Mi?rcoles, 13 de mayo de 2009

Los problemas de España no parecen tener solución. Me refiero, claro está, a los problemas de siempre, los antiguos, los que venimos arrastrando desde las Cortes de Cádiz; aquellos de la enemistad y el enfrentamiento a cara de perro de media España contra la otra media, la del trato hosco y zafio, la del insulto grueso y la descalificación lapidaria, la de la moral cainita e intolerante, la tradicional que presume de decencia y la progresista que se cisca en todo lo que huele a naftalina. La vida pública española vive atrapada en una caricatura de mal gusto, que representa una especie de sainete grotesco y cuyos personajes principales responden a estereotipos atrabiliarios o inefables idiotas. Nadie quiere deshacer este hechizo fatalista porque resulta fácil medrar a su costa: los buenos y los malos, el progreso frente a la reacción, la ilustración frente al oscurantismo. Menuda falacia y que gran patraña. Como si no hubiera pruebas sobradas de la multitud de canallas, analfabetos funcionales, zafios delincuentes e incompetentes vendepatrias por ambas partes. Este pandemónium le va bien a unos y a otros, a tirios y a troyanos, a rojos y a azules, a izquierdas y derechas. La gran batahola en la que se ha convertido la política nacional no es más que el remedo de lo que fue en otras épocas la encarnizada pugna por eliminarse (físicamente) los unos a los otros, y muchas veces lo consiguieron. No digo yo que ahora estemos en esas (los etarras vascos sí lo están, desde luego), pero el desprecio con el que se descalifican pone de manifiesto el rencor que anida en la envenenada alma nacional. Por ahora la guerra es sólo mediática. Los combates se libran virtualmente para ganar parcelas de opinión pública; de los ciudadanos todos quieren sólo dos cosas: sus votos y su dinero. De lo demás se bastan a sí mismos.

El llamado «Debate sobre el Estado de la Nación» que hoy ha terminado es prueba de cuanto digo. La primera cuestión que los medios de comunicación han planteado a sus audiencias ha sido quién ha ganado el combate dialéctico entre el presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y el principal líder de la oposición, Mariano Rajoy. Como si ello fuera lo más transcendental (la política reducida a un espectáculo de masas); los demás portavoces parlamentarios meras anécdotas. En cualquier caso, el fondo del debate protagonizado por los dos grandes antagonistas -que pusieron de manifiesto, una vez más, su recíproca aversión- ha sido un auténtico ejercicio de tactismo: uno presentando un cúmulo de ocurrencias (casi todas disparatadas) para luchar contra la crisis económica, e invitando a la oposición a asumir sin rechistar sus propuestas, y el otro descalificando al gobernante con obviedades pero sin valentía para ofrecer alternativas concretas. El primero pierde caudal de confianza cada día y el segundo no consigue aumentarlo. Así pues, el panorama está en manos de los incondicionales de uno y del otro, de las contingencias adversas o favorables que les puedan sobrevenir antes de las próximas elecciones, y de la habilidad y recursos para la acción propagandística de ambos adversarios. Y, mientras tanto, las dos Españas se miran enfangadas hasta la cintura, con el mazo levantado para romperse la crisma mutuamente mientras se escupen a la cara. Afortunadamente, cada vez somos más los que nos sentimos más ajenos a esta patibularia comedia.


Publicado por torresgalera @ 20:01  | Pol?tica
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