Viernes, 22 de septiembre de 2006
Fanáticos islamistas conta el PapaEste viernes de otoño incipiente ha sido marcado, excepcionalmente, en el calendario musulmán como “Día de la ira”. No está nada mal en una religión que glorifica a Dios con más de cien atributos excelsos y sublimes. Afortunadamente, la autoridad islámica que tuvo la sagacidad de convocar esta jornada mundial de protesta contra el Papa Benedicto XVI, el ulema Yusef Al Qardaui -dirigente de la Unión Mundial de Sabios Islámicos (UMSI)-, tuvo la gentileza de matizar en su convocatoria que dicha jornada de la ira debería transcurrir de manera “razonable y no violenta”. ¡Alabado sea el Señor! Como si la ira no fuera violencia en sí misma.

A mí, este embrollo que se ha organizado en el mundo islámico, por algunas de las frases pronunciadas por el Papa en la universidad alemana de Ratisbona, no me ha sorprendido lo más mínimo. Sí lo hizo, en cambio, la bronca (con efecto retardado) montada hace unos meses con motivo de las ya famosas caricaturas de Mahoma en un periódico danés. Pero en la presente ocasión, estaba cantado que más pronto que tarde la confrontación con la Iglesia Católica tendría que aparecer por algún lado. Porque, no lo olvidemos, la Iglesia Católica simboliza para el Islam radical al enemigo secular que -desde prácticamente el comienzo de la Hégira- tuvo que combatir hasta la extenuación.

Como se puede comprender, a estas alturas sacarle punta tan insidiosa y desproporcionada a una cita histórica, traída a cuento por el Papa en uno de sus mensajes públicos, para subrayar la necesidad de un diálogo conciliador entre razón y fe, no es pura casualidad. En los ambientes fundamentalistas y fanatizados del islam los motivos para el odio y el desprecio sobran; ahora se buscan los pretextos para la guerra mediática. Y los dirigentes radicales musulmanes saben que sus gestos y su estrategia se abren paso con suma facilidad en la opinión pública, a través de unos medios de comunicación sometidos en sus áreas de influencia y acomplejados e intimidados en el mundo libre occidental.

No hay más que echar un vistazo en derredor nuestro para comprobar en la prensa como respira el personal. Buena parte de los líderes de opinión han entrado al trapo de la polémica cita de Benedicto XVI dando al Papa la razón pero cuestionando su oportunismo e, incluso, sus dotes diplomáticas. En otros casos el presunto agravio ha sido directamente aprovechado por los anticlericales para arrearle una buena andanada al Santo Padre y, de paso, mostrar su cínica sensibilidad hacia el islamismo rampante. En cuanto a los dirigentes políticos europeos, americanos y demás, ha sido evidente su escasa movilización a favor de Benedicto XVI; y los que lo han hecho desde luego no han destacado ni por su presteza ni por su rotundidad.

Yo no voy a entrar en el fondo de la controversia, pues me parece inútil de puro evidente. Sí, en cambio, deseo subrayar -una vez más- que aquí lo que subyace es un grave problema: el resurgimiento del totalitarismo como modelo de sociedad frente al modelo liberal y democrático. La obsolescencia del marxismo y la desaparición de la política de bloques ha permitido el afloramiento, como forma de contrapoder, de una nueva ofensiva del totalitarismo: esta vez cifrada en una ideología teocrática basada en el Islam. Esto no quiere decir que el Islam sea -necesariamente- totalitario, sino que en el seno de la sociedad musulmana actual se dan las condiciones para un pensamiento político redentorista que se sirve del islam para un proyecto de poder universal.

La realidad que está permitiendo este nuevo “amanecer” visionario y redentor, que alimenta el radicalismo islamista, se sustenta sobre una panoplia de circunstancias que, una a una, por sí mismas, no tendrían mayor importancia, pero juntas hacen una mezcla explosiva: la existencia de más de mil millones de creyentes musulmanes; un declinado gran pasado, repleto de agravios por parte, precisamente, de los estados cristianos occidentales; conciencia de ser víctimas de unas políticas depredadoras e implacables, llevadas a cabo por las potencias occidentales desde la desaparición del imperio otomano en 1923; frustración en muchos países musulmanes por su atraso económico y social respecto al mundo desarrollado, a sabiendas de que el millonario flujo de petrodólares es una única fuente de ingresos administrada de forma muy caprichosa por los poderes locales; y, finalmente, el fundado temor a que el proceso de globalización termine por disolver, en gran medida, la estructura social, cultural y religiosa sobre la que se asienta el poder omnímodo y totalitario en las naciones islámicas.

Este y no otro es el fondo de la cuestión que separa y enfrenta al Islam con Occidente. Democracia frente a totalitarismo: esta es la encrucijada. Por ello, la libertad, sea de pensamiento o de opinión, nunca puede ser causa de ofensa o de agravio. Por el contrario, los fanáticos e intransigentes oponen a la libertad la ira, que, en sí misma, encarna violencia. Esto nos debería llevar a desechar retóricas peligrosas como la “Alianza de Civilizaciones”, que no hacen sino enredar y confundir a la opinión pública. Una cosa es el diálogo franco y abierto entre naciones o entre religiones, y otra es renegar de nuestro pasado y de lo que somos, gracias y sobre todo al Cristianismo con su fe y con su razón. De los errores y excesos la Iglesia ya ha pedido perdón en numerosas ocasiones, y todos hemos aprendido la lección. ¿Para cuándo el acto de contrición del islamismo?

Publicado por torresgalera @ 20:58  | Mundo
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