S?bado, 28 de febrero de 2009
Nebulosa Helix

Ayer me quedé extasiado contemplando una reciente fotografía -captada por el Wide Field Imager (La Silla, Chile)- de la nebulosa planetaria Helix. Dicha nebulosa es conocida por los astrónomos como el Ojo de Dios, debido a su asombrosa semejanza con el icono divino, y cuyo tamaño está calculado en dos años luz (unos 20 billones de kilómetros) de ancho. Lo más asombroso de esta nueva imagen de la Helix no es su calidad fotográfica, sino que su belleza es de tal magnitud que -al menos en mi caso- su contemplación me produjo un estado de relajación y calma total, semejante a ese estado de la conciencia que Freud denominó como de «sensación oceánica» para designar las experiencias místicas o religiosas. 

La foto de Helix -divulgada por el Observatorio Espacial Austral- y cuya nebulosa se encuentra en la constelación de Acuario a 700 años luz de la Tierra, presenta de forma detallada una cosmovisión fehaciente del proceso de desintegración de una estrella, con el inmenso resplandor que acompaña este proceso hasta convertirse en una estrella nova. Se trata de una imagen subyugante, seductora y mágica, capaz de sumergir la mente humana en el proceloso abismo de la ensoñación quimérica. Una imagen que invita a la expansión de la conciencia, que estimula la liberación de toda presión interior hasta disolver, aunque sea por unos instantes, la conciencia en el Nirvana.

Sin embargo, apenas transcurrieron unos segundos de experimentar esta especie de «sensación oceánica», caí en la cuenta de la paradoja en la que nos encontramos inmersos muchos seres humanos: la convivencia de dos contrarios irrefrenables dentro de una misma personalidad. Por una parte el «impulso contemplativo» hacia los grandes enigmas del Universo, hacia la idea de transcendencia, hacia las manifestaciones artísticas o hacia la experiencia amorosa, y, por otro, la «indignación crónica» que sufrimos y nos sacude cada vez que asistimos en nuestro medio natural a la exaltación de la indignidad, la barbarie, la injusticia o la estupidez; la «indignación crónica» es radicalmente activa.

Estos dos rasgos o cualidades, el «impulso contemplativo» y la «indignación crónica», son aparentemente incompatibles por su naturaleza. No obstante están ahí, dentro de nosotros y se manifiestan con desigual frecuencia, en detrimento del primero. Nuestra época ha creado un campo de fuerzas bastante similar a las condiciones que regían en el laboratorio de Pávlov. El pobre perro, cuando se ve expuesto a estímulos contradictorios, reacciona de una manera que se denomina «neurosis experimental». Se trata de un conflicto entre la acción y la contemplación, equiparable al conflicto entre el arte y la propaganda.

Fue Saint-Just quien dijo que «No se puede gobernar sin culpa». Bajo ciertas condiciones, no se puede obrar, ni escribir, ni siquiera vivir sin culpa. Si se enseña a un perro a perseguir las bicicletas, pero no los automóviles, y luego ve acercarse a un motorista, la reacción del perro será una neurosis experimental. De la misma manera -escribía Arthur Koestler en Flecha en el azul-, «si se enseña a una nación a creer que la tolerancia es buena y la persecución mala, y se le pregunta luego si hay que perseguir a los que quieren abolir la tolerancia, reaccionará de una manera bastante similar. En las épocas de paz, estas paradojas son simples entretenimientos lógicos; en las épocas de crisis pueden llegar a ser fatales para el individuo o para toda la civilización».

Por fortuna, esta de hoy es una buena ocasión para dejarse llevar por el «impulso contemplativo» ante el Ojo de Dios. Una oportunidad excelente para dar descanso a nuestra «indignación crónica», exhausta ante tanta ignominia y zafiedad, tanto en el solar patrio como allende nuestras fronteras.


Publicado por torresgalera @ 1:26  | Pensamientos
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Viernes, 13 de febrero de 2009

No cabe la menor duda de que la vida pública española se ha convertido en un patio de Monipodio. Y no hay nadie que lo remedie. Los políticos continúan con su deriva hacia la confrontación y la descalificación hacia todos aquellos que les oponen la menor resistencia. Ningún ejercicio de autocrítica para redimir la confianza perdida por parte de los ciudadanos. La humildad en el uso de la razón es una simiente que pocas veces ha fructificado en nuestro pedregoso espacio vital democrático. Por el contrario, la intransigencia dialéctica, la soberbia moral, el desprecio ontológico hacia el adversario y un maniqueísmo pueril y estéril han fermentado en unos vicios altamente perniciosos para nuestra convivencia.

De poco sirve que la presente crisis económica nos haya sumido a todos en el desasosiego y el pesimismo. Aquí cada cual va a lo suyo. Los unos, los que gobiernan, empeñados en la retórica del buenísmo y en defender diagnósticos repletos de sofismas de grueso calibre. Los otros, la alternativa de poder, atrapados en una dialéctica inane en la que gran parte de las energías se pierden en la búsqueda de su propia identidad. Y los demás, para que hablar..., empecinados, según la conveniencia, en sacar pequeñas ventajas para sus mezquinos proyectos disgregadores.

En estos días que preludian elecciones autonómicas en el País Vasco y Galicia, nuestros ínclitos servidores públicos andan enzarzados en una gresca miserable. Los del Gobierno azuzando a la opinión pública y a las instituciones del Estado para que la oposición conservadora quede desacreditada en su totalidad por culpa de unos indicios de corruptelas municipales y unas hilarantes informaciones aparecidas en un periódico sobre tramas de espionaje dentro del Gobierno de la Comunidad de Madrid. Como si la corrupción fuera cosa de unos pocos y no práctica generalizada en todas las fuerzas políticas. Y si no que se lo pregunten a los del PSOE, que ya en los tiempos de Felipe González se doctoró cum laudae por un puñado de tribunales de Justicia. Pero lo más grotesco de lo que está ocurriendo, y que ha sido apuntado por numerosos observadores, es el clamoroso uso partidista que de estos asuntos de la corrupción municipal y del espionaje está haciendo el PSOE y los medios de comunicación afines: un claro subterfugio para distraer la atención de los ciudadanos sobre la crisis económica y, de paso, demonizar un poco más al PP, en particular, y a la derecha, en general.

Pero mira por dónde, y como quiera que este de la política es un mundo de pillos, ventajistas, taimados, trajinadores, cínicos y medradores, han pillado in fraganti al ministro de Justicia Mariano Fernández Bermejo y al magistrado Baltasar Garzón, que instruye la investigación de la corrupción municipal, juntos de cacería durante el último fin de semana; existen testimonios que afirman que incluso llegaron a cenar ambos prebostes con el jefe de la policía judicial y con una fiscal. Como es lógico suponer, el escándalo en la opinión pública ha sido glorioso; es más, el líder de los populares Mariano Rajoy ha denunciado públicamente el desafuero de esta connivencia entre distintos poderes del Estado y el uso infamante de sus instituciones para desacreditar al PP. Pues bien, ¿qué suponen que ha comentado, a preguntas de los periodistas, el beatífico señor presidente del Gobierno Rodríguez Zapatero?: Que el PP actúa así para desviar la atención de sus propios problemas; que no hay que exagerar, que todo es fruto de un calentón y que espera que pronto las aguas vuelvan a su cauce...

Señor Presidente, con todo respeto, Usted si que es nuestra peor crisis... y nuestra peor pesadilla.


Publicado por torresgalera @ 13:52  | Pol?tica
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