S?bado, 09 de diciembre de 2006
Hombre de DiosCorren tiempos de tribulación. La humanidad tiene pocos motivos para la esperanza. Las sociedades opulentas viven ensimismadas en sus pequeñas miserias: la política del poder, el control de los mercados, el crecimiento económico, la satisfacción personal. Las demás sociedades, las que quieren salir de la miseria y de la opresión se miran (con desconfianza) en el espejo de las poderosas; las imitan en todo, especialmente en sus aspectos más despreciables.

Libertad y democracia son conceptos que han quedado reducidos a meras caricaturas semánticas; hermosas palabras ensuciadas y pisoteadas por toda clase de patanes y orates, y que en el colmo de la vacuidad y el relativismo intelectual y moral se han vaciado de su verdadero significado: “hacer lo que uno desee mientras no se perjudique a nadie”. Este es el corolario que sustancia el punto culminante de nuestra civilización; es el punto sublime en el que el hombre de nuestro tiempo -el hombre moderno- cree haber concluido su misión en la tierra.

Como es lógico deducir, de tan oprobioso reducionismo moral no puede más que desprenderse insatisfacción, agravio e insolidaridad. Es el triunfo rampante del yo frente a la comunidad. Es la negación de la caridad como raíz y fundamento de la vida y de la piedad cristiana ("...aquel amor de Jesucristro que supera toda ciencia y nos llena de la plenitud de Dios" [Efesios 3,17-19]). Es la nada frente a nosotros mismos. Porque cuando la caridad, la piedad y el amor dejan de formar parte de nuestro acervo de convicciones íntimas, la justicia y la solidaridad se trastocan en conceptos insípidos e infecundos que apenas sirven para apuntalar discursos sociales carentes de compromiso.

En este punto de la presente reflexión viene a mi memoria un cuento que leí hace mucho tiempo y que creo viene al caso. Trata de una antigua leyenda medieval, en la que se narraba como un buen hombre fue injustamente acusado de haber asesinado a una mujer. En realidad, el verdadero criminal era un personaje muy influyente del reino, por lo que las autoridades no dudaron en inculpar a un inocente plebeyo con tal de encubrir al culpable. Lo cierto fue que el ingenuo acusado fue llevado ante el tribunal de justicia consciente de las escasas posibilidades que tendría, por no decir que ninguna, de escapar al terrible veredicto: la horca. Efectivamente, el propio juez también participaba del complot, aunque se esforzó para que el juicio aparentase de un impecable procedimiento legal; tan es así, que incluso llegó a decir al infortunado acusado: “Conociendo tu fama de hombre justo y devoto del Señor, vamos a dejar en manos de Él tu destino. Escribiremos en dos papeles separados las palabras culpable e inocente. Tú escogerás y será la mano de Dios la que decida tu suerte.” Por supuesto, el mal funcionario había preparado dos papeles con la misma leyenda, CULPABLE, y la pobre víctima aún sin conocer los detalles se daba cuenta que el sistema propuesto era una trampa: no había escapatoria. El juez conminó al hombre a tomar uno de los papeles doblados. Éste respiró profundamente, quedó en silencio durante unos segundos con los ojos cerrados, y cuando la sala comenzaba ya a impacientarse abrió los ojos y con una extraña sonrisa tomó uno de los papeles y, llevándolo a su boca, lo engulló rápidamente. Sorprendidos e indignados los presentes le reprocharon airadamente: “Qué has hecho, desgraciado. Cómo vamos a conocer el veredicto.” “Es muy sencillo -respondió el hombre-. Es cuestión de leer el papel que queda y sabremos lo que decía el que me tragué”. Con rezongos y bronca mal disimulada el juez se sintió obligado a liberar al acusado y jamás se le volvió a molestar.

Desgraciadamente, los tiempos actuales no son propicios a la caridad y la piedad. Y aunque son muchos los hombres que hacen de la virtud su regla, la falacia, el sofisma y el materialismo oprimen con irreductible perversión la conciencia de la humanidad. A pesar de que Albert Einstein porfiara en aquello de que “en los momentos de crisis sólo la imaginación es más importante que el conocimiento”, no parece plausible que los seres humanos mejoremos nuestra condición a fuer de ingenio. Más bien parece lo contrario, que la virtud que hace al hombre justo nos viene consignada por la palabra y el testimonio de Jesús: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida...” (Juan, 14, 6). Son estas raíces olvidadas, antiguas y a la vez actuales, las únicas que pueden devolvernos la identidad como seres humanos.

Publicado por torresgalera @ 16:57  | Cosas que importan
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