Martes, 12 de enero de 2010
Cuentan que en cierta ocasión, allá por los años cincuenta del pasado siglo, y cuando ya estaba desatado abiertamente el enfrentamiento entre dos viejos amigos y camaradas, uno de ellos, Jean-Paul Sartre, reprochó a su opositor Albert Camus que, al igual que él, consideraba que los campos de concentración soviéticos eran intolerables, no obstante consideraba igualmente intolerable el uso que de ellos hacía a diario la prensa burguesa. He aquí la esencia misma de la falacia doctrinaria de todo pensamiento totalitario: que cualquier crítica a los posibles efectos perversos que pudiera originar la implantación y praxis de dicho ideario autoritario es infinitamente más censurable, ya que cuestiona y hace peligrar la bondad de la causa criticada.

Sobre este supuesto ─un sofisma paradigmático─ ha venido construyendo el pensamiento de izquierdas su estructura moral y ética: liberar a las clases sociales depauperadas y oprimidas del yugo de los poderosos, erradicar los privilegios de cuna y clase, y convertir a todos los hombres en iguales. En la finalidad de una evanescente justicia universal el pensamiento de izquierdas no duda en utilizar los medios más implacables que le conduzcan al objetivo último. Es sorprendente la soberbia y el descaro de la izquierda a la hora de afrontar sus propias incoherencias cuando no sus desatinos; no duda ni pestañea a la hora de negar lo evidente sino todo lo contrario, se da por ofendida y agredida en cuanto alguien cuestiona su política, ya sea por acción u omisión.

Como todo sofisma, la izquierda construye su discurso político mediante un razonamiento lógico pero sustentado sobre un principio falso (la igualdad social, la colectividad por encima del individuo, la negación de la propiedad privada, la supremacía del ser humano sobre el orden divino, etc.). De ahí su imperturbable cinismo a la hora de encarar las críticas ajenas y su tendencia a evadir la autocrítica, y cuando lo hace esconde a la opinión pública el debate y los titulares de las responsabilidades. Prueba de ello es cuanto viene ocurriendo en España con el gobierno que preside José Luis Rodríguez Zapatero: no hay el menor atisbo de autocrítica ante el clamoroso desafuero que está resultando de estos seis años de gobierno socialista. Los aciertos son tan minúsculos, comparados con los errores y despropósitos, que causa pavor pensar en las consecuencias que tanto desatino está teniendo y tendrá en los meses y años próximos. Y lo peor de todo es que no importa qué se esté haciendo bien, mal o regular, sino que la batalla por el poder se está librando en los medios de comunicación, en un esfuerzo denodado por convencer a la mayor parte posible de electores de que son los otros ─los de la derecha de toda la vida─ los que están poniendo en peligro el «estado de bienestar», los derechos de los trabajadores, la dignidad de las personas, el derecho de los pueblos a decidir, y así una retahíla insufrible que, en el fondo, no es más que el pretexto para desmontar el estado democrático y sustituirlo por una democracia orgánica que responda a un patrón único. De momento ya lo han conseguido con la Administración de Justicia y con los sindicatos. ¿A qué me recuerda esto?


Publicado por torresgalera @ 15:28  | Pol?tica
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