S?bado, 19 de diciembre de 2009

Una vez más está a punto decumplirse el ciclo solar y gran parte de la humanidad (la integrada en la llamada civilización cristiana) se dispone a felicitarse por la Navidad y a hacer preces por la llegada del Nuevo Año. Al fin y al cabo todo queda en un acto de buena voluntad, en un ejercicio rutinario y costumbrista, acrisolado en la tradición pero cuya eficacia resulta rotundamente estéril. No hay ningún nuevo argumento sólido ─ya sea filosófico, político o científico─  que pueda avalar, o siquiera inducir, a la esperanza en el futuro: en nuestro futuro como especie. Sólo si recurrimos a la fe religiosa o a alguna forma de gnosticismo estamos en condiciones de confiarnos a una providencial esperanza. Sin embargo, nada impide que la tiranía y el abuso de poder sigan campando por sus respetos, por mucho que camuflen su perversidad en la retórica populista y seudo-democrática; nada impide que la injusticia y la desigualdad social continúen estigmatizando a buena parte de la humanidad; nada impide que la ambición de poder y la cruel ignorancia, casi siempre aliadas,  atropellen y conculquen los derechos del hombre y utilicen presuntos agravios contra la dignidad humana para legitimar la violencia y el totalitarismo. ¡Cuántas voces se elevan entre las multitudes huérfanas y desamparadas clamando justicia, pan y libertad ─en el nombre de Dios o de ancestrales derechos históricos─, cuando en el fondo no buscan sino imponer su voluntad y capricho, sustituyendo un poder corrupto y vesánico por otro de igual porte! Otras veces, en cambio, es en el llamado juego democrático de gestionar la rex publica donde se dan la mayores tropelías, donde se trasgreden todas las normas, las escritas y las consuetudinarias, donde se subvierten el orden de valores escudándose en el único argumento de las mayorías electorales. El caso español es un claro ejemplo: en nombre de la aritmética electoral y parlamentaria nuestros gobernantes se encomiendan con similar fruición a Dios y al diablo, según les convenga en cada momento. El resultado es una profunda disociación entre gobernantes y gobernados, entre sociedad real y sociedad virtual, entre interés general e interés de casta. Por todo ello hay escasos motivos para confiar en que el próximo 2010 derramará sobre todos nosotros abundantes y beneficiosos frutos. Como siempre, los poderosos seguirán dominando el mundo, unos pocos ricos controlarán los recursos de los que dependen miles de millones de seres humanos; habrá algunos casos de ruina y otros de súbita riqueza, pues el azar renovará su caprichosa y ciega naturaleza. Los seres inteligentes y prudentes obrarán con discreción y preservarán la simiente de la esperanza, en cambio los listos y soberbios pondrán en peligro (una vez más) a la humanidad; el resto ─mediocres, taimados, advenedizos, cínicos, temerarios, ambiciosos, oportunistas y demás ralea─ esperará ávido su oportunidad e intervendrá, sin lugar a dudas, en el momento más inoportuno para enredar más las cosas. No obstante, y a pesar de tan nefasto augurio, todos albergamos en nuestro interior (cada vez más profundo) el íntimo deseo de que el Nuevo Año sea un poco más benigno que el que está a punto de concluir.


Publicado por torresgalera @ 19:23  | Pensamientos
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