Jueves, 30 de noviembre de 2006
Rodríguez Zapatero no está dispuesto a ser un presidente de gobierno efímero. Una sola legislatura (si es que la termina) sería una afrenta personal que no piensa tolerar. Por tanto, para impedir que ello ocurra, el jefe del Ejecutivo hará todo lo que esté en su mano para presidir un segundo mandato: no reparará en gastos, cueste lo que cueste. Lo malo de la situación es que todo indica que la presunta buena estrella de Zapatero -la baraka como gusta señalar a Felipe González y a Alfonso Guerra-, se está apagando por momentos. Y salir del pantanal en el que se ha metido el presidente socialista no parece que vaya a ser cosa fácil.

Una de las circunstancias más adversas para Zapatero es que los ciudadanos saben hoy algunas cosas graves que ignoraban aquella noche del recuento de votos del 14-M: que el líder socialista jugaba a dos barajas con el nacionalismo separatista vasco. Por un lado impulsó el Pacto Antiterrorista y por las Libertades con el Partido Popular, y por otro se volcó en tender puentes con los nacionalistas del PNV y con el entorno de ETA, a través de Batasuna; el presidente de los socialistas vascos, Jesús Eguiguren, fue el encargado de los contactos entre 2002 y 2003. En ese ambiente subterráneo se inscribe la entrevista en Perpiñán de Carod-Rovira con la cúpula de ETA en enero de 2004.

Como se puede percibir, demasiadas circunstancias apuntan a que dos años después de que Rodríguez Zapatero fuera elegido el secretario general del PSOE, ya se estaba construyendo un atajo en busca de una política de alianzas con el nacionalismo periférico que concluiría con el aislamiento -más tarde o más temprano- del Partido Popular. No hay que olvidar que por estas fechas ya se había defenestrado de la dirección del PSV (traicionando la palabra dada) a Nicolás Redondo Terreros en favor de Pachi López, que encabezaba la corriente socialista vasca partidaria de distanciarse del PP y dialogar con el nacionalismo.

Por eso resulta ahora casi una ingenuidad la frase de "presidente por accidente" con la que bautizó Luis María Ansón, en el diario La Razón, la investidura de Rodríguez Zapatero. El nuevo presidente del Gobierno cuando fue investido por las Cortes ya traía el pecado original impreso en su genio político. Por mucho que el PSOE se beneficiara sorpresivamente del vuelco electoral producido como consecuencia del 11-M, lo cierto es que Zapatero ya había iniciado la construcción de un túnel para colocar una mina bajo lo pies del gobierno del PP.

Es cierto, Rodríguez Zapatero se encontró con el poder antes de lo previsto. Pero en el fondo él siempre trabajó por el “si acaso”. Y el “si acaso” se produjo. Por eso sorprendió la rapidez con que resolvió su investidura. También sus primeras decisiones al frente del Ejecutivo. Zapatero era un gobernante neófito pero no un político parvulario e ingenuo. Es más, una de las características más sobresalientes de Rodríguez Zapatero es la de un hombre que aparenta justo lo contrario de lo que piensa. Por eso es imprevisible. Otra cosa es la opinión que tengamos acerca de su valía personal, de su talla intelectual o de su dimensión moral.

La batalla de la opinión pública

Resulta paradójico que lo que para muchos ciudadanos es puro aventurerismo político, para Rodríguez Zapatero y su círculo de colaboradores más comprometidos se trata tan solo de ejecutar la misión prevista aunque no planificada. El secretario general del PSOE es consciente de los riesgos a los que está arrastrando a su partido. Pero está convencido de su valor y de la vigencia de sus convicciones. Y su sanedrín monclovita y de Ferraz le enaltece y venera como si de un “elegido” se tratara.

No obstante, algo esencial ha cambiado: la batalla por la opinión pública. Zapatero la está perdiendo, a pesar de los importantes apoyos mediáticos con los que cuenta. Las últimas encuestas demoscópicas sobre intención de voto están reduciendo sustancialmente las diferencias entre PSOE y PP. Incluso el último número de la revista Temas de hoy, que preside Alfonso Guerra, publica una encuesta de este otoño en la que da empate entre los dos grandes partidos de celebrarse hoy las elecciones generales.

Entonces, ¿qué va a pasar en los próximos meses? Pues que ha llegado el tiempo de la política pura y dura. De la política en su forma más descarnada. Justo esa que detestan los ciudadanos de a pie pero que entusiasma a los directores de periódicos y a los gurús de la tele-radio predicación, a los columnistas y a los tertulianos. Sí, esa que a tanta gente da de comer y de ganar dinero, y mediante la cual ha obtenido cierto grado de prestigio social a costa del debate-mamporrero político. Así que esto es lo que nos espera a los españolitos: poco gobierno y mucho infierno.

Ahora lo que toca es administrar el tiempo hasta las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2007, y después ya se verá cómo se pone fin a la legislatura. Estamos en la hora del cuerpo a cuerpo, de fajarse a fondo con el PP, de utilizar los resortes del poder para poner en evidencia a la oposición. De lo que se trata es de desgastar a la derecha en la calle, no en el Parlamento. Ha llegado el tiempo de los informes, dossiers, vídeos y todo aquello que favorezca el descrédito del contrario.

De momento la reforma constitucional queda aparcada sine die. El Estatuto vasco también. Los que están en trámite se reformarán con el menor ruido posible. El resto tendrá que esperar. Lo urgente en este momento es poner cara de pócker y vigilar que el “proceso de paz” no estalle entre las manos. Por lo pronto Rodríguez Zapatero ha ordenado a su gente que acumule pruebas de culpabilidad a favor del PP. Se trata de un imperativo inexcusable. Es menester tener listo al culpable antes de que aparezca el muerto. Para las elecciones de 2008 Zapatero necesita una oposición entre barrotes.

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Lunes, 27 de noviembre de 2006
Stanley G. PayneStanley G. Payne es sin duda el historiador sobre la España de la II República con mayor autoridad y prestigio que actualmente existe en el mundo. Sus estudios sobre aquel convulso periodo y la posterior guerra civil son reconocidos por todas las tendencias historiográficas como verdaderamente encomiables. Stanley G. Payne también ha investigado periodos anteriores y posteriores a los citados, pero su magisterio sobre ellos no alcanzan la misma notoriedad. Afortunadamente, este insigne hispanista norteamericano continúa trabajando, a pesar de sus 72 años de edad, en esclarecer y valorar los hechos pretéritos con una ecuanimidad y rigor de los que siempre los españoles seremos deudores.

El celo profesional de Stanley G. Payne le ha llevado en diferentes ocasiones a actualizar algunos de sus trabajos anteriormente publicados. Este es el caso de su libro El colapso de la República. Los orígenes de la Guerra Civil (1933-1936). Editado en 2005 por "La esfera de los libros", la obra recoge nuevas aportaciones a trabajos anteriores de Payne, a la vez que porta un texto más completo y esclarecedor sobre los avatares políticos, sociales y económicos de este largo trienio republicano.

Dicho lo anterior, Stanley G. Payne no da por cerrado, ni mucho menos, el estudio histórico de la década española de los años treinta. Es más, él todavía mantiene vivas docenas de preguntas e interrogaciones que, con toda seguridad, tardarán aún mucho tiempo en encontrar respuesta; algunas, quizá, no las encuentren nunca. No obstante, como hombre sensato que es y como historiador experimentado, Payne afirma «que un historiador debe tender siempre a la máxima objetividad, aunque es imposible ser absolutamente objetivo». Y desde una actitud humilde -propia de personas sabias-, de una «profunda subjetividad» didáctica, el hispanista norteamericano recriminaba hace unos días en Madrid la frivolidad intelectual del presidente del Gobierno al recurrir a la memoria histórica.

En la presentación de su último libro “40 preguntas fundamentales sobre la Guerra Civil” (La esfera de los libros), Payne mostraba su discrepancia: «Tras su sorprendente victoria en las elecciones de 2004, José Luis Rodríguez Zapatero introdujo una novedosa forma de izquierdismo en España que ni se parece al antiguo revolucionarismo ni a la socialdemocracia constructiva de Felipe González. Se trata de un nuevo izquierdismo basado en la corrección política internacional y en unas extrañas ideas de multiculturalidad, atomización de la cultura y la sociedad y deconstrucción de España en interés de una especie de ilusorio y renacido frente popular con el que consolidar su poder político».

Ya en el debate que prosiguió a la presentación del libro, Stanley G. Payne contestó a la pregunta sobre Zapatero y este nuevo frente popular: «El frente popular está en Cataluña. La ilusión de Zapatero es una alianza multipartidista contra la derecha. Sí, una alianza multipartidista antiderechista es lo que pretende el presidente del Gobierno. Su política nacional está destinada a la caza de aliados».

En resumen, lo más importante de la lección de Stanley G. Payne se produjo al final de este acto y a modo de corolario. Para Payne, la “memoria histórica” o “colectiva” es en sí misma un concepto ficticio, un espejismo, un tremendo y profundo error: «Hablando con propiedad, tal cosa no existe. La memoria no es ni colectiva ni histórica, sino intrínsecamente personal, individual y, por tanto, subjetiva. En sentido estricto, la Historia es un campo para el estudio erudito cuyo objetivo es ser lo más objetivo posible, lo que suele derivar en inevitables conflictos entre ésta y la memoria. La historia oral investiga los recuerdos individuales para sus propios fines, pero con una metodología que controla la subjetividad y las falacias».

Abundando en esta idea, Payne defiende que la mayor parte de “la memoria histórica” de la España del siglo XXI ni es memoria ni es historia, sino «un discurso político elaborado por la izquierda en torno a incidentes que se interpretan según un esquema partidista. La violencia política y la represión tienen mucho peso en este discurso porque son muy rentables y se conciben de una forma sesgada y reduccionista. Sin embargo, casi no se presta atención a sus orígenes o a cómo las aplicó la izquierda. Por el contrario, se atribuye a Franco el dudoso honor de haberlas inventado y ser el único que las puso en práctica».

La lección de Stanley G. Payne deja bien claro como mediante falsedades es imposible recuperar nada, y menos la memoria. En cambio, para mejorar el conocimiento histórico es necesario tomar distancia y una gran dosis de generosidad y objetividad. Y Rodríguez Zapatero está colgado en el imaginario del Frente Popular. Así nos va.

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Mi?rcoles, 22 de noviembre de 2006
Es bien sabido que el ser humano tiene una propensión natural -en el ejercicio de su libre albedrío- a inclinarse más hacia el mal que hacia el bien. Esta es una realidad ampliamente asumida desde hace mucho tiempo, tanto por antropólogos y teólogos como por la psiquiatría clásica y por la moderna; sólo algunos filósofos (cada vez es más raro el caso) continúan defendiendo la bondad intrínseca del hombre, y responsabilizando a las circunstancias sociales que rodean al individuo de su naufragio existencial.

Todavía hoy son muchos los que se identifican con aquella definición apocalíptica e irreconciliable, fruto de la más pura especulación filosófica, que defendiera hace 2.200 años Tito Maccio Plauto: “Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit” (Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro), y que siglos más tarde sintetizara Thomas Hobbes en su “Homo, homini, lupus” (El hombre es un lobo para el hombre). Pero también son bastantes los que defienden la versión contrapuesta y mucho más indulgente de Jean-Jacques Rousseau y su “El hombre es bueno por naturaleza y la sociedad le corrompe”. Afortunadamente, entre estas dos cosmovisiones tan antagónicas, en nuestros días ha mejorado muchísimo el conocimiento que sobre nosotros mismos tenemos como especie.

También existe una corriente meramente racionalista que modula esa tendencia natural del ser humano a poner de manifiesto su egoísmo, y que tiene como precursor a Francis Bacon: “Iustitiae debetur quod homo homini sit deus non lupus” (A la justicia es debido que el hombre sea un dios para el hombre y no un lobo). Sin duda esta visión racionalista, o si se quiere materialista, sirvió de base para el “materialismo histórico” de Karl Marx.

A estas alturas nadie mínimamente sensato y atento observador de la naturaleza humana subestima la vital importancia que tienen en el individuo su entorno afectivo, económico y social en el desarrollo de la personalidad. Pero también es una realidad empírica que no todos los individuos nacidos y criados en un mismo entorno social y familiar desarrollan personalidades similares. Esto quiere decir que a las anteriores circunstancias hay que agregarles, necesariamente, aquellas otras que la aleatoriedad genética ha determinado en cada ser humano.

Dicho todo esto, venimos a corroborar que en un ambiente social ampliamente desquiciado por confrontaciones políticas, étnicas, religiosas, o de rivalidades tribales o de clanes, las posibilidades de que surjan individuos especialmente violentos y sanguinarios son mayores que en sociedades que viven en un apacible sosiego. En cambio, lo que en verdad resulta descorazonador es que habiendo progresado tanto algunas sociedades -como es el caso de la nuestra-, la mediocridad se haya convertido en medida-patrón. De ahí que nuestros más preclaros rectores y dirigentes sean un compendio de analfabetos funcionales, temerarios engreídos e insolventes contumaces. Su única legitimación nace de su capacidad para medrar e intrigar en las alcantarillas de la política hasta colar sus nombres en cualquier lista electoral o de candidatos a las sinecuras del poder.

La bondad es una virtud que exige cultivarse de manera constante e ininterrumpida. Si no se convierte en arbitraria. La maldad, en cambio, se puede ejercitar discriminadamente. Por eso es más terrible. El hombre mediocre con ínfulas de grandeza y afán justiciero y redentorista, instalado en la cima del poder, representa el fracaso de la civilización. Ni siquiera es una etapa transitoria de la misma. Cuando la verdad se oscurece porque la razón se ha desposeído de la ética moral, el hombre queda reducido a ese lobo que intuyó Plauto.

Publicado por torresgalera @ 19:59  | Pensamientos
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Lunes, 06 de noviembre de 2006
Preocupante -además de significativo- resulta que el 43,23 por ciento de los electores de Cataluña se hayan abstenido de acudir a las urnas, el pasado 1 de noviembre, para elegir a sus representantes políticos. Es preocupante precisamente porque su significado no puede ser otro que el radical desencuentro de casi la mitad de la ciudadanía de esta región de España con su clase política. A esta abultada cifra de abstencionismo hay que sumar otra del 2,03 por ciento -más comprometida en el ejercicio de sus derechos civiles-, que votó en blanco.

De poco han servido estos cuatro meses y medio transcurridos desde la celebración del referéndum (domingo, 18 de junio) sobre el nuevo texto de Estatuto de Autonomía para Cataluña. Entonces se quedó en casa más de la mitad de los electores. Ni el largo y cálido verano -con su tiempo y espacio para el descanso y el ocio-, ni el inicio del curso académico y del propósito de enmienda que todos nos hacemos con el incipiente otoño, han servido para entusiasmar a la ciudadanía. ¿Cómo es posible -me pregunto- que esta clase política haya porfiado tanto sobre la voluntad mayoritaria de los catalanes? ¿A quiénes pretenden engañar cuando más de la mitad de los ciudadanos dio la espalda al nuevo Estatuto y, ahora, hace otro tanto con la elección del nuevo Parlament catalán y del futuro Govern de la Generalitat?

En este mismo blog he expresado mis opiniones sobre diferentes aspectos de la política española, en general, y de la catalana, en particular. Pero llegados a este punto me viene a la memoria como un oscuro presagio la celebérrima frase pronunciada por Marcelo en la inmortal obra shakespeariana Hamlet: "Something is rotten in the state of Denmark". Sí, decididamente, algo huele a podrido en ... Cataluña. Y apenas estamos al final del primer acto.

Publicado por torresgalera @ 20:46  | Pol?tica
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