Lunes, 28 de diciembre de 2009

Noche terrorífica la que debió vivir una mujer anónima y desconsolada en la víspera de la onomástica de los Santos Inocentes. Incierta también fue la madrugada, asaltada por el llanto del fruto de su vientre y que terminó rasgando el silencio de la agonizante noche. Manos temblorosas, precipitadas y cómplices que se aprestan a cumplir un designio cruel pero no por ello exento de un halo de bondadosa humanidad. Todo debió ocurrir muy deprisa y con la pesada carga de la conciencia royendo el alma y hasta las entrañas de esa infausta madre, y de su colaborador necesario. Las frías horas del alba, en el invierno madrileño, acogieron con su titilante luz un diminuto cuerpecito apenas abrigado y metido en una bolsa de deportes. El recién nacido, del que todavía colgaba un trozo de cordón umbilical, fue depositado sobre un macetero a la puerta del número 7 de la calle Duque de Sesto, en el barrio de Salamanca. Quince minutos después de las siete de la madrugada, un vecino que paseaba su perro encontró al niño expósito. A partir de ese momento se hizo la luz, y la esperanza se abrió paso entre tanto dolor y tanta sordidez.

Desde aquí envío un abrazo muy sentido y solidario a esa mujer que durante nueve meses ha llevado a este niño en sus entrañas. Yo no soy quién para juzgar los motivos por los que esta madre se ha desprendido de su hijo. No conozco a la mujer ni sus circunstancias personales. En cualquier caso, agradezco el hecho de haber respetado ─en medio de inconfesables adversidades─ el derecho a la vida de un ser humano non nato. Esta mujer ha tenido el coraje ─muy a su pesar─ de gestar a su hijo los nueve meses, parirlo después y, por último, desprenderse de él. Es cierto que todo ello se podría haber gestionado de manera más óptima, pero, insisto, no conozco cuáles han sido y son las circunstancias de la infortunada mujer.

Hoy, 28 de diciembre, la comunidad cristiana celebra el Día de los Santos Inocentes. Se trata de un homenaje a los niños menores de dos años que perecieron en la ciudad judía de Belén, por orden del rey Herodes con el fin de deshacerse del recién nacido Jesús de Nazaret. La Iglesia católica extendió desde antiguo dicho reconocimiento a todos los niños del mundo que, por diferentes causas, perdieron y siguen perdiendo la vida. Por eso, y a pesar de todas las desgracias que sacuden al mundo actual, en este día podemos congratularnos de que al menos un niño, nacido pocas horas antes en condiciones muy adversas, ha sido salvado y su sangre inocente no ha sido derramada. Desde luego nuestros gobernantes actuales poco tienen que ver con aquellos de hace dos mil años, pero continúan aprobando y firmando leyes que favorecen el exterminio y el derramamiento de sangre inocente. Afirman los de ahora que es un derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo. Que Dios sea misericordioso con ellos.

Yo, al menos hoy, estoy contento porque una criatura ha sido  salvada, y si la Providencia así lo quiere tendrá una oportunidad en la vida para realizarse como un ser humano pleno. Desde aquí doy de nuevo las gracias a esa madre anónima, que en medio de una tragedia que no la abandonará nunca, ha tenido la fortaleza de no erradicar la vida de un nuevo ser ─su hijo─ y lo ha abandonado para que otros se hagan cargo de él.


Publicado por torresgalera @ 6:50  | Pensamientos
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S?bado, 19 de diciembre de 2009

Una vez más está a punto decumplirse el ciclo solar y gran parte de la humanidad (la integrada en la llamada civilización cristiana) se dispone a felicitarse por la Navidad y a hacer preces por la llegada del Nuevo Año. Al fin y al cabo todo queda en un acto de buena voluntad, en un ejercicio rutinario y costumbrista, acrisolado en la tradición pero cuya eficacia resulta rotundamente estéril. No hay ningún nuevo argumento sólido ─ya sea filosófico, político o científico─  que pueda avalar, o siquiera inducir, a la esperanza en el futuro: en nuestro futuro como especie. Sólo si recurrimos a la fe religiosa o a alguna forma de gnosticismo estamos en condiciones de confiarnos a una providencial esperanza. Sin embargo, nada impide que la tiranía y el abuso de poder sigan campando por sus respetos, por mucho que camuflen su perversidad en la retórica populista y seudo-democrática; nada impide que la injusticia y la desigualdad social continúen estigmatizando a buena parte de la humanidad; nada impide que la ambición de poder y la cruel ignorancia, casi siempre aliadas,  atropellen y conculquen los derechos del hombre y utilicen presuntos agravios contra la dignidad humana para legitimar la violencia y el totalitarismo. ¡Cuántas voces se elevan entre las multitudes huérfanas y desamparadas clamando justicia, pan y libertad ─en el nombre de Dios o de ancestrales derechos históricos─, cuando en el fondo no buscan sino imponer su voluntad y capricho, sustituyendo un poder corrupto y vesánico por otro de igual porte! Otras veces, en cambio, es en el llamado juego democrático de gestionar la rex publica donde se dan la mayores tropelías, donde se trasgreden todas las normas, las escritas y las consuetudinarias, donde se subvierten el orden de valores escudándose en el único argumento de las mayorías electorales. El caso español es un claro ejemplo: en nombre de la aritmética electoral y parlamentaria nuestros gobernantes se encomiendan con similar fruición a Dios y al diablo, según les convenga en cada momento. El resultado es una profunda disociación entre gobernantes y gobernados, entre sociedad real y sociedad virtual, entre interés general e interés de casta. Por todo ello hay escasos motivos para confiar en que el próximo 2010 derramará sobre todos nosotros abundantes y beneficiosos frutos. Como siempre, los poderosos seguirán dominando el mundo, unos pocos ricos controlarán los recursos de los que dependen miles de millones de seres humanos; habrá algunos casos de ruina y otros de súbita riqueza, pues el azar renovará su caprichosa y ciega naturaleza. Los seres inteligentes y prudentes obrarán con discreción y preservarán la simiente de la esperanza, en cambio los listos y soberbios pondrán en peligro (una vez más) a la humanidad; el resto ─mediocres, taimados, advenedizos, cínicos, temerarios, ambiciosos, oportunistas y demás ralea─ esperará ávido su oportunidad e intervendrá, sin lugar a dudas, en el momento más inoportuno para enredar más las cosas. No obstante, y a pesar de tan nefasto augurio, todos albergamos en nuestro interior (cada vez más profundo) el íntimo deseo de que el Nuevo Año sea un poco más benigno que el que está a punto de concluir.


Publicado por torresgalera @ 19:23  | Pensamientos
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