Domingo, 17 de enero de 2010
Un soplo de vidaAhora que vivimos en una sociedad tecnológicamente avanzada no es difícil imaginar, mediante un sencillo esfuerzo de concentración, un viaje de nuestra mente que se inicia en la puerta de nuestra casa y, elevándose, se aleja hacia el cielo haciéndose la Tierra más y más pequeña, hasta convertirse en una bolita luminosa que flota en el espacio y termina confundiéndose con otros planetas y estrellas del ilimitado universo.

En este viaje imaginario también podemos contemplar ─mientras permanecemos suspendidos en el ingrávido éter─ cómo la Tierra gira y cómo a cada secuencia de oscuridad en una cara le sucede otra de radiante luminosidad, y cómo manchas algodonosas se desplazan plácidamente de un lado para otro, ocultando transitoriamente continentes y océanos, todo ello armonizado en un incesante movimiento rotatorio que transmite al observador una sensación de grandiosidad y plenitud que transciende las emociones sensoriales para interiorizarse en emociones del espíritu. Así lo han manifestado cuantos hombres ─en calidad de astronautas, científicos o turistas espaciales─ han tenido la ocasión de contemplar el maravilloso espectáculo de la Tierra, «el planeta azul
», suspendida ahí, en medio de la infinitud del cosmos.

Y ya metido uno en tan prosaico ejercicio imaginativo, no resulta difícil tampoco convenir en que cualquier fenómeno que la naturaleza cósmica desarrolle aquí o allá, incluido lo que hemos dado en llamar vida orgánica, debe responder a algún tipo de propiedad intrínseca de la  materia y de la energía de la que está formado el universo. De este modo, la vida humana originada y desarrollada en el planeta Tierra ─y no vamos a entrar aquí en consideraciones religiosas o esotéricas─ es la consecuencia, como mínimo, de algún principio de causalidad, por inaprensible que a los hombres nos resulte éste principio.

Como es lógico, si proseguimos por este sendero especulativo y filosófico sobre la naturaleza del universo y algunas de las consecuencias de su permanente devenir, a nada que analicemos someramente la evolución del ser humano como especie (orgánica, inteligente y perecedera), resulta cuando menos pueril y ridículo algunos de los valores potenciados y sacralizados por el hombre. No cabe duda de que el desarrollo del lenguaje, la invención de los ritos y símbolos, la organización social y sus leyes reguladoras de la convivencia, el control de los recursos naturales para alimentarse y procurarse un cierto bienestar, la demarcación del territorio para uso restringido, y así un largo etcétera, constituyen un conjunto de logros que demuestran la abismal supremacía del hombre sobre cualquier otra criatura del planeta Tierra. Ahora bien, el instinto de propiedad implícito en el desarrollo de la especie contiene alguno de los estigmas que determinan el lado más negativo de la naturaleza humana: el dominio del fuerte sobre el débil, incluida la mujer y la descendencia, la esclavitud, la delegación del poder divino (absolutismo y teocracia), la tiranía y el nacionalismo, son algunas de las consecuencias perversas del reinado del homo sapiens, lo que demuestra que su inteligente superioridad no ha pasado todavía de un incipiente umbral evolutivo, lejos aún de alcanzar todas las maravillosas posibilidades a las que parece estar predestinado. Quizá lo logre algún día, pero todo apunta a un excesivo riesgo que puede dar al traste con tan prometedor presentimiento. Visto desde aquí arriba ─es decir, desde la perspectiva de la razón desinteresada─ se nos representa como una escena protagonizada por solemnes estúpidos cuando contemplamos a unos hombres que vociferan y se despedazan por un trocito minúsculo del planeta. Su juego resulta grotesco.

Publicado por torresgalera @ 19:01  | Pensamientos
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios