Jueves, 05 de octubre de 2006
Clara CampoamorSi tuviera que nominar a una candidata como merecedora del puesto de honor en la lista de mujeres más importantes en la Historia de España del siglo XX, sin dudarlo un instante propondría a Clara Campoamor. Esta madrileña fue un preclaro ejemplo -emulado por otras muchas pero no superado- de valor, de tesón, de sacrificio, de confianza en sus convicciones y de fe en sus ideales republicanos.

Clara Campoamor no sólo fue una gran defensora de los derechos civiles de la mujer, sino que con el logos y el corazón se entregó en cuerpo y alma a la conquista del sufragio universal. Su encendida lucha a favor del derecho al voto de las mujeres fue, en realidad, la lucha por la igualdad de derechos de hombres y mujeres y, por tanto, por el sufragio universal en España. Ni más, ni menos.

Como la Historia nos ha enseñado en demasiadas ocasiones, pocos son los grandes líderes revolucionarios que sobreviven a las primeras etapas de las revoluciones que ellos impulsaron. Esto le pasó a Clara Campoamor, que aunque consiguió que el Congreso de los Diputados aprobara la ley que permitía a las mujeres votar, su valiente gesta le granjeó el odio y la inquina de buena parte de la clase política de su tiempo, tanto de izquierdas como de derechas. Y en los años siguientes se la denigró tanto por unos y otros que acabó condenada al ostracismo.

Ya sabemos que la vida no es justa ni injusta. La justicia es una abstracción conceptualizada que el ser humano instrumentaliza para corregir y restaurar los agravios y perjuicios que causan las conductas individuales, de grupos o de instituciones -sobre todo las conductas dolosas- en sus semejantes. Pero el caso de Clara Campoamor es un caso singular de injusticia histórica, digno de un capítulo en cualquier manual de Historia Contemporánea de España. Es un extraordinario ejemplo del daño irreparable que se puede causar a un ser humano honrado y virtuoso por culpa de la estulticia, la ignorancia, la envidia y la estupidez de algunos (o de muchos) de sus coetáneos.

Clara Campoamor se abrió paso en la vida a fuerza de voluntad y de sacrificio. Su única diferencia con otras miles de mujeres que también libraron arduas batallas para sobrevivir y defender su dignidad, es que tuvo la clarividencia -y tal vez también la fortuna- de identificar correctamente las claves de la superación personal, cultural y social de su época, y se entregó a ellas con confianza y determinación.

Fue una mujer sencilla y humilde, que se hizo a sí misma, y que se enfrentó siempre a todo aquello que supusiera un obstáculo para alcanzar sus sueños e ideales. «Mi ley es la lucha», llegó a decir para definir el motivo que impulsaba tanto derroche de entrega. Su idealismo político la inspiraba a trabajar por una España en donde la cuna fuera un origen, no un destino, y donde la Ley no fuera un castigo sino un amparo.

Este primero de octubre se ha cumplido el 75 aniversario de la aprobación en España del sufragio universal. Una fecha que deberíamos tomar como referencia, no para celebrar los tres cuartos de siglo de vigencia de este derecho -ya que durante cuarenta años estuvo suspendido por la dictadura franquista-, sino para iniciar un proceso de recuperación de la memoria histórica de Clara Campoamor, la personalidad femenina de mayor dimensión política y social del siglo XX en España.

Afortunadamente, la figura de Clara Campoamor no vive en la actualidad en el olvido. Hace tiempo que ha sido recuperada por diferentes movimientos civiles, sobre todo el feminista. Pero aún persiste el agravio de la izquierda institucional, esa que tanto se desgañita por condenar los símbolos franquistas. Esa que hace 75 años se enfrentó a Campoamor en el Parlamento para impedir que se aprobara el derecho al voto de la mujer. Esa que le negó el pan y la sal en los años siguientes, y la responsabilizó de que las derechas ganaran las elecciones de 1933. Esa que si hubiera tenido ocasión la habría fusilado en 1936, junto a cualquier tapia de las afueras de Madrid al amparo de las sombras de la noche.

Ya por entonces el pesimismo y la decepción se habían instalado en su alma. En Mi pecado mortal. El voto femenino y yo, libro que publicó a finales de 1935, podemos leer: «Lo que no espero ocurra es que se eleve una voz, una sola, de ese campo de la izquierda, de quien hube de sufrirlo todo, por ser el único que ideológicamente me interesa, y al que aún aislada sirvo; una sola persona que, por estímulos de ética, de mínima reparación, clame y confiese la verdad y proclame al menos que no fui la equivocada yo, sobre quien se han acumulado las pasiones y la injusticia.»

La huida de España en 1936 y un largo exilio hasta su muerte, acaecida en la ciudad suiza de Lausanne, en abril de 1972, fue el premio que recibió esta republicana convencida, liberal, laica y demócrata hasta la médula; el premio por renegar de los republicanos oportunistas y por desdeñar a la izquierda marxista. Pero no cabe duda que Clara Campoamor, más pronto que tarde, acabará ocupando el sitio que le corresponde en el frontispicio de la Historia de España.

Publicado por torresgalera @ 13:52  | Pensamientos
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