Jueves, 18 de octubre de 2007
Si relacionamos el utilitarismo materialista con el relativismo nihilista, dos actitudes muy extendidas en la sociedad actual, encontraremos —al menos en parte— una explicación plausible al desconcierto y frustración que sufren millones de seres humanos. Para tratar de dilucidar una cuestión de tanta envergadura y gravedad, se me ocurre que vale la pena formular la siguiente pregunta: ¿Cómo es posible que en un mundo tan racionalista, en el que el hombre ocupa el centro del universo, su existencia espiritual sea tan precaria?

Antes que nada conviene tener presente que no estamos hablando de una asunto baladí, sino de máxima actualidad. Ya, el año pasado, el Papa Benedicto XVI abordó la cuestión en su discurso en Ratisbona. Sus palabras acerca de la necesidad de concitar razón y fe dieron motivo a una fuerte controversia, especialmente cuando se refirió a hechos del pasado acaecidos entre la comunidad cristiana y musulmana. Las malinterpretaciones fueron clamorosas y, en algunos casos, zafias. No obstante, lo que me lleva a la presente reflexión nada tiene que ver —al menos directamente— con aquel discurso papal ni con el posterior debate.

En plena Ilustración, el escritor y filólogo alemán August Wilhelm von Schlegel (1767-1845), señalaba que «En la vida real toda gran empresa empieza con fe, y da su primer paso hacia delante en la fe.» En realidad Schlegel estaba hablando de fe no en sentido estrictamente religioso, sino de la fe como potencia o cualidad del espíritu. La fe no es ni tiene que ser un acto de aceptación ciega a nada ni a nadie; a eso se llama credulidad, algo muy distinto a creer. La creencia nace de la conciencia del yo, de la confianza en uno mismo, porque la finalidad de los actos que nos proponemos son buenos intrínsecamente. Aquí radica la esencia de la fe: en la fortaleza ética y en la confianza moral. Por eso resulta tan difícil recibir consejos balsámicos que palien nuestras preocupaciones cotidianas (relaciones afectivas y familiares, economía doméstica o situación profesional). Lo único verdaderamente eficaz es trabajar la relación con nuestro Poder Superior. Durante un tiempo esto no se entiende, es más, genera más confusión. Cuando al fin uno se decide a interiorizar su yo, comienza un camino de iniciación en el que no tardará en comprender cómo sus propios defectos han contribuido en buena medida a la generación de los problemas que le oprimen. Las soluciones ya están la alcance de al mano.

En realidad, el ser humano es poseedor de recursos espirituales suficientes para mejorar y crecer hasta niveles insospechados. Lo difícil es tener percepción de ello. Sólo cuando se está dispuesto a usar dichos recursos éstos comienzan a ser eficaces.

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Mi?rcoles, 10 de octubre de 2007
Una de las razones que alejan a una gran parte de las gentes sencillas a desentenderse del camino de la virtud y, por tanto, de la exigencia ética, es el exceso de dolor y sufrimiento que se derrama sobre nuestras vidas. Los conflictos sociales, las innumerables guerras, la flagrante injusticia, las grandes pandemias, la enfermedad asesina, la criminalidad, las adiciones, la siniestralidad social, los fenómenos naturales, etc., constituyen una ingente panoplia de causas y efectos exterminadores, que han inoculado en el hombre actual una conciencia de perentoriedad extraordinaria.

Paralelamente, la sociedad mercantilista ejerce tal seducción en las masas, a través de múltiples manifestaciones, que ha concluido en un proceso de alienación social del que apenas escapa un porcentaje reducido de individuos. Claro es que no todo el mundo está en la misma disposición para el gozo de este edén; no es lo mismo haber nacido en Estados Unidos, Francia o Japón, por poner sólo tres ejemplos, que haberlo hecho en Zimbawe, India o Haití; incluso en estos países hay unos que lo pasan peor que otros.

La lucha por la vida, como describiera maravillosamente Pío Baroja (1872-1956) en su trilogía novelada del mismo nombre, es una tarea que absorbe la mayor parte de sus energías a aquellos que el destino les ha colocado desde su nacimiento en una posición de precariedad. Sobrevivir en medio de la adversidad exige un dramático esfuerzo del que es muy difícil liberarse; muchos se quedan en el intento.

En cualquier caso, conviene tener presente en todo momento que el sufrimiento es una parte inevitable de la vida. Su manifestación suele ser muy variada, como he apuntado con anterioridad. Pero tampoco hay que olvidar, que en muchas ocasiones el sufrimiento es consecuencia de nuestros propios actos, y que puede tener consecuencias dolorosas en quienes nos rodean.

Señalaba Charles Kingsley (1819-1875), que «El dolor no es ningún mal. A menos que nos venza.» Para éste escritor británico, uno de los fundadores del «socialismo cristiano», dolor y sufrimiento están ligados a la vida misma de tal modo, que podemos afirmar que es inseparable a nuestro propio progreso. La satisfacción por nuestros logros suele estar íntimamente unida a la superación de las dificultades que hemos encontrado en el camino. Son muchas las personas que a lo largo de la historia han convertido el sufrimiento en la piedra angular de su crecimiento personal.

Lo esencial en el sufrimiento es tener presente que no tenemos por qué pasarlo solos. Una cosa es que la interiorización de los efectos del dolor, por ejemplo, una pérdida, sea un acto intransferible, y otra que el consuelo del prójimo no obre su efecto paliativo. No olvidemos que también la ética desde las víctimas ha golpeado las mentes y los corazones de muchos incrédulos, entre ellos reputados intelectuales de izquierda. El filósofo alemán Herbert Marcuse (1898-1979), en su lecho de muerte confesaba a su colega y compatriota Jürgen Habermas (1929): «¿Ves?. Ahora sé en qué se fundan nuestros juicios valorativos más elementales: En la compasión, en nuestro sentimiento por el dolor de los otros». En todo caso, es esencial no dar al dolor el poder de destruir. La aceptación es con frecuencia la vía más eficaz de superación.

«En estos tiempos de tribulación no hacer mudanza», exhortaba Ignacio de Loyola (1491-1556). No se trataba de un consejo del fundador de la Compañía de Jesús a los nuevos miembros de la orden para que no cambiasen de sede, sino que se trataba de un exhorto para que resistieran los embates de los poderes terrenales. Pues, de la misma manera, es necesario hoy en día mantenernos firmes ante la marea de horror, injusticia y relativismo que invade nuestras vidas. Debemos despojarnos de esa teología del sufrimiento que, aún para los no creyentes, permanece viva en buena parte de la conciencia colectiva. Combatamos el sufrimiento con la fuerza de la fe en el hombre. Busquemos dentro de nosotros y en la naturaleza misma.

Para un verdadero creyente, Dios no quiere ni necesita que nosotros suframos los pesares de la vida, pero permite que el sufrimiento se produzca porque —como dijo con tanta claridad Harold Kushner (Cuando a la gente buena le pasan cosas malas)—, «Si Dios actuara de otra manera bloquearía nuestra naturaleza humana y nuestra condición humana.» Los accidentes ocurren, la muerte nos llega, las enfermedades son frecuentes en nuestro mundo, pero Dios no nos hace esas cosas. Somos seres humanos totales y finitos, que vivimos en un planeta donde suceden desastres naturales, donde existen las condiciones genéticas, donde a veces optamos por cosas mezquinas o lamentables, donde la vida no siempre se desarrolla como lo habíamos planeado o como lo deseábamos. Poseemos la gracia divina y nos agobia nuestra humanidad, el misterio de llegar a integrar nuestra individualidad mediante continuos adioses. Somos frágiles e incompletos, estamos siempre sujetos a posibles pesares. Vivimos en un mundo donde sabemos que no podemos huir de nuestra propia muerte, nuestro último adiós antes de la bienvenida eterna.

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Martes, 09 de octubre de 2007
Cada día que amanece es una buena oportunidad para afrontar la jornada con ánimo renovado y entusiasta. También es una excelente ocasión para remediar, o al menos intentarlo, los errores del día anterior. Lamentarse y no hacer nada por subsanar nuestras equivocaciones nos causará un doble daño: por una parte ensombrecerá nuestro espíritu acrecentando la mala conciencia; y, por otro lado, se perpetuará el perjuicio que hayamos causado.

Decía Cicerón (106-43 a.C.), «No pasemos por el antiguo terreno; más bien preparémonos por lo que ha de venir.» Con estas palabras subrayaba el eminente jurista-orador, que ante la imposibilidad de retroceder en el tiempo, y, por tanto, deshacer el daño, lo único aconsejable es poner todo el empeño en el camino que está por recorrer. Conviene no olvidar que cada nuevo día la naturaleza se renueva en todas y cada una de las formas y funciones que sus leyes han determinado a lo largo de millones de años. Así, el hombre, como parte de esa naturaleza evolucionada que ha devenido en conciencia y consciencia, tiene la obligación —no sólo moral, sino sobre todo ética— de dar lo mejor de sí en aras de su propio crecimiento interior como ser. Con esto quiero señalar la importancia vital de la necesidad de aprovechar cada instante presente de la manera más apropiada y conveniente, sin que nuestros actos pasados lastren nuestro futuro como hombres.

Comenzar de nuevo implica la renovación de un compromiso con nosotros mismos, un esfuerzo que nos acerca un poco más a la libertad y, por ende, a la plenitud. Esta realidad incuestionable es aplicable a todos y a cada uno de los seres humanos. Aunque, por desgracia, el acontecer cotidiano nos muestra el negativo de una sociedad desarrollista —es decir, en regresión—, que cifra su éxito evolutivo en la mercadotecnia y en la autosatisfacción emocional. Evolución y desarrollo, en sentido espiritual, no son sinónimos, ni siquiera equivalentes; por el contrario, son términos contrapuestos. El primero significa avance, expansión..., crecimiento; el segundo, aceptación, recreación, estancamiento y, en definitiva, retroceso. El uno atiende al imperativo ético (el ser), y el otro al compromiso moral (el estar). Evolución implica superación, trascendencia; desarrollo comporta servicio, utilidad.

Dejó pensado y escrito Aristóteles (384-322 a.C.), en su Ética a Nicómaco, que «El hombre feliz es el que vive bien y obra bien.» Para el preceptor de Alejandro Magno, virtud y felicidad iban de la mano, por eso define la felicidad como una especie de vida dichosa y de conducta recta. Eh aquí el meollo de la cuestión: la felicidad sólo se alcanza a través de la virtud (toda acción dirigida a la consecución del bien), es decir, la ética como rosa de los vientos para la conducta del hombre. Este es el propósito que debe prevalecer a la hora de enfrentarnos a cada amanecer.

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Lunes, 08 de octubre de 2007
Monjes budistas en Myanmar Myanmar (antigua Birmania) es el mayor santuario budista del mundo. Se trata de un hermoso país, repleto de misticismo y de templos, en el que, a determinada edad, todos los niños pasan dos años de su vida en aprendizaje monacal y en ausencia de los más elementales signos de confortabilidad. Durante este periodo de tiempo, los jóvenes quedan estigmatizados por el camino iniciático del budismo, esa forma de entrenamiento espiritual que pretende la comprensión directa y personal del mundo trascendental.

Una de las enseñanzas de Buda —aquel aristócrata nepalí insatisfecho que buscó la verdad y fue santificado por la luz reveladora—, después de meditar largamente sobre las relaciones humanas, fue la de que «El odio no cesa por odio, sino sólo por amor; ésta es la regla eterna». Como se puede apreciar, una verdad que sería divulgada quinientos años más tarde por Jesús de Nazaret, y que constituye el núcleo central del credo cristiano. Pues bien, la paradoja de este caso se resume en el hecho de que en el país más religioso y místico del planeta, sus gobernantes se comportan como heraldos del mal y delfines del terror.

Como es lógico deducir, los habitantes de Myanmar constituyen un digno ejemplo de benevolencia y pacifismo. El tamiz moral del budismo lo impregna todo, especialmente las conciencias de sus ciudadanos, excepto, claro está, las conciencias de sus dirigentes. La antigua Birmania vive sumida, desde que en 1948 recibiera la independencia del Reino Unido, en un torbellino de abusos y atropellos por parte de cuantos han pretendido guiar su destino. Se cumple, una vez más, el principio taoísta del yín-yan, de los opuestos, del bien y el mal; para que exista el bien tiene que contraponerse al mal, y viceversa. De esa confrontación sale la luz. También lo explicaba Juan Pablo II en Memoria e Identidad: «El hombre rechaza el amor y la misericordia de Dios porque él mismo se considera Dios; presume de valerse por sí mismo.» Así nos va.

Pero es difícil aceptar que con el amor, a través del perdón, se puedan superar los agravios y los tormentos que nos inflingen nuestros enemigos, al menos de algunos. Las ideologías del mal (totalitarismos de toda laya) están profundamente enraizadas en la historia del pensamiento filosófico europeo; y en el Oriente místico y feudal, el racionalismo filosófico europeo ha sabido calar en las oligarquías dominantes. Lo mismo que en Europa el racionalismo cartesiano (cogito, ergo sum —pienso, luego existo&mdashGui?o dio paso a la Ilustración, invirtiendo la tradición filosófica cristiana, en Oriente, el marxismo y el integrismo religioso y nacionalista han socavado las tradiciones espirituales y religiosas de la mayor parte del continente asiático y sus archipiélagos.

No es la primera vez, ni será la última, que los pacíficos se echan a la calle para denunciar los abusos de los tiranos. Desde los años del postulado de Mahatma Gandhi en la India, pasando por el Tibet, Nepal o la misma China, en prácticamente todo el Oriente no han cesado las manifestaciones públicas de protesta por parte de la sociedad, tanto civil como religiosa. Pero, ¿qué es lo que impulsa a miles de monjes a abandonar sus plegarias en el recogimiento monacal para salir a las calles a vociferar justicia y libertad? ¿Qué ocurre cuando la plegaria a favor de nuestros enemigos no consigue libramos de las ataduras del resentimiento? En Occidente estas formulaciones son impensables, ya que la realidad de los hechos se analiza únicamente con el recurso de la razón; el amor se circunscribe al ámbito de lo íntimo y personal. En cambio, el amor en el budismo lo abarca todo, es una sola cosa que se manifiesta tanto en lo público como en lo privado. ¿Será esta una nueva evidencia de que fe y razón deben ir de la mano?

Coda: Desde aquí exhorto a la opinión pública mundial para que reivindique la inmediata libertad de Aung San Suu Kyi, líder opositora al régimen totalitario de Myanmar, y Premio Nobel de la Paz. Aung San permanece detenida en arresto domiciliario y bajo una estricta custodia, desde 1996.

Publicado por torresgalera @ 14:26  | Mundo
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