Martes, 19 de enero de 2010

Tengo un amigo muy querido con el que comparto, desde hace más de treinta y cinco años, muchas inquietudes, gustos y aficiones (otras muchas, no), y que por circunstancias y avatares de la vida también nos ha tocado coincidir en eso que los economistas modernos han dado en llamar«prejubilación». Ni que decir tiene que ambos nos sentimos muy dichosos de tener la oportunidad de disponer de todo el tiempo que nos queda en la forma y medida que más nos satisfaga. En absoluto entendemos este regalo de la vida como un pasaporte para el ocio y la inactividad, sino muy al contrario, recibimos este don como una maravillosa oportunidad para entregarnos ─cada uno a su modo y entender─ a la realización de aquellas inquietudes que más nos seducen y que están al alcance de nuestras posibilidades. No obstante, debo señalar que también hemos coincidido en dejarnos llevar, en alguna ocasión, por ciertos estados de desánimo.

¿Qué significa esto de estados de desánimo?, se preguntará el lector, y con razón, ante tan paradójica situación. La verdad es que el asunto es bien simple y tiene su explicación. Trataré de hacerlo. En primer lugar, he de decir que está en la naturaleza del ser humano dolerse por lo que echa de menos en vez de alegrarse por lo que en realidad tiene. Esta es una cualidad que además de fatalista rebosa ingratitud. Ingratitud a la vida, a la Providencia, en definitiva a uno mismo, ya que el ser humano posee todos los recursos para hacer el bien a los demás y para encontrar la felicidad; otra cosa es el uso que haga cada cual de dichos recursos y el esfuerzo que tenga que invertir en ello.

Por otra parte, resulta natural que a estas alturas de la vida ya hayamos invertido la mayor parte de nuestro tiempo y de nuestra energía en encauzar nuestra existencia, de modo que ahora, próximos al umbral de la senectud, no va uno a pretender descubrir el elixir de la eterna juventud ni la piedra filosofal ni va a caer en la ingenuidad de que las glorias del Parnaso le están esperando con los brazos abiertos para acogerlo en su seno.  No, ahora es llegado el tiempo ─porque así lo ha dispuesto la Providencia─ de extraer lo más sustancioso de nuestra experiencia en los pasados años, bien a través de una vida sencilla y ausente de ambiciones mundanas, más allá que las que se derivan del disfrute de la compañía de los buenos amigos y de los seres queridos, o bien compartir estos benignos días con menesteres acordes con la afición de cada cual y con su especial disposición. No hay más. Uno no se puede inventar dos veces en la misma vida, como mucho puede cambiar de domicilio, de ciudad, de país, de empresa e, incluso, de profesión y hasta de mujer y familia, pero reinventarse, nunca, por muy literario que resulte. En cualquier caso, estas conclusiones no son incompatibles con la posibilidad de protagonizar alguna hermosa aventura o disfrutar de una nueva experiencia vital de la índole que sea, pues como dice la canción,«el amor no tiene edad». Desde luego yo estoy totalmente de acuerdo ─dada mi natural inclinacióncon aquel poeta que dijo: «Uno no deja de amar porque se hace viejo, sino que uno se hace viejo cuando deja de amar». Al fin y al cabo, pensar, soñar, reír, llorar…, amar, no son más que manifestaciones esenciales del ejercicio de vivir.


Publicado por torresgalera @ 7:00  | Cosas que importan
Comentarios (0)  | Enviar
Domingo, 17 de enero de 2010
Un soplo de vidaAhora que vivimos en una sociedad tecnológicamente avanzada no es difícil imaginar, mediante un sencillo esfuerzo de concentración, un viaje de nuestra mente que se inicia en la puerta de nuestra casa y, elevándose, se aleja hacia el cielo haciéndose la Tierra más y más pequeña, hasta convertirse en una bolita luminosa que flota en el espacio y termina confundiéndose con otros planetas y estrellas del ilimitado universo.

En este viaje imaginario también podemos contemplar ─mientras permanecemos suspendidos en el ingrávido éter─ cómo la Tierra gira y cómo a cada secuencia de oscuridad en una cara le sucede otra de radiante luminosidad, y cómo manchas algodonosas se desplazan plácidamente de un lado para otro, ocultando transitoriamente continentes y océanos, todo ello armonizado en un incesante movimiento rotatorio que transmite al observador una sensación de grandiosidad y plenitud que transciende las emociones sensoriales para interiorizarse en emociones del espíritu. Así lo han manifestado cuantos hombres ─en calidad de astronautas, científicos o turistas espaciales─ han tenido la ocasión de contemplar el maravilloso espectáculo de la Tierra, «el planeta azul
», suspendida ahí, en medio de la infinitud del cosmos.

Y ya metido uno en tan prosaico ejercicio imaginativo, no resulta difícil tampoco convenir en que cualquier fenómeno que la naturaleza cósmica desarrolle aquí o allá, incluido lo que hemos dado en llamar vida orgánica, debe responder a algún tipo de propiedad intrínseca de la  materia y de la energía de la que está formado el universo. De este modo, la vida humana originada y desarrollada en el planeta Tierra ─y no vamos a entrar aquí en consideraciones religiosas o esotéricas─ es la consecuencia, como mínimo, de algún principio de causalidad, por inaprensible que a los hombres nos resulte éste principio.

Como es lógico, si proseguimos por este sendero especulativo y filosófico sobre la naturaleza del universo y algunas de las consecuencias de su permanente devenir, a nada que analicemos someramente la evolución del ser humano como especie (orgánica, inteligente y perecedera), resulta cuando menos pueril y ridículo algunos de los valores potenciados y sacralizados por el hombre. No cabe duda de que el desarrollo del lenguaje, la invención de los ritos y símbolos, la organización social y sus leyes reguladoras de la convivencia, el control de los recursos naturales para alimentarse y procurarse un cierto bienestar, la demarcación del territorio para uso restringido, y así un largo etcétera, constituyen un conjunto de logros que demuestran la abismal supremacía del hombre sobre cualquier otra criatura del planeta Tierra. Ahora bien, el instinto de propiedad implícito en el desarrollo de la especie contiene alguno de los estigmas que determinan el lado más negativo de la naturaleza humana: el dominio del fuerte sobre el débil, incluida la mujer y la descendencia, la esclavitud, la delegación del poder divino (absolutismo y teocracia), la tiranía y el nacionalismo, son algunas de las consecuencias perversas del reinado del homo sapiens, lo que demuestra que su inteligente superioridad no ha pasado todavía de un incipiente umbral evolutivo, lejos aún de alcanzar todas las maravillosas posibilidades a las que parece estar predestinado. Quizá lo logre algún día, pero todo apunta a un excesivo riesgo que puede dar al traste con tan prometedor presentimiento. Visto desde aquí arriba ─es decir, desde la perspectiva de la razón desinteresada─ se nos representa como una escena protagonizada por solemnes estúpidos cuando contemplamos a unos hombres que vociferan y se despedazan por un trocito minúsculo del planeta. Su juego resulta grotesco.

Publicado por torresgalera @ 19:01  | Pensamientos
Comentarios (0)  | Enviar
Martes, 12 de enero de 2010
Cuentan que en cierta ocasión, allá por los años cincuenta del pasado siglo, y cuando ya estaba desatado abiertamente el enfrentamiento entre dos viejos amigos y camaradas, uno de ellos, Jean-Paul Sartre, reprochó a su opositor Albert Camus que, al igual que él, consideraba que los campos de concentración soviéticos eran intolerables, no obstante consideraba igualmente intolerable el uso que de ellos hacía a diario la prensa burguesa. He aquí la esencia misma de la falacia doctrinaria de todo pensamiento totalitario: que cualquier crítica a los posibles efectos perversos que pudiera originar la implantación y praxis de dicho ideario autoritario es infinitamente más censurable, ya que cuestiona y hace peligrar la bondad de la causa criticada.

Sobre este supuesto ─un sofisma paradigmático─ ha venido construyendo el pensamiento de izquierdas su estructura moral y ética: liberar a las clases sociales depauperadas y oprimidas del yugo de los poderosos, erradicar los privilegios de cuna y clase, y convertir a todos los hombres en iguales. En la finalidad de una evanescente justicia universal el pensamiento de izquierdas no duda en utilizar los medios más implacables que le conduzcan al objetivo último. Es sorprendente la soberbia y el descaro de la izquierda a la hora de afrontar sus propias incoherencias cuando no sus desatinos; no duda ni pestañea a la hora de negar lo evidente sino todo lo contrario, se da por ofendida y agredida en cuanto alguien cuestiona su política, ya sea por acción u omisión.

Como todo sofisma, la izquierda construye su discurso político mediante un razonamiento lógico pero sustentado sobre un principio falso (la igualdad social, la colectividad por encima del individuo, la negación de la propiedad privada, la supremacía del ser humano sobre el orden divino, etc.). De ahí su imperturbable cinismo a la hora de encarar las críticas ajenas y su tendencia a evadir la autocrítica, y cuando lo hace esconde a la opinión pública el debate y los titulares de las responsabilidades. Prueba de ello es cuanto viene ocurriendo en España con el gobierno que preside José Luis Rodríguez Zapatero: no hay el menor atisbo de autocrítica ante el clamoroso desafuero que está resultando de estos seis años de gobierno socialista. Los aciertos son tan minúsculos, comparados con los errores y despropósitos, que causa pavor pensar en las consecuencias que tanto desatino está teniendo y tendrá en los meses y años próximos. Y lo peor de todo es que no importa qué se esté haciendo bien, mal o regular, sino que la batalla por el poder se está librando en los medios de comunicación, en un esfuerzo denodado por convencer a la mayor parte posible de electores de que son los otros ─los de la derecha de toda la vida─ los que están poniendo en peligro el «estado de bienestar», los derechos de los trabajadores, la dignidad de las personas, el derecho de los pueblos a decidir, y así una retahíla insufrible que, en el fondo, no es más que el pretexto para desmontar el estado democrático y sustituirlo por una democracia orgánica que responda a un patrón único. De momento ya lo han conseguido con la Administración de Justicia y con los sindicatos. ¿A qué me recuerda esto?


Publicado por torresgalera @ 15:28  | Pol?tica
Comentarios (0)  | Enviar