Martes, 09 de enero de 2007
Casi nadie conoce sobre qué acuerdos obtuvo Josep Lluís Carod-Rovira, el 4 de enero de 2005 en Perpiñán, el compromiso de la cúpula de ETA de no cometer atentados terroristas en Cataluña. En cualquier caso, no resulta muy difícil colegir que tanto Carod como el jefe de sus interlocutores, Josu Ternera, son la viva encarnación del mismo mal: el odio y el desprecio hacia sus congéneres fruto de una enfermiza perversión de sus almas.

Pretender combatir el mal única y exclusivamente con la razón es, además de un error, una insensatez imperdonable. Cuando estos atrabiliarios personajes (da lo mismo que representen a una banda de asesinos que a una organización pseudo-democrática) se erigen en líderes de las oligarquías de la subversión, es porque el mal ya no sólo se ha desarrollado sino que es irremediable. Por eso estos adalides del materialismo más conspicuo son unos tramposos empedernidos: porque la razón la emponzoñan con mentiras y trampas, hasta convertirla en una falacia aberrante y venenosa. Los totalitarios se valen además de la razón, de la mentira, lo cual convierte en estéril el uso bienintencionado del logos como único recurso para rebatir y defender el bien, al menos el bien político que equivale a la paz social.

La hilarante respuesta de ETA reivindicando la autoría del atentado de Barajas del pasado 30 de diciembre, y en la que afirma que mantiene el alto el fuego indefinido que declaró el pasado 24 de marzo, es la prueba irrefutable de su maldad congénita. Los terroristas responsabilizan al Gobierno de no haber cumplido sus compromisos, a la vez que denuncian la actitud del PNV. En el colmo de su extravío moral aducen que no querían víctimas mortales en el bombazo de la T-4, al tiempo que exigen un “acuerdo político que reúna los derechos y los mínimos democráticos que requiere el desarrollo del proceso democrático del País Vasco”.

No creo que se pueda ser más descarado, insolente y despreciable. La insania de estos perturbados es proporcional a la violencia de sus actos. Pero con todo, lo más terrible de cuantos peligros y sufrimientos está padeciendo la sociedad española es que gran parte de los dirigentes políticos de izquierdas y sus corifeos mediáticos, así como el llamado nacionalismo moderado, está convencida de que el diálogo con la muerte es imprescindible para acabar con la violencia. Este hecho -que hubiera sido impensable hace setenta años- hoy es una realidad lacerante porque el estigma totalitario está impreso en los genes del socialismo ideológico. Por eso, en el fondo, se afanan por emular a Carod-Rovira (que no disimula su pétreo anhelo soberanista y socialista; al igual que ETA).

Los violentos no pueden dejar de ejercer la violencia: es la expresión genuina de su naturaleza. Sólo pueden ser derrotados con armas superiores: fe en el hombre y en sus valores transcendentes, lealtad con su pasado y compromiso con el futuro. Presidentes de gobierno anteriores sucumbieron a la flaqueza del diálogo con el maligno, pero enseguida enmendaron su error. El mal siempre sorprende con engañosas sutilezas. Los que se declaran defensores fervientes del progreso son los que más se alejan de la verdad imperecedera. El abismo les abduce para someterles, una vez más, a una nueva representación satánica.

Publicado por torresgalera @ 20:28  | Pol?tica
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