Viernes, 25 de septiembre de 2009

Miles de millones de seres humanos anhelan y suspiran por vivir una existencia digna, exenta en la medida de lo posible de asperezas y conflictos. El punto de partida de tan ingente piélago de criaturas es sin embargo muy dispar: los hay que desde su nacimiento están condenados a la indigencia a causa de la extrema pobreza del medio social al que pertenecen, o a la precariedad de su país, o a la desestructuración de su familia quebrantada por la enfermedad, las adicciones o la delincuencia; otros, en cambio, lo tienen todo de cara para afrontar la vida con saludable confianza. En cualquier caso, la mayor amenaza que acecha a la humanidad es el propio hombre. Y su mayor esperanza.

He aquí la gran paradoja del ser humano: desde hace más de diez mil años nuestra especie se ha abierto camino a través de la historia librando una titánica batalla contra la naturaleza y, lo que es peor, contra sí misma. Y si lo analizamos bien no ha sido la fuerza bruta la que ha logrado los grandes avances de la humanidad, sino su capacidad intelectual para interrogarse acerca de todo cuanto la rodea, su permanente aliento para formular hipótesis y su inquebrantable perseverancia para buscar caminos hacia las soluciones que superen los imponderables. Todas estas cualidades y atributos han llevado muy lejos al hombre en tan solo diez milenios.

No obstante, cabe una pregunta de difícil respuesta: ¿Ha progresado el ser humano sustancialmente en cuanto a pautas de conducta se refiere? Mucho me temo que más bien poco. La mayor parte de la humanidad continúa encontrando el estimulo a su existencia en sus vísceras sensitivas, por mucho que disfrace de racionalidad los argumentos de su comportamiento. La codicia, el poder, el sexo, la gula, la envidia…, constituyen la fuente esencial de los conflictos sociales. Las ideologías no son más que enmascaramientos dialécticos con los que se pretenden legitimar buena parte de los abusos y avasallamientos. En medio de tanta perfidia existen muchos incautos de buena fe que sucumben ante los resplandores de la demagogia y los sofismas. Se puede comprobar a cada paso: unos se erigen en adalides de los grandes cambios (en los que no cambia nada o casi nada), y otros sacan pecho y vociferan en defensa de su verdad. Los conceptos del bien y el mal se acomodan a las necesidades del momento. Cada vez son menos los que encuentran en la ética humanista y en el derecho natural las claves para una existencia digna, armoniosa y fraternal. Las religiones antiguas (budismo, hinduismo, judaísmo, cristianismo, islamismo...) son consideradas por el neopaganismo racionalista como virus causantes de los males del pasado y de nuestro tiempo. Ahora, el dilema del progreso y la felicidad del hombre del siglo XXI está en manos del «progresismo sostenible», controlador de la burocracia de las administraciones públicas, y los «neocom», defensores a ultranza de la libertad de mercado mediante el subterfugio de la información privilegiada. En pocas palabras, «poder-control-poder». Y mientras tanto millones de seres debatiéndose entre la miseria y el ilusorio espejismo de un edén de prêt-à-porter.


Publicado por torresgalera @ 21:10  | Pensamientos
Comentarios (1)  | Enviar
Comentarios
Publicado por Invitado
S?bado, 17 de octubre de 2009 | 16:24
Abre un clon de tu blog en alg?n periodico, tendras mas audiencia y comentarios.
El Pais, Que Diario, La Verdad de Murcia, El Correo Vasco y Libertad Digital ofrecen ese servicio.