siempre el símbolo de la estrella de David. Israel polariza en nuestros días todo el odio y la quimera fanática del integrismo islámico impulsado por regímenes fundamentalistas como el de Irán, y antes el de los talibanes de Afganistán. Por eso es tan importante para Occidente el futuro de Israel, porque su destino preludia el nuestro.

Israel libra una batalla implacable porque sabe como nadie que la alternativa es desaparecer. En la actualidad cuenta con seis millones de habitantes, los mismos que fueron exterminados por los nazis en los campos de exterminio. Pero los enemigos se han multiplicados por cincuenta. Esto hace que sus respuestas sean implacables y contundentes, incluso excesivas, porque no se pueden permitir ninguna debilidad y hasta ahora les mantiene vivos. Hace cincuenta y ocho años el pueblo israelita encontró -después de dieciocho siglos- una nueva oportunidad para establecerse en la tierra de sus orígenes, y se ha conjurado para que nunca más sea arrojado de ella.

El contencioso de los secuestros de sus soldados, uno a manos de Hamás y dos por Hizbuláh, perpetrados en incursiones a su territorio, ha sido el detonante para demostrar al islamismo radical que es falsa su debilidad por la retirada de Gaza y el anuncio de hacerlo en Cisjordania. Este acosamiento en sus propias fronteras no lo puede consentir ningún gobierno de Israel por muy moderado que sea. Hamás e Hizbuláh son la expresión máxima de que el fundamentalismo islámico es el gran enemigo de Occidente. Prueba de ello es cómo tienen parasitado tanto al gobierno de la ANP como al del Líbano. Azuzándoles, sus mentores, Irán y Siria, han cometido un error de proporciones inimaginables, porque Israel no abandonará las presas hasta verlas aniquiladas. La diplomacia, el diálogo y la paz se la traen al pairo porque saben que sus enemigos solos les quieren muertos. Y sus muertos también nos conmueven y nos llenan de horror.

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S?bado, 22 de julio de 2006
Evolución de las fronterasDesde inicios del siglo XX, toda la política de los dirigentes sionistas -y, muy en particular, la de Haim Weizmann- estuvo orientada a negociar con las potencias colonialistas la obtención de una autonomía para la importante población judía en proceso de asentamiento en Palestina, fragmento territorial del Imperio Otomano bajo protectorado británico.

La “Declaración Balfour” del 2 de noviembre de 1917 es la primera expresión de esas negociaciones. Simultáneamente, Weizmann negoció acuerdos con el rey Feysal de Arabia, más tarde prolongados en las conversaciones con Abdallah de Jordania. El objetivo fue la obtención de una mínima nación judía soberana coexistente con su contexto árabe.

A partir de 1920, las relaciones entre los dirigentes sionistas y la Administración británica en Palestina se deterioraron por la prohibición británica de nuevas emigraciones judías, y los judíos palestinos -tras los importantes pogromos promovidos por la población árabe y tolerados por los británicos en 1929 y 1936- pasaron a estructurarse en organizaciones de autodefensa.

La Segunda Guerra Mundial y la explícita alineación del "muftí" de Jerusalén en favor de Adolf Hitler lanzaron a la población judía hacia la transformación de esas organizaciones de autodefensa en grupos armados que dibujarían el núcleo del futuro ejército israelí: “Irgún”, “Stern” y, sobre todo, “Palmach” (Ejército popular) y “Haganah” (Ejército de defensa). Tras el fin de la Guerra Mundial y bajo el trauma del holocausto nazi, se hizo inevitable la lucha armada contra la Administración británica: eran las tesis del llamamiento del año 1946 de la Conferencia Sionista Mundial para la resistencia contra el “Libro Blanco” británico de 1939. Fue el comienzo de la guerra en Palestina.

Bajo ese doble eje (deuda histórica hacia una población exterminada en los campos de concentración y riesgo permanente de guerra civil en Palestina), la ONU buscó desesperadamente una salida razonable para la “cuestión judía”. Eran ya casi seiscientos mil los judíos instalados en “tierra santa” y la tendencia migratoria continuaba.

Un primer plan de partición sería esbozado en 1946, y luego modificado en 1947. La formación de dos Estados, uno árabe y otro judío, sobre la antigua Palestina otomana fue aprobada por la Asamblea General de la ONU el 14 de mayo de 1948.

En su redacción final, la resolución de la ONU fue poco favorable para los intereses judíos. Aunque concedió la existencia de un Estado israelí, no es menos cierto que los territorios eran escasos y pobres, y las fronteras indefendibles. Basta echar una ojeada al mapa trazado por el plan en 1947 para captar las pocas posibilidades que tenía de sobrevivir aquel Estado israelí, dividido en dos sectores entrecruzados de adversarios.

Sin embargo, Ben Gurión aceptó de inmediato los términos de la resolución y proclamó la independencia de Israel. Por su parte, la Liga Árabe los rechazó de plano y llamó a la guerra santa. La primera guerra árabe-israelí había comenzado, y, con ella, la tragedia del pueblo palestino.

Noventa mil soldados egipcios, iraquíes, sirios y jordanos atacaron a los setenta mil guerrilleros de la “Haganah”. El resultado no pudo ser más adverso para los intereses de la población árabe palestina. Contra todas los pronósticos, los paramilitares de la “Haganah” barrieron a los ejércitos regulares árabes. Y para mayor desgracia, los palestinos vieron, a consecuencia de la guerra, como del territorio inicialmente fijado por la ONU para la formación de su Estado, una parte era anexionada por Israel y otras por los países árabes limítrofes. El Estado hebreo incorporó así 6.700 kilómetros cuadrados sobre lo previsto y estableció una línea de frontera menos inverosímil aunque aún militarmente muy vulnerable: en su parte más estrecha, el Estado hebreo no era, en 1948, sino una franja de 14 kilómetros entre Cisjordania y el mar; Egipto se apoderó de Gaza; Jordania, de la Samaria bíblica o Cisjordania, que componía la fracción esencial del territorio previsto por la ONU como Estado palestino.

El armisticio que dio fin a la guerra en 1949 consagraría un mapa político esencialmente distinto del previsto por la comunidad internacional. Palestina había muerto antes de haber comenzado a existir: 850.000 de sus habitantes iniciaron su largo exilio; el mundo árabe, entre proclamas retóricas más o menos lacrimógenas, se desentendió materialmente de ellos. Aún en 1956, Ahmed Chuqueiri, futuro presidente de la OLP, proclamaría en medio del consenso general árabe como era “público y notorio que Palestina no es más que Siria del sur”.

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Jueves, 20 de julio de 2006
Origen de un conflictoExisten palabras que hace mucho tiempo han perdido en la mayoría de la opinión pública su verdadero significado. Es más, el equívoco normalizado con el que sin el menor rubor se utilizan esos vocablos suelen tener un doble valor: el de designar (incorrectamente) el concepto al que nos referimos, y el utilizarlo como arma letal para descalificar al sujeto al que va dirigido. Sin duda se trata de una patología lingüística resultado de la retórica pasional con la que a menudo nos enfrentamos a los acontecimientos de nuestro mundo.

Una de estas palabras malditas es “sionismo” (aspiración de los judíos a recobrar Palestina como patria; movimiento internacional de los judíos para lograr esta aspiración), pero hay docenas. Se trata de una palabra de la que no se admite medias tintas, o mejor dicho, término medio. Para muchos ciudadanos europeos el término “sionismo” está indefectiblemente vinculado a “imperialismo” y, por ende, a “ultranacionalismo”. En definitiva, “sionismo” para muchos es lo mismo que “fundamentalismo” y/o “fascismo”. Por tanto, esta palabra y su antinómico (sionismo-antisionismo) determinan en nuestra sociedad la dualidad conceptual del conflicto judeo-palestino.

Ha sido la izquierda intelectual, política y sociológica la que desde hace décadas se ha alineado con el “antisionismo”, construyendo un sutil paralelismo con el “antisemitismo” en la segunda mitad del siglo XX. No obstante, conviene aclarar que el “sionismo” es una ideología política nacida en el medio judío laico -especialmente socialista- europeo a finales del siglo XIX bajo el impacto de la oleada antisemita cristalizada en el “caso Dreyfuss” (Francia, 1894); ideología que culmina su enunciación en la propuesta de construcción de un Estado judío en Palestina. Después del hecho fundacional, el uso del término “sionismo” es exclusivamente metafórico y no designa ningún movimiento social ni político diferenciable.

Una característica ideológica del movimiento sionista -formalmente constituido en Basilea en el año 1897- es la de que jamás tuvo relación alguna con el integrismo religioso. Este tópico no sólo es falso sino que nunca ha tenido la menor posibilidad de ser cierto. No hay más que examinar el rechazo histórico y teológico que la tradición rabínica ha dispensado a las reivindicaciones territoriales. En el judaísmo “ortodoxo” el proselitismo es una perversión teológica infundada. La elección divina del pueblo no es, ni metafísica ni teológicamente, compatible con la conversión como práctica de masa. En cambio, entre las tradiciones religiosas que practican el proselitismo -que, a su vez reposa sobre una hipótesis de salvación universalista- es norma ética primordial la identificación entre integrismo religioso y expansionismo territorial. Fue el caso de la tradición cristiana en tiempos no lejanos, cuando los creyentes se tomaban en serio su dogmática, y el del Islam en sus orígenes y en nuestros días.

Por eso conviene llamar a las cosas por su nombre. Y conservar un mínimo de memoria histórica. El sionismo no nació en medios rabínicos ni “ortodoxos”. Fue esencialmente fruto del judaísmo laico; es más, lo fue, en buena parte, de sus tendencias más radicales, más entreveradas con el naciente socialismo -los casos de Moses Hess o de Israel Zangwill son suficientemente significativos-, desde finales del siglo XIX. Su objetivo político, definido por su gran configurador doctrinario, Theodor Herzl, en El Estado judío (1896) como proyecto de construcción de un Estado judío en la Palestina otomana, chocó frontalmente con las posiciones mayoritarias del rabinato de la diáspora, que vieron en él una sustitución laica del ideal religioso.

Hasta el día de hoy en Israel, los sectores más ortodoxos del judaísmo de tradición mesiánica rigurosa siguen rechazando la legitimidad de un Estado constituido sin participación trascendente alguna. Porque, para un creyente, el Libro (Torá, [Pentateuco]), es transparente: “No habrá Reino mientras no haya Mesías.” Todo intento de acelerar su llegada es suplantación blasfema de la obra divina. Y eso es precisamente lo que el sionista, al consolidar un Estado israelí laico, lleva haciendo desde hace décadas.

Las importantes concesiones otorgadas por David Ben Gurion, primer presidente de Israel, a ese rabinato ortodoxo no lograron nunca borrar del todo un conflicto básico e insuperable. El fracaso de la “Haskala”, el movimiento asimilacionista que intentó, primero en Alemania y luego en Rusia, una integración plena del judaísmo en Europa, y los pogromos de 1819 y 1881, son los presupuestos inmediatos del ascenso del movimiento de Herzl en favor del retorno a Sión que el Primer Congreso Sionista proclamará en 1897 en Basilea.

En rigor, es preciso hablar de tres grandes oleadas migratorias, de tres grandes “aliya” o “ascensos” hacia Jerusalén anteriores a la proclamación del Estado en 1948. Desde el principio fueron los sectores económicamente más desvalidos de la comunidad judía mundial los que iniciaron su instalación en Palestina. Muy ligados al movimiento socialista y a tradiciones sindicalistas combativas, configuraron muy temprano -desde 1905- organizaciones obreras que cristalizaron en la formación del partido socialdemócrata “Poale-Zion de Eretz-Israel” y del más radical “Hapoel-Hatzair”, del que surgiría el movimiento juvenil marxista “Hachomer”. Sobre todo, se forjó la “Histraduth Haovdim be Eretz Israel” (Confederación Sindical de los Trabajadores de Israel), que sería uno de los ejes mayores del cooperativismo y el socialismo israelí.

Publicado por torresgalera @ 19:23  | Historia
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Viernes, 14 de julio de 2006
Bombardeo israelí contra HezboláEl conflicto que enfrenta a Israel con Palestina desde hace cincuenta y ocho años está hoy más lejos de la solución que cuando comenzó. Nadie duda de que el actual Estado de Israel es una realidad artificiosa, patrocinada por las potencias occidentales en la postguerra mundial. Quizá fue una cierta mala conciencia histórica, o tal vez un acto de redención justiciera hacia un pueblo secularmente maldecido y despreciado; quizá ambas cosas a la vez, más algunas otras. Pero lo cierto es que este pueblo semita se siente orgulloso de haber recuperado una porción de su tierra prometida, y nadie le volverá a echar de allí.

Lo que comenzó siendo una situación de dramática desventaja -en los primeros años del nuevo Estado- sirvió para fortalecer y consolidar la conciencia de la nueva (y vieja) nación, y para afrontar su destino con una determinación verdaderamente ejemplar. Su escaso millón de ciudadanos (entonces) resistieron y vencieron al pueblo palestino -seis veces más numeroso-, injustamente maltratado por la prepotencia de los administradores europeos desde finales del siglo XIX. Fue una situación extraordinaria y sin precedentes que otorgaba a palestinos y judíos poderosas razones para desconfiar: los primeros por asistir a la exoneración de parte de su patria secular, y los segundos por comprobar en sus propias carnes que el regreso a su tierra de promisión era cuestionada con las armas por los habitantes musulmanes.

El hecho de que Naciones Unidas -con la clara división de bloques antagónicos- bendijera la existencia del Estado de Israel no hizo más que favorecer la hostilidad y el enfrentamiento: cada uno de los bloques, liderados por Estados Unidos y la Unión Soviética respectivamente, permanecieron impasibles formalmente ante el violento forcejeo de israelíes y palestinos por imponer su status quo; sin embargo, por debajo de aquel escenario beligerante desplegaron un juego de intereses e influencias que envenenó el tablero geoestratégico de la región hasta nuestros días.

Resumiendo estas décadas de hostilidad, muerte y horror, es necesario recordar una vez más que ambas naciones enfrentadas han recorrido caminos abismalmente opuestos. Israel desde el principio se decantó por un modelo de estado democrático, parlamentario, laico, de respeto a los derechos humanos y con una economía insertada en el libre mercado. Es cierto que Israel ha contado con el lobby judío internacional, que en algunos casos detenta un gran poder económico además de considerables influencias políticas. Precisamente, esa afinidad entre el modelo de Estado elegido y el establishment judío internacional ha permitido a Israel convertirse en un “pequeño gigante” de la economía y la investigación científica y tecnológica.

Por su parte, el pueblo palestino ha seguido una pauta de ensimismamiento y perplejidad que a la postre ha sido muy autodestructiva. Sus dirigentes fueron presa fácil y se dejaron embaucar por la política de confrontación seguida por la extinta URSS. Pensaron que el escenario geográfico circundante les ofrecía ventajas determinantes frente a Israel. Pero el mundo musulmán de Oriente Próximo y Medio no se mostró tan decidido a comprometer su futuro respaldando incondicionalmente al pueblo palestino. La unidad nunca fue una realidad. Y cuando más se acercó a ella fue para aventurarse en campañas bélicas en las que fueron severamente vapuleados.

Finalmente, ¿qué queda de la solidaridad musulmana con el pueblo palestino?: mucha frustración y mucho juego de doble sentido. ¿Y en Palestina (Gaza y Cisjordania)?: un desastre de desquiciamiento político y de fanatismo estéril y autodestructivo? Sólo el dolor por sus muertos les une en el odio a Israel. Pero nadie se enfrenta al hecho de que el orgullo, el odio, el fanatismo y el rencor no ayudan a construir nada y sí a la autodestrucción por desesperanza.

El verdadero problema actual del pueblo palestino está en su división interna. La mayor parte se siente más cerca de la laica OLP que de los radicales islamistas de Hamás y Hezbolá. Pero por desgracia, la intransigente resistencia de las corrientes fanatizadas gana cada día terreno entre los jóvenes. Todo ello en una sociedad sin porvenir económico y totalmente dependiente de la solidaridad internacional, en especial de la Unión Europea.

Un pueblo dividido por múltiples rivalidades internas, sin cohesión social y sin un modelo de estado claro ni un discurso político esperanzador, es un interlocutor imposible para negociar con su enemigo y vecino. Los palestinos están condenados a una existencia agónica mientras no se desprendan de las cadenas totalitarias con las que han aprisionado sus sueños y sus reivindicaciones. Ningún país amigo les va a sacar de su miseria ni de su postración; en cambio son muchos los que tratan de sacar tajada del conflicto.

El empantanamiento de la política norteamericana en Iraq ha dado alas a los movimientos fanatizados y terroristas de la zona. No es casualidad que después de que Israel haya concluido su retirada unilateral de Gaza, las fuerzas armadas de Hamás hayan excavado un túnel para atacar bases militares en territorio de Israel; ahora es Hezbolá la que ataca desde el sur del Libano bases militares del norte israelí. Es obvio que Siria e Irán no son ajenas a estas hostilidades. Y, por tanto, no le cabe a Israel otro remedio que la respuesta contundente. Es cierto que la respuesta no debería exceder un límite de proporcionalidad a la agresión. Pero no olvidemos que el Estado de Israel existe hoy en día gracias a la firmeza y contundencia de su autodefensa. No lo olvidemos.

El pueblo palestino debería aprender la metodología y la determinación con las que los hebreos han construido su patria y su Estado. Debería convencerse de que la historia no tiene marcha atrás. Necesita enfrentarse a su destino con una única voz, que dialogue de igual a igual con su vecino: el pueblo judío. Mientras que no haya aceptación recíproca no habrá paz. No existe otra solución, o la guerra total.

Publicado por torresgalera @ 2:22  | Mundo
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Jueves, 06 de julio de 2006
RTVENo hay para qué extrañarse cuando una buena parte de la ciudadanía manifiesta su descreimiento hacia los sindicatos. No hay más que echar un vistazo a lo que ocurre en Radio Televisión Española. Desde hace dos años los representantes sindicales han sido incapaces de acordar con el Ente la actualización del convenio colectivo. Y hasta ahora no se ha producido ninguna queja contundente ni ninguna movilización a cuenta de tan importante asunto para los intereses de más de 9.000 trabajadores.

En cambio, con relación al llamado Plan de Viabilidad que el Gobierno -a través de SEPI (Sociedad Española de Participaciones Industriales)- pretende sacar adelante, al amparo de la reciente Ley de Radiotelevisión Pública, los sindicatos están sumidos en una estrategia incompresible y ausente de toda trasparencia hacia los empleados del Ente.

Las secciones sindicales con representación en el Comité General Intercentros de Radiotelevisión Española están dando una lección suprema de irresponsabilidad, parcialidad, incoherencia y de equívoca vocación de servicio. Más de un mes lleva el CGI negociando con la SEPI y con la dirección de RTVE el Plan de Viabilidad que entrará en vigor el próximo 1 de enero. Desde entonces, el oscurantismo y la opacidad informativa de los representantes sindicales se ha hecho clamorosa.

Conviene recordar, para hacernos una idea precisa de qué estamos hablando, que cuando apenas se filtró (el pasado marzo) el contenido del Plan que la SEPI iba a presentar a los sindicatos para negociar, los líderes laborales hicieron un enorme despliegue informativo y mediático para rechazar frontalmente dicho Plan. Es más, casi de forma simultánea, los sindicatos movilizaron a los trabajadores de RTVE y les convocaron a una huelga general; huelga que se produjo, finalmente, el 5 de abril, con éxito relativo.

Curiosamente, después de tanto ruido y ofuscación, a finales de mayo los miembros del CGI se reunieron formalmente, y por vez primera, con los responsables de la SEPI y de RTVE para comenzar a negociar el Plan de Viabilidad. En pocos minutos los sindicalistas dejaron constancia -al menos de cara a la galería- de las deficiencias insalvables del Plan. Las asambleas y comunicados a los trabajadores no se hicieron esperar.

Pasaron algunos días y los requerimientos de la SEPI al CGI para sentarse de nuevo a negociar surtieron el efecto esperado. Se supone que desde instancias gubernamentales se apelaría a las ejecutivas de CCOO y UGT. Lo cierto es que en pocos días comenzó a cumplirse un calendario de negociación que se ha prolongado hasta hoy. Y nunca más se supo. Los sindicatos, tan prolijos en hojas informativas y en toda suerte de actividades movilizadoras, han hecho mutis por el foro.

¿Qué está ocurriendo a estas alturas con el Plan de Viabilidad, en el cual se contempla un expediente de regulación de empleo que mandará a sus casas a 4.150 trabajadores en los próximos dos años? ¿Es razonable que los sindicatos mantengan un silencio sepulcral sobre un asunto tan sensible y que afecta a más del 40 por ciento de la plantilla de RTVE? Durante el pasado junio se ha instalado en los centros de trabajo una honda preocupación sobre esta cuestión, que se manifiesta en forma de bulos, rumores, macutazos y toda clase de especulaciones.

Entre tanto, CCOO no siente el menor rubor en denunciar estos días lo que considera "descuento excesivo" en las nóminas de aquellos trabajadores que secundaron la jornada de paro. Como se puede colegir, el cabreo general hacia los sindicatos es monumental. La mayoría de los empleados del Ente se sienten, una vez más, manipulados, si no engañados, en el convencimiento de que los sindicatos mayoritarios (CCOO y UGT) ya han alcanzado un acuerdo general, sólo pendiente de algunos flecos.

¿Entonces, a qué están esperando para anunciar los términos en que ha quedado el Plan de Viabilidad de la futura Corporación RTVE? Muchos son los que piensan que el futuro de las secciones sindicales y sus delegados es lo primero que se ha asegurado en esta negociación sin luz ni taquígrafos; también que los objetivos políticos priman sobre los laborales. No es competencia de los sindicatos -aunque están en su derecho a opinar- decidir sobre el modelo de radiotelevisión pública, ni sobre el futuro plan empresarial, ni mucho menos (como propone ahora CCOO) plantear un catálogo de condiciones para abordar los contenidos de los informativos.

Está claro que los sindicatos mayoritarios hace tiempo que han descontado de sus reivindicaciones el futuro de los 4.150 trabajadores, de más de 52 años de edad, que van a prejubilar. Sus prioridades pasan por otras coordenadas, que se desconocen pero se pueden intuir. Los sindicatos, que cuentan con docenas de liberados bien retribuidos, viven enfrentados (prácticamente ni se hablan). Por eso es tan importante para cada uno no perder presencia (será inevitable con la merma de plantilla) ni privilegios en la futura empresa.

Sorprendió en su día el tremendismo de los sindicatos. Comenzaron estos con una oposición radical al Plan de Viabilidad y Saneamiento de RTVE. No dudaron en convocar una huelga al grito de “Aquí no sobra nadie. Que se saneen ellos”. Fue una estrategia de máximos, en la que no cabía una escalada gradual si persistía el desencuentro. Por tanto, el proceso en defensa de los trabajadores ha ido de más a menos. Ha sido un planteamiento funesto que se ha sellado con un secretismo vergonzoso, y que se rompe de vez en cuando por filtraciones a la prensa. En definitiva, pura fanfarronería sindical alimentada por la credulidad de muchos incautos.

S?bado, 01 de julio de 2006
ImagenEl presidente del Gobierno se ha erigido en un «Príncipe de la Paz» de facto. Está plenamente decidido a favorecer los medios para acabar con el terrorismo de ETA. Para ello no ha dudado en asumir el leguaje de los violentos; habla de conflicto y de proceso de paz, por lo que acepta la tesis etarra de que el pueblo vasco sufre una agresión histórica por parte del estado español.

El presidente Rodríguez Zapatero hace ostentación de providencialidad. Se siente destinado a erigir los cimientos de un nuevo orden nacional. Él inaugura un nuevo espíritu, una nueva conciencia que toma del pasado (la Transición) aquello que anima la dialéctica del entendimiento y el compromiso, pero enriquecido con su propia y genuina aportación de una fe ciega en las oportunidades del futuro. En definitiva, ha diseñado una entelequia retórica que va perfilando, improvisadamente, en la confianza de que serán otros los que se equivoquen.

Pero antes que nada, lo primero que habría que destacar es que la paz no se pacta, sino que se conquista; la paz sólo se negocia cuando se ha vencido (paz impuesta) o cuando se ha perdido (paz concedida mediante un precio). En segundo lugar, que yo sepa, no existe ningún conflicto (otro gallo cantaría si lo hubiera) entre una parte del pueblo vasco con el resto de España. Según mi modesto entender, lo que existe es una actividad de violencia terrorista producida por unas centenas de ciudadanos del País Vasco que, desde hace cuatro décadas, están empeñados en imponer su discurso totalitario e independentista a base de pegar tiros en la nuca, poner bombas, secuestrar y extorsionar para financiar su proyecto nauseabundo.

ETA nació en 1959 de una escisión del PNV. Fue un acto de discrepancia juvenil hacia una generación de perdedores nostálgicos y ensimismados. Eran tiempos aquellos donde el franquismo no daba la mínima esperanza a la quimera de Eskal Herria, y donde el marxismo tenía embaucada a buena parte de la intelectualidad burguesa en la Europa occidental. Aquellos disidentes peneuvistas descubrieron la cuadratura del círculo en el sincretismo de las ideas nacionalistas de Sabino Arana y la doctrina marxista-leninista, pasada por el pensamiento Mao Tse Tung. Total, el franquismo justificaba cualquier forma de oposición por bárbara que esta fuera.

Desgraciadamente la historia ha dejado al descubierto el verdadero rostro de ETA y todo lo que representa políticamente. La primera vez fue con motivo de la amnistía general de 1977. Pocos años después con el conflicto interno entre ETA militar y los llamados «poli-milis », partidarios éstos de un cambio radical a favor de la estrategia exclusivamente política. Desde entonces, los «duros » han impuesto su criterio. Y únicamente cuando a la banda le ha interesado ganar tiempo para reorganizarse, ha simulado treguas y deseos de negociar.


Publicado por torresgalera @ 12:23  | Pol?tica
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