Martes, 24 de octubre de 2006
Planeta TierraYo soy de los que piensan que la tierra no pertenece a los hombres; en todo caso somos nosotros los que pertenecemos a la tierra. Ella existía mucho antes de que los hombres deambulasen de aquí para allá, a la busca de refugio y sustento. Y así seguirá siendo cuando el último homo sapiens se extinga. Por eso conviene no olvidar que la tierra nos enseñó a descifrar sus secretos y conformó la naturaleza humana, desde sus orígenes hasta nuestros días.

La Dea Mater forjó y cinceló nuestra condición como especie mediante un sutil y complejo lenguaje cósmico. El hombre aprendió a sobrevivir en los parajes más inhóspitos de la naturaleza porque en todos es susceptible la vida. Y cuando un territorio ofreció frutos y condiciones suficientes para que cualquier grupo humano se sintiera seguro y satisfecho, éste rindió pleitesía y se entregó sumiso a sus leyes; incluso inhumó los huesos de sus muertos para que la tierra se cobrara el tributo de su magnanimidad.

Pero como no podía ser de otra manera, la soberbia humana y su estolidez, han hecho posible fenómenos tan antinaturales y destructivos como el nacionalismo. En España hemos vivido en los últimos sesenta años -y estamos viviendo en la actualidad, con la inmigración- los ejemplos más irrebatibles de la condición humana. Cuando en décadas pasadas la necesidad acuciaba a millones de individuos, el amor a la patria (lugar de nacimiento o de crianza) no impidió la emigración masiva en busca de horizontes más prometedores. También en un pasado más lejano, los catalanes buscaron tierras de promisión en el archipiélago de Baleares, al sur del Levante hispánico o allende el Mediterráneo. Por su parte, vizcaínos y gallegos se sumaron a las causas de Castilla y se aventuraron en la epopeya americana para mayor gloria de su señor y para ilustrar el apellido de su propia estirpe.

El alejamiento del solar patrio a pocos deja indiferentes: se le recuerda y añora con profundo sentir. La patria infunde un sentimiento hondo de pertenencia -nosotros a ella- por el hecho de nacer o de crianza. Se trata de un sentimiento amoroso porque nos enraíza con la Dea Mater, y vincula nuestra existencia al planeta Tierra y, por tanto, al Universo. En definitiva, la tierra de nuestra infancia nos encadena y nos hace suyos, y más si nuestros vínculos familiares permanecen en este lugar.

Por eso resulta tan pedestre, ramplón y obtuso ese discurso reivindicativo de la patria por los oriundos o por los forasteros recién incorporados a la religión nacionalista. Ese discurso de exaltación patriótica en realidad no es más que un gesto de afirmación frente a otros: un complejo de inferioridad que se necesita redimir. Esta es la razón que lleva a los nacionalistas a inventar agravios y distorsionar la realidad a base de mentiras y de medias verdades; por lo que no cejan en caldear el ambiente de las relaciones con el supuesto agresor con todo tipo de intencionadas mal interpretaciones. El victimismo es el recurso imprescindible para justificar los métodos que llevan a la consecución de sus fines.

Insisto, la Tierra no es nuestra sino que nosotros pertenecemos a la Tierra; y ella nos acogerá y fundirá su polvo con el nuestro. No haber aprendido esto y dedicar nuestra corta existencia a reclamar la exclusividad de una tierra bajo pretexto de una raza, de una lengua o de una religión es una muestra de la contumacia y de la soberbia del ser humano. A la postre, la Dea Mater dará cuenta de nuestra insignificancia.

Publicado por torresgalera @ 14:55  | Pensamientos
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