Lunes, 04 de junio de 2007
Mezquita de Guitiriz (Lugo)Que la vida está llena de sorpresas, no lo pone en duda nadie; y que las sorpresas no tienen límites ni condición, eso también es sabido. No obstante, hay sorpresas que sin tener un carácter extraordinario, cuando te las encuentras, así, de sopetón, le dejan a uno estupefacto. Eso es lo que me ocurrió a mí hace unos días en Galicia: concretamente en Guitiriz, un balneario situado a unos pocos centenares de metros de la localidad lucense del mismo nombre, al que acudí para tomar las aguas y descansar durante un par de días.

Ocurrió que a la mañana siguiente de llegar al hotel-balneario decidí dar un paseo por el hayedo que circunda el establecimiento. La mañana estaba lluviosa, pero la temperatura era muy agradable; y el hermoso paisaje que se contemplaba a través de las ventanas del hotel invitaba –mejor sería afirmar que seducía– a adentrarse por aquel frondoso bosque. Así lo hice y enseguida aprecié los benéficos efectos de tan paradisíaco lugar. El paseo fue todo un festín de sensaciones para la vista, los oídos, el olfato... y el espíritu, que al fin y al cabo era de lo que se trataba.

Ya de regreso al hotel, después de haber deambulado por el bosque durante casi dos horas, henchidos los pulmones de un aire fresco y embriagador, extasiado por los diferentes cantos que la fauna volátil me dispensaba y exhorto con el trajín de unas ardillas juguetonas en el tronco de un poderoso abeto cercano, al bajar la vista de me quedé perplejo al descubrir, un poco más allá, entre la espesura del bosque, la silueta de un pequeño edificio que no pegaba nada con el entorno. Me acerqué hasta unos treinta metros, después de salir al camino de tierra que conduce hasta el hotel por la parte de atrás. Y cuál no sería mi sorpresa cuando me convencí de que se trataba de un edificio árabe.

No me lo podía creer, pero estaba allí. Pensé mientras me acercaba aún más que sin duda aquello era el resultado de alguna excentricidad ingeniada por algún esnob. Al llegar a la puerta, de hierro atada por una cadena, comprobé la autenticidad del edificio. Un cartel metálico identificaba el lugar: “El balneario se habilitó como hospital militar durante la Guerra Civil Española (1936-1939). La mezquita se construyó entonces para los combatientes musulmanes que participaron en la contienda.”

Una mezquita. Fue levantada por los nacionales durante la Guerra Civil para desahogo religioso de las tropas marroquíes que Franco se trajo del norte de África. Y allí permanece, impertérrita al paso del tiempo, cerrada con candado pero dispuesta a su utilización por cualquier cliente del hotel que lo solicite.

¡Vivir para ver! En la Galicia profunda, en Guitiriz, una mezquita se yergue orientada hacia La Meca, desde hace setenta años, aguardando que el viajero musulmán invoque sus plegarias a Alá, el Todopoderoso.

Publicado por torresgalera @ 20:54  | Historia
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