Mi?rcoles, 22 de noviembre de 2006
Es bien sabido que el ser humano tiene una propensión natural -en el ejercicio de su libre albedrío- a inclinarse más hacia el mal que hacia el bien. Esta es una realidad ampliamente asumida desde hace mucho tiempo, tanto por antropólogos y teólogos como por la psiquiatría clásica y por la moderna; sólo algunos filósofos (cada vez es más raro el caso) continúan defendiendo la bondad intrínseca del hombre, y responsabilizando a las circunstancias sociales que rodean al individuo de su naufragio existencial.

Todavía hoy son muchos los que se identifican con aquella definición apocalíptica e irreconciliable, fruto de la más pura especulación filosófica, que defendiera hace 2.200 años Tito Maccio Plauto: “Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit” (Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro), y que siglos más tarde sintetizara Thomas Hobbes en su “Homo, homini, lupus” (El hombre es un lobo para el hombre). Pero también son bastantes los que defienden la versión contrapuesta y mucho más indulgente de Jean-Jacques Rousseau y su “El hombre es bueno por naturaleza y la sociedad le corrompe”. Afortunadamente, entre estas dos cosmovisiones tan antagónicas, en nuestros días ha mejorado muchísimo el conocimiento que sobre nosotros mismos tenemos como especie.

También existe una corriente meramente racionalista que modula esa tendencia natural del ser humano a poner de manifiesto su egoísmo, y que tiene como precursor a Francis Bacon: “Iustitiae debetur quod homo homini sit deus non lupus” (A la justicia es debido que el hombre sea un dios para el hombre y no un lobo). Sin duda esta visión racionalista, o si se quiere materialista, sirvió de base para el “materialismo histórico” de Karl Marx.

A estas alturas nadie mínimamente sensato y atento observador de la naturaleza humana subestima la vital importancia que tienen en el individuo su entorno afectivo, económico y social en el desarrollo de la personalidad. Pero también es una realidad empírica que no todos los individuos nacidos y criados en un mismo entorno social y familiar desarrollan personalidades similares. Esto quiere decir que a las anteriores circunstancias hay que agregarles, necesariamente, aquellas otras que la aleatoriedad genética ha determinado en cada ser humano.

Dicho todo esto, venimos a corroborar que en un ambiente social ampliamente desquiciado por confrontaciones políticas, étnicas, religiosas, o de rivalidades tribales o de clanes, las posibilidades de que surjan individuos especialmente violentos y sanguinarios son mayores que en sociedades que viven en un apacible sosiego. En cambio, lo que en verdad resulta descorazonador es que habiendo progresado tanto algunas sociedades -como es el caso de la nuestra-, la mediocridad se haya convertido en medida-patrón. De ahí que nuestros más preclaros rectores y dirigentes sean un compendio de analfabetos funcionales, temerarios engreídos e insolventes contumaces. Su única legitimación nace de su capacidad para medrar e intrigar en las alcantarillas de la política hasta colar sus nombres en cualquier lista electoral o de candidatos a las sinecuras del poder.

La bondad es una virtud que exige cultivarse de manera constante e ininterrumpida. Si no se convierte en arbitraria. La maldad, en cambio, se puede ejercitar discriminadamente. Por eso es más terrible. El hombre mediocre con ínfulas de grandeza y afán justiciero y redentorista, instalado en la cima del poder, representa el fracaso de la civilización. Ni siquiera es una etapa transitoria de la misma. Cuando la verdad se oscurece porque la razón se ha desposeído de la ética moral, el hombre queda reducido a ese lobo que intuyó Plauto.

Publicado por torresgalera @ 19:59  | Pensamientos
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