Martes, 31 de octubre de 2006
Los negociantesCuando el llamado "proceso de paz" se dé por fracasado sólo se darán dos opciones: aceptar con humildad el fiasco y aprestarse con determinación a enmendar el entuerto, o lamentarse de la porfía y responsabilizar a otros del fracaso. En cualquier caso, ambas situaciones serán igualmente lamentables y bochornosas; pero la segunda (la más probable) será miserablemente inmoral.

La naturaleza de ETA -como la de cualquier organización criminal- es violenta. La gran diferencia es que ETA nació tras un proceso de racionalización ideológica y, por tanto, está enraizada en la conciencia sensible: la violencia es asumida como el único método dialéctico para alcanzar unos fines, en este caso la independencia de Euskal Herria (País Vasco, Navarra y los territorios franceses del Departamento de los Pirineos Occidentales).

Por eso resulta de una irresponsabilidad insultante que -después de más de cuarenta años de violenta existencia de ETA- el gobernante Rodríguez Zapatero haya emprendido el camino del diálogo con la banda terrorista y su brazo político (Batasuna). El doloroso sacrificio de la sociedad española (826 asesinatos, centenares de heridos y lisiados, miles de familias agraviadas y millones de euros de pérdidas materiales) durante estas cuatro décadas está siendo despreciado de forma ignominiosa.

El Estado de Derecho español y su marco jurídico penal hacen gala de una vocación redentorista extraordinaria hacia el delincuente. Tan es así, que a la supresión de la pena de muerte y de la cadena perpetua hay que sumar un régimen de cumplimiento de penas sin parangón en la comunidad internacional. Es más, incluso se ha tenido que reformar el Código Penal para que el terrorista más cruel y sanguinario pueda llegar a cumplir 40 años de privación de libertad, aunque sobre él pesen 20 ó 30 condenas por asesinato en primer grado.

Por tanto, la lógica de la historia de lucha contra esta banda criminal debería haber enseñado a cualquier ciudadano con aspiraciones políticas, que ETA es incompatible con el régimen democrático español. Y que si existe alguna posibilidad de acabar con ETA, que no sea mediante la derrota policial y judicial, sería después de que los implicados en delitos -sea cual fuere su naturaleza- cumplieran las preceptivas condenas de los tribunales, así como de que el resto de los integrantes dieran pruebas concluyentes de arrepentimiento y expresaran de forma fehaciente su voluntad de reintegrarse a la vida democrática.

Nada de todo esto ha ocurrido. Por el contrario, Batasuna y ETA han expuesto con contumaz reiteración las condiciones mínimas para implicarse en el "proceso de paz". Sus reivindicaciones no se han movido un ápice desde aquel 31 de julio de 1959 de su fundación en Bilbao. La independencia de Euskal Herria no es la meta final, sino el punto de partida para crear un Estado socialista. Los pasos previos para alcanzar ese punto crítico es el reconocimiento del derecho de autodeterminación y la integración de Navarra en Euskadi. El regreso de los presos a casa es una exigencia menor pero de gran calado emocional.

Yo no voy a repetir aquí ninguna circunstancia ni episodio de cuanto está sucediendo desde que el presidente del Gobierno de España se lanzara a esta loca aventura negociadora. El maniqueísmo que domina en todo el debate político sobre este asunto no hace, además, sino desvirtuar la naturaleza perversa y el fondo indecente de intereses de poder, de unos y otros. Lamentablemente, la irracionalidad de la situación no puede concluir más que en fracaso, porque el mal jamás puede engendrar el bien; y la mentira nunca puede iluminar la virtud.

La gran pregunta que queda por despejar es: ¿Quién pagará los platos rotos? Espero que Rodríguez Zapatero y su más significativa corte de turiferarios y cómplices oportunistas reciban su merecido.

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Mi?rcoles, 25 de octubre de 2006
Artur Mas, presidente de CiUCiudadano Artur Mas. Me dirijo a usted para llamar su atención sobre algunas cuestiones de su proceder político que me parecen muy graves y lesivas para la convivencia. Y dado que usted es el candidato de CiU a la presidencia de la Generalidad de Cataluña, creo que debería ponderar más su discurso y sus gestos políticos.

En primer lugar, tengo que señalar que usted transmite la sensación de estar encantado con haberse conocido. Esto, de ser así, es peligrosísimo, puesto que es muy fácil deducir que de usted para arriba nadie, sino todo lo contrario; eso de mirar por encima del hombro a los demás es de una insolencia imperdonable. Así que, usted mismo.

Una segunda cuestión tiene que ver con el gesto histriónico que ha protagonizado usted con el numerito del notario. Sinceramente le confieso que ha imitado de maravilla a un típico gerente comercial. Es aquello de si no queda conforme le devolvemos su dinero. Pero con ser una grosería más, de las muchas que ustedes los políticos hacen y dicen -sobre todo en las campañas electorales-, lo peor de todo es que usted no ha tenido el menor empacho -con ese gesto tan mediático- de despreciar de un plumazo a un sector considerable de la sociedad catalana. Pues muy bien, con su pan se lo coma, pero luego no nos venga con que usted es un grandísimo demócrata y un gran amante de Cataluña. Mal asunto es ese de repudiar a un hermano sin que éste le haya birlado la mujer, robado la herencia ni traicionado en los negocios. Tan sólo, porque es diferente.

Y, por último, quisiera recordarle que profesionalizar un sentimiento (el de usted por su patria) es de una bajeza moral portentosa. El sentimiento surge espontáneamente como respuesta del espíritu a ciertas experiencias personales. Es un hecho subjetivo que se puede analizar y ponderar, no discutir e imponer. Le aseguro, señor Mas, que yo entiendo a Jaime I el Conquistador, a Ramón Llull, a Ausias March, a Francesc Cambó y a Josep Plá, entre otros grandes catalanes de todos los tiempos. Pero a usted y a otros como usted -lo mismo me dá de derechas que de izquierdas-, no sólo no les entiendo sino que les detesto por la malignidad intrínseca de su quehacer en la vida pública. En vez de trabajar en aras de concitar la concordia con sus semejantes, usted trabaja incansablemente en acentuar las diferencias, el enfrentamiento y la exclusión de aquellos que no sienten ni opinan como usted. Y lo peor de todo es que encima se cree imbuido de legitimidad intelectual y moral por el hecho de que cientos de miles de catalanes le apoyan y votan. A Adolf Hitler también le apoyaron y votaron millones de alemanes y mire usted lo que pasó.

Termino, señor Mas, señalándole que su posibilismo político es un juego que probablemente le llevará al Palau de San Jordi. Pero no olvide que será a costa de un gran ejercicio de mezquindad y de un innoble proceder. Cataluña no necesita reinventarse a sí misma pues ya es grande, con usted y sin usted. Y sin Maragall y demás socios de la presente y lamentable legislatura.

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Martes, 24 de octubre de 2006
Planeta TierraYo soy de los que piensan que la tierra no pertenece a los hombres; en todo caso somos nosotros los que pertenecemos a la tierra. Ella existía mucho antes de que los hombres deambulasen de aquí para allá, a la busca de refugio y sustento. Y así seguirá siendo cuando el último homo sapiens se extinga. Por eso conviene no olvidar que la tierra nos enseñó a descifrar sus secretos y conformó la naturaleza humana, desde sus orígenes hasta nuestros días.

La Dea Mater forjó y cinceló nuestra condición como especie mediante un sutil y complejo lenguaje cósmico. El hombre aprendió a sobrevivir en los parajes más inhóspitos de la naturaleza porque en todos es susceptible la vida. Y cuando un territorio ofreció frutos y condiciones suficientes para que cualquier grupo humano se sintiera seguro y satisfecho, éste rindió pleitesía y se entregó sumiso a sus leyes; incluso inhumó los huesos de sus muertos para que la tierra se cobrara el tributo de su magnanimidad.

Pero como no podía ser de otra manera, la soberbia humana y su estolidez, han hecho posible fenómenos tan antinaturales y destructivos como el nacionalismo. En España hemos vivido en los últimos sesenta años -y estamos viviendo en la actualidad, con la inmigración- los ejemplos más irrebatibles de la condición humana. Cuando en décadas pasadas la necesidad acuciaba a millones de individuos, el amor a la patria (lugar de nacimiento o de crianza) no impidió la emigración masiva en busca de horizontes más prometedores. También en un pasado más lejano, los catalanes buscaron tierras de promisión en el archipiélago de Baleares, al sur del Levante hispánico o allende el Mediterráneo. Por su parte, vizcaínos y gallegos se sumaron a las causas de Castilla y se aventuraron en la epopeya americana para mayor gloria de su señor y para ilustrar el apellido de su propia estirpe.

El alejamiento del solar patrio a pocos deja indiferentes: se le recuerda y añora con profundo sentir. La patria infunde un sentimiento hondo de pertenencia -nosotros a ella- por el hecho de nacer o de crianza. Se trata de un sentimiento amoroso porque nos enraíza con la Dea Mater, y vincula nuestra existencia al planeta Tierra y, por tanto, al Universo. En definitiva, la tierra de nuestra infancia nos encadena y nos hace suyos, y más si nuestros vínculos familiares permanecen en este lugar.

Por eso resulta tan pedestre, ramplón y obtuso ese discurso reivindicativo de la patria por los oriundos o por los forasteros recién incorporados a la religión nacionalista. Ese discurso de exaltación patriótica en realidad no es más que un gesto de afirmación frente a otros: un complejo de inferioridad que se necesita redimir. Esta es la razón que lleva a los nacionalistas a inventar agravios y distorsionar la realidad a base de mentiras y de medias verdades; por lo que no cejan en caldear el ambiente de las relaciones con el supuesto agresor con todo tipo de intencionadas mal interpretaciones. El victimismo es el recurso imprescindible para justificar los métodos que llevan a la consecución de sus fines.

Insisto, la Tierra no es nuestra sino que nosotros pertenecemos a la Tierra; y ella nos acogerá y fundirá su polvo con el nuestro. No haber aprendido esto y dedicar nuestra corta existencia a reclamar la exclusividad de una tierra bajo pretexto de una raza, de una lengua o de una religión es una muestra de la contumacia y de la soberbia del ser humano. A la postre, la Dea Mater dará cuenta de nuestra insignificancia.

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Lunes, 23 de octubre de 2006
La acción de la NaturalezaSon muchos los pensadores y filósofos que afirman que la sociedad actual se encuentra en un punto irreversible de cambio. Sin embargo, lo que nadie se atreve a formular es hacia dónde se dirige ese cambio, cuáles son las líneas maestras del nuevo orden, qué tipo de sociedad nos espera (o espera a los que tengan la fortuna de conocerla). En fin, la cosmovisión de las generaciones nacidas hasta el albor de la década de los setenta está cumpliendo el fin de sus días. Algo nuevo se está gestando en la intrahistoria de los acontecimientos contemporáneos que, a modo de biológica metamorfosis, preludia el nacimiento de una desconocida pero apasionante realidad.

En cualquier caso, conviene tener presentes algunos de los síntomas que dominan el momento presente, para que nuestro ejercicio de análisis previsorio tenga alguna opción de plausibilidad. En primer lugar, si echamos un vistazo al pulso vital de las relaciones en la comunidad internacional, es fácil colegir la multiplicación de focos de tensión y el aumento irresistible de agravios entre naciones y entre comunidades humanas. Los motivos y razones de tanta crispación son de todo tipo: políticos, económicos, territoriales, sociales y religiosos.

Por otra parte, contrasta en el momento actual -respecto a décadas pasadas- el empobrecimiento intelectual de nuestra sociedad. Es curioso que en un mundo donde cada día mayor número de personas tienen acceso a los diferentes sistemas educativos, estos a su vez se están haciendo menos exigentes y rigurosos, con lo que el resultado es una formación cada vez más roma y zafia. Como resultado final, los ciudadanos nos encontramos con que las clases dirigentes están siendo invadidas por personajes muy menguados de talla intelectual y de valores morales. La ética se ha vuelto acomodaticia y cortada a la medida de las necesidades y ambiciones de los que desean medrar a costa del erario público.

Cada vez estamos más lejos de aquellos tiempos en los que los mejores individuos de cada nación se sentían atraídos al compromiso de las "rex publica". No. Al contrario. Salvo excepciones, en la actualidad las mejores cabezas de cada nación se sienten repelidas a involucrarse en la vida pública. El orillamiento de códigos de honor, la renuncia a los principios filosóficos del humanismo cristiano (sí, cristiano, ese humanismo que ha forjado toda una tradición y memoria histórica, y en el que las sociedades europeas han destilado su esencia y construido su ser), el relativismo moral y ético en el que se desarrolla el debate público, y la consagración del esfuerzo a la satisfacción de nuestras presuntas necesidades materiales, son motivos suficientes para alejar del ágora público a cualquier mente inquieta, sensible y comprometida con el bienestar del ser humano.

Nadie sabe ni el tiempo que durará este cambio de nuestro mundo ni la naturaleza del mismo. Pero lo que es indudable es que el individuo cada vez se sentirá menos participe de su colectividad, aunque la realidad que le circunde le hará sentirse imprescindible. Será una realidad virtual manejada sin compasión por unos líderes sin alma pero que conocen todas nuestras debilidades.

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Viernes, 06 de octubre de 2006
Jóvenes en la calleDesde el pasado lunes hemos podido leer en la prensa y escuchar y ver en los medio audiovisuales noticias de este tenor: multitudes de jóvenes celebran botellones desafiando las ordenanzas municipales en Granada y Sevilla; varios centenares de jóvenes se enfrentan violentamente en Barcelona a la policía en protesta del plan urbanístico que está realizando el Ayuntamiento en un barrio; actos de terrorismo urbano en diversos municipios del País Vasco; noticias sobre violencia en centros escolares; nuevos asesinatos a mujeres por sus parejas o exparejas; profanación de tumbas en cementerios a manos de grupos organizados...

Y, además, toda la retahíla habitual de actos violentos por delincuentes de todo tipo, así como de accidentes de tráfico gravísimos, en los que el alcohol y las drogas están por medio. Pero es más, de repente nos llega la última estadística que señala que cada cuatro minutos se produce en España un divorcio; en algunas comunidades, como Canarias y Baleares, por cada casamiento que se produce ocurre otro divorcio. El cuadro no deja de ser sorprendente y abrumador.

Nuestra sociedad tiene un problema muy serio. Cito estos ejemplos de tan sólo cinco días, no porque sean los jóvenes los únicos implicados en tan graves desordenes de conducta sino porque son los que más me preocupan, ya que son estas generaciones las portadoras de mayores expectativas de futuro. Pero no cabe duda de que los principales responsables del desasosegante presente son las generaciones maduras que gestionamos la sociedad actual. Es necesario señalar la ceguera, y en mucho casos la necedad, con la que se abordó el cambio de una sociedad totalitaria a otra en libertad y democracia. El mayor empeño se volcó en las reformas políticas, institucionales y económicas. En cambio -quizás por complejo o por ingenuidad- subestimamos los aspectos morales, éticos, educativos y cívicos. Nuestros hijos lo están pagando en nuestras propias carnes.

Es cierto que el caso de España no es único. La mayor parte de la sociedad occidentalizada sufre la misma crisis. Pero esto no es un consuelo. No hay que olvidar que la libertad exige un ejercicio de responsabilidad infinitamente superior al que se exige en sociedades totalitarias. Ahora bien, el concepto de autoridad, y su consecuente práctica, no está reñido con el Estado de Derecho y la libertad. Más bien es una exigencia necesaria e imprescindible para delimitar con precisión los límites entre el bien y el mal, la cumplimiento de la ley y el delito, el derecho y la obligación, el deber y la sanción, el yo y el prójimo.

Como es sabido, la autoridad no emana necesariamente del poder, si acaso es un atributo. La autoridad es una cualidad que se fundamenta y deriva en la práctica del bien; en la ejemplificación del respecto a uno mismo y al otro, y de manera especial al más indefenso. En definitiva, la autoridad no la otorga un cargo sino que se gana porque uno se hace acreedor de ella. ¿Pero cómo se hace alguien acreedor de esta “autoritas” si el orden de valores es inexistente, difuso o confuso? Aquí radica el verdadero meollo de la cuestión. Si una sociedad organizada en forma de Estado de Derecho y con un régimen parlamentario democrático no es capaz de redactar una constitución precisa, en la que se marquen con nitidez los límites legales, a la vez que se declara inviolable la ley (so pena de sanción rigurosa), está claro que la autoridad queda en entredicho.

Por otra parte, si los poderes públicos -a través de sus diferentes instituciones- no son capaces de diseñar y aplicar un modelo de educativo claro y preciso, único para todos los ciudadanos (que garantice la homogeinización de valores y conocimientos fundamentales), es imposible la fructificación de una conciencia común en toda la ciudadanía. Y, si además, los poderes públicos no se empeñan en la potenciación y defensa incondicional de instituciones sociales (familia, escuela e iglesias), o estatales (Fuerzas de Seguridad del Estado, Fuerzas Armadas y símbolos de la patria), así como el respeto a las minorías (por razón de raza, creencias, o por deficiencias físicas o psíquicas, a los niños y ancianos), difícilmente podrá fructificar el progreso humano en términos morales y sociales.

En general, los pilares o principios éticos sobre los que descansan los comportamientos de cada vez más españoles son de una fragilidad e inconsistencia verdaderamente pavorosa. Da igual el estatus social o económico. Dichos principios son acomodados en todas los estamentos a conveniencia. Lo que hoy unos reprochan en los demás como comportamientos trastornados y amenazantes, mañana esos mismos los reproducen con cínica indiferencia. Eso sí, aquí todo el mundo clama justicia, como si los tribunales fueran la solución a nuestro desarreglo moral e identitario.

Publicado por torresgalera @ 21:11  | Cosas que importan
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Jueves, 05 de octubre de 2006
Clara CampoamorSi tuviera que nominar a una candidata como merecedora del puesto de honor en la lista de mujeres más importantes en la Historia de España del siglo XX, sin dudarlo un instante propondría a Clara Campoamor. Esta madrileña fue un preclaro ejemplo -emulado por otras muchas pero no superado- de valor, de tesón, de sacrificio, de confianza en sus convicciones y de fe en sus ideales republicanos.

Clara Campoamor no sólo fue una gran defensora de los derechos civiles de la mujer, sino que con el logos y el corazón se entregó en cuerpo y alma a la conquista del sufragio universal. Su encendida lucha a favor del derecho al voto de las mujeres fue, en realidad, la lucha por la igualdad de derechos de hombres y mujeres y, por tanto, por el sufragio universal en España. Ni más, ni menos.

Como la Historia nos ha enseñado en demasiadas ocasiones, pocos son los grandes líderes revolucionarios que sobreviven a las primeras etapas de las revoluciones que ellos impulsaron. Esto le pasó a Clara Campoamor, que aunque consiguió que el Congreso de los Diputados aprobara la ley que permitía a las mujeres votar, su valiente gesta le granjeó el odio y la inquina de buena parte de la clase política de su tiempo, tanto de izquierdas como de derechas. Y en los años siguientes se la denigró tanto por unos y otros que acabó condenada al ostracismo.

Ya sabemos que la vida no es justa ni injusta. La justicia es una abstracción conceptualizada que el ser humano instrumentaliza para corregir y restaurar los agravios y perjuicios que causan las conductas individuales, de grupos o de instituciones -sobre todo las conductas dolosas- en sus semejantes. Pero el caso de Clara Campoamor es un caso singular de injusticia histórica, digno de un capítulo en cualquier manual de Historia Contemporánea de España. Es un extraordinario ejemplo del daño irreparable que se puede causar a un ser humano honrado y virtuoso por culpa de la estulticia, la ignorancia, la envidia y la estupidez de algunos (o de muchos) de sus coetáneos.

Clara Campoamor se abrió paso en la vida a fuerza de voluntad y de sacrificio. Su única diferencia con otras miles de mujeres que también libraron arduas batallas para sobrevivir y defender su dignidad, es que tuvo la clarividencia -y tal vez también la fortuna- de identificar correctamente las claves de la superación personal, cultural y social de su época, y se entregó a ellas con confianza y determinación.

Fue una mujer sencilla y humilde, que se hizo a sí misma, y que se enfrentó siempre a todo aquello que supusiera un obstáculo para alcanzar sus sueños e ideales. «Mi ley es la lucha», llegó a decir para definir el motivo que impulsaba tanto derroche de entrega. Su idealismo político la inspiraba a trabajar por una España en donde la cuna fuera un origen, no un destino, y donde la Ley no fuera un castigo sino un amparo.

Este primero de octubre se ha cumplido el 75 aniversario de la aprobación en España del sufragio universal. Una fecha que deberíamos tomar como referencia, no para celebrar los tres cuartos de siglo de vigencia de este derecho -ya que durante cuarenta años estuvo suspendido por la dictadura franquista-, sino para iniciar un proceso de recuperación de la memoria histórica de Clara Campoamor, la personalidad femenina de mayor dimensión política y social del siglo XX en España.

Afortunadamente, la figura de Clara Campoamor no vive en la actualidad en el olvido. Hace tiempo que ha sido recuperada por diferentes movimientos civiles, sobre todo el feminista. Pero aún persiste el agravio de la izquierda institucional, esa que tanto se desgañita por condenar los símbolos franquistas. Esa que hace 75 años se enfrentó a Campoamor en el Parlamento para impedir que se aprobara el derecho al voto de la mujer. Esa que le negó el pan y la sal en los años siguientes, y la responsabilizó de que las derechas ganaran las elecciones de 1933. Esa que si hubiera tenido ocasión la habría fusilado en 1936, junto a cualquier tapia de las afueras de Madrid al amparo de las sombras de la noche.

Ya por entonces el pesimismo y la decepción se habían instalado en su alma. En Mi pecado mortal. El voto femenino y yo, libro que publicó a finales de 1935, podemos leer: «Lo que no espero ocurra es que se eleve una voz, una sola, de ese campo de la izquierda, de quien hube de sufrirlo todo, por ser el único que ideológicamente me interesa, y al que aún aislada sirvo; una sola persona que, por estímulos de ética, de mínima reparación, clame y confiese la verdad y proclame al menos que no fui la equivocada yo, sobre quien se han acumulado las pasiones y la injusticia.»

La huida de España en 1936 y un largo exilio hasta su muerte, acaecida en la ciudad suiza de Lausanne, en abril de 1972, fue el premio que recibió esta republicana convencida, liberal, laica y demócrata hasta la médula; el premio por renegar de los republicanos oportunistas y por desdeñar a la izquierda marxista. Pero no cabe duda que Clara Campoamor, más pronto que tarde, acabará ocupando el sitio que le corresponde en el frontispicio de la Historia de España.

Publicado por torresgalera @ 13:52  | Pensamientos
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