Domingo, 27 de abril de 2008

El 2 de mayo de 1808: el nacimiento de una Nación (y IV)

Cortes de Cádiz«Como Españoles es necesario que muramos por el Rey y por la Patria...». Este grito era la expresión viva del concepto que sobre el poder tenía la sociedad de principios del siglo XIX. Se trataba de la sustanciación de una idea secular arraigada y aceptada: «el poder proviene de Dios y Él lo delega en un hombre virtuoso entre los demás y, por ende, a su descendencia». Esta idea es la que arrastra al pueblo llano a cumplir con una obligación moral; también, por qué no decirlo, es la respuesta ante la afrenta al sentimiento nacional: el Rey, en manos del invasor, y la Corona suplantada por un advenedizo extranjero. Ambos desafueros atentaban de plano contra el mito patriótico.

Es verdad que el pensamiento ilustrado que habían propiciado pensadores como Hobbes, Locke, Hume, Smith, Voltaire, Rousseau, Diderot o Montesquieu suponía el fin de la idea clásica del poder y de todo lo que llevaba implícito, tanto en el aspecto político (poder absoluto), como en el social (desaparición del vasallaje y de la sociedad estamental), o como en el aspecto económico (desaparición de diezmos, privilegios y regalías). La Ilustración colocaba al hombre en el centro del universo, haciéndole igual a sus semejantes; es la reunión de todos los ciudadanos la que designa su representación y, por ende, constituye el Estado.

Avanzada la guerra, en mayo de 1810 la Junta Central de Defensa dio paso al Consejo Supremo de Regencia. Este nuevo órgano tenía como misión, al igual que antes la Junta Central, reorganizar el Estado. Sin embargo, la Regencia nace enfrentada a los miembros de la Junta; el Consejo de Castilla despierta y se arrima a la Regencia, culpando a los liberales de los males de España. La Regencia retrasa la publicación del decreto de 1 de enero, de convocatoria de Cortes; finalmente, la apertura de sesiones se inicia en Cádiz (isla de León) el 24 de septiembre.

Los delegados presentes coincidían en la necesidad de articular un nuevo modelo de Estado. La cuestión era qué modelo. Las opciones enfrentadas eran similares a las de las últimas décadas entre absolutistas y liberales; se trataba de la pugna entre tradición, reforma y revolución. En la Junta Central había ministros de Carlos IV, hombres ilustrados que ya habían desarrollado algunas de las reformas que se consideraban necesarias para el mantenimiento y modernización del sistema político de la Monarquía española (Floridablanca, Saavedra, Jovellanos, etc.). Pero surgieron nuevos hombres que se decantaron por el liberalismo y las reformas radicales (Calvo, Quintana, Argüelles, Ranz Romanillos,...).

Entre los absolutistas y el grupo liberal había otro de reformadores ilustrados, llamados realistas, a cuya cabeza estaba Jovellanos. Eran herederos de la doctrina política elaborada en el siglo XVIII, en plena Monarquía absoluta, y que limitada el poder del rey mediante las Leyes fundamentales del Reino, que debían rescatarse y compilarse para su conocimiento y aplicación. Se trataba de una idea pactista, que no había sido desarrollada. El sistema político absolutista se reformaría así, para acoger otro basado en la soberanía compartida entre el Rey y las Cortes renovadas.

Finalmente, son los liberales -en principio minoría- los que ganan la batalla ideológica de cara a la apertura de las Cortes, llamadas Generales y Extraordinarias: consta de cámara única, formada por diputados elegidos por los nuevos ciudadanos y por las Juntas provinciales, que, unidos, integraban un único cuerpo que representaba a la nación soberana. Los debates fueron vivos y apasionados, incluso a veces, en exceso vehementes.

Entre tanto, la guerra continúa. En 1811 los ejércitos napoleónicos acumulan hasta 350.000 hombres en España y dominan la práctica totalidad del territorio español. Sólo Cádiz resiste el feroz cerco de fuego y hambre que le ha impuesto el mariscal Soult. Comienza 1812 con la dolorosa noticia de la caída de Valencia, la otra ciudad que aún resistía el embate francés. Afortunadamente, en este mismo mes de enero el general inglés Wellington inicia una gran ofensiva sobre Extremadura y libera Ciudad Rodrigo y Badajoz.

Mientras esto ocurre, el 19 de marzo, festividad de San José, las Cortes aprueban la Constitución; la exaltación y el júbilo se expande con rapidez entre «¡Vivas a la Pepa!», nombre popular con la fue bautizada la Carta Magna. Continúan las victorias inglesas, primero en Almaraz y luego en Salamanca.

La campaña de Rusia obliga a Napoleón a retirar cuantiosas tropas de España. Este hecho favorece la causa nacional y, a lo largo de 1813, los franceses son empujados hacia los Pirineos. Napoleón se atrinchera en la frontera hasta negociar con Fernando VII una salida, que llegó el 11 de diciembre con el Tratado de Valençay: el Borbón acepta la neutralidad de España y, a cambio, Napoleón le devuelve la Corona. El rey «Deseado» es liberado el 22 de marzo de 1814 y cruza la frontera el 24. Entre tanto, las tropas aliadas luchan en abril en el sur de Francia (Toulouse); Cataluña permanece parcialmente ocupada por el ejército francés.

Había llegado la hora de la verdad respecto a la Constitución. Las Cortes habían decretado que el rey acatara la Carta Magna mediante juramento; mientras tanto no se le reconocería ni se le prestaría obediencia. A su vez, las Cortes habían dado instrucciones precisas para garantizar el viaje directo a Madrid del monarca. Fernando VII se negó a seguir el camino marcado por la Regencia y entró en Valencia el 16 de abril. Al día siguiente recibió a dos emisarios: uno -con el texto de la Constitución- era el representante de la Regencia; el otro, el general Francisco Javier de Elío, con un manifiesto absolutista (Manifiesto de los Persas) firmado por 69 diputados. Elío invitó al monarca a recobrar sus derechos, poniendo sus tropas a su disposición y realizando el primer pronunciamiento militar de la historia de España.

¡Paradojas del destino! Seis años de terribles padecimientos a manos de un enemigo implacable y cruel, que vertió la sangre de centenares de miles de españoles, que expolió sus riquezas y tesoros y que dejó España asolada y arruinada, no fueron motivos suficientes para remover en lo más hondo ni la conciencia ni la razón de un monarca que, junto a su padre Carlos IV, fueron los máximos responsables de los ignominiosos sucesos que llevaron a la Familia Real a Francia y a los españoles a la guerra. La batalla de las ideas y la razón que se había librado en las Cortes de Cádiz ,de repente, se trocó en una mera ilusión, que junto a la guerra, enmascaró los conflictos ideológicos del pasado.

Lo cierto es que el pueblo llano había derramado su sangre por el rey y por la Corona; pero todavía estaba muy lejos de entender el significado del Estado soberano. Hubiera sido necesario una mayor grandeza de espíritu por parte de los que -añorando el Antiguo Régimen- habían sido vencidos en los debates constitucionales por los defensores de la soberanía nacional. Ni siquiera la apelación del preámbulo constitucional a «Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu-Santo, autor y supremo legislador de la sociedad» fue suficiente para tranquilizar la desconfianza de la reacción ilustrada y del sentimiento atávico del pueblo llano. Aceptar la literalidad de los tres primeros artículos de la Constitución representaba para estas gentes un trágala insufrible: «La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios»; «La Nación Española es libre e independiente, y no es, ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona»;   y «La Soberanía reside esencialmente en la Nación, y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales».

Los firmantes del Manifiesto de los Persas representaban a la reacción más insidiosa y recalcitrante, a pesar de haber participado tanto en las Juntas como en el Consejo de Regencia y en las propias Cortes. Muchos de estos elementos pusieron velas a Dios y al demonio. Y contaron, finalmente, con la colaboración decisiva de Fernando VII, un rey si no más inepto que su padre, sí más taimado, venal y retrogrado. El regreso del rey «Deseado» a su patria, en los términos en que se produjo, generó el cisma definitivo entre las «Dos Españas». Un cisma que provocaría represiones, guerras civiles, dictaduras militares y golpes de estado hasta 1981.

El 4 de mayo de 1814, Fernando VII declaró nulo y sin efecto toda la obra de las Cortes de Cádiz. Al día siguiente, el «Deseado» salía de Valencia en marcha triunfal hacia Madrid. El entusiasmo popular -al grito de «¡Vivan las cadenas!»- le acompañó todo el viaje. El régimen constitucional no fue capaz de oponer resistencia. Sin embargo, a pesar de la ocasión histórica frustrada, la semilla del liberalismo no dejaría de ahondar y extender sus raíces. Y el precio por imponerse muy costoso.


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Viernes, 25 de abril de 2008

El 2 de mayo de 1808: el nacimiento de una Nación (III)

Cuartel de Monteleón (Madrid)Sin ánimo de exagerar podemos decir que los sucesos madrileños del 2 de Mayo de 1808 actuaron como la chispa que inflamó, a gran escala, la conciencia nacional. No obstante, queda patente como he señalado en el artículo anterior que los españoles se movilizaron por una doble causa, que, en realidad, convirtieron en el subconsciente colectivo, en una sola: por un lado, responden como un resorte al grito «La patria está en peligro»; y, por otro, como destaca en las primeras líneas el bando de los alcaldes de Móstoles, se sienten impelidos por una creencia atávica a responder al llamamiento de la proclama: «... como Españoles es necesario que muramos por el Rey y por la Patria...».

Resulta paradójico que mientras los españoles se enardecían ante la gravedad de la amenaza francesa, el 5 de mayo, en Bayona, Carlos IV
ciego y sordo ante lo que no quiere ver ni escuchar consigue que su hijo Fernando VII renuncie y le devuelva la Corona, para acto seguido ponerla en manos de Napoleón, quien a su vez se la entrega a su hermano José. Así quedó también satisfecha la demanda, que desde el interior, había solicitado la Junta de gobierno monárquica para que Napoleón nombrara a José I rey de España; el 4 de junio esa misma Junta invita a las Juntas Provinciales de Defensa (la oposición al nuevo régimen) a someterse al emperador francés. El odio y el desprecio se hace patente a partir de entonces hacia todos los colaboradores españoles (afrancesados) del nuevo monarca francés.  

En todo caso, conviene recordar que si bien es cierto que la conciencia que los españoles de entonces tenían de Nación (España) era un hecho en los inicios del siglo XIX, también es verdad que ésta conciencia estaba diluida en el sentimiento que pervivía aún acerca de la profunda tradición de singularidad histórica. En los viejos reinos de la Corona de Aragón y del Reino de Valencia aún pervivían
todo lo disminuido que se quiera el alma y el fuero de la tradición. Es ahora, en esta nueva prueba que representa la Guerra de la Independencia, donde los españoles de todos los rincones peninsulares e insulares se vieron comprometidos en una causa común. Se jugaban, nada más y nada menos, que la pervivencia de su ser o no ser.

Es obvio que las cosas habían cambiado en la Europa de entonces, y también en América. En 1776 se había producido la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América. Trece años más tarde la monarquía absolutista francesa era borrada de un plumazo por las nuevas ideas revolucionarias. La Ilustración se abría paso
unas veces a zancadas y otras a trompicones, pero no cabe duda de que el tradicional concepto del poder estaba herido de muerte. En España, imperio en decadencia, las ideas ilustradas ya estaban presentes (Campomanes, Mayans, Cabarrús, Feijoo, Torres y Villarroel, Meléndez Valdés, Cadalso, Samaniego, Iriarte, Fernández de Moratín, Jovellanos,... ) desde buena parte del siglo XVIII. Incluso en el seno de la Iglesia se experimentó, a cuenta de las regalías, la llegada de aires renovadores de la mano de figuras como Félix Torres Amat, Felipe Bertrán (obispo de Salamanca e Inquisidor general), José Climent o Antonio Tavira Almazán, todos ellos enfrentados a la Iglesia más conservadora y partidaria de la preeminencia del Papa.

Pero era indudable que España padecía una analfabetización enorme (la población rural era superior al 70 por ciento), por lo que el llamado «siglo de las luces» apenas penetró en el entramado social, tan solo en el ámbito de la universidad y de los círculos ilustrados. A esta situación hay que añadir el hecho de que el trabajo desarrollado a lo largo del siglo XVIII para la modernización del país, empezó a quebrarse con la llegada de Carlos IV al poder. La aparición de la Revolución francesa llenó España de dudas y temores. Las primeras medidas tras la revolución fueron el control de las publicaciones que entraban en España, la censura de prensa y el control de las actividades de las Sociedades Económicas de Amigos del País. Todo aquello que el despotismo ilustrado había creado en otras naciones, se convirtió de la noche a la mañana en sospechoso de tramar contra la Corona.

No obstante, la lucha contra las tropas francesas obligó a los españoles a la introspección y a la revisión de la conciencia nacional; también a elevar la mirada más allá de nuestras fronteras. Cuando todo estaba perdido, el vacío de poder era inapelable y la escasez de recursos de guerra evidentes, Inglaterra se erigió en la única tabla de salvación. Y, efectivamente, los gobiernos de Jorge III y su hijo Jorge IV asumieron la responsabilidad de expulsar al ejército napoleónico de la península Ibérica. Sin embargo, los británicos no se dieron prisa en el empeño, pues les interesaba mantener dividas las fuerzas del emperador francés en diferentes frentes europeos.

Y mientras se alargaba la guerra en suelo español, en la ciudad de Cádiz
único bastión inexpugnable para los franceses se fraguó el proyecto de una Constitución que recogiera el nuevo espíritu emancipador que la Ilustración había destilado durante las últimas décadas. El liberalismo echó sus raíces entre los esteros gaditanos y el interior de las defensas amuralladas de la milenaria urbe fenicia.



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Jueves, 24 de abril de 2008

El 2 de mayo de 1808: el nacimiento de una Nación (II)

Fusilamientos del 3 de mayoLa ausencia de la familia real del territorio español recién instalada en  Bayona—, y la gravedad de la sublevación popular del 2 de Mayo madrileño —con su secuela de feroz represión por parte francesa—, tuvo como consecuencia inmediata el surgimiento de una gran tensión insurreccional que se propagó en pocos días por toda España.

El exponente histórico más conocido de dicha tensión fue la proclama firmada por Andrés Torrejón alcalde de la villa de Móstoles, distante de la capital sólo tres leguas, que al grito de «La Patria está en peligro. Madrid perece víctima de la perfidia francesa. Españoles acudid a salvarla. Mayo 2 de 1808. El Alcalde de Móstoles», espoleó las conciencias de las gentes y movilizó a la población a luchar contra el agresor francés, declarándole, a partir de ese instante, enemigo irreconciliable.


T
odo apunta a que esta versión de la proclama tiene su origen en la descripción que hizo el historiador
Muñoz Maldonado, en 1833, en su obra Historia política y militar de la Guerra de la Independencia de España contra Napoleón Bonaparte desde 1808 a 1814, tomo I, página 18, registrando un texto tan breve y conciso como el señalado anteriormente. De aquí se deriva que este hecho histórico se ha transmitido desde entonces de forma un tanto sesgada y reduccionista, casi mítica.


P
ero estudios posteriores rigurosos —especialmente los llevados a cabo por
José María Queipo de Llano, conde de Toreno, y, en 1940, por Romeu de Armas— demuestran que la proclama que firmara el alcalde Andrés Torrejón (alcalde interino por el Estado Noble) iba también acompañada por la firma de Simón Hernández, a la sazón co-alcalde de la misma localidad. Y es que en Móstoles había dos alcaldes —como ocurría en otros muchos municipios castellanos—, uno elegido mediante votación por el Estado Noble y otro por los Pecheros; si bien es verdad que en este caso los dos alcaldes eran Pecheros, ya que los Nobles de Móstoles, al menos en aquella última elección, no presentaron candidato.


L
a historia de los hechos acaecidos en Móstoles aquella tarde del 2 de mayo de 1808, confirma las circunstancias en las que se redactó la proclama, y sus términos exactos, firmada por los dos alcaldes. El caso fue que estando Juan Pérez Villamil y Paredes, jurista y escritor asturiano, adscrito al cuarto del infante Cardenal Luis de Borbón, descansando en su casa de Móstoles, el día en que celebraba su 54 cumpleaños, por la tarde, durante un paseo por el campo, conoce lo que cuentan los que llegan huyendo de Madrid. Ante los hechos relatados, Villamil, en compañía de algunos lugareños, busca a Andrés Torrejón que se encuentra trabajando en labores agrícolas. La voz de alarma se propala con rapidez por el pueblo. Tañen las campanas y los vecinos se concentran ante el Ayuntamiento. Todos querían ir en apoyo de los madrileños. Sin embargo, Pérez Villamil parece ser que tras valorar la situación, aconseja se dé urgente aviso a otros pueblos para, así todos unidos, poder ejercer una mayor y más serena oposición a los invasores. Aceptada la propuesta, el escribano Manuel del Valle Espino comienza a escribir mientras le dicta Pérez Villamil:


           «
Señores Justicias de los pueblos a quienes se presentase este oficio, de mi el Alcalde de Móstoles:
Es notorio que los franceses apostados en las cercanías de Madrid y dentro de la Corte, han tomado la defensa, sobre este pueblo capital y las tropas españolas; de manera que en Madrid está corriendo a esta hora mucha sangre; como Españoles es necesario que muramos por el Rey y por la Patria, armándonos contra unos pérfidos que so color de amistad y alianza nos quieren imponer un pesado yugo, después de haberse apoderado de la Augusta persona del Rey; procedamos, pues, a tomar las activas providencias para escarmentar tanta perfidia, acudiendo al socorro de Madrid y demás pueblos y alentándonos, pues no hay fuerzas que prevalezcan contra quien es leal y valiente, como los Españoles lo son. Dios guarde a V.S. muchos años. Móstoles, dos de Mayo de mil ochocientos y ocho. Andrés Torrejón. Simón Hernández».


A
continuación, aprovechando la presencia del postillón andaluz, Pedro Serrano, y tras haberse brindado a ello, le fueron entregadas copias para que en su vuelta a casa, las distribuyera en Extremadura y Andalucía. A las siete de la tarde partió de Móstoles por el Camino Real de Extremadura. En Navalcarnero entregó la primera copia, la siguiente en Talavera  de la Reina, y así hasta Sevilla, donde llegó dos días después.


P
or tanto,
el escueto, claro y conciso bando que tradicionalmente se ha venido adjudicando al alcalde Andrés Torrejón fue, en realidadcomo afirman los investigadores citados, una síntesis del que fue enviado a surtir efectos en otras localidades; fue un aviso para pregonar en los caminos y lugares de reunión, alertando de inmediato con el fácil texto de sus tres mensajes: «La Patria esta está en peligro. Madrid perece víctima de la perfidia francesa. Españoles acudid a salvarla».

 

Una evidencia más de cómo se implicaron en la Guerra de la Independencia gentes de todo tipo de condición social e ideológica, fue el caso de Juan Pérez de Villamil. El ilustre asturiano enseguida destacó por su patriotismo, pero también por su anticonstitucionalismo. A los pocos días del 2 de Mayo, Villamil fue nombrado vocal de la Junta Nacional. Poco después sería deportado a Francia, de donde escapó, logrando llegar a Cádiz. Allí fue nombrado, en abril de 1812, Consejero de Estado, desempeñando interinamente la Secretaría de Estado y Del Despacho Universal de Hacienda. A pesar de su reaccionarismo, se le nombra miembro de la Tercera Regencia. Su oposición radical a la Constitución de 1812 motivó la separación del cargo. Al retorno de Fernando VII, Villamil acudió a Valencia presuroso a demostrar su afecto al Rey. Asimismo, fue uno de los redactores del Manifiesto de los Persas, mediante el cual el rey «Deseado» abolió la Constitución gaditana el 8 de marzo de 1814, y persiguió a quienes habían posibilitado su retorno.


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Mi?rcoles, 23 de abril de 2008

 

El 2 de mayo de 1808: el nacimiento de una Nación (I)

2 de Mayo de 1808 (Madrid)Todo está preparado para la gran conmemoración del segundo centenario del 2 de Mayo; aquella insigne fecha en la que el pueblo llano de la Villa y Corte se sublevó contra las zafias intenciones del todopoderoso Napoleón. La dramática gesta de los madrileños tendrá, en las próximas fechas, una nueva ocasión para el recuerdo y para una renovada reflexión sobre el significado que tuvieron aquellos lejanos acontecimientos en el porvenir de la nación española.

Es obvio que en esta conmemoración estará ausente la «Memoria histórica», puesto que ninguno de los vivos en la actualidad goza del recuerdo —propio o cercano— de aquellos turbulentos años. Todo  cuanto se pueda saber de lo ocurrido antes, durante y después de aquel 2 de Mayo de 1808, proviene del acervo de conocimientos que la historiografía ha legado a las gentes de nuestro tiempo. Ello no quiere decir que demos por concluida la tarea de los historiadores, todo lo contrario; las modernas disciplinas que se han incorporado al estudio de la historia, así como las mejoras técnicas introducidas en las disciplinas clásicas, permiten augurar un futuro feraz. Todo esclarecimiento del pasado —en especial de la historia del siglo XIX— redundará en el afinamiento que se den a los hechos del siglo XX. Así es de determinante la cuestión.

Es importante tener presente, que el 2 de Mayo de hace dos siglos vino a marcar un punto de inflexión en la Historia de España. No olvidemos que la cadena de acontecimientos acaecidos en nuestro país desde la caída del Antiguo Régimen en Francia (Revolución de 1789), hasta la invasión de la península por las tropas napoleónicas—, coincidió con el reinado del más funesto monarca que hayamos padecido jamás los españoles. Carlos IV de Borbón se mostró durante todo su reinado como un ser débil, caprichoso e incompetente, que se parapetó en Floridalanca y el conde de Aranda, primero, y después en Manuel Godoy, para gobernar un vasto imperio —en decadencia, pero imperio al fin y al cabo—.

Por tanto, el 2 de Mayo de 1808 sobreviene en medio de un profundo malestar popular auspiciado por tres hechos irrevocables: el primero, la clamorosa ineptitud del rey Carlos IV; el segundo, el cisma abierto en el seno de la familia real, alentada por el Príncipe de Asurias y sus seguidores, que pugnaban por la sucesión a la corona (proceso de El Escorial, motín de Aranjuez y abdicación de Carlos IV en su hijo Fernando VII); y, en tercer lugar, la presencia de tropas francesas en Madrid, consecuencia de la desastrosa política exterior desarrollada por Godoy y la Corona (enfrentamiento primero con la Convención francesa, y alianza posterior con un crecido Napoleón, con el trasfondo permanente del resentimiento frente a Inglaterra).

En cualquier caso, lo verdaderamente importante desde la perspectiva de doscientos años después, es la constatación de que la Guerra de la Independencia que sobrevino tras la sublevación del pueblo de Madrid fue un fenómeno patriótico espontáneo, nuevo y complejo, en el que se implicó la práctica mayoría de los españoles (nobleza, ilustrados y pueblo llano). Se trató de una unanimidad en la que, no obstante, no se debe ocultar la multiplicidad de motivos por los que cada persona o grupo social decidió empuñar las armas. Y tampoco debemos olvidar el hecho de que ante la inhibición del Consejo de Castilla (órgano supremo de la administración española), el pueblo defendió con ardor —casi hasta la inmolación— la causa de Fernando VII, a quién llamaba el «Deseado».


Publicado por torresgalera @ 22:25  | Historia
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