Viernes, 16 de noviembre de 2007
Llegados a este punto de mediados de noviembre, cuando apenas faltan tres meses y medio para que se celebren elecciones generales, que decidirán el gobierno de España hasta 2012, tengo el firme convencimiento de que aún está por llegar lo peor que entraña el juego de la política de partidos; y, sobre todo, lo que tiene que ver con el pulso de fuerza que mantienen el actual partido gobernante y la oposición mayoritaria.

Si dijera que, en el fondo, lo que los ciudadanos deberán decidir en los próximos comicios es la superioridad de un modelo ideológico sobre otro, no sería más que una falacia. En realidad, la mayoría abrumadora de ciudadanos, gobierne quien gobierne, no quiere saber nada que tenga que ver con cambios sustanciales en nuestra actual forma de vida: aman la libertad (derecho individual inalienable, anterior a la Constitución), la nación española, la seguridad, el trabajo y la vida en comunidad de forma pacífica y con progreso social. Lo demás, les tiene sin cuidado.

Por tanto, ¿qué es lo que se ha de dirimir (con toda probabilidad) el próximo 9 de marzo? Pues, ni más ni menos, qué candidatos inspiran mayor confianza entre los electores para que administren los recursos comunes y defiendan mejor nuestros intereses en el concierto internacional. Eso es todo, así de sencillo y así de fácil.

Naturalmente, para tan grave decisión, cada elector deberá tomar en consideración los valores que crea convenientes de cada opción postulante. Partiendo del hecho de que cada español con derecho a voto tiene sus inclinaciones y simpatías particulares, lo sustancial de un sufragio es sopesar con ecuanimidad el debe y el haber de cada candidatura. Esta es una responsabilidad íntima e intransferible de un valor trascendental.

Por lo que se refiere a la candidatura del partido gobernante, que aspira a la reelección, los elementos de juicio (además del programa electoral), para renovar o no la confianza del electorado, están encima de la mesa: su gestión cuantificable durante el presente mandato. Cada ciudadano tiene el derecho de valorarla como mejor le parezca.

En cuanto a las cualidades y bondades de los candidatos aspirantes a sustituir en el gobierno a los titulares presentes, los electores deberán considerar la calidad del trabajo realizado como oposición. Es cierto que, en demasiados casos, muchos ciudadanos se inclinan por eso que se llama «voto de castigo», es decir, votar la candidatura con mayores opciones (aunque no se confíe plenamente en ella) con tal de que no gane el contrario.

En cualquier caso, lo que pretendo resaltar en esta reflexión es que el trabajo de oposición que está desarrollando el Partido Popular en la presente legislatura, y, especialmente, en este final de ciclo, me parece que desvirtúa y excede lo aconsejable y prudente en el papel de leal oposición. Es cierto que el gobierno socialista del presidente Rodríguez —en connivencia con sus socios de legislatura parlamentaria—, ha dado sobrados motivos para que la oposición liberal-conservadora se haya tenido que emplear a fondo para tratar de frenar la deriva nacionalista, tanto en el aspecto territorial como en el antiterrorista. Pero dicho esto, uno llega a la conclusión de que los recios modos y formas —utilizados de forma sistemática— se han impuesto a la esencia de lo que debería haber sido una mera crítica constructiva a muchas de las iniciativas del gobierno. Por citar algunos casos recientes, como la rabieta del gobierno de Marruecos ante el viaje de los reyes a Ceuta y Melilla, o la repatriación desde el Chad de las cuatro azafatas españolas por parte del presidente Sarkozy, o el altercado dialéctico del primer ministro Rodríguez y el Rey Juan Carlos con Hugo Chavez y Daniel Ortega, en Santiago de Chile, han puesto de manifiesto un oportunismo desaforado en asuntos que, esencialmente, han fortalecido la imagen y la posición institucional de España. Aquello de que el que da primero da dos veces, en estos casos se ha incumplido. La premura demostrada ante tales hechos por los líderes del PP, para salir a dar garrotazos dialécticos al gobierno, creo que ha sido desafortunada.

Los responsables del PP deberían haber aprendido la lección de marzo de 2004: un acontecimiento envenenado a última hora puede dar al traste con las buenas expectativas electorales acrecentadas durante varios años. Y al revés: Rodríguez se encontró con una victoria inesperada, lo mismo que le ocurrió al canciller Schröder en 2002. El pensador político irlandés Edmund Burke (1729-1797), decía que «Los abusos son como los viejos caducos, llega un tiempo en que dejan de infundir respeto». La estrategia de desgastar a un gobierno mediante el abuso permanente de la descalificación, sin pausas para la reflexión ni concesiones al oportunismo, abren simas de dudas y perplejidades que pueden pasar facturas decepcionantes. Para rebajar el clima de crispación política, no sería mala cosa recordar las palabras del poeta y filósofo norteamericano Ralph Waldo Emerson (1803-1882), con las que señalaba que «Estos tiempos nuestros son graves y calamitosos, pero todos los tiempos son esencialmente iguales».

Una acción opositora obsesionada por ganar las próximas elecciones, cabalgando desbocada en medio del torbellino mediático, y ensimismada por las tendencias que marcan los paneles demoscópicos y las encuestas de opinión, termina siendo una oposición neurotizada. Esta patología política deja traslucir, de manera inexorable, las serotoninas del miedo y de la inseguridad, algo con lo que los electores no quieren saber nada. Y que no me vengan con aquello de que «los del PSOE son peores».

Publicado por torresgalera @ 16:14  | Pol?tica
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