Viernes, 31 de octubre de 2008
Cada día estoy más convencido de que las sociedades desarrolladas se despeñan, lenta pero inexorablemente, hacia su desnaturalización. Es decir, que cuanto mayor es el grado de bienestar, mayor es la alteración que sufren las propiedades humanas de esas colectividades. El proceso de deterioro de las señas de identidad, acrecentadas a lo largo de siglos, no sólo es notorio sino irreversible. La sociedad contemporánea experimenta -en muchos casos sin conciencia de ello- una profunda transformación, más allá de que su modelo político sea totalitario, democrático o teocrático.

Lo que llama poderosamente la atención es que sea precisamente en el llamado «mundo libre», donde la «desnaturalización» social se produce de forma más inconsecuente. Es en estas sociedades -gobernadas por regímenes democráticos y amparados bajo Estados de Derecho- donde más se percibe la falta de correspondencia lógica entre las conductas de sus individuos y los principios que profesan. La agobiante presión del mercado, de los medios de comunicación y de los poderes públicos -todos ellos en contumaz puja para obtener la mayor cuota clientelar- ha devenido en inocular en la sociedad una proteína cargada de descreimiento, cinismo y vacuidad que la protege de sí misma.

En realidad, se trata de un «falso» proceso de autoprotección, ya que el descreimiento, el cinismo y la vacuidad, que tan buenos resultados ha cosechado en el horizonte inmediato, no ha hecho más que deteriorar -a medio y largo plazo- la capacidad de la sociedad europea para afrontar los desafíos del presente y del futuro. No, no se trata de una crisis transitoria: lo que está en juego es el «ser o no ser» de nuestra sociedad, tal y como la soñamos alguna vez. Los derechos fundamentales del hombre, los principios esenciales de la democracia, el imperio de la ley (ciega y justa), el compromiso con la coexistencia pacífica entre pueblos y naciones y el respeto al planeta y al medio ambiente, son cada día cercenados y horadados en aras de formulaciones ideológicas insustanciales y flácidas, que no hacen más que enmascarar veleidades de poder, ya sea político o económico.

La sociedad ha perdido, en su conjunto, el espíritu de superación y la grandeza de ánimo. Se ha conformado con sobrevivir en un Estado garantista y proteccionista. Los nuevos líderes políticos aspiran a no tener que dar explicaciones, ni ante sus partidos ni ante la opinión pública. Les basta una adhesión, un aplauso, una vibración de consenso; por eso la política se celebra a base de grandes acontecimientos y los ciudadanos se vuelven meros espectadores. Los líderes se han convertido en ídolos de diseño a la medida de la nueva demanda. Unos ídolos que en vez de indicar el camino para la acción colectiva, se ofrecen como ejemplo.

Estamos en el tiempo de «un neopopulismo post-político». Se desprecia la ineficaz gestión de gobierno, se pervierte el lenguaje hasta vaciarlo de significado, y se anteponen las obsesiones de los dirigentes a las necesidades de los administrados. Este «populismo de la modernidad» se está forjando con formas y modos paternalistas, que se sustentan en la adhesión y la emoción (ver Ágora Digital del pasado 18 de julio: Un patético Zapatero). Se trata, pues, de un neopopulismo que se expresa a través de una ideología gaseosa, que apela a la autenticidad y a una nueva manera de entender y practicar la política, que remueve y promueve los sentimientos y deseos del pueblo a través de un lenguaje (la paz, el talante, el diálogo, la solidaridad, la laicidad, la memoria histórica, la igualdad, el multiculturalismo, la alianza de civilizaciones o la España plural), que reduce la complejidad del presente a un discurso literalmente insignificante y repleto de tópicos. Un neopopulismo -sin sustancia, pero transmitido con gravedad y circunspección- que diseña una imagen de marca, dotada de un determinado aura, que se ofrece al ciudadano en cuanto consumidor, no en cuanto ser ético y pensante.

Por eso nadie se rasga las vestiduras cuando el Gobierno de Rodríguez Zapatero pretende liderar la acción anti-crisis financiera mundial: un presidente que hasta hace tan sólo unos meses porfiaba públicamente que hablar de crisis era propio de agoreros, ignorantes y antipatriotas. ¿Alguien pondría la mano en el fuego por la derrota electoral de Zapatero si se celebraran elecciones ahora? Es obvio que no. «ZP» ha conseguido proyectar su imagen de marca a una sociedad cada vez más indolora, en la que cada día se acrecienta la idea de «individuo igual a mensaje». He aquí el paradigma: un excelente trabajo de marketing que enmascara un pensamiento patético, sí, patético por flácido (gaseoso, ligero, emotivo). Un paradigma que se construye sobre una amalgama de ideas e imágenes gratificantes y salvíficas, y cuyos principios son inapelables: diálogo, paz, tolerancia, igualdad, diversidad, pluralidad, medio ambiente...  ¿Cómo vender este pensamiento flácido a una sociedad en que la persona es el mensaje? Diseñando, empaquetando y distribuyendo un candidato-mercancía que refleje las virtudes o intereses de un votante-consumidor que, al acudir al mercado electoral, otorgue el voto a quien percibe como su reflejo.

El ciudadano elige al candidato, pero en realidad se elige a sí mismo; o -variante del mal menor- a quien percibe como opuesto a lo que rechaza. Y el elegido, consciente de que el secreto está en la imagen, aprueba una Ley de «Igualdad» (sin presupuesto), postula sobre la solidaridad social (y discrimina a la mayoritaria oposición conservadora a favor de las minorías nacionalistas), presume del sistema financiero español ante propios y extraños (pero recurre a la intervención pública), agravia a la Administración Bush (pero quiere ser invitado a Whasington a la cumbre del G-20)... En fin, ningún dislate de los cometidos en la anterior legislatura, ni de los actuales, es capaz de movilizar a los electores-consumidores, que prefieren mantenerse fieles a su marca antes que aceptar la propia equivocación. El neo-populismo, la ideología de la nada, hermana la codicia capitalista y la ambición política. El mercado económico y el electoral es la misma cosa.


Publicado por torresgalera @ 13:15  | Pol?tica
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Viernes, 17 de octubre de 2008

El juez Garzón y Geoffrey RobertsonQue España es un país de cainitas no me cabe la menor duda. Nada hemos aprendido de la historia ni falta que nos hace, en todo caso para despotricar de unos y de otros. Y lo peor es que los españoles que hoy permanecemos en pie sobre esta bendita tierra continuamos alardeando de nuestras míseras obcecaciones como si de inquebrantables verdades se tratara. El empecinamiento y la ofuscación en nuestros yerros nos han convertido en irreductibles fantoches, en famélicos orates siempre dispuestos a la riña soez y al escarnio despiadado con aquellos que, en nuestro imaginario fantasmagórico, encarnan idearios y actitudes vitales diferentes de las propias.

Con toda el agua que ha transcurrido bajo los puentes, ya sea el de Alcántara o el viejo de Córdoba (ambos construidos por los romanos), la nación española no ha dejado de debatirse entre la servidumbre, el regicidio, la conspiración y el descreimiento. Ya en tiempos más modernos, cuando el concepto de soberanía se residenció en el ciudadano, allá por 1812, la traición y el nepotismo engendraron el partidismo vesánico. Desde entonces no ha dejado de atormentarnos hasta el momento presente. Ni siquiera la democracia actual, con su ley de amnistía previa, ni los sucesivos gestos políticos para tratar de restituir y compensar los agravios a los que más sufrieron los rigores de la noche oscura del franquismo, ha sido suficiente para esta nueva horda de políticos subidos al machito del poder. A esta generación de dirigentes «progresistas», auténticos analfabetos funcionales de la «rex publica», a falta de un ideario genuino, acorde con los exigentes desafíos del presente y del futuro, no se le ha ocurrido nada mejor que echar mano del abyecto pasado para reavivar el resentimiento, el odio y el sufrimiento. No hay que olvidar que la Guerra Civil fue el episodio histórico más pérfido, deleznable y cruel de fracaso de convivencia entre españoles.

Y por si fuera poco, a la malnacida Ley de «Memoria histórica» hay que sumarle un juez megalómano, aturdido y peor aconsejado, que apoyándose en este endeble y deficiente soporte legal ha iniciado, jaleado por los intereses más insidiosos, un proceso legal contra los dirigentes desaparecidos de un régimen político ya extinto. Si este acto no es digno de ser calificado de «alta traición» al Estado de Derecho, por cuanto tiene de amenaza a la paz y a la convivencia de los ciudadanos, que venga Dios y lo vea. La felonía jurídica que está cometiendo Baltasar Garzón deja en pañales otras famosas como la del «caso Dreyfus» (París, 1894-1906). Si, como sostiene el magistrado, los crímenes contra la humanidad no prescriben nunca, parece una arbitrariedad el que sólo persiga a los responsables (ya fallecidos) del bando victorioso, toda vez que los crímenes cometidos por la otra parte no quedaron a la zaga. Ahí tiene Garzón a uno de los máximos responsables de la seguridad en los días del terror rojo (1936-1937) en la zona republicana: se llama Santiago Carrillo.


Publicado por torresgalera @ 18:28  | Pol?tica
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