Lunes, 22 de diciembre de 2008
Nacimiento de Jesús

El teólogo francés René Laurentin, ha alcanzado notable prestigio por sus eruditos estudios de la infancia de Jesucristo a través de los Evangelios. Pero, eh aquí la paradoja: Laurentin afirma que después de los Evangelios, la obra escrita que más le ha ayudado a entender el Misterio de la Navidad es la pieza teatral titulada Barioná, el Hijo del Trueno, escrita en diciembre de 1940 por Jean-Paul Sartre (1905-1980). Así es, el gran icono mediático de la izquierda europea occidental a lo largo de varias generaciones, comunista recalcitrante, padre del existencialismo francés, ateo profesional, cartesiano, hipócrita seductor, bebedor empedernido e inmoral hasta la depravación, protagonizó una experiencia única en su vida y muy reveladora de la complejidad del ser humano, tanto en su grandeza como en su miseria.

Corría el final del otoño de 1940, y Sartre -que había sido alistado en el ejército francés el año anterior-se encontraba prisionero de los nazis en el campo de concentración «Stalag 12D» instalado en Tréveris (Alemania). Su mala suerte la compartía con otros doce mil soldados franceses. En aquellas dramáticas circunstancias, los capellanes del campo obtuvieron permiso del comandante en jefe alemán para celebrar la Misa del Gallo en la Nochebuena. Y como quiera que fuese, tal vez para combatir el abatimiento o la monotonía (quizás ambas cosas), el prisionero filósofo propuso a los capellanes que, además de ensayar villancicos, le permieran escribir un auto o misterio de Navidad para representar en la Misa del Gallo. Los capellanes aceptaron y él se puso a la tarea a tan solo seis semanas de la Navidad. En tan escaso tiempo escribió la obra, la ensayó con los actores, supervisó los disfraces, los decorados, todo. Los nazis no le censuraron ni una línea de la obra.

El argumento que sale de su pluma es la angustia existencial de un pueblo judío que, invadido por los romanos, sigue esperando un Mesías que lo libere de la opresión extranjera. Leyendo la obra se vislumbra cierto paralelismo entre los opresores romanos y los nazis, y entre los oprimidos judíos y los prisioneros del campo. Barioná, el protagonista, está claramente identificado con el pesimista Sartre. Llegando incluso a proponer a su pueblo la autodestrucción mediante la infertilidad y el aborto para evitar así la angustiosa ocupación romana: «Sara -dice a su mujer- hoy he perdido toda esperanza y toda fe. Es por este niño que tanto he deseado y que llevas dentro de ti por lo que no quiero que nazca. Es por él. Ve al hechicero, te dará unas hierbas y quedarás estéril. Soy señor del pueblo y dueño de la vida y de la muerte. He decidido que mi familia se extinguirá conmigo. Ve. No hay vuelta atrás.»

El embarazo de Sara coincide con las buenas noticias sobre el nacimiento de un tal Jesús que traerá la esperanza y cambiará el mundo. Pero Barioná advierte a su pueblo: «Mirad a vuestra desesperanza a la cara, porque la dignidad del hombre está en su desesperanza.» Aunque su conciencia le hace reflexionar en voz alta: «Si un Dios se hubiese hecho hombre por mí, le amaría excluyendo a todos los demás, habría entre Él y yo algo así como un lazo de sangre, y no tendría vida suficiente para demostrarle mi agradecimiento.»

En fin, aquí tenemos a Sartre, el ateo impenitente, el principal referente para el ateísmo que impera en nuestros días, escribiendo sobre el maravilloso Misterio de la Navidad para levantar los ánimos (¿y la fe?) de sus compañeros cautivos. Es sin duda un hito excepcional, un paréntesis en la producción literaria del filósofo. Pero ¿cómo es posible que estos párrafos los haya escrito Sartre?:

«Este Dios es mi niño. Esta carne divina es mi carne. Está hecha de mí. Tiene mis ojos, y la forma de su boca es la de la mía. Se parece a mí. Es Dios y se parece a mí... Y ninguna mujer, jamás, ha disfrutado así de su Dios, para ella sola. Un Dios muy pequeñito al que se puede estrechar entre los brazos y cubrir de besos. Un Dios calentito que sonríe y que respira, un Dios al que se puede tocar; y que vive.»

«¿Hay algo más conmovedor para el corazón de un hombre que el comienzo de un mundo, que la incipiente juventud, que el comienzo de un amor...? En este establo se levanta una nueva mañana... En este establo ya ha amanecido... Millones de años después de la creación, en este establo, se levanta, con la tenue claridad de un pábilo, la primera mañana del mundo.»

Sartre utiliza la noche de Navidad para mostrar uno de sus temas preferidos y más recurrentes: la existencialista lucha de la libertad humana para afirmarse ante Dios. Barioná, el Hijo del Trueno, comparada con el resto de su obra presenta a un Sartre «cristiano» o, al menos, a un Sartre abierto a la posibilidad del encuentro con Cristo. Claro que el propio Sartre lo negaría siempre. Charles Moeller, en su famosa obra Literatura del siglo XX y cristianismo (Editrial Gredos, 1955) creía que del radicalismo de la libertad existencial podría llegar a surgir un Sartre cristiano si comprendía que Dios no es el enemigo de la libertad humana, sino su única y verdadera realización. Y lo decía porque le habían llegado noticias de esta obra por el relato de algún prisionero, pero desconocía su título original y la daba por desaparecida. En esta obra sí se ve la posibilidad de un Sartre cristiano, aunque no termina de apostar claramente al todo o nada. El final de la obra está abierto.

Hay muchas otras anécdotas interesantes sobre la obra que muestran aún más si cabe ese acercamiento a la fe: que Sartre actuó en la obra no como Barioná, el personaje que defiende su filosofía, sino como el rey Baltasar, quien anima al zelota existencialista Barioná a abrir su libertad al sentido que le aporta el reconocimiento del Mesías Salvador. Los discursos de Baltasar son impresionantes, y más aún si uno se imagina a Sartre declamándolos, como de hecho pasó. Además, consta el testimonio de al menos un prisionero que se convirtió oyéndole. Otro detalle: al acabar la función, Sartre participó esa noche en la Misa del Gallo con el resto de prisioneros, gesto que no pasó inadvertido para los miles de soldados que le conocían como un ateo «oficial».

También existen otros elementos interesantes en esta obra. Se aprecia el profundo conocimiento del cristianismo y de las Escrituras que poseía Sartre, incluso de la geografía e historia de Palestina. Seguramente contó con el consejo de los capellanes, pero por el tiempo de que dispuso podemos deducir que no pudo detenerse en muchas investigaciones y consultas, sino que hay una experiencia íntima, oculta y algo dramática de la fe que se plasma en la trama. Se percibe la influencia de Georges Bernanos (1888-1948), que él mismo reconoció que había leído por entonces. Queda patente también una de las grandes heridas de la psicología de Sartre: la ausencia de su padre, muerto en Conchinchina cuando él apenas contaba ocho meses de edad. De San José sólo dice que no se atreve a decir nada... En definitiva, se trata de una obra que pone de manifiesto la complejidad del alma humana y la apasionante aventura de la Gracia para llegar a ella.

Afortunadamente, después de décadas desaparecida -tanto en francés como en otras lenguas- Barioná, el Hijo del Trueno ha sido rescatada hace cuatro años (la edición en castellano ha venido de la mano de la editorial Voz de Papel, con el aval de seis importantes universidades españolas). Todo indica que a la figura de Jean-Paul Sartre, convertido en un tótem del pensamiento ateo, marxista y anticatólico de la segunda mitad del siglo XX, con un papel crucial en el mayo del 68 y su movimiento ideológico, no le convenía que se airease una obra como ésta. Es verdad que Sartre nunca la negó, porque no podía hacerlo: más de doce mil soldados prisioneros habían presenciado su puesta en escena. Pero trató de ignorarla lo más posible, y cuando alguien que había tenido noticias de aquel hecho le preguntaba por ella, menospreciaba su valor literario. Esto tampoco es cierto: basta con leerla para ver su fuerza dramática y su calidad literaria, aunque se tratara de su primera pieza teatral. Mientras la escribía, le reconoció a Simone de Beauvoir -en una carta- que había descubierto con ella sus dotes para la escritura de teatro.

Traigo a cuento esta historia porque estamos en tiempo de Navidad. Una Navidad más que se celebra en medio de grandes tribulaciones e incertidumbres. Pero es también, como toda Navidad, tiempo de esperanza: la conmemoración del nacimiento del Hijo de Dios que viene -cada año, cada día, cada instante- a redimir con el perdón los pecados de los hombres, hijos predilectos del Creador, hechos a su imagen y semejanza.  

Así, pues, destapemos una vez más el silencio impuesto por la rampante progresía oficialista y mostremos que es posible un genuino diálogo entre razón y fe, entre Evangelio y cultura. Sartre lo hizo una vez, cuando su vida no estaba en sus manos (a los pocos meses fue puesto en libertad). Y además afirmó que encontró en ello el motivo de unión más fuerte entre cristianos y no creyentes. En unos momentos especialmente difíciles para Europa, en los que el debate intelectual está siendo aplastado, en los que se trata de anular todo lo cristiano y su papel esencial en la configuración de Europa, quizás ejemplos como éste ayuden a que algunos cambien, al menos, de perspectiva, y apuesten realmente por la unidad y por el respeto por la identidad cristiana de Europa.


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Mi?rcoles, 17 de diciembre de 2008
Amanecer del hombre

La vida sería sencilla si a su complejidad cada ser humano fuera capaz de considerarla como un regalo de los dioses. Los 13.500 millones de años, más o menos, transcurridos desde el origen del actual Universo, han trabajado, en su implacable evolución, para que todos y cada uno de nosotros estemos aquí. Es más, este gigantesco esfuerzo realizado (y que continúa realizándose) por la energía y la materia cósmica  está dirigido a que cada una de nuestras existencias sean ineluctables. No seamos, pues, tan pretenciosos -en nuestra corta existencia- de creernos poseedores de la verdad. La verdad sobre nuestra naturaleza y el universo del que formamos parte es tan inescrutable e inabarcable -para nuestros limitados cerebros-, que sólo una actitud humilde y abierta puede protegernos de nosotros mismos. Lo único que está en nuestras manos es adquirir el compromiso para que nuestros actos, por pequeños e insignificantes que sean, causen beneficios a los demás. A este compromiso, los filósofos y sabios humanistas, lo llaman ética: el compromiso para hacer el bien y combatir el mal. Todo lo demás son cuentos chinos, algunos muy bonitos pero también muy peligrosos.

Los seres humanos  somos seres extraordinarios, ya que -además de constituir una especie biológica muy evolucionada- constituimos la primera y única especie (en el planeta Tierra) portadora de un perfil sicológico también altamente evolucionado. Hemos sido capaces de crear el lenguaje mediante signos: hemos descubierto el logos, la palabra. Y ha sido mediante el logos que hemos llegado a ser capaces de elaborar pensamientos abstractos; abstracciones que van más allá de las cosas percibidas por el mundo de los propios sentidos. Pero nuestra presencia en el Universo es de apenas unos segundos, comparada con el Universo mismo. Por tanto, ello nos debería llevar a pensar que nuestras capacidades intelectivas y sicológicas aún distan mucho de haber alcanzado un grado de excelencia satisfactorio. Es decir, nada de lo que somos actualmente debería inclinarnos por la complacencia. Somos lo que somos, pero aún estamos lejos de ser lo que podemos llegar a ser.

No obstante, conviene tener en cuenta que en la naturaleza de nuestra doble personalidad (biológica y psíquica) llevamos inscrito el ADN del Universo, aunque estamos lejos de poder descifrarlo. Formamos parte del pulso cósmico, somos una parte ínfima de él, pero nuestra soberbia nos ha llevado a anunciar la muerte de Dios. El racionalismo subvirtió los valores arcaicos y situó al hombre en el centro del Universo, una utopía blasfema que peca de soberbia. Si Dios es el impulso del Universo, o el Universo mismo, y el hombre es apenas un proyecto, una manifestación cosmogónica, deberíamos ser cautos con nuestros juicios pues al fin y al cabo poco es lo que sabemos.

Escribía Hilaire Belloc, sin que hasta ahora nadie le haya rebatido (otra cosa es que se le ignore), que primero fue la religión y luego la civilización. El homo sapiens, en su crepuscular ignorancia y ante una infinita necesidad de razonar su existencia, intuyó a Dios (o a los dioses) en los prodigios del Universo, ya fuera en sus expresiones astrales o bien en sus manifestaciones terrenales: el sol, la luna, las estrellas, el fuego, el viento o la fuerza implacable de las aguas torrenciales, cuando no los rasgos soberbios de la serpiente, el águila o el leopardo, han dado testimonio durante milenios de la dimensión espiritual y trascedente del ser humano. Y en un paso más, hacia delante, la capacidad intelectiva del ser humano elaboró abstracciones desbordantes de la realidad material, que acabaron configurando civilizaciones periclitadas y las vigentes: las grandes religiones espiritualistas (budismo, brahmanismo, zoroastrismo o sintoísmo) y monoteístas (judaísmo, cristianismo y mahometismo) constituyen las estructuras que soportan las civilizaciones que han llegado hasta nuestros días.

Desgraciadamente, en los tiempos que vivimos el ser humano vive prisionero de un acceso de soberbia: ha convertido a la razón en el único y exclusivo argumento de su existencia. Los progresos que ésta ha favorecido en los campos de la ciencia y la tecnología han nublado su conciencia. El hombre considera que se basta a sí mismo; no necesita de nada ni de nadie para alcanzar el poder absoluto y la felicidad en este mundo. Lo demás no importa. Sin embargo, nada hace pensar que el ser humano sea más feliz hoy que ayer, acaso viva más cómodo, aunque no todos por igual. Y más vacío. Cuando Nietszche enterró a Dios y proclamó la llegada del "superhombre" hacía ya tiempo que la diosa "razón" había profanado el alma humana. Luego los románticos y los utópicos se lanzarían extraviados en pos de una quimera. La cruel dialéctica de la humanidad, azuzada por el espejismo de una libertad redentora, se encargó de amamantar a monstruosas criaturas que en el siglo XX dirigirían el gran holocausto. La subversión previa del arte ya había anticipado aquella dolorosa premonición.

¿Vivimos hoy en un mundo más seguro y más confortable que el de hace cien años? Seguro que la respuesta variará dependiendo más de dónde que de a quién se le haga. Esto es un síntoma, hace un siglo hubiera sido al revés. Vivir en una sociedad opulenta hoy no nos produce sosiego en cuanto apenas levantamos la vista de las entendederas. Sin embargo, persistimos en vivir como si todo fuera posible, como si el sol existiera para alumbrarnos y calentarnos en vez de dar gracias cada día a esta oportunidad maravillosa que se nos ha brindado de existir.


Publicado por torresgalera @ 21:30  | Pensamientos
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Viernes, 05 de diciembre de 2008
Constitución española

Sin duda, la vigencia de la Constitución de 1978 durante treinta años ha proporcionado a la nación española el periodo más largo y fructífero de su historia. Concebida y alumbrada en una coyuntura política, social y económica excepcional, la “ley de leyes” ha demostrado, con el paso del tiempo, haber sido un eficaz instrumento regulador de la convivencia —no siempre exenta de amenazas y peligros—, que ha permitido la transformación de una sociedad tutelada por un Estado autoritario y despojada de derechos y libertades públicas, a una sociedad representativa y democrática, enraizada en un Estado garante de los derechos inalienables del ser humano.

 

No obstante, conviene señalar —en la hora feliz de celebrar este trigésimo aniversario—, que la Carta Magna necesita con urgencia una revisión, si no a fondo en todos y cada uno de sus títulos, si al menos en el octavo (el referido a las autonomías), así como en otras cuestiones más sencillas pero no por ello menos imprescindibles (sucesión a la Corona, adaptación a la legislación de la UE, revisión del excesivo garantismo de nuestro sistema judicial, etc.). Estos cambios permitirían fortalecer la musculatura jurídica de las reglas de juego de nuestro sistema de convivencia, toda vez que nos protegería eficazmente de las derivas soberanistas que desde hace treinta años acechan, hostigan y acorralan a la unidad nacional.

 

Basta de retórica y llamemos de una vez a las cosas por su nombre. Si bien se hace imprescindible la reforma constitucional, no es menos cierto que en la actualidad no se dan las circunstancias adecuadas: la clase política carece del consenso mínimo necesario para abordar tal empeño, y menos el que había en 1978; vive enfrentada entre sí con un encono y un rencor incompatibles en un proyecto común. Y esto es en cuanto a partidos nacionales y constitucionalistas se refiere, excuso decir la falta de voluntad reformadora que anida en las mentes de los nacionalistas periféricos. A estos últimos el exceso de ambigüedad del Título octavo de la Constitución les ha ido de perlas durante estas tres décadas. Los complejos centralistas de la derecha y de la izquierda española han favorecido tal cúmulo de concesiones a los nacionalismos, que han terminado por vaciar el Estado de competencias hasta dejarlo exhausto. La España de las autonomías, que deriva del espíritu y letra de un orden jurídico superior como es la Constitución, ha terminado imponiéndose a la Carta Magna a base de forzar las interpretaciones de su articulado. Por eso los nacionalistas no quieren saber nada de reformar la Constitución, y ponen todo el empeño en la política de actos consumados (nuevo Estatuto de Cataluña o los intentos de imponer el Plan Ibarretxe).

 

Sí, a todas las fuerzas políticas les va bien con una Constitución exhausta y deprimida. Durante sus treinta años de vida todos la han manipulado a conciencia. Lo que comenzó siendo un texto de compromiso histórico para avanzar por la senda democrática y romper la rigidez de un Estado centralista, en poco tiempo se convirtió —para algunos— en un pretexto para redimir presuntos agravios históricos, y —para otros— en reivindicación de derechos competenciales. De ahí que de la “tabla de quesos” se pasara inmediatamente al “café para todos”, y del café para todos al saqueo del Estado y a los reinos de taifas. Y nadie está exento de culpa. Si a esto se añade la demolición de la independencia del poder judicial, convendremos que un gobierno nacional que controla la Fiscalía General del Estado, el Tribunal Constitucional, el Consejo General del Poder Judicial y la mayoría parlamentaria en el Congreso, no necesita de reformas constitucionales para mantenerse en el poder. Y los soberanistas periféricos encantados de un marco jurídico tan flexible y adaptable a sus necesidades y caprichos.

 

Llegados a este punto, y por mucho que la retórica de la efeméride que se celebra este 6 de diciembre sature a los españoles con sus pretendidas bondades, no es menos cierto que la Constitución de 1978 no está en condiciones de soportar otros treinta años. Ni mucho menos. O se reforma en un plazo de tiempo razonable o entrará en coma el modelo de Estado. Los partidos nacionales constitucionalistas tienen la palabra. Es suya la responsabilidad.


Publicado por torresgalera @ 20:41  | Pol?tica
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Lunes, 01 de diciembre de 2008

Don Quijote y Sancho Panza“Dos pavos viajan a Disneylandia en primera clase tras ser indultados por Bush”. Con este titular abre el sumario de También es actualidad un periódico digital español, que fuera fundado por uno de los más insignes periodistas de nuestro país y que ocupa un sillón en la Real Academia Española de la Lengua. Deseo aclarar que mi sorpresa no se ha producido por tan llamativo titular, pues todos los días la prensa recoge noticias extraordinarias (esta es la verdadera razón de ser del periodismo) que acontecen en nuestra sociedad. No, lo que me ha llenado de perplejidad —acaso convendría mejor decir, hilaridad— ha sido leer el resto del sumario hasta completar la lista de ocho noticias destacadas. Juzguen ustedes mismos, mis queridos lectores, porque la relación no tiene desperdicio: “Los policías mexicanos deberán portar fotos de su familia para no delinquir”, “Un hombre suelta cientos de escarabajos para asustar a las chicas”, “Un zoo intenta sin éxito que dos osas se apareen”, “Encontrado un piano con banqueta incluida en mitad de un bosque”, “¿Descontenta con el tamaño de su pecho? Coma galletas F-Cup”, “Un equipo de fútbol femenino de Suazilandia gana por 33 goles a 0”, “Muere una mujer al ser golpeada por el ataúd de su marido” y, cerrando la relación noticiable, “Una empresa de EEUU comienza a reservar plazas en el primer cementerio de la Luna”.

No me dirán ustedes que el sumario no es digno de figurar en una antología del periodismo underground 2008. Y lo mejor de todo es que las ocho noticias reseñadas corresponden a un mismo día. Con este comentario no pretendo, en absoluto, subestimar el valor noticiable de los titulares. En un mundo abrumado por grandes amenazas y males terribles, hechos como los aquí consignados representan una excelente oportunidad, no exenta de una buenas dosis de humor,  para distraer la mente aunque solo sea por unos minutos  de las arduas preocupaciones cotidianas, toda vez que permite corroborar la paradoja que representa la vida misma. No todo ha de ser crisis económica, ni fanático terrorismo, ni luchas de poder o conflictos étnicos. La vida está llena de pequeños acontecimientos, muchas veces sorprendentes e impredecibles, que —al margen de los perjuicios o beneficios que reporten a los protagonistas de los mismos— son dignos de ser divulgados al resto de ciudadanos por su alto valor simbólico o, simplemente, por la peculiaridad del suceso. De todo se aprende, máxime si la noticia divulgada era inconcebible hasta el momento mismo de llegar hasta nosotros. ¡Cosas veredes, querido Sancho!