Lunes, 30 de julio de 2007
Decían nuestros mayores que siempre hay un tiempo para cada cosa y que cada cosa tiene su tiempo. Por eso he considerado hace algunas semanas que mi nueva situación de prejubilado laboral exige una nueva actitud personal frente a los acontecimientos que se producen en el mundo que me circunda. Puesto que ya no vivo apremiado por los horarios laborales, ni estoy obligado a seguir minuciosamente la evolución cotidiana de la información, he decidido distanciarme (por higiene y salud mental) de la vorágine a la que la rabiosa actualidad me tenía condenado. No. Nunca más. Estoy decidido a ser yo mismo el que, a partir de ahora, fije el tiempo y el ritmo de mi análisis como observador atento de las evoluciones que experimenta la sociedad en la que vivo inmerso.

También he decidido que el objeto de mis comentarios y análisis tendrá otra perspectiva, más amplia y humanista, y que la coyuntura será obviada para dejar paso a prospecciones más radicales (puesto que la raíz y origen de los hechos me parecen más esenciales), así como al estudio de las consecuencias de las decisiones de nuestros líderes en todas las áreas de la actividad humana.

Me he tomado un tiempo para meditar sobre estos asuntos, por lo que éste Ágora Digital ha permanecido mudo durante casi dos meses. Sin que por ello signifique que vuelvo a tomar la palabra con energía renovada, si al menos he decidido en esta fecha interrumpir el silencio para manifestar los cambios que se están operando en éste blog cibernético. La nueva etapa se irá abriendo camino sin prisa, porque la terca realidad que nos envuelve no hace presagiar próximos vientos de esperanza. Hoy como ayer, y como anteayer, y con toda seguridad como mañana, nuestro mundo seguirá al albur de los mezquinos y sombríos intereses de los poderosos.

Como señalara Stefan Zweig en su obra póstuma El mundo de ayer. Memorias de un europeo: «De repente todos los Estados se sintieron más fuertes, olvidando que los demás se sentían de igual manera; todos querían más y todos querían algo de los demás. Y lo peor fue que nos engañó precisamente la sensación que más valoramos todos: nuestro optimismo común, porque todo el mundo creía que en el último momento el otro se asustaría y se echaría para atrás; y, así, los diplomáticos empezaron el juego del bluf reciproco.» Zweig describía con estas palabras —en 1941, unos meses antes de suicidarse junto a su esposa en Brasil— el ambiente general que se vivía en Europa y que prologó el comienzo de la Primera Guerra Mundial.

En realidad Zweig, con estas amargas palabras trataba de subrayar una paradoja, una paradoja terrible: que casi nunca las cosas son lo que parecen. Y es que el «juego del bluf» es tan sugestivo y tentador que desde hace muchas décadas es utilizado masivamente por nuestro iluminados y bienpensantes. Políticos, banqueros, empresarios, sindicalistas, militares, dirigentes religiosos, directores de medios de comunicación, y así un largo etcétera, viven empeñados en convencernos a todos de que vivimos el mejor de los mundos, pero que sólo queda hacer un pequeño esfuerzo más. Y es la masa gris y confiada la que ha de hacer dicho esfuerzo, como si no lo llevara haciendo desde los albores de la Historia.

Creámosles, sigamos pensando que este es el mejor de los mundos posibles y un nuevo holocausto se cernirá sobre nosotros.

Publicado por torresgalera @ 15:12  | Pensamientos
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